A
l margen de demonios internos, de un entorno de incomprensión y de las circunstancias trágicas que acompañaron su existencia, Tiberio fue siempre consciente de sus deberes de gobernante, que ni aun en su retiro de Capri abandonó, volcado en un servicio al que le obligaba su ética aristocrática y la carga impuesta por Augusto cuando le transmitió el imperio. Y como gobernante, tanto en política interior como exterior, Tiberio siguió puntillosamente el camino trazado por Augusto, animado por los principios de gobierno que le había inculcado su predecesor. Estos principios se basaban en la consideración delprinceps como centro del sistema político, el engranaje central del mecanismo que constituía la
administración imperial. Ello exigía un poder de decisión que debía ser necesariamente infalible. Pero precisamente fue en este punto donde Tiberio se apartó del principio de Augusto, al tratar, ingenuamente o por sus propios escrúpulos de aristócrata todavía enraizado en el tradicional sistema republicano, de compartir sus deberes con el Senado y, más tarde, de abandonar parte del poder en manos del prefecto del pretorio. Fueron estos dos elementos —el servilismo del Senado y las injerencias de Sejano y, luego, de Macrón— los que perturbaron la marcha del nuevo gobierno, todavía más porque el temperamento dubitativo de Tiberio le impidió hacerse amo de la situación.
Frente a Augusto, cuya capacidad de improvisación e intuición le permitían captar la esencia de los problemas y proponer una solución inmediata, la indecisión de Tiberio y su actitud de contemporizar con un senado que había perdido la capacidad de gobernar, tenían que resultar perjudiciales para la marcha del Estado. Augusto basó su original régimen en la auctoritas, es decir, en el reconocimiento por el Senado y el pueblo de la superioridad de los juicios del princeps en todos los ámbitos políticos y sociales: en consecuencia, una esencia monárquica bajo una superficie republicana. Pero esta auctoritas no era susceptible, sin más, de transmisión, porque se trataba de un don personal, que exigía, entre otras cosas, nervios resistentes, confianza en las propias fuerzas, capacidad de decisión y optimismo, cualidades que Tiberio, indudablemente, no poseía. Sin atreverse a renunciar a la herencia transmitida por Augusto, el nuevo princeps la consideró como una pesada carga, seguramente consciente de sus propias limitaciones, cuando no de su incapacidad para sujetar con mano firme las riendas del gobierno. En compensación, hay que reconocer en Tiberio rasgos positivos: ardor de trabajo, fidelidad a los deberes del Estado, imparcialidad y sentido de la justicia.
Y, sin embargo, el gran drama de Tiberio, que siempre aspiró a ser considerado no otra cosa que un
princeps al estilo republicano, esto es, el «primero de los ciudadanos», y que buscó en el ejercicio del
poder la colaboración del colectivo tradicionalmente depositario de la gestión de gobierno, fue que terminó convertido en un tirano. Fue trágico que un princeps que quiso hacer del Senado un parlamento imperial no tuviera ninguna de las cualidades necesarias de un parlamentario. Pero no fueron sólo su incapacidad personal o sus limitaciones de carácter las que le empujaron hacia ese destino. También influyeron, y mucho, los rudos golpes que le infligió la fortuna, ante todo la muerte de su hijo Druso y la traición de Sejano. En sus últimos años, replegado sobre sí mismo y asqueado de un entorno servil, perdería dos de las virtudes esenciales de un verdadero princeps: la moderatio y la clementia.
Las cualidades de Tiberio, además de su estimable capacidad militar, brillaron ante todo en el campo de la administración. Su principado re presenta el desarrollo y consolidación de las instituciones creadas por Augusto, especialmente en la estructura burocrática, el sistema financiero y la organización provincial. A él se debe el progreso del orden ecuestre en su definitivo papel al servicio del Estado, el comienzo de la organización de la jerarquía financiera y la continuación del proceso de sustitución del sistema de arriendo de impuestos por la administración directa, así como una intervención más inmediata en la vida provincial, con la fundación de colonias y la creación y organización de nuevas provincias: Mesia, Retia y Capadocia.
Seguramente el problema más crucial del reinado de Tiberio, como sin duda de todo el imperio, era el financiero, en relación especialmente con las enormes exigencias de líquido para el pago de las fuerzas armadas. La continua necesidad que sufría el Estado de grandes cantidades de dinero obligó a Tiberio a llevar a cabo una política financiera de ahorro, que restringió los gastos públicos en materia de donaciones, juegos y espectáculos teatrales, lo mismo que obras públicas, aunque bien es cierto que en este último punto la febril actividad de Augusto ahorraba a su sucesor una atención preferente a la tarea edilicia. Es claro que esta política de ahorro, que debía desplegarse sobre todo en perjuicio de la plebs urbana, tampoco podía contribuir a la popularidad del princeps en Roma, y la incomprensión y odio de una masa parasitaria, recortada en sus centenarios privilegios, se desató a su muerte con el macabro juego de palabras «¡Al Tíber con Tiberio!». Pero lo cierto es que la política del emperador logró regular las finanzas y llenar las arcas del tesoro imperial.
Esta regulación en lo que respecta a la política fiscal no significó una mayor presión en las provincias. Se atribuye a Tiberio la frase de que «un buen pastor esquila sus ovejas, pero no las despelleja». Y, en general, la administración provincial muestra signos de atenta vigilancia que, con un estricto control de magistrados y funcionarios, logró mantener en límites soportables la explotación de las provincias con medidas como la estabilidad de los gobernadores responsables en su función o la progresiva sustitución de arrendamiento de impuestos por recaudación directa. Esta política económica de ahorro no significó tampoco un total abandono por parte del Estado de inversiones de carácter público: sabemos que durante el reinado de Tiberio continuó la extensión de la red viaria a lo largo del imperio, y conocemos ejemplos de actividad constructora o de generosa ayuda en casos de catástrofe, como el terremoto que destruyó en el año 17 varias ciudades de la provincia de Asia o los incendios que arrasaron las colinas del Celio y del Aventino en Roma el año 27 d.C.
Los rasgos positivos de esta administración no pueden, sin embargo, esconder el hecho de que el gobierno de Tiberio, reluctante a cualquier tipo de iniciativa de carácter político, diplomático o militar, se limitó a continuar la política de Augusto con mentalidad más adaptada a la gestión de un patrimonio familiar que de un imperio. La competencia, honestidad y atención de Tiberio en materia de administración ordinaria se contrapesaban con el terror por la responsabilidad y el deseo de aplicar, en ocasiones ciegamente y con poca inteligencia, únicamente procedimientos reglamentarios. Era un conservadurismo, privado de fantasía, que no fracasó por el gigantesco impulso que la obra de Augusto había imprimido al cuerpo político social romano, capaz de autodesarrollarse en unos cauces ya trazados, que, efectivamente, Tiberio se esforzó en mantener.
comienzo del reinado manifestó su interés por salvaguardar e impulsar por todos los medios las prácticas del culto tradicional, del que, en su calidad de pontífice máximo, era el principal representante. En el año 17 se inauguraron diversos templos en ruinas, que los años o el fuego habían destruido: los de Líber y Líbera y el de Ceres —la tríada divina que la masa plebeya había contrapuesto a la de Júpiter, Juno y Minerva, que presidía la religión oficial—, o los de Flora, Jano y la personificación deificada de Spes, la esperanza. En cambio, reacio a ser objeto de un culto, impuso un limite a la religión imperial, que ya contaba con dos dioses —el Divus Iulius y el Divus Augustus—, y sólo permitió de forma absolutamente excepcional ser asociado en Pérgamo al culto de Augusto y Roma. Expresamente, prohibió que se le elevaran templos en cualquier circunstancia, como el que una legación procedente de una comunidad de la Hispana Ulterior pretendía erigirle para honrarlo con su madre, o que se instituyeran colegios sacerdotales en su honor.
Un rasgo de Tiberio llama la atención en el punto de las creencias religiosas. Se trata de la inclinación del princeps por la búsqueda y la interpretación del porvenir. Durante toda su vida manifestó un vivo interés por la astrología, hasta el punto de contar con un astrólogo personal,Trasilo, un liberto originario de Alejandría, al que honró con la ciudadanía romana, que le acompañó ya en el exilio de Rodas y, posteriormente, en su vejez, en Capri. No deja de ser un ejemplo más en la larga serie de contradicciones de Tiberio que ordenara en el año 16 d. C. la expulsión de Italia de todos los astrólogos y magos, dos de los cuales, Lucio Pituanio y Publio Marcio, fueron ejecutados de forma especialmente cruel: el primero, despeñado desde la roca Tarpeya; el segundo, a la manera antigua, con el cuerpo inmovilizado en una horquilla, muerto a golpes de vara. Por lo demás, la superstición era uno de los rasgos más enraizados en las creencias religiosas de los romanos, que, desde Augusto, había experimentado un gran incremento, y que es necesario poner en relación con el renacimiento de un más profundo sentimiento religioso en todo el mundo mediterráneo.
