E
n la elección de Cayo como sucesor de Tiberio fue decisiva la acción de Macrón, el prefecto de pretorio, quien, inmediatamente después de la muerte de Tiberio en Miseno, tras hacer jurar a los soldados y marineros de la flota fidelidad al nuevo princeps, se dirigió a Roma para convencer al Senado de la conveniencia de tal decisión. La cámara se puso pronto de acuerdo en invalidar el testamento de Tiberio, so pretexto de una enfermedad mental, y así, el 18 de marzo del año 37 d.C., Cayo César Augusto Germánico se convertía en el nuevo princeps con los títulos usuales. De este modo, el principado, pacientemente edificado por Augusto como lenta consagración personal, desembocaba en una entidad constitucional, una institución monárquica, dependiente de los soldados de Roma y de la investidura formal del Senado.La elección, tan precipitadamente impuesta a un Senado sin excesiva capacidad de resolución por el hombre fuerte de Roma, tenía un claro sentido de reacción frente al reinado anterior, porque, con el joven
princeps, subía al poder la familia de Germánico y la propia descendencia directa de Augusto y, con
ello, aun sin conocerse las dotes del soberano, se albergaba la esperanza de que en él se personificarían las virtudes y excelencias del fundador del imperio, tras los largos días, tristes e inciertos, del misántropo Tiberio. Estas esperanzas iban a trocarse bien pronto, sin embargo, en la amarga realidad de una salvaje tiranía, que, tras cuatro años de terror, provocó finalmente la necesidad del magnicidio como único remedio practicable, ante la falta de cualquier garantía constitucional contra los poderes excesivos del princeps, el más peligroso aspecto del sistema creado por Augusto.
El trágico interludio de Calígula, convertido por las fuentes en morbosa sucesión de disparates vergonzosos y sádicos, tiene, sin embargo, los suficientes puntos oscuros para merecer un análisis que, por encima de la anécdota sensacionalista, intente profundizar en datos y problemas de contenido histórico.
Cayo, como sabemos, era el último descendiente varón por línea directa de Augusto, a través de su madre, Agripina, hija de Marco Agripa y de la desgraciada Julia, la hija única de Augusto. Nacido el 31 de agosto del año 12 d.C. en Antium, la localidad ancestral de la gens Iulia, era el octavo de los nueve hijos del matrimonio, de los que sobrevivirían a la infancia seis. Apenas con dos años, él y su madre se trasladaron a los campamentos de los ejércitos del Rin, cuyo mando había recibido el padre, Germánico, después de cumplir el consulado. El nuevo comandante, hijo del malogrado Druso, el hermano de Tiberio, había sido incluido en la construcción dinástica del principado como posible sucesor, y como tal, poco antes, su tío se había visto obligado, a instancias de Augusto, a aceptarlo como hijo adoptivo. Las fuentes coinciden en describirlo como una persona llena de encanto, afable y simpática, que
conseguía atraerse espontáneamente el afecto de quienes le trataban. El pequeño Cayo, considerado como
filius castrorum, «hijo de los campamentos», en el supersticioso ambiente del ejército, se convirtió, a su
vez, en un fetiche para los soldados, que lo mimaban y adoraban. Su madre no dejaba de fomentar esta inclinación con gestos tales como mostrarlo vestido de legionario, calzado con unas diminutas botas reglamentarias (caligae), que le proporcionaron el cariñoso sobrenombre de Calígula, «Botitas», entre la tropa.
