• No se han encontrado resultados

El joven César

In document JoseManuelRoldan-Cesares (página 60-88)

C

ayo Octavio, el futuro emperador Augusto, nació en Roma el 23 de septiembre del 63, el año del consulado de Cicerón y de la conspiración de Catilina. Su familia procedía deVelitrae, una localidad del Lacio, a unos treinta kilómetros de Roma, y, aunque acomodada, sólo recientemente había intervenido en política. Fue su abuelo, Cayo Octavio, de la clase de los caballeros, quien acumuló el ingente patrimonio de la familia como banquero, un oficio no excesivamente respetable, a medio camino entre el cambio y la usura. Ello permitió que su hijo, también llamado Cayo, pudiera entrar en el orden senatorial, donde llegó a alcanzar el grado de pretor y, a continuación, el gobierno de la provincia de Macedonia. Su muerte, cuando regresaba a Roma tras ser aclamado imperator por sus tropas, truncó sus esperanzas de obtener el grado máximo de la magistratura —el consulado— y, con ello, ganar para su familia el ingreso en la

nobilitas, el círculo más exclusivo de la nobleza. Cayo había casado con Ancaria, que le dio una hija,

Octavia la Mayor, y cinco años después con Atia, hija de un senador de la vecina Aricia, Marco Atio Balbo, y de Julia, la hermana de Cayo julio César, de quien tuvo dos hijos: Octavia la Menor y el único varón del matrimonio, Cayo Octavio. Cuando el padre murió, cuatro años después del nacimiento de Cayo, la viuda Atia desposó a Lucio Marcio Filipo, que en el año 56 obtuvo el consulado. No obstante, Cayo, por razones que se ignoran, permaneció con su abuela Julia, sin acompañar a su madre y su padrastro al nuevo hogar. Cuando la dama murió, Cayo, con once años, hubo de hacer su primera aparición en público para pronunciar la loa fúnebre en su honor, como hiciera su tío abuelo César, veinte años atrás, con Julia, la esposa del héroe popular Mario. También en esta ocasión, y sin duda imitando a César, aprovechó la oportunidad para ensalzar la ascendencia divina de los julios, de la que él mismo se vanagloriaba de pertenecer, sin importar que el rumor señalara a su bisabuelo como un ex esclavo, dueño de un pequeño negocio de cordelería en una perdida localidad de la costa sur de Italia.

Octavio continuó su educación —letras griegas y latinas y, sobre todo, retórica, el necesario arte para la política— en casa de su padrastro Marcio, un hombre austero y prudente, aunque quizás algo anticuado, que había logrado mantenerse al margen de las turbulencias políticas del momento. Pero, sobre todo, determinante para su futuro sería la gigantesca figura de su tío abuelo, el dictador. César no tenía hijos —Cesarión, el hijo adulterino tenido con Cleopatra, no podía ser reconocido como heredero —; su única hija, la esposa de Pompeyo, había muerto en el 55 y sus parientes más cercanos eran tres sobrinos nietos: los dos nietos de su hermana mayor, Lucio Pinario y Quinto Pedio, y el nieto de su otra hermana, Cayo Octavio. Con Pinario apenas mantuvo relación, aunque luego lo nombró en su testamento; Pedio, en cambio, sirvió como oficial a las órdenes del dictador en las Galias y en Hispania, e incluso fue honrado, tras Munda, con el triunfo. Pero prodigó sus preferencias, sobre todo, con Octavio, con la intención, sin duda, de verter en él la aspiración a tener una descendencia legítima propia. Ya en el 47, consiguió para él un puesto en el colegio de los pontífices. Dos años antes, al cumplir los catorce, el joven Octavio había celebrado la ceremonia de ingreso en la edad adulta, con el abandono de la toga

praetexta, que vestían los niños, por la «viril» (virilis). Se contaba en la ocasión una anécdota, presagio

de una franja de púrpura, como la que llevaban los senadores— se abrió y cayó milagrosamente a sus pies. El incidente se interpretó como un anuncio de que todo el orden senatorial algún día caería a los pies del joven para someterse a él.