Por lo que respecta a las religiones extranjeras, Tiberio mantuvo, en general, los criterios de Augusto de tolerancia, no incompatible con una drástica represión de cuantos cultos pudieran parecer atentatorios al orden público. Concretamente, demostró inflexible severidad con los adeptos a los cultos de Isis y con los judíos. Las suspicacias con respecto a uno de los cultos egipcios más extendidos estaban en relación con el importuno viaje a Egipto de Germánico, pero, sobre todo, con la actividad proselitista de los sacerdotes de Isis en Roma, que, como los de otras religiones procedentes de Oriente y basadas en una salvación personal, trataban de satisfacer, frente a los cultos rígidos y vacíos de la religión oficial, las necesidades espirituales impresas en todo ser humano: la aspiración a obtener el perdón de las faltas y alcanzar una comunicación directa y personal con la divinidad. Es cierto que, en algunos casos, como el del culto a Isis, la supuesta revelación divina se obtenía en el curso de ritos orgiásticos, que eran causa de deplorables excesos. Por ello decidió sacar del interior de Roma el templo de esta divinidad. En cuanto a los judíos, también se les reprochaba su proselitismo, aunque parece que Tiberio se dejó arrastrar por el sentimiento popular, encolerizado por las colectas recaudadas en sus templos. Según Tácito:
[…] se redactó un decreto senatorial disponiendo que cuatro mil libertos contaminados por tal superstición y que estaban en edad idónea fueran deportados a la isla de Cerdeña para reprimir allí el bandolerismo; si perecían por la dureza del clima, sería pérdida
pequeña; los demás debían salir de Italia si antes de un plazo fijado no habían abandonado los ritos impíos.
Hay que tener en cuenta que en esta época el judaísmo atravesaba un período de gran actividad, escindido en sectas y convertido, en ocasiones, en bandera de nacionalismo contrario a los intereses de Roma y, por ello, contemplado desde el poder con severidad y suspicacia.
Por lo que respecta a la política exterior, Tiberio se atuvo estrictamente al consejo de su antecesor de «mantener el imperio dentro de sus límites». Así, su reinado puede considerarse como la prueba de fuego de la validez del sistema augusteo. Tiberio se aplicó con decisión a continuarlo, cierto que sin una línea de conducta independiente, sin un espíritu de iniciativa y de capacidad constructiva, que han suscitado para su gobierno la calificación de inmovilista e inactivo. Tiberio había estado demasiado tiempo bajo la autoridad de Augusto para intentar una política personal a su llegada al trono, a una edad en la que ya mucho antes se han remontado las ilusiones de la vida. La mediocridad de su gestión personal fue compensada, en los límites en que lo permitían las circunstancias, con la sinceridad, aunque con efectos contrarios para Roma y para el mundo exterior y provincial. Si en Roma su carácter desconfiado y reservado y el difícil trato con un estamento incompetente y servil contribuyeron a acumular los malentendidos, en las provincias y el mundo exterior la determinación de mantener en vigor el sistema de Augusto y la acertada transformación de esta voluntad en decisiones de Estado fueron beneficiosas para la estabilidad y el desarrollo del imperio como sistema político-social en el marco de las estructuras romanas. No obstante, no faltaron en distintos puntos conflictos militares que requirieron la atención del
princeps y que atenúan las afirmaciones de Tácito de un reinado en el que la «paz no fue turbada» o de un
«princeps desinteresado por la expansión imperial».
Fueron los acontecimientos que tuvieron como escenario la frontera septentrional —los levantamientos de los ejércitos del Rin y el Danubio— los primeros que requirieron, como sabemos, la atención en el apenas comenzado principado de Tiberio. Druso en Panonia y Germánico en el Rin, con métodos distintos y con distintos resultados, lograron restablecer la disciplina entre unas tropas que cumplían una función vital en la defensa de las fronteras del imperio. Del ejército del Rin dependía la tranquilidad de la Galia; de las tropas del Danubio, la propia suerte de Itlia. Pero si Druso se limitó a restablecer la disciplina de su ejército, Germánico, en cambio, emprendió, tras la sofocación del motín de las legiones renanas, una confusa campaña al otro lado del Rin que, después de dos años, no significó sino la vuelta a la frontera ya establecida por Augusto. A partir de entonces, las armas romanas sólo hubieron de ocuparse de una vigilancia defensiva. Todavía más: después de la marcha de Germánico, el marcomano Marbod, el principal caudillo de la región danubiana, se vio envuelto en una guerra contra el jefe querusco Arminio y, vencido, se vio obligado a pedir auxilio a Tiberio. El emperador ni siquiera aprovechó la favorable situación para intentar vengar el desastre de Teotoburgo y, rechazando la petición
de ayuda de Marbod, se limitó a ofrecer su mediación por intermedio de su hijo Druso. Esta mediación, sin embargo, no buscaba la pacificación entre los dos caudillos germanos, tan contraria a los intereses de Roma, sino precisamente una intensificación de las discordias, que terminaron con la expulsión de Marbod del trono, obligado a buscar refugio en territorio romano. La eliminación de Marbod tuvo una gran importancia para la seguridad de la frontera septentrional romana, porque las rencillas intestinas de los germanos aumentaron, impidiendo cualquier iniciativa contra los romanos. Un año después de la caída de Marbod, en 21 d.C., una revuelta germana terminaba con la vida de Arminio y con las esperanzas de una Germanía unida.
