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La Guerra Civil

In document JoseManuelRoldan-Cesares (página 45-52)

L

os acuerdos de Lucca habían significado para César la superación de un grave problema: el de la supervivencia política para el día en que, agotado su proconsulado, hubiera de enfrentarse en Roma a los ataques de sus adversarios. La prórroga de mando hasta el 1 de marzo de 50 le daba margen suficiente para adquirir prestigio, poder y riqueza, y con ellos presentarse de inmediato a las elecciones consulares para el año 49. Sin embargo, el pacto quedaría en entredicho muy pronto por una serie de imponderables. Fue el primero de ellos la muerte de Julia, hija de César y unida en matrimonio a Pompeyo. El distanciamiento entre los dos aliados que produjo la desaparición de Julia se hizo aún más evidente con el nuevo matrimonio de Pompeyo con la hija de uno de los más encarnizados enemigos de César, Metelo Escipión. Pero fue más importante todavía la muerte del tercer aliado, Licinio Craso. Sin esperar al término de su consulado, en noviembre de 55, Craso, después de reclutar un importante ejército, había tomado el camino de su provincia proconsular, Siria, para emprender desde allí una gran campaña contra los partos, el estado más poderoso al otro lado de la frontera oriental del imperio. Las graves equivocaciones militares de la campaña, en la que las legiones romanas se manifestaron impotentes contra la excelente caballería del enemigo, condujeron finalmente a un gigantesco desastre el 9 de junio del año 53 a.C. junto a Carrhae, en Mesopotamia, en el que Craso perdió la vida.

El distanciamiento de César y la muerte de Craso pusieron a Pompeyo en una difícil situación: tenía que demostrar su lealtad a las fuerzas senatoriales anticesarianas, sin llegar a una ruptura irreversible con César. Los optimates, conscientes de esta delicada situación, procuraron aprovecharla en su beneficio con una atracción más decidida de Pompeyo a la causa del Senado. El creciente deterioro de la vida política en los años siguientes a Lucca ofreció el necesario pretexto.

El desmantelamiento de las bases tradicionales de gobierno, que los «triunviros» habían buscado sistemáticamente, hizo de Roma una ciudad peligrosa, donde el vacío de poder llevaba camino de convertirse en anarquía: el Senado, falto de autoridad y sin un aparato de policía, se veía impotente para mantener el orden en las calles. Bajo el bronco trasfondo de hambre y miseria de una ciudad superpoblada, que subsistía artificialmente de la corrupción política, las luchas electorales se desarrollaban en un ambiente de violencia, propiciado por la proliferación de bandas armadas.A comienzos del año 52 no había en Roma ni cónsules ni pretores, mientras las bandas, que apoyaban a los diferentes candidatos en continuos encuentros callejeros, sumían a la ciudad en una atmósfera de terror y violencia. En uno de estos encuentros, Clodio fue muerto por la banda de Tito Annio Milón, un partidario sin escrúpulos de la causa optimare. El Senado, atemorizado, decretó el estado de excepción y dio poderes a Pompeyo, en su calidad de procónsul, para reclutar tropas en Italia con las que restablecer el orden. Poco después, Pompeyo era propuesto como único cónsul (consul sine collega). Pompeyo se incluyó así en los círculos optimates y cumplió su aspiración suprema de convertirse en el hombre más poderoso e influyente de Roma, en total acuerdo con el órgano dirigente de la res publica, como princeps del estamento senatorial. Para las fuerzas antisenatoriales, sin embargo, se trataba, pura y simplemente, de una traición.

Con los poderes de su peculiar magistratura, