A
ugusto trató de integrar en una unidad geográfica, de fronteras definidas, y en una unidad política, con instituciones estables y homogéneas, los territorios directamente sometidos a Roma o dependientes en diverso grado de su control, aumentados a lo largo de los dos últimos siglos de la república sin unas líneas coherentes.A su muerte, esta gran obra imperial era ya una firme realidad. Como elemento de propaganda, tras el largo período de guerras civiles, Augusto extendió la consigna de la paz (paxAugusta), cuyos beneficios habrían de disfrutar no sólo los ciudadanos romanos, sino también los
pueblos sometidos a Roma, en un imperium Romanum universal, caracterizado por el dominio de la justicia. Esa paz, no obstante, implicaba una pretensión de dominio universal y exigía una política expansiva e imperialista, en principio, ilimitada, como orgullosamente venía a proclamar el propio título de las memorias del princeps, las Res Gestae: Empresas del divino Augusto, que le han permitido
someter el mundo al dominio del pueblo romano. Pero esta pretensión de dominio universal hubo, no
obstante, de plegarse a limitaciones reales, exigidas por las circunstancias. Por otro lado, esta filosofia política estaba también apoyada en consideraciones prácticas: la necesidad de mantener ocupadas las energías de grandes cantidades de fuerzas militares, que no podían ser licenciadas tras el final de la guerra civil.
Uno de los fundamentos constitucionales del poder de Augusto —dejando de lado las bases reales de un ejército fiel— era el imperium proconsular, otorgado por el Senado en el año 27 a.C., que lo convertía en comandante en jefe de las fuerzas armadas. Lógicamente, era preciso justificar esta responsabilidad con éxitos militares. Con la concesión del imperium proconsular, se entregaba a Augusto la administración de aquellas provincias necesitadas de un aparato militar para su defensa[18]. De cara a la organización militar, esto significaba que el ejército venía a convertirse en elemento estable y permanente de ocupación de aquellas provincias en las que Augusto estimó necesaria su presencia. Los diferentes cuerpos militares repartidos por las provincias del imperio ya no estarían supeditados a la ambición o al capricho de los gobernadores provinciales. Augusto era el caudillo, y los mandos militares actuarían sólo por delegación del emperador.
Para nutrir sus efectivos, el ejército quedó abierto a toda la población libre del imperio, bajo la premisa de mantener la división jurídica entre ciudadanos romanos y peregrini o súbditos sin derecho privilegiado, mediante su inclusión en cuerpos diferentes con funciones específicas: legiones y tropas de elite, reservadas a los ciudadanos romanos, y cuerpos auxiliares, los auxilia, en donde se integraba la población del imperio sin estatuto ciudadano. Salvo las tropas de elite, destinadas a cumplir servicio en Roma, todos los demás cuerpos fueron distribuidos en las diferentes provincias imperiales, a las órdenes de los correspondientes legati Augusti propraetore , los gobernadores del orden senatorial, designados directamente por el emperador.
Las legiones continuaron siendo el núcleo del ejército imperial. Augusto redujo su número, excesivo durante la guerra civil, a veintiocho unidades, unos ciento cincuenta mil hombres[19]. Cada ejército
provincial se completaba con una serie de unidades auxiliares, los auxilia[20], organizadas según módulos romanos en mando, táctica y armamento, con unos efectivos semejantes a los de las legiones. Estas fuerzas de tierra se completaban con otras marítimas, menos estimadas y de menor importancia estratégica, con flotas permanentes en Italia —Rávena y Miseno— y en algunas provincias, así como flotillas fluviales en el Rin y el Danubio.
Si se piensa en la superficie de los territorios conquistados y en la extensión de las fronteras romanas, un ejército de trescientos mil soldados parece insuficiente. No obstante, superaba a cualquier otra fuerza armada, tanto dentro como fuera de los límites del imperio, por su organización, disciplina, tácticas y capacidad combativa, lo que podía compensar una eventual inferioridad numérica.
Augusto, en la sistemática organización de los territorios incluidos en el imperio, se encontraba preso de problemas heredados, que era imposible soslayar: la falta de homogeneidad del territorio bajo dominio romano, por la existencia de bolsas independientes y hostiles, que afectaban a la necesaria continuidad geográfica del imperio, y el contacto con pueblos real o potencialmente peligrosos en las fronteras de los territorios recientemente dominados.
