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Tiempo para un examen

In document EL-DQD- (página 49-55)

Imagine que usted es uno de los casi cuatrocientos de­ legados que fueron invitados a asistir al concilio de Calcedonia, una ciudad a las afueras de Constantinopla. Ciento veintiséis

años atrás, en 325, el concilio de Nicea había afirmado que Cristo era Dios, de la misma sustancia que Dios el Padre.

Ahora la agenda del día incluye adelantar un paso más la discusión teológica y tratar de definir la relación entre su deidad y su humanidad. Le solicitan que considere las siguientes declaraciones y que vote por la que describa mejor la relación entre las naturalezas divina y humana de Cristo. Proceda a examinarlas y a votar según cada una de estas afirmaciones sea verdadera o falsa.

1. Cristo tuvo un cuerpo humano, pero los aspectos espirituales (o racionales) de su naturaleza eran divinos. Físicamente era un hombre pero en sentido racional y espiritual era Dios. En otras palabras, no tenía un alma y un espíritu humanos; todos los aspectos no materiales de su naturaleza eran divinos.

2. En Cristo, un hombre y Dios fueron juntados sin mezclarse, de tal modo que Cristo es en realidad dos personas diferentes. La persona humana se entregó a la persona divina para que hubiese unidad moral entre ellas, pero no existe unidad sustancial entre ellas.

3. Las naturalezas humana y divina se fusionaron de tal manera que la humanidad participa de la divinidad. En términos más precisos, Cristo tuvo una sola naturaleza. Esta naturaleza no era ni Dios ni hombre sino una mezcla de ambos. Como una gota de miel en un vaso de agua, las dos naturalezas se entremezclaron para producir una tercera sustancia nueva.

4. Ninguna de las anteriores.

Ahora vamos a considerar estas perspectivas por separado. La primera fue propuesta por Apolinario, quien creía que si Cristo había sido plenamente humano en cuerpo, alma y espíritu, habría sido manchado por el pecado. Además, la naturaleza humana misma no puede ser objeto de adoración; por lo tanto, adorar a un Cristo que fuese humano por completo sería idolatría.

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Sin embargo, la iglesia presentó el argumento correcto de que si no hubiese asumido una naturaleza humana plena, no podría ser un representante satisfactorio de la humanidad y en consecuencia no podría ser nuestro Redentor. La condición humana involucra las dimensiones espirituales de la naturaleza humana al igual que las físicas. Cristo debió haber poseído un alma humana y un espíritu humano al igual que un cuerpo humano.

Para el tiempo en que los delegados se reunieron en Calcedonia en 451, el apolinarismo ya había sido rechazado en un concilio previo en Constantinopla (381 d.C.).

Muchos cristianos tienen hoy día tendencias apolinarias sin darse cuenta de ello. Incluso la conocida frase de un cántico navideño, “Velado en carne se ve Dios”, si no se interpreta correctamente podría entenderse como apolinarista. He conocido a muchos creyentes que suponen que el cuerpo físico de Cristo provino de María, mientras que los aspectos inmateriales de su naturaleza (alma y espíritu) eran divinos. Lo cierto es que Él tuvo que ser plenamente humano en cuerpo, alma y espíritu, para poder ser nuestro Redentor.

La segunda opinión, que Cristo consiste en dos personas, fue popularizada por el monje Nestorio, quien se convirtió en obispo de Constantinopla en 428, una época en que estaba creciendo la devoción a la virgen María. Hizo una denuncia pública de la idea de que María era theotokos, la “portadora de Dios”.

Nestorio temía que la gente supusiera que María, al ser llamada la “madre de Dios”, era entonces la madre de la naturaleza divina de Cristo. Por eso afirmó que Cristo era en realidad dos personas, y que María solo era la madre de la per­ sona humana que se había unido con la persona divina. En conclusión, Cristo era por un lado el Hijo del hombre y por otro lado el Hijo de Dios.

El nestorianismo pareció haber resuelto el problema de cómo pudo Jesucristo haber sufrido como hombre al mismo tiempo que no podía sufrir como Dios. En términos simples, el Hijo del

hombre había sufrido y el Hijo de Dios no. Aunque había unión entre las dos personas, en esencia permanecían separadas.

Se le debe reconocer a Nestorio su creencia de que Cristo era verdadero hombre y verdadero Dios, pero al creer que era dos personas distintas introdujo una especie de esquizofrenia en la manera como la iglesia entendía a Cristo. Los eruditos se sentían tentados a dividir todas las palabras del Señor entre las cosas que dijo como hombre (“Tengo sed”) y las que dijo como Dios (“Antes que Abraham fuese, yo soy”).

Lo que es más importante, esta manera de ver las cosas niega la encamación porque no sería posible en sentido alguno que el “Verbo fue hecho carne”. Solo se podría concluir que el Verbo estuvo unido al lado de la carne.