Apenas unos meses después de su llegada, moría Augusto y Tiberio subía al poder. Y uno de los primeros problemas con los que hubo de enfrentarse el nuevo princeps fue el amotinamiento de las legiones que defendían las fronteras septentrionales del imperio. Druso, el hijo de Tiberio, acudió a taponar la brecha entre los ejércitos del Danubio, mientras Germánico intentaba calmar a sus legiones, que, enardecidas, llegaron incluso a intentar proclamarle emperador. Germánico rechazó, ofendido, la posibilidad, mostrando su lealtad a Tiberio; pero, sin la suficiente energía para restablecer su autoridad, sólo consiguió una precaria calma, tras fallarle el recurso a gestos teatrales, como la amenaza de suicidio, después de enseñar a sus soldados una carta falsificada del emperador con la supuesta promesa de atender sus reclamaciones. Las legiones, que en ese momento se encontraban acampando al aire libre, aceptaron reintegrarse a sus campamentos permanentes, en Castra Vetera (Xanten) y ara Ubiorum (Colonia), donde se encontraban Agripina y Germánico. Allí el malestar volvió a recrudecerse, hasta el punto de que Germánico decidió poner a salvo a su familia, trasladándola a retaguardia. Y fue precisamente el impacto de contemplar la fila de mujeres y al pequeño Calígula abandonando el campamento, lo que, como revulsivo, impulsó a los soldados a reintegrarse a la disciplina. Así lo relata Suetonio:
Los soldados, que le habían visto crecer [a Cayo] y educarse entre ellos, le profesaban increíble cariño, y fue prueba elocuente de él el que, a la muerte de Augusto, bastó su presencia para calmar el furor de las tropas sublevadas. Y, en efecto, no se apaciguaron hasta que se convencieron de que querían alejarle del peligroso teatro de la sedición y llevarle al territorio de otro pueblo. Arrepentidos de su intento, se precipitaron delante del carruaje, lo detuvieron y suplicaron entonces encarecidamente que no les impusiese aquella afrenta.
Germánico trató de hacer olvidar el vergonzoso incidente con la reanudación de una actividad agresiva al otro lado del Rin, en varias campañas de dudosa oportunidad y ejecución, que terminaron cuando Tiberio reclamó la presencia del comandante en Roma. La ausencia de resultados brillantes no fue obstáculo para que el princeps concediera a su sobrino el derecho al triunfo, que se celebró con extraordinaria pompa el 26 de mayo del año 17. El pequeño Calígula, de apenas cinco años de edad, pudo en esa ocasión saborear por vez primera el entusiasmo de las masas, como centro de la atención popular, al lado de su padre y de sus hermanos, entre prisioneros germanos, piezas de botín y representaciones de los escenarios de la guerra.
Sólo unos meses iba a permanecer la familia en Roma. Germánico, que acababa de recibir de Tiberio el importante encargo de poner orden en los asuntos de Oriente, llevó consigo a Agripina, en avanzado estado de gestación, y a Cayo. Como sabemos, tras cumplir su misión, Germáni co se sintió
inesperadamente enfermo y al poco murió, denunciando en la agonía que había sido envenenado por el gobernador de la provincia, Cneo Calpurnio Pisón, un hombre de confianza de Tiberio, a quien el rumor popular señaló como instigador y último responsable.
Agripina, desgarrada por la pena, pero también llena de un sentimiento de odio y venganza contra el causante de toda la desgracia familiar, se embarcó, con Livila y Cayo, rumbo a Italia, portando las cenizas de su amado Germánico. Tras una larga travesía en pleno invierno, la triste comitiva desembarcó en Brindisi, donde una gran multitud expectante se unió al dolor de las víctimas. Según Tácito:
Tan pronto como se avistó a la flota en el horizonte, no sólo el puerto y la marina, sino también las murallas y tejados y cuantos lugares permitían ver más lejos, se llenaron de una turba de gentes en duelo que se preguntaban si al desembarcar Agripina debían recibirla en silencio o con alguna aclamación.Aún no aparecía bastante claro lo que resultaba más oportuno, cuando una flota entró lentamente en el puerto; los remos no se movían con la alegría habitual, sino que todo se acomodaba al duelo. Después de que, acompañada de dos de sus hijos, llevando en sus manos la urna fúnebre, desembarcó y se quedó con los ojos clavados en la tierra, uno solo fue el gemido de todos, y no era posible distinguir entre allegados y extraños, entre los llantos de los hombres y los de las mujeres; a no ser que en el séquito de Agripina, fatigados ya por su largo luto, los superaban los que habían salido a recibirlos, por estar más reciente su dolor.