Una vez asegurada la frontera del Rin, la política romana pudo aplicarse a una línea de pacificación, con la construcción de centros urbanos y calzadas que aseguraran la comunicación con Roma y el fácil desplazamiento de las legiones.
Pero, con Tiberio, la estrategia romana en la frontera septentrional iba a desplazar su centro de gravedad del Rin, que pasó a un segundo plano, al Danubio. No hay que olvidar el protagonismo del
princeps, aún en vida de Augusto, en la rebelión de dálmatas y panonios, entre los años 6 y 9 d.C., que lo
convertían en un «especialista» en asuntos danubianos. La intención de Tiberio fue incorporar los países del Danubio a las provincias del imperio. La razón fundamental era su proximidad a Italia y el peligro, siempre amenazante, de una invasión desde el norte. En consecuencia, pacificar y fortalecer la Iliria, la región al otro lado del Adriático, y, desde allí, retrasar la frontera hasta el Danubio, se convirtió en el tema central de la política imperial. No fue preciso emprender acciones bélicas, pero sí establecer con firmeza una acción romanizadora. Sólo en el Bajo Danubio, en el reino cliente de Tracia, hubo que reprimir una sublevación, en los años 21 y 26, de las tribus indígenas. Finalmente, en 46 d.C., bajo Claudio, la región sería convertida en provincia romana.
En el largo y comprometido confin oriental, el problema principal continuaban siendo las relaciones con los partos, sobre quienes Roma, a través de la diplomacia, trataba de imponer su propia superioridad, pero evitando al mismo tiempo el estallido de un conflicto abierto. La desaparición de los dinastas de varios reinos clientes en la frontera entre Roma y Partia decidieron a Tiberio a transformar uno de ellos, Capadocia, en provincia y anexionar otro, Comagene, a la provincia de Siria.
En todo caso, era la cuestión de Armenia el más delicado e importante cometido de la misión de Germánico, quien, penetrando en el reino hasta la capital, Artaxata, coronó en ella a Zenón, un miembro de la familia real del Ponto, como rey de los armenios, con el beneplácito de los propios súbditos y sin oposición por parte del rey Artabanes de Partia.
La elección de Zenón se manifestó acertada y significó un periodo de estabilidad en Oriente, al que puso fin su muerte en el año 34 d. C. Artabanes de Partia aprovechó la circunstancia para intervenir de nuevo en Armenia y, confiado en la débil reacción del ya anciano Tiberio, no contento con entronizar en el reino a su propio hijo Arsaces, presentó una serie de reclamaciones pecuniarias y territoriales ante el emperador. Pero Tiberio, aun en su retiro de Capri, continuaba atento a los problemas del imperio y desplegó una astuta política diplomática, que logró contrarrestar la arrogancia del soberano parto sin los peligros de una guerra. Utilizó para ello las pretensiones al trono parto de un príncipe arsácida, residente en Roma, Tirídates.Tras largas vicisitudes, Artabanes se manifestó dispuesto a renovar la paz en una solemne ceremonia a orillas del Éufrates y aceptó la sistematización romana de Armenia, refrendada con
el envío a Roma como rehén de su hijo Darío. Fue un triunfo final de la diplomacia de Tiberio y de su línea de gobierno prudente y astuta, poco antes de su muerte.
Otros problemas, aunque de importancia secundaria, exigieron la utilización de las fuerzas armadas a lo largo del reinado de Tiberio, en África y en la Galia.
El espacio geográfico que conocemos con el término Magreb, la antigua Berbería, habitado por tribus bereberes, era, en época de Tiberio, una especie de tierra de nadie, poblada de forma irregular por tribus nómadas o seminómadas, de costumbres primitivas y de lengua incomprensible, siempre dispuestas a la insurrección. Cartago había ocupado el oriente de este territorio, flanqueado por reinos semibárbaros, en una relación inestable, oscilante entre el sometimiento y una dialéctica defensaataque.
Tras la Tercera Guerra Púnica, en 146 a.C., Roma convirtió el territorio de la destruida Cartago, extendido por el norte del actual Túnez y la costa de Libia, en la provincia de Africa Proconsularis o