E
n todo caso, el problema había sido resuelto, y así, Tiberio, superadas las primeras incertidumbres, tenía vía libre para materializar sin trabas su programa de solicitar la colaboración del Senado, como corporación, en el gobierno del Estado. Pero a despecho de su buena voluntad, las carencias psíquicas de su temperamento dubitativo, su creciente misantropía, incrementada por las adulaciones de que era objeto, iban a condenar este programa al fracaso. Frente a su antecesor, a Tiberio le faltaba capacidad de comunicación para representar el complejo papel que requería el inestable régimen del principado. Augusto había ejercido el poder frente a la aristocracia como si no lo poseyera, mientras Tiberio, que poseía el poder, mostraba no querer ejercerlo. Lo que Augusto había representado como un teatro, Tiberio pretendió tomárselo en serio. Así, el restablecimiento de la res publica, que para Augusto fue una ficción sobre la que construyó la concentración en sus manos de todos los hilos del poder, fue para Tiberio una cuestión real, en la que trató de empeñarse con honestidad. Pero no era consciente de que, mientras tanto, los miembros de esa aristocracia dependían demasiado de la voluntad del princeps para su propia promoción y, en consecuencia, no podían orientar su comportamiento de otra manera que tratando de seguir, de forma servil y oportunista, sus deseos. En consecuencia, la ficción de un régimen autocrático disfrazado con el ropaje de instituciones republicanas, que Augusto y el Senado representaron conscientes de sus papeles y, por tanto, a sabiendas de su falsedad, intentó Tiberio convertirla en real, enfrentando a los senadores a una imposible disyuntiva: actuar como si todavía el Senado fuese el centro de decisión y, por tanto, ignorando la existencia de un poder autocrático superior, y, al mismo tiempo, doblegarse a la exigencia del princeps de ser reconocido como portador, en última instancia, de ese poder.La consecuencia de esta disyuntiva sólo podía ser incomprensión, perplejidad, adulación y miedo entre la aristocracia senatorial, incapaz, tanto de forma colectiva como individual, de encontrar un lenguaje flui do de comunicación con quien pretendía ser entre ellos solamente un primus interpares. El Senado estaba empeñado en hacer la voluntad del princeps, pero sin tener, por lo general, idea clara de cuáles eran sus deseos. Una anécdota relatada por Tácito ejemplifica plásticamente esta actitud. En un juicio ante el Senado, que le concernía directamente…
[…] se encendió de tal manera que rompiendo su habitual taciturnidad declaró a voces que en aquella causa también él declararía, públicamente y bajo juramento, para que los demás se vieran obligados a hacer lo mismo. Quedaban todavía entonces restos de la libertad moribunda. Y así, Cneo Pisón le dijo: «¿En qué lugar, César, quieres declarar? Si eres el primero, tendré una pauta para guiarme; pero si lo haces el último, tengo miedo de disentir de ti sin saberlo».
No puede extrañar que el Senado se inhibiera en medida cada vez mayor de aquellos asuntos en los que el princeps tuviera algún interés. Aunque el dominio de Tiberio no fuera deliberado o malicioso, la
incoherencia de su comportamiento extendió entre la cámara la desagradable sensación de que sus actividades estaban sujetas a una intervención tiránica y arbitraria. Y reaccionaron con un servilismo en las formas proporcional al rechazo en sus conciencias de las demandas de un princeps al que consideraban arrogante, reservado e hipócrita. Por su parte, Tiberio, incapaz de comprender que era su comportamiento, en gran parte, el responsable de estas malas relaciones, se distanció cada vez más de la cámara y, renunciando a su pretendido papel de moderador en sus discusiones, al estilo de los principes republicanos, fue poco a poco espaciando su presencia, hasta terminar comunicándose en exclusiva por escrito con un colectivo al que, en medida cada vez mayor, despreciaba por una actitud servil que él mismo había contribuido a crear.