Finalmente, los restos de Germánico fueron depositados en el mausoleo de Augusto. Cayo tenía siete años cuando murió su padre. En una edad en la que, con los inicios del raciocinio, se graban indeleblemente en el alma sentimientos y experiencias, el huérfano se vio arrastrado por las violentas circunstancias que, en su más íntimo entorno, imponían una madre soberbia, rencorosa y amargada, y una tétrica acumulación de desgracias, cuyos inductores tenían nombres y apellidos.Agripina llenaba la mente del muchacho con desfigurados relatos, que, al tiempo de agigantar la figura de su padre, le inculcaban un desmedido orgullo por su propio linaje. Pero tampoco podía dejar de oír las conversaciones que, en la mansión materna, Agripina y su círculo de amigos mantenían con el sempiterno argumento de las felonías cometidas por el viejo Tiberio y su valido Sejano. En sus oídos debían de martillear a diario los ecos de conspiraciones, denuncias, asesinatos y ejecuciones que, si convergían en las dos odiadas figuras, alcanzaban también a un Senado agarrotado por el miedo, servil y rastrero, más todavía por servir de obediente corifeo a tanta vileza.
No tenemos datos sobre los años que Cayo pasó en la casa materna, entre la muerte de Germánico y los fatídicos destierros de Agripina y de su hermano mayor Nerón. Sólo que, en el año 22, cuando el hijo de Tiberio, Druso, desaparecía, víctima también de las letales redes de Sejano, el princeps presentó y
encomendó ante el Senado a los hijos de Germánico. Así lo relata Tácito:
Tiberio, durante todo el tiempo de la enfermedad de Druso… e incluso cuando ya había muerto y aún no había sido sepultado, no dejó de acudir al Senado… Se dolió de la avanzada ancianidad de Augusta [Livial, de la edad aún prematura de sus nietos y de la suya ya declinante, y pidió que se hiciera entrar a los hijos de Germánico, único consuelo de los males presentes. Salieron los cónsules, y tras dirigir a los muchachos unas palabras de ánimo, los llevaron y los colocaron en presencia del César. Tiberio, tomándolos de la mano, dijo: «Padres conscriptos, cuando estos niños se quedaron sin padre, los entregué a su tío y le rogué, aunque tenía su propia descendencia, que los cuidara como a su propia sangre y los ayudara,y que los hiciera semejantes a sí mismo para bien de la posteridad. Una vez que nos ha sido arrebatado Druso, a vosotros vuelvo mis ruegos y en presencia de la patria y de los dioses os emplazo: a estos bisnietos de Augusto, nacidos de los más esclarecidos antepasados, acogedlos, guiadlos, cumplid vuestro deber y el mío. Éstos ocuparán, Nerón y Druso, el lugar de vuestros padres. Habéis nacido en tal condición que vuestros bienes y vuestros males trascienden al Estado.
