Zwinglio, el famoso predicador de Zurich, tuvo al principio dudas serias acerca del bautismo de infantes. Confesó: “Nada me entristece más que en el presente me toca bautizar a recién nacidos, porque sé que eso no se debería hacer”.7 Zwinglio se
dio cuenta de que una renovación integral de la iglesia también significaría la interrupción total de esa práctica. Dijo también: “Dejo quieto el bautismo; no lo llamo correcto ni erróneo; si bautizáramos como Cristo lo instituyó, no aplicaríamos el bautismo a cualquier persona sino hasta después de haber llegado a sus años de discreción; en ningún lugar hallo escrito que se deba practicar el bautismo de infantes”.8
No obstante, Zwinglio cambió de parecer más adelante. Para entender la razón de este cambio debemos refrescar nuestra memoria con relación al movimiento anabaptista que se divulgó en toda Europa durante el movimiento de la Reforma.
La palabra anabaptista se aplica a aquellos que habían sido bautizados como infantes pero que se bautizaron de nuevo al llegar por decisión personal a la fe en Cristo. Los primeros anabaptistas fueron los donatistas del siglo cuarto que rehusaron creer que un bautismo acogido por todos pudiera ser válido por la simple razón accidental del nacimiento. Creían que la iglesia debía distinguirse de la sociedad y no tener su misma extensión, peor como hemos aprendido, cuando el estado quedó unido a la
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iglesia, la iglesia utilizó el poder del estado para imponer la religión. Muchos donatistas fueron muertos por la simple razón de que creían en un bautismo exclusivo para creyentes.
Aunque el donatismo (llamado así en honor de su líder Donato) fue suprimido, su visión de una iglesia compuesta por creyentes bautizados jamás pereció. Cuando estas creencias emergieron siglos después, se emprendieron acciones en contra de los “herejes” que querían abolir la práctica del bautismo de infantes. Existen numerosos registros acerca de quienes protestaron contra la iglesia oficial que acogía a todos en su seno sin importar lo que creyeran. Estos disconformes querían regresar al modelo del Nuevo Testamento donde la iglesia estaba compuesta por creyentes bautizados. Ellos creyeron que la iglesia debe mantenerse pura mediante una devoción completa a Cristo y el ejercicio de la disciplina eclesiástica. Su conducta fue tan ejemplar que Zwinglio dijo acerca de ellos: “Desde el primer contacto con ellos, su conducta parece irreprensible, pía, atractiva y sin pretensiones. Hasta los críticos se sienten inclinados a decir que sus vidas son excelentes”.9
Estos cristianos no podían aceptar la noción de que un infante pudiera ser “cristianizado” por la simple participación inconsciente en un ritual. Decían que el bautismo infantil no era más que un “remojo en baño romano”. Para ellos la vida en santidad era prueba verdadera de regeneración. Un católico observó en ellos “ninguna evidencia de mentira, engaño, maledicencia, rencillas, detracción, glotonería, borrachera, vanidad personal; por el contrario, humildad, paciencia, rectitud, mansedumbre, honestidad, moderación y sinceridad en tal medida que se puede suponer que tienen el Espíritu Santo de Dios”.10
Por otra parte, la iglesia oficial que operaba según el modelo de Constantino, utilizó el poder del estado para matar a los “herejes”. Los reformadores mismos se volvieron fanáticos en su oposición a los anabaptistas cuando estos disconformes insistieron en romper del todo con la iglesia del imperio. Sobre
el punto del bautismo de infantes, Lutero y Zwinglio se alinearon con la iglesia romana. Zwinglio, por ejemplo, vio que si se ponía al lado de los anabaptistas incurriría el desagrado del estado y por eso dijo: “No obstante, si yo fuese a poner fin a la práctica, me temo que perdería mis prebendas”11 (los estipendios que
recibía por predicar). Lo más importante es que en su opinión los anabaptistas estaban generando trastornos en el orden social.
Por esa razón se volvió en contra de ellos y dijo que aunque era necesario condenar el bautismo de infantes al principio, los tiempos habían cambiado; confesó que se había dejado desviar al respecto y también realizó un estudio de las Escrituras para llegar a la conclusión de que el bautismo de niños se podía justificar con argumentos teológicos (los cuales se van a
considerar más adelante en este capítulo).
La asamblea de la ciudad de Zurich le comunicó que con su predicación en contra del bautismo de infantes “la santa iglesia, los padres antiguos, los concilios, el Papa, los cardenales y obispos, etc., serán vistos como ridículos y en últimas serán desdeñados y eliminados”.12 Lo que es más, las autoridades del
ayuntamiento dijeron que si el bautismo estuviera limitado a los creyentes, el resultado sería “desobediencia civil e infracción de la ley, falta de unidad, herejía, y debilitamiento y disminución de la fe cristiana”.
Como se dieron las cosas, el 17 de enero de 1525 el ayun tamiento de Zurich notificó al público que todos los padres tenían que hacer bautizar a sus hijos o de lo contrario serían proscritos. Cuatro años después el edicto de Speier decretó: “Todo anabaptista o persona bautizada por segunda vez, de cualquier sexo, ha de ser sometida a muerte por fuego, por espada o por algún otro medio”.13 Los niños eran
bautizados contra el deseo de los padres y los que se mantuvieron firmes en sus convicciones y rehusaron someterse a las autoridades municipales fueron ahogados o ejecutados. Zwinglio hizo la siguiente observación sarcástica acerca del
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anabaptista Felix Manz: “Si tanto desea descender a las aguas, ayúdenle a quedarse allá abajo”. Manz fue llevado a la fuerza a las aguas frías y profundas del río Limat y murió ahogado a unos cien metros de la iglesia de Zwinglio. Muchos murieron diciendo que Zwinglio les había traicionado. Lo cierto es que había vendido su alma a un cristianismo falso que se negaba a distinguir entre la iglesia verdadera y la sociedad humana en general.
Es fácil mirar a Zwinglio con ojos críticos, puesto que para nosotros la separación entre iglesia y estado es algo que damos por sentado; pero él vivió en un tiempo cuando uno de los fines del estado era asegurar que la voluntad de Dios se hiciera en la vidas de quienes vivían dentro de sus fronteras. Lo triste es que la persecución ocasionó que algunos de los anabaptistas se volvieran fanáticos. Esos radicales dañaron la buena reputación del movimiento anabaptista y dieron motivos para más persecución. A pesar de ello, la masacre de los anabaptistas es sin lugar a dudas una de las páginas más oscuras en la historia de la iglesia.