En África, la frontera meridional, las provincias de África y Cirenaica no contaban con unos limites precisos al sur, objeto de incursiones de las tribus nómadas del desierto, problema que se veía complicado por la reciente anexión de Egipto, convertido, tras la victoria de Accio, en provincia.
La más complicada y peligrosa era, no obstante, la frontera oriental, donde se encontraba el reino parto, el secular enemigo de los romanos, extendido al otro lado del Éufrates. La provincia de Siria, los reinos de Judea y Commagene y un cierto número de principados árabes del desierto (Palmira, Abila, Emesa), bajo influencia y control romanos, formaban el frente sur contra el poderoso rival. En el norte, en Asia Menor, la rica provincia de Asia estaba flanqueada por una serie de estados clientes —Licia, Cilicia, Paflagonia y Galacia—, separados del imperio parto por estados tapón, también clientes de Roma: Capadocia, la Pequeña Armenia y el Ponto. Todavía más al norte, el reino del Bósforo Cimerio era también vasallo de Roma.
No eran más satisfactorias las condiciones que imperaban en el extenso frente septentrional. En su flanco oriental, al norte de la provincia de Macedonia, se extendía el reino de Tracia, gobernado por príncipes protegidos de Roma, pero continuamente expuesto a ataques de tribus bárbaras y belicosas, extendidas a ambos lados del Danubio. En el sector central, los Alpes eran, a la vez, la frontera de Italia y del imperio; la débil protección que ofrecían exigía extender los límites más al norte, toda vez que en los valles alpinos existían aún tribus que se mantenían independientes. De los Alpes al oeste, hasta el océano, la frontera seguía el curso del Rin, en cuya margen derecha las inquietas tribus germánicas eran un constante factor de inseguridad, lo mismo que, al otro lado del canal de la Mancha, los pueblos britanos, ya en dos ocasiones objeto de infructuosos intentos de sometimiento por parte de César. También, en el norte de la península Ibérica, protegidas por la barrera montañosa cantábrica, se mantenían fuera del control romano las tribus de cántabros y astures.
No fue excesivo el interés mostrado por Augusto en la frontera meridional del imperio. El princeps abandonó al Senado la administración de las provincias de Cirenaica —a la que fue anexionada Creta— y África, que, unida al antiguo reino de Numidia, constituyó la nueva Africa proconsularis. El estacionamiento, en esta última provincia, de una legión, la III Augusta, y la fundación de un buen número
de colonias de veteranos, tanto en ambas provincias como en el reino cliente de Mauretania, fueron los principales instrumentos de seguridad y estabilización de la frontera meridional del imperio. Sólo, sobre la frontera meridional y oriental de Egipto, se emprendieron expediciones a Arabia y Etiopía, magnificadas en el relato de las Res Gestae, que no llegaron a ampliar los límites del imperio.
En la frontera oriental, Augusto osciló entre una política de anexión directa y el mantenimiento de estados clientes. En Asia Menor, Roma contaba con la rica y pacificada provincia de Asia, administrada por el Senado. Augusto convirtió el reino de Galacia también en provincia, pero dejó subsistir los estados clientes de Capadocia y el Ponto. Las prudentes medidas de Augusto se explican en atención al problema clave de la política exterior romana en Oriente: las relaciones con el reino de Partia. Por esta razón, el fortalecimiento militar de la provincia de Siria se convirtió en vital, como eje de la defensa de la frontera oriental. En el norte de la provincia fueron estacionadas cuatro legiones, en posiciones que permitieran su fácil concentración y envío a cualquier dirección, desde el cuartel general de Antioquía. La defensa del resto del territorio romano contra los ataques de los beduinos del desierto fue confiada a los estados vasallos de Emesa e Iturea, cuyos territorios se extendían hasta los confines del reino de Herodes. Tras la muerte del soberano en el año 4 a.C., Augusto convirtió parte del reino en la provincia de Judea. La defensa armada y la prudencia frente al poderoso enemigo parto fueron, así, las líneas maestras de la política de Augusto en Oriente.