El discurso altisonante y solemne pronunciado por el princeps sólo podía interpretarse como una clara investidura, correspondiente a su deseo de considerar a los hijos de Germánico como sus futuros herederos. Tenemos un extraordinario documento gráfico de esta situación, en la que, muerto Druso, los hijos de Germánico y Agripina se convertían en los más firmes sucesores de Tiberio, en el llamado Gran Camafeo de Francia. Elaborado en ágata y el más grande en su especie —con una altura de 31 centímetros y anchura de 26,5—, esta preciada joya se conserva en el Gabinete de Medallas de la Biblioteca Nacional de París. Aunque no exento de problemas en la interpretación de algunas de las figuras que contiene, su fin es claro: afirmar la continuidad y la legitimidad dinástica de los Julio- Claudios como soberanos del imperio romano. En la parte superior se sitúan los muertos: Augusto, flanqueado de Druso, el hijo de Tiberio, y de Germánico, volando a lomos del caballo Pegaso. El registro central lo ocupa el mundo de los vivos: el emperador y sus posibles descendientes y herederos. En el centro, con los atributos de Júpiter, aparece Tiberio, sentado, acompañado de su madre, Livia. Ante ellos, Nerón y Druso, designados como herederos, y detrás, el tercer hijo de Germánico, el joven Cayo, y el propio nieto de Tiberio, Gemelo. La parte inferior muestra de forma alegórica la victoria sobre los más peligrosos enemigos externos de Roma, los germanos y los partos, representados como un grupo de cautivos[22].
Pero en los deseos del emperador iban a interferir, de un lado, el rencor y la intransigencia de su sobrina, y, del otro, los turbios manejos de Secano. Dos años después de estos acontecimientos, en el año 24 d.C., como consecuencia de una impulsiva trama preparada por Agripina y el círculo de sus amigos, los nombres de Nerón y Druso fueron incluidos con el de Tiberio en las plegarias anuales elevadas por los pontífices por el bienestar del emperador. El princeps, irritado por este acto de arrogancia, «se dolió resentido de que a dos adolescentes se los igualara a su ancianidad» y pronunció un discurso en el Senado «advirtiendo de que en lo sucesivo nadie pretendiera elevar a la soberbia los móviles ánimos de
unos adolescentes con honores prematuros».
Desde entonces, Sejano no cejó en el objetivo de eliminar el obstáculo que Agripina y sus hijos representaban para sus desmedidos planes, mientras Tiberio asimilaba obedientemente el veneno que el valido vertía en sus oídos. Sus ataques tuvieron como objetivo inmediato el círculo de amigos de Agripina, para aislarla de su entorno. La viuda de Germánico, desesperada, intentó fortalecer su posición, en un mundo de hombres, donde la mujer, por mucha influencia que lograra acumular, tradicionalmente estaba relegada al papel de esposa y madre, con un nuevo matrimonio. Aprovechó una visita de Tiberio, que acudió a verla durante una enfermedad, para solicitar su permiso, alegando su juventud, el consuelo del matrimonio para una mujer honesta y la existencia de pretendientes que pudieran hacerse cargo de ella y de sus hijos. Pero Tiberio, desconfiado y a la defensiva, denegó la petición «consciente de su gran trascendencia política».Así lo reflejan las memorias de Agripina hija, la madre del emperador Nerón, que Tácito pudo consultar. A continuación, como sabemos, se precipitaron los acontecimientos que conducirían al exilio de Agripina y del hijo mayor Nerón y al encarcelamiento del segundo, Druso.
Un tiempo antes, Cayo había dejado la casa de su madre para vivir con su bisabuela Livia, la viuda de Augusto. La vida en contacto con la fría e influyente madre del princeps significó, sin duda, un choque para Cayo, privado de los afectos maternos, no obstante la corrección de las relaciones con su bisabuela. Pero Livia había superado los ochenta años, se encontraba, tras su intensa y larga vida, ya de vuelta de cualquier ambición, después de haber sido honorablemente relegada por su hijo —lo que jamás hubiera pensado después de sus titánicos esfuerzos por auparlo al poder—, y simplemente aceptó la presencia de Cayo, sin interesarse realmente por su educación o su futuro. Pero, al menos, con la bisabuela, el joven podía sentirse a salvo del incansable acoso de Sejano hacia su familia.
La vida en casa de Livia no duró mucho. En el año 29, la vieja dama moría y la ausencia del último manto protector precipitaba la ruina de Agripina y de sus dos hijos mayores. El resto de la familia, Cayo y dos de sus hermanas, Livila y Drusila —Agripina, entre tanto, se había casado—, se vieron obligados a buscar un nuevo hogar. Entonces Cayo tuvo su primera intervención pública, cuando, desde los rostra — la tribuna del foro romano adornada con las proas (rostra), de barcos capturados al enemigo—, pronunció el elogio fúnebre de su bisabuela.
