Bien sea que estemos o no de acuerdo con que los elementos son realmente transformados, existe una pregunta todavía más importante para discutir. ¿Debe Cristo ofrecerse como sacrificio una y otra vez? Recordemos que la misa no solo es una representación simbólica de los sufrimientos de Cristo; la postura católica oficial es que Cristo es sacrificado de manera repetida.
La iglesia católica romana basa su manera de entender el sacrificio en los rituales del Antiguo Testamento, donde se ofrecían sacrificios de manera continua. Esto explica por qué el catolicismo enseña que la salvación es un proceso que nunca termina. Aun si el pasado es perdonado, mañana es otro día. La misa, la confesión, las oraciones a María, todas estas cosas nunca establecen para siempre la relación con Dios. De acuerdo con esta mentalidad, el sacrificio de Cristo en la cruz tampoco termina jamás sino que Él es ofrecido en repetidas ocasiones.
Sin embargo, el libro de Hebreos en el Nuevo Testamento tiene la declaración explícita de que el sacrificio de Cristo fue suficiente para Dios y por eso fue ofrecido una sola vez para siempre. Se establecen cuatro contrastes entre el sacrificio de Cristo y los del Antiguo Testamento (He. 10:10-14):
1. En el Antiguo Testamento muchos sacerdotes ofrecían sacrificios; de hecho lo hacían trabajando por tumos. En cambio, ahora solo hay un solo Sumo sacerdote quien vive para siempre.
2. Se ofrecían muchos sacrificios día tras día, siempre que se cometía pecado. En cambio, Cristo ofreció “una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados”. Su obra puso fin para siempre al sistema de sacrificios.
3. Los sacrificios del Antiguo Testamento solo podían cubrir pecados pasados, y por esa razón debían ofrecerse una y otra vez. Por otro lado, leemos acerca de Cristo: “porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (v. 14).
4. Los antiguos sacerdotes tenían prohibido sentarse mientras trabajaban en su tumo, pero Cristo se sentó a la diestra de Dios Padre porque su obra quedó terminada.
Como se mencionó antes, la iglesia católica se basa en el modelo de sacrificios y rituales del Antiguo Testamento. El sacerdocio, la naturaleza perpetua del ofrecimiento de sacrificios, la noción de que la salvación no es completa, y cosas por el estilo, todas ellas hacen evidente que no se ha apreciado la diferencia radical que hizo la venida de Cristo.
La Reforma
Como cualquier católico devoto, Lutero creyó al principio en la transubstanciación, y como sacerdote consagró los elementos. Tuvo que leer todos los manuales y pasó por una preparación meticulosa para oficiar la solemne ocasión. Estaba acostumbrado a tomar su lugar frente al altar y recitar la liturgia hasta llegar a las palabras: “Ofrecemos a ti, el Dios vivo, verdadero y eterno”. En ese punto se volvía presa del terror y más adelante recordó lo que sentía: “¿Quién soy yo para levantar mis ojos o mis manos ante la majestad de Dios? Los ángeles le rodean y la tierra tiembla ante su voz. ¿Acaso puedo yo, un pigmeo miserable, decirle ‘quiero esto, pido aquello’? Es que yo no soy más que polvo y ceniza”. Como lo expresó Banton: “El terror frente a la santidad y el horror ante la infinidad caían sobre él cada vez como la descarga de un relámpago, y solo con
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un gran esfuerzo temeroso era capaz de mantenerse de pie frente al altar hasta el final de la ceremonia”.9
La postura romana oficial era que los elementos tienen poder intrínseco sin importar el carácter del sacerdote ni tan siquiera la fe de quienes participan dé ellos.
Más adelante, con la ruptura de Lutero con Roma, él subrayó que el valor de la Cena del Señor dependía de la fe de quienes la reciben. También modificó su creencia en la transubstanciación a lo que se denomina la presencia real o consubstanciación. Cristo tenía una presencia literal en los elementos pero estos no eran cambiados, así que mantuvo la realidad literal del símbolo sin transformación.
Los reformadores rechazaron la teoría de la Cena del Señor como un sacrificio, pero al formular su propia manera de entender la celebración siempre estuvieron en desacuerdo. Debido a que la Cena del Señor ocupaba un lugar central en su adoración y culto, sus convicciones eran profundas.