No obstante, los primeros años fueron de estrecha colaboración. Tiberio, favorable a la aristocracia, de la que él mismo se consideraba un miembro, trató de proteger y de respaldar al máximo a la vieja nobleza, dando al Senado una parte en los asuntos de Estado, que Augusto les había sustraído. Entre sus primeros actos de gobierno, Tiberio, en seguimiento de un proyecto del propio Augusto, transfirió las elecciones de magistrados de las asambleas populares al Senado, que se convirtió así en el único organismo electoral, eso sí, manteniendo para él los mismos derechos que Augusto se había reservado en los nombramientos. También en el campo de la actividad legislativa Tiberio continuó el camino trazado por Augusto de solicitarla colaboración del alto organismo a través de los decretos emanados de la cámara, los senatus consulta, promoviendo un gran número de tales decisiones. Pero, sobre todo, el Senado se convirtió definitivamente con Tiberio en un órgano judicial, bajo la presidencia de los cónsules, que debía entender en los juicios de crímenes de lesa majestad cometidos por sus propios miembros o por el estamento ecuestre, y en tribunal de apelación sólo inferior a las decisiones del
princeps. Con ello, el Senado asumía la función de tribunal criminal y echaba sobre sus hombros una de
las cargas que más habrían de pesar en el veredicto final sobre el principado de Tiberio.
La legislación de lesa majestad no era nueva: se remontaba al último siglo de la república y tenía su fundamento en la noción de soberanía del pueblo (maiestas populi Romani). De la legislación sobre la materia destacaba la lex Cornelia, del dictador Sila, que castigaba con la pena de exilio a quien fomentase una insurrección, obstruyera a un magistrado en el ejercicio de sus funciones, ultrajara sus poderes o dañara en cualquier forma al Estado. Augusto había creído necesario actualizarla con sus leyes
de maiestate y Pappia Poppaea, en las que también la conspiración contra el princeps, como titular del imperium y posesor de la inviolabilidad tribunicia, era considerada un acto de alta traición. Si la ley en
sí era necesaria, no dejaba de contener inconvenientes y peligros, tanto en su contenido —el impreciso concepto de maiestas— como en su aplicación, puesto que, dada la inexistencia del ministerio público, la acusación se ponía en las manos de informadores de profesión, los «delatores», cuyas denuncias eran objeto de recompensa. No era difícil que las leyes, en circunstancias de peligro o suspicacia por parte del princeps, se convirtieran en un instrumento de terror. De la mano de la tradición, se ha tratado de convertir los procesos de lesa majestad en la característica más significativa del reinado de Tiberio y definirlo como una serie de oscuros, caprichosos y sanguinarios juicios contra miembros de la alta aristocracia.
Estudios pormenorizados de los distintos ejemplos que conocemos obligan a introducir concesiones a esta imagen generalizadora:Tiberio, al menos durante los primeros años de su reinado, intentó ejercer una influencia moderadora en los procesos de maiestas contra su persona, pero su templanza en el difícil
equilibrio entre estado monárquico y dignidad senatorial no pudo evitar que, en nombre del ideal de
libertas aristocrático o de ambiciones más o menos claras, se fuera levantando una oposición, que le
obligó a reaccionar con violencia; una violencia que los años, los fracasos y los desengaños hicieron crecer cada vez más.
La filosofia política de Tiberio, empeñada en un programa de colaboración con el Senado, bajo su dirección, al viejo estilo de Pompeyo, se vio enfrentada al dramático contraste de la realidad monárquica del estado y a la necesidad de asumir poderes y prestigio en la vía trazada por Augusto, sin los cuales el principado sólo podía contar con las armas de la represión y el terror.
En estas dificultades internas, el Senado poco podía hacer en el intento de encontrar el camino adecuado para adaptarse a los deseos del princeps, definitivamente enterrados en los años de guerra civil y gobierno autocrático de Augusto. Había perdido su nervio político, su propia capacidad de iniciativa, convertido en un estamento egoísta, privilegiado socialmente y atento sólo a preservar su posición sin riesgos o aventuras. Los deseos de colaboración del princeps tenían así, forzosamente, que convertirse en órdenes, y las órdenes suscitar rencores de los miembros del estamento, nacidos de su propia frustración e incapacidad. Y el precio que Tiberio tuvo que pagar ante la historia por esta contradicción fue la propia condena de su imagen, emitida por los mismos miembros de un estamento en el que había intentado integrarse reduciendo sus competencias de monarca.
En consecuencia, el programa de Tiberio de solicitar la colaboración de la alta asamblea en la gestión del Estado y su gobierno chocó con la incomprensión de sus contemporáneos. Pero esta incomprensión todavía había de acrecentarse y convertirse en animadversión con la ayuda de una serie de fatales acontecimientos que, combinados con la falta de interés de Tiberio por la popularidad —oderint
dum probent, «que me odien mientras me aprueben», solía decir—, sirvieron de fundamento a la leyenda
del Tiberio hipócrita, sanguinario y pérfido, transmitida por la posteridad.
Fue el primero de tales acontecimientos, si hacemos excepción del oscuro asesinato de Póstumo, la cuestión de Germánico.