Fue Antonia, la abuela materna, quien recogió a los huérfanos. Antonia era hija de Marco Antonio y de su cuarta esposa, Octavia, la hermana de Augusto. A sus setenta y tantos años era, tras la muerte de Livia, el personaje más influyente de la casa imperial, y atesoraba todo el orgullo de su noble ascendencia. Pero la influencia que Livia había invertido y, a veces, derrochado, en interferir en los destinos del imperio para apagar su sed de ambición, en Antonia sólo era un medio de mostrar, con el comportamiento intachable de una auténtica aristócrata, su lealtad hacia el princeps y la familia imperial. Y esta actitud le había granjeado un general respeto y estima, no obstante o precisamente por su franqueza, que la impulsaba a expresar sus opiniones de forma explícita y directa, sin temor a herir susceptibilidades o parecer impertinente.
En Antonia se había podido conjuntar armónicamente la imposible relación de los dos linajes antagónicos de los que procedía. Y así, al tiempo que disfrutaba de autoridad en la casa de los Julio- Claudios, extendía sus relaciones familiares y contactos al Oriente, donde otrora su padre Antonio había
encarnado la majestad de Roma como triunviro. Mantenía estrechas relaciones con la casa real de Mauretania, a través de su medio hermana, la esposa del rey juba II, Cleopatra Selene, hija de Antonio y de la última reina de Egipto. En la capital de Egipto, Alejandría, contaba con extensas propiedades, que administraba en su nombre un potentado judío, Alejandro Lisímaco, hermano de Filón, una de nuestras fuentes principales y no de las menos negativas— para la reconstrucción del principado de Cayo. La familia real de Judea, en especial Berenice, nuera de Herodes el Grande, mantenía con Antonia una estrecha amistad, hasta el punto de enviarle a su hijo Agripa para ponerlo bajo su cuidado en Roma.También era su amigo Cotis, el rey de Tracia, cuyos tres hijos, igualmente, completaron su educación en Roma como huéspedes de la egregia dama.
No conocemos las relaciones de Cayo con su abuela, cuyo orgullo e integridad se avenían mal con las exteriorizaciones de cariño, la dispensa de mimos o la permisividad en los caprichos. Se achaca a Cayo que, una vez emperador, la había obligado a suicidarse, harto de sus críticas y reproches. Sin posibilidad de confirmarlo, no es, en todo caso, extraño que las relaciones no fuesen excesivamente afectuosas. Pero durante los tres años que pasó en casa de Antonia, Cayo iba a vivir experiencias que marcarían profundamente su vida. Una de ellas, la profunda admiración por Marco Antonio, el padre de su abuela, que la dama veneraba y que presentaba al nieto como modelo, tan alejado del ofrecido por Augusto. El rechazo a los tradicionales moldes romanos, excesivamente rígidos y encorsetados, frente a la libertad de acción, el individualismo, la búsqueda de nuevos horizontes o la afirmación del yo hasta los límites sobrehumanos de la mitificación heroica, presentados como objetivos vitales del idealizado gran perdedor de Actium, debieron despertar en la imaginativa mente del joven Cayo anhelos que podrían explicar algunos de sus comportamientos cuando, andando el tiempo, se convirtió en emperador. Pero también influyó, y mucho, en el moldeo de su personalidad la estrecha relación, como compañeros de juegos y amigos, con los pupilos de Antonia, Marco julio Agripa y los hijos del rey de Tracia, educados en un concepto, extraño al mundo romano, de monarquía autoritaria, al estilo oriental, en la que el término de ciudadano, tan impreso en la idiosincrasia romana, quedaba sustituido por el de simple súbdito, donde