Por esa razón, cuando Lutero y Zwinglio se encontraron en Marburg les resultó inevitable caer en una discusión agitada. Zwinglio había escrito antes que no era posible que Cristo estuviese físicamente presente en la Cena del Señor porque su cuerpo solo podía existir en uno de tres estados: natural, resucitado o místico. Cristo no puede tener una presencia natu ral en los elementos porque “la carne para nada aprovecha” (Jn. 6:63). Tampoco podía estar presente el cuerpo resucitado de Cristo porque sus palabras “esto es mi cuerpo” fueron habladas a los discípulos antes de la resurrección. Por último, Cristo no podía mantener una presencia mística en los elementos puesto que su cuerpo místico es la iglesia, de la cual no se puede afirmar que ha sido entregada a muerte. Por el proceso lógico de eliminación, Zwinglio concluyó que los elementos solo tenían valor simbólico.
Como respuesta, Lutero había escrito un panfleto en el que expuso su visión de la presencia real de Cristo en el sacramento. Sostuvo que “cada una de las naturalezas de Cristo satura a la
otra y su humanidad participa en los atributos de su divinidad”. Si Dios es omnipresente, argumentó Lutero, el cuerpo y la sangre de Cristo también lo son y es posible que estén presentes en el sacramento. Su intención era que las palabras de Cristo fuesen aceptadas en sentido literal, así él negase que ocurriera cambio en las sustancias mismas.
Durante el debate no se propusieron nuevos argumentos, pero el intercambio de opiniones logró el objetivo de aclarar los puntos del litigio.
Lutero fue enérgico: “Su argumento básico es el siguiente: en el último análisis usted desea probar que un cuerpo no puede estar en dos lugares al mismo tiempo... Yo no pongo en duda que Cristo pueda ser Dios y hombre ni el hecho de que ambas naturalezas estén unidas, porque Dios es más poderoso que todas nuestras ideas, y nos debemos someter a su Palabra. Pruebe usted que el cuerpo de Cristo no está donde la Biblia dice que está cuando Cristo dice ‘esto es mi cuerpo’.
“No estoy dispuesto a prestar atención a pruebas racionales. Trato con repudio absoluto cualquier clase de pruebas corpóreas y argumentos basados en principios geométricos. Dios está por encima de toda matemática y las palabras de Dios deben tratarse con reverencia y cumplirse con temor. Es Dios quien ordena: ‘tomad, comed, esto es mi cuerpo’. Por lo tanto, exijo pruebas válidas en las Escrituras para afirmar lo contrario”.
Al llegar a este punto Lutero escribió con tiza sobre la mesa las palabras “esto es mi cuerpo”, y luego puso encima un pedazo de terciopelo.
Zwinglio contestó: “Es un prejuicio y una noción preconcebida lo que impide ceder al doctor Lutero, quien se niega a considerar este punto hasta que le sea citado un pasaje como prueba de que la Cena del Señor es figurativa.
Siempre es necesaria la comparación de pasajes de las Escrituras. Aunque no tenemos un pasaje bíblico que diga ésta es la señal del cuerpo’, aún contamos con prueba de que Cristo descartó la idea de una [comida] física. En Juan 6 Cristo se aparta
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de la noción de una [comida] física. A partir de esto se puede concluir que Cristo no se repartió a sí mismo en la Cena del Señor en un sentido físico.
“Usted mismo ha reconocido que es la [comida] espiritual lo que suministra consuelo y sustento. Puesto que nos hemos puesto de acuerdo sobre esta cuestión fundamental, le ruego por el amor de Cristo que no haga caer a la gente en el crimen de la herejía a causa de estas diferencias”.
Zwinglio pasó luego a demostrar con base en las Escrituras que algunas declaraciones son simbólicas. Arguyó que Lutero simplemente se negaba a reconocer una figura del lenguaje, pero al final del debate Lutero mantuvo con pertinacia su creencia en la presencia real o consubstanciación. Según él negar esta doctrina conducía a aceptar otras herejías.
Zwinglio permaneció invariable en su visión conmemorativa, al comparar el sacramento con un anillo de bodas que sella la unión matrimonial entre Cristo y el creyente. A causa del empecinamiento de ambas partes la división se mantuvo, como lo evidencia en la actualidad la existencia paralela de iglesias luteranas y reformistas.10
Hasta ahora hemos considerado tres posturas frente a la Cena del Señor: transubstanciación, consubstanciación y la visión conmemorativa. Sin embargo, existe una cuarta postura. Calvino ofreció una mediación negociada entre las últimas dos. Se aferró a lo que se denomina la presencia espiritual de Cristo en el sacramento. En este sentido su función consiste en sellar y confirmar la promesa de Cristo. El Espíritu Santo hace que el pan y el vino se conviertan en nuestro alimento espiritual. Para Calvino, Cristo no está presente en sentido literal pero los elementos son más que símbolos, ya que se convierten en agentes transmisores de la realidad espiritual.