Por último, esta perspectiva dificulta la adoración a Cristo porque caer de rodillas ante el Cristo que anduvo por esta tierra sería una forma de idolatría, ya que el Cristo visible no es más que una persona humana. La gente que vio a Cristo solo vio a un hombre, no a Dios. Para Nestorio, el único Cristo que podía recibir adoración era su persona invisible divina.

En el concilio de Éfeso en 431, Nestorio fue condenado y se le concedieron diez días para retractarse.

Con facilidad podemos caer en el error del nestorianismo cada vez que decimos que Cristo fue tanto Dios como hombre y con ello queremos dar a entender que Él fue Dios y también un hombre. La implicación es que Él fue dos personas separadas. Es mejor hablar de Él como el Dios-hombre para preservar la unidad de su persona.

La tercera opinión era mantenida por Cirilo, el obispo de Alejandría que había ganado fama por su condena del nestorianismo. Enseñó que las dos naturalezas de Cristo estaban fusionadas. Aunque existen dudas sobre si él fue mal interpretado con el paso de los siglos, su parecer condujo más tarde al monofisismo (“una naturaleza”). Cristo solo tuvo una naturaleza porque la deidad y la humanidad estaban

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mezcladas de de forma inseparable. Para Cirilo era necesario proteger la unidad de la persona de Cristo.

Si Nestorio separó al Dios-hombre hasta llegar al punto de que el único contacto entre las dos naturalezas era un acuerdo moral, Cirilo las unió de tal modo que las naturalezas resultantes no eran ni de Dios ni de hombre, sino una mezcla de las dos. Eutico, un controvertido seguidor de Cirilo, llevó esta postura a su conclusión lógica y afirmó que el cuerpo de Cristo era en esencia diferente de otros cuerpos humanos. Mediante la unión de las dos naturalezas se había formado una tercera sustancia antes inexistente.

Es probable que se hayan discutido otras opciones en el concilio de Calcedonia, pero las tres anteriores fueron rechazadas. En su lugar, el concilio escribió un credo que apuntaba específicamente a combatir estas herejías y su influencia.

León el Grande dominó el debate en el concilio. Fue conocido como un Papa que avanzó la primacía de la iglesia romana e hizo referencia continua a las palabras de Cristo en Mateo 16:18 para defender el papado: “tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia”. Fue un gran administrador y un predicador efectivo. Luchó con vigor para sostener la humanidad plena de Cristo en un tiempo cuando los gnósticos habían recalcado la deidad de Cristo a expensas de su humanidad. En 449 d.C. había escrito una carta a Flavio, el obispo de Constantinopla, en la que defendía la doctrina tradicional de la encamación. Este documento, conocido en la historia como el tomo de León, fue la fuente teológica principal que se utilizó en el concilio.

El credo

La declaración final fue en gran medida una negación de las posturas mencionadas antes, pero también se hacen algunas afirmaciones generales sobre la unión de las dos naturalezas:

Nosotros pues, siguiendo a los santos padres, todos unánimes en un mismo acuerdo, enseñamos a los hombres

a confesar uno y el mismo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, el mismo perfecto en divinidad y también perfecto en humanidad; verdadero Dios y también ver­ dadero hombre, en alma y cuerpo; en todas las cosas semejante a nosotros, sin pecado; engendrado del Padre antes de todas las edades según la deidad, y en estos últimos días por nosotros y para nuestra salvación, nacido de la virgen María, la madre de Dios en cuanto a la humanidad; uno y el mismo Cristo, Hijo, Señor, unigénito, para

ser reconocido en dos naturalezas de manera

inconfundible, inalterable, indivisible e inseparable; la distinción de naturalezas de ningún modo es quitada por la unión, antes bien la propiedad de cada naturaleza es preservada y concurre en una persona y una subsistencia, no partida ni dividida en dos personas, sino uno y el mismo Hijo, unigénito, Dios la Palabra, el Señor Jesucristo.

Notemos que el credo afirmaba que Cristo era plenamente hombre (en oposición al apolinarismo), pero que era una sola persona (en oposición al nestorianismo) con dos naturalezas que permanecían distintas (en oposición al monofisismo). Al declarar que los atributos de ambas naturalezas pueden afirmarse con respecto a una sola persona, el credo trató de ayudamos a captar una vislumbre de lo que Juan quiso decir cuando escribió: “Y aquel Verbo fue hecho carne”.

No se intentó explicar con precisión cómo estaban unidas las dos naturalezas en esa única persona, puesto que los delegados sabían que se encontraban sobre el precipicio del misterio.

El credo también acordó que María era la madre de Dios, no por haber originado la naturaleza divina, sino porque dio a luz un hijo quien de hecho fue divino. Esta frase no se empleó tanto para exaltar a María sino para recalcar la deidad de Cristo.

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