En Europa, en cambio, la intervención de las armas romanas y la política decidida de expansión fueron un hecho manifiesto durante la mayor parte del principado de Augusto. Los objetivos más obvios y urgentes eran los que afectaban al inmediato entorno de Italia, en la frontera de los Alpes. Habitados por tribus independientes y belicosas, además de producir una continua inseguridad sobre la zona septentrional de la península, impedían la posibilidad de una comunicación más rápida y segura de Italia con el resto del imperio. En los Alpes occidentales, las repetidas expediciones contra los sálasas dieron como resultado, en el año 25 a.C., la conquista del valle de Aosta, con los pasos alpinos del Pequeño y del Gran San Bernardo. Poco después, en 14 a.C., se completaba el dominio de la zona con la anexión de la franja costera ligur, organizada como provincia (Alpes maritimae). Por su parte, el sometimiento de los Alpes centrales y orientales, habitados por los retios, un pueblo ilirio, parece estar en conexión con una concepción de más largo alcance, tendente a crear una continuidad territorial entre el norte de Italia y el curso superior del Rin. Los dos hijastros de Augusto, Druso y Tiberio, en operaciones combinadas, lograron incluir todo el espacio alpino y subalpino septentrional bajo el control romano (15-12 a.C.). El territorio anexionado fue convertido en la nueva provincia de Raetia (Baviera, Tirol septentrional y Suiza oriental). Poco antes (17-16 a.C.), era anexionado también, casi sin lucha, el Tirol oriental, la actual Austria, que fue en principio incluido en el ámbito de dominio romano como estado cliente, el reino del Nórico. Estas empresas llevaron a las armas romanas hasta el comienzo del curso medio del Danubio, en los alrededores de Viena.
de inseguridad para la provincia de Ma cedonia. Una doble política de represión y de atracción permitió confiar los Balcanes orientales (aproximadamente el territorio de Bulgaria) a un régulo tracio, como estado cliente. El territorio entre el reino tracio y la línea del Danubio sería convertido después en la nueva provincia de Moesia. Por lo que respecta al Ilírico, el vasto espacio que comprendía el territorio extendido entre el Adriático y el Danubio, estaba ya, desde época republicana, en poder romano. Sin embargo, era necesario vencer la inquietud de las tribus dálmatas y panonias, que se extendían entre el Save y el Drave, tarea confiada primero a Agripa y, tras su muerte, al hijastro de Augusto, Tiberio, que, en el año 12 a.C. logró la ocupación del territorio panonio hasta el curso medio del Danubio. Sin embargo, la rapidez de la ocupación y las exigencias tributarias romanas suscitaron la rebelión de dálmatas y panonios en 6 d.C., dirigidos por Bato. Fueron necesarios cuatro años para acabar con el levantamiento y, tras el sistemático sometimiento, Augusto, comprendiendo la dificultad de gobernar un territorio tan extenso, lo dividió en dos provincias independientes: Dalmacia, al sur, entre la costa dálmata y el Save, y Panonia, al norte, entre el Save y el Danubio. Con su política danubiana, Augusto aumentó considerablemente los territorios septentrionales del imperio, pero, sobre todo, les proporcionó una nueva línea fronteriza más estable y segura, durante mucho tiempo considerada como definitiva.
La defensa de las Galias, el convencimiento de que el Rin no constituía una verdadera frontera natural y las incursiones de tribus germánicas coaligadas en el curso medio del río, llevaron a Augusto al plan de la conquista de Germania. Mientras Tiberio conducía las fuerzas romanas en Panonia, su hermano, Druso, recibió el encargo de penetrar al otro lado del Rin, en el interior de Germania. Cuatro campañas, entre 12 y 9 a.C., llevaron a las armas romanas muy dentro del territorio germano, hasta el Elba. La muerte de Druso, en 9 a.C., significó para la política romana en Germania, con la pérdida de un excelente comandante, quizá también la del hilo conductor de un proyecto coherente. Le reemplazó Tiberio, que consiguió, con métodos más políticos que militares, la sumisión al control romano de todas las tribus germanas entre el Rin y el Elba, entre el año 8 y el año 6 a.C. Pero la penetración en Germanía quedó estancada por el exilio voluntario de Tiberio en Rodas, como consecuencia de sus malentendidos con Augusto. Sólo en el año 4 d. C. Tiberio volvió a hacerse cargo de las operaciones, cuyo objetivo era ahora reemprender la obra de Druso e intentar el sometimiento de la región entre el Weser y el Elba. En la campaña del año 5 d C. las legiones romanas avanzaron hasta el Elba a través del territorio de los caucos (Bremen) y longobardos (Hannover) y, remontando el río, alcanzaron la península de Jutlandia. Nada parecía impedir la transformación de Germanía en provincia regular, a excepción de un foco de rebelión dirigido por el rey