Como a su pariente Pedio, César trató también de entrenar a Octavio en la necesaria escuela de la milicia, que todo aspirante a la carrera de los honores debía experimentar previamente. Los enemigos de César se encontraban entonces en África y allí quiso el dictador que iniciase su bautismo de fuego, pero la oposición de la madre,Atia, pretextando la débil salud del joven, impidió que tomara parte en ella, lo que no fue obstáculo para que César le permitiera ir a su lado en la ceremonia del triun fo por sus victorias. Tampoco en la campaña de Hispania, la última de la guerra civil, iba a poder tomar parte Octavio por las mismas razones, aunque en esta ocasión, al menos, alcanzó a su tío en España, cuando la carnicería de Munda (17 de marzo de 46) ya había tenido lugar. Y todavía pensó el insistente tío curtirlo en la proyectada campaña contra los partos, nombrándole su ayudante de campo (magister equitum). Para ello, lo envió a la costa oriental del Adriático, a la ciudad griega de Apolonia, donde, al tiempo que recibiría instrucción militar en los campamentos legionarios acantonados en las cercanías para la próxima campaña, podía completar sus estudios de retórica con el maestro Apolodoro de Pérgamo. Fue con él Marco Vipsanio Agripa, un compañero de estudios de familia acomodada, aunque no de origen noble, que había de convertirse en uno de los personajes más importantes de la vida de Augusto. Y fue en Apolonia donde a finales de marzo de 44 un esclavo llevó la trágica noticia de la muerte de César.

El asesinato de César había sido un acto de pasión más que de cálculo político, puesto que los tiranicidas, con la muerte del dictador, no planearon ninguna otra medida, ilusoriamente convencidos de que su desaparición resucitaría la perdida libertad. Pero, además, ¿qué libertad? El complot que había acabado con la vida de César ni siquiera era consecuencia de un frente cerrado del Senado. Ciertamente, sus asesinos eran un grupo de senadores para quienes «libertad» significaba la restauración del régimen senatorial, fantasmalmente devuelto a la vida por Sila y defendido por un recalcitrante grupo conservador optimate, frente a las agresiones de populares ambiciosos de poder personal, que esgrimían, contra la letra muerta de las instituciones, la realidad viva de un orden social que reclamaba fantasía política y profundos cambios. Un buen número de senadores debía precisamente a César su escaño, y poco tenía en común con los conspiradores, a cuya cabeza se habían puesto Bruto y Casio[13], blandiendo los puñales al grito de «¡Cicerón!», su ideólogo, aunque no cómplice. La aristocracia senatorial, aun socialmente compacta y partidaria de las instituciones republicanas, era incapaz de adoptar una línea política eficaz y consecuente, ante la división, la incertidumbre, y, sobre todo, la falta de poder real.

Éste se encontraba en las manos del ejército, de los soldados sacados de la población italiana, que, tras la liquidación de los optimates en Thapsos y de los pompeyanos en Munda, eran cesarianos en cuerpo y alma, dirigidos por lugartenientes del dictador y, después de la desaparición de César, conscientes de que sólo sus albaceas podrían satisfacer las aspiraciones largamente albergadas de

regresar a la vida civil como propietarios de una parcela de tierra cultivable.

Pero tampoco fuera del Senado había otros círculos favorables a la restauración republicana, tras los profundos cambios de estructura y la continuada acción de César sobre el Estado y la sociedad, tanto en Roma como en Italia y las provincias. La influyente clase de los caballeros se había aprovechado de las reformas de César para ampliar sus fortunas y su influencia en la administración del Estado. La plebe urbana hacía mucho que estaba acostumbrada a seguir la política popular, en la que César había sido un maestro, unas veces devolviéndole derechos, más formales que reales, y las más comprándola con promesas y sobornos. Las poblaciones itálicas deseaban la estabilización, lo mismo que las provincias, que, después de correr durante muchos años con los gastos de la crisis romana, en la que finalmente se habían visto involucradas, sólo deseaban una paz que les devolviera la posibilidad de prosperar.

Tras los primeros momentos de euforia, los asesinos de César hubieron de comprobar con amarga desilusión no sólo que les faltaba apoyo, sino que la acción comprometía sus propias vidas, y la actitud hostil del pueblo les obligó a hacerse fuertes en el Capitolio. Por el contrario, en el campo de los más inmediatos colaboradores de César, la ansiedad del principio dio paso pronto a la convicción de que no había nada que temer, y fue Marco Antonio, en ese año colega de César en el consulado, quien tomó en sus manos, como supremo magistrado, las riendas de la situación, apropiándose, con el consentimiento de Calpurnia, la viuda del dictador, de sus disposiciones y papeles privados, las acta Caesaris, y convocando una reunión urgente del Senado el 17 de marzo. Con una actuación equívoca y turbia, pero hábil en la comprensión de la real relación de fuerzas, consiguió Antonio hacerse con el control del Estado, sin atentar formalmente al respeto por la legalidad republicana. Mientras las tropas cesarianas, confiadas al magister equitum del dictador, Marco Emilio Lépido, y sedientas de venganza, eran alejadas de Roma, el Senado y Antonio decidían una solución de compromiso que, al tiempo que concedía una amnistía general para los conjurados, confirmaba las acta Caesaris y decretaba funerales públicos para el difunto dictador. Éstos se celebraron el 20 de marzo, y la solemne ceremonia, cuando la plebe conoció las generosas provisiones de César, se convirtió en una furiosa manifestación contra sus asesinos, que, a pesar de la amnistía, consideraron más prudente huir de la ciudad.