marcomano, Marbod, en Bohemia. Cuando Tiberio se preparaba para la ocupación estable de Bohemia, estalló la sublevación de dálmatas y panonios, que obligó a paralizar las operaciones. Tiberio hubo de acudir apresuradamente al Ilírico y firmó la paz con el jefe marcomano. De todos modos, en los siguientes cuatro años no se registraron levantamientos en Germania. Lentamente se creaban los presupuestos para transformar el territorio, desde el norte del Main al Elba, en una provincia sometida a administración regular. Pero, precisamente unos días después de que se conociera en Roma la noticia de la feliz terminación de la guerra en el Ilírico, la opinión pública se conmocionaba con la catástrofe de Varo en Germania: el legado Publio Quintilio Varo fue aniquilado, en el año 9 d.C., con tres legiones en un bosque de Westfalia ( saltus Teotobur gensis) por fuerzas de queruscos al mando de su régulo, Arminio (Herrmann). Augusto, profundamente afectado, clamó durante varios días: «¡Varo,Varo, devuélveme mis legiones!». Nunca podrán aclararse las causas de la catástrofe, pero lo importante es
que, como corolario, Augusto decidió el abandono de la línea del Elba y el repliegue sobre la vieja frontera del Rin. Aunque probablemente no se trató de una resolución firme, con el tiempo resultó definitiva. A la muerte de Augusto, la ribera derecha del río fue evacuada y, a excepción de demostraciones militares esporádicas, las armas romanas se fortificaron en la orilla izquierda, sin intención de conquista, en el interior del territorio germano. Esta estrecha faja, a lo largo del río, dividida en dos distritos militares, Germanía Inferior (norte) y Germanía Superior (sur), fue el limitado resultado de los ambiciosos proyectos imperialistas de Augusto.
Más que en las conquistas, fue sobre todo en la organización del imperio donde Augusto mostró todo su genio y capacidad de hombre de estado, convirtiendo el caótico conglomerado de territorios sometidos al dominio de Roma en la estructura de poder más grande y estable de toda la Antigüedad: un espacio uniforme, alrededor del Mediterráneo, rodeado por un ininterrumpido anillo de fronteras fácilmente defendibles. Pero también fue obra de Augusto la organización de este espacio con una política global, tendente a considerar el imperio como un conjunto coherente y estable sobre el que debían extenderse los beneficios de la pax Augusta. Esta política imperial no podía prescindir del único sistema válido de organización conocido por el mundo antiguo, la ciudad, como realidad política y cultural. Donde este tipo de organización no existía,Augusto intentó crear los presupuestos para su desarrollo o fundó centros urbanos de nueva creación, como puntos de apoyo de gobierno y administración. Es en esta política urbana donde se muestra más claramente la idea imperial de Augusto, entendida como cohesión de conjunto de los territorios dominados por Roma. En Oriente, donde la cultura urbana constituía desde siglos el elemento imprescindible de organización política y social, Augusto trató de integrar las ciudades con medidas de propaganda ideológica, apoyadas, sobre todo, en la religión. Fiestas, templos, juegos y plástica extendieron por Oriente la imagen de Augusto como el protegido de Apolo y la reencarnación de Alejandro Magno, en una veneración cultual hacia su persona y la de su padre, el divus Iulius.
A la promoción del helenismo en Oriente corresponde una romanización de Occidente, donde la falta de tradición urbana en muchas zonas requería la creación y organización de centros de administración romanos como soporte de dominio. En esta política, Augusto no fue un innovador. Ya César había emprendido, a gran escala, tanto la fundación de colonias romanas como la concesión de derechos de ciudadanía a centros urbanos, o la urbanización de las comunidades indígenas. Augusto continuó la obra de colonización de su padre adoptivo, con una especial intensidad en determinadas provincias, como la Galia Narbonense, Hispana y África. Estas creaciones, en zonas del imperio donde no se habían desarrollado las formas de vida urbanas, favorecieron el cambio de las estructuras políticas y sociales tradicionales hacia formas de vida romanas, en un creciente proceso de romanización. Con la extensión y el fomento de la vida urbana, la política imperial manifestó también una preocupación constante por tender una red de comunicaciones continua, que permitiera acceder a todos los territorios bajo control romano. Las numerosas calzadas construidas durante el reinado de Augusto fomentaron la unidad del
imperio, como soporte de las tareas del ejército y de la administración y como medio de intercambio de hombres y mercancías. Una importante creación de Augusto en este ámbito fue el correo imperial o
cursus publicus, mensajeros del princeps que, gracias a una red de postas, permitían la transmisión de