En este juego entre republicanos y cesarianos se tomaron importantes medidas; entre ellas, la abolición, como consecuencia de la propia moción de Antonio, de la dictadura, que había permitido a Sila y luego a César su preeminente posición sobre el Estado. Pero, sobre todo, se repartieron las provincias y, con éstas, las bases reales del poder: Lépido partió para las Galias y España, y se logró que Sexto Pompeyo, el hijo del rival de César, que mantenía seis legiones en la península Ibérica, se aviniera a un acuerdo y depusiera la lucha; Décimo Bruto Albino, otro de los protagonistas del asesinato de César, se puso en camino hacia la Galia Cisalpina; Antonio y Dolabela, los dos cónsules, recibieron del Senado las provincias de Macedonia y Siria, respectivamente.

Sin embargo, las componendas de primera hora, que parecían satisfacer a todos, se manifestaron pronto como intentos de Antonio para fortalecer su posición, y lo demostraron sus actos, que le hicieron sospechoso a cesarianos y republicanos. Las primeras tensiones surgieron como consecuencia, sobre todo, de la aplicación abusiva por parte de Antonio de las acta Caesaris, que debían dar cumplimiento a deseos o disposiciones del dictador, utilizadas con manipulaciones y falseamientos para justificar exenciones o privilegios de quienes estuvieran dispuestos a pagar por ello. Pero era más preocupante el viaje que Antonio emprendió a finales de abril a Campana, con el objeto de seguir personalmente los

trabajos de colonización para el asentamiento de los veteranos de César, pero también para llevar a cabo reclutamientos, que, en un mes, le proporcionaron seis mil hombres, con los que regresó a Roma. Apoyado en esta fuerza real, Antonio descubrió finalmente sus cartas y logró hacer aprobar el 3 de junio una ley (lex de permutatione provinciarum) que le concedía por cinco años el mando de las provincias de la Galia Cisalpina y Transalpina, a cambio de Macedonia, desde donde le serían transferidas las legiones que en esta provincia estaban concentradas para la proyectada guerra de César contra los partos. Una segunda ley preveía una nueva asignación de tierras itálicas para los veteranos de César, que significaba prácticamente la total distribución de las tierras disponibles. Los pasos de Antonio, que tras la muerte del dictador parecían encaminarse hacia el respeto a la legalidad republicana, se dirigían con estas leyes claramente por los caminos cesarianos: mando extraordinario y una fuerte base militar.

No sabemos la responsabilidad que en este cambio de actitud, o en la manifestación abierta de una decisión premeditada, tuvo la aparición en la vida política romana de un factor nuevo que nadie podía, en principio, ni remotamente sospechar: la llegada a la ciudad de Cayo Octavio, a quien César, en su testamento, había nombrado heredero de las tres cuartas partes de su fortuna —el cuarto restante iba a parar a sus primos Pinario y Pedio—, al tiempo que lo declaraba su hijo adoptivo.

Fueron en vano las recomendaciones de prudencia que Atia y su padrastro Marcio enviaron al joven, que ya había desembarcado en el sur de Italia, para que renunciara a tan comprometida herencia, que, de entrada, le enfrentaba al ahora poderoso Marco Antonio, cuya estrecha relación con César había despertado en él esperanzas de convertirse en su heredero. Es sorprendente cómo un joven de apenas dieciocho años, crecido en un ambiente convencional, iba a convertirse tan pronto en un lúcido y frío político, libre de prejuicios, dispuesto a zambullirse en el complicado y también arriesgado juego político que había desencadenado la muerte del dictador. Octavio, pues, se dirigió resueltamente a Roma, a lo largo de un camino en el que los veteranos de César le saludaban con entusiasmo. Con el fiel Agripa, le acompañaban, entre otros colaboradores, un noble de procedencia etrusca, Cayo Clinio Mecenas, y el financiero gaditano Cornelio Balbo, que tantos servicios había prestado a César. El 6 de mayo de 44 a.C. llegaba Octavio a Roma, donde aceptó la herencia y, con ella, su nuevo nombre de Cayo julio César, en lugar de Cayo Octavio. Era común en Roma que el hijo adoptivo, al tiempo que tomaba los nombres del nuevo padre, mantuviese como segundo sobrenombre un derivado del que había llevado hasta entonces; en este caso, Octaviano. Pero el nuevo Julio César no lo hizo, aunque sea costumbre nombrarle así para evitar equívocos con la figura del dictador.

El joven César se presentó ante la opinión pública, de entrada, como el vengador de su padre, obligado a cumplir con los sagrados deberes de la pietas, es decir, del amor filial. Esos deberes incluían también cumplir las últimas voluntades del difunto y, entre ellas, la donación de trescientos sestercios a cada uno de los miembros de la plebe urbana, lo que representaba la gigantesca suma de setenta y cinco

millones. Antonio no se encontraba en Roma a la llegada de Octaviano, y es de imaginar la reacción que le produjeron las pretensiones del joven. Como magistrado supremo y depositario de los documentos y el dinero, que le habían sido entregados por la viuda del dictador, de él dependía sancionar la adopción y, con ella, entregar las sumas que custodiaba. Furioso, se negó a ambos extremos, con una actitud hostil que apenas se entiende para un ferviente cesariano como él, si no es por una reacción instintiva contra el que de golpe le arrebataba una ilusión firmemente abrigada. Gratuitamente, Antonio convertía en enemigo a quien había confiado en encontrar en él uno de sus más firmes apoyos. Subastas de propiedades y préstamos de los amigos consiguieron, no obstante, completar las sumas necesarias para hacer efectivas las mandas, que le valieron a Octaviano una entusiasta popularidad, proporcional al odio contra Antonio. Esta popularidad aún iba a acrecentarse en la celebración, en los últimos días de julio y a expensas de Octaviano, de los juegos públicos instituidos por César en honor de Venus Genetrix, la diosa progenitora del linaje de los julios, y de sus victorias (ludi victorias Caesaris). En esa ocasión, como el propio patrocinador contaría después, apareció en el cielo un cometa, que fue interesadamente interpretado como señal de la divinización de César. Octaviano hizo añadir una estrella —el sidus Caesarisa la cabeza de la estatua de César consagrada por él en el foro.

Los veteranos de César intentaron evitar la ruptura que se avecinaba entre su heredero y el más caracterizado de los cesarianos, e incluso lograron acercarlos en el Capitolio en un teatral abrazo, tan falso como efímero. Poco tiempo después, bajo mutuas acusaciones de intento de asesinato, mientras Antonio abandonaba Roma en dirección a Brindisi para hacerse cargo de las legiones que había mandado llamar de Macedonia, Octaviano, también fuera de Roma, con dinero, agentes y panfletos, barrenaba la fidelidad a Antonio de los soldados macedonios hasta los límites de un motín: dos de las cuatro legiones —la Marcia y la IV— se pronunciaron por el «jovenzuelo», despectivo epíteto con el que Antonio se referiría a su rival.

Estaban listos los ingredientes de una nueva guerra civil. En Campania, el joven César, previamente, había logrado reunir, con un absoluto desprecio hacia cualquier norma constitucional, un ejército privado e ilegal de tres mil hombres, que dirigió desvergonzadamente hacia Roma. Antonio, con una legión, se puso también en marcha hacia la Urbe. Los veteranos cesarianos que acompañaban a Octaviano se negaron a cruzar las armas contra oponentes que compartían sus mismas convicciones políticas. En consecuencia, la marcha fracasó y Octaviano hubo de retirarse a Etruria para aumentar con nuevas levas sus efectivos. Todavía estaba la fuerza real y legal de parte de Antonio, cuando entró en juego el factor político que los consejeros de Octaviano habían preparado para su pupilo: el apoyo de Cicerón.

El comportamiento dictatorial de Antonio, con actos como la citada lex de permutatione

provinciarum y el golpe bajo lanzado contra los dos cabecillas de la conjura contra César, Marco Bruto

y Cayo Casio, al lograr que se les asignaran dos provincias irrelevantes —Creta y Cirene—, habían irritado y desilusionado hasta tal punto a Cicerón sobre el futuro de la república que, decidido a abandonar la vida política, se dispuso a alejarse de Italia. Era la ocasión para ganarlo a la causa de Octaviano, todavía demasiado débil para intentar en solitario la lucha por el poder. Fue Balbo quien logró, efectivamente, con un refinado juego, inclinar la voluntad del viejo consular. El resultado práctico fueron las famosas Filípicas parodiando el título de los discursos que Demóstenes había pronunciado contra Filipo de Macedonia, el padre de Alejandro Magno—, que el orador de Arpino dirigió en el Senado contra Antonio. El cónsul logró parar el primer golpe, pero la apasionada invectiva del segundo

discurso, apoyada en sólidas argumentaciones, empujó a Antonio a una acción política precipitada y errónea, que consideró todavía más urgente tras la alarman te noticia de que dos de sus legiones habían desertado para pasarse a su rival. Era el final de noviembre y necesitaba disponer de la Galia Cisalpina para el momento en que hubiera de deponer la magistratura consular. Pero cuando intentó la transferencia de la provincia se encontró con la abierta resistencia de su gobernador, Décimo Bruto,[14] que, apelando a su mandato legal, anterior a la permuta conseguida por Antonio, se encerró en Módena, dispuesto a resistir, mientras proclamaba que «mantendría la provincia de la Galias en poder del Senado y del

In document JoseManuelRoldan-Cesares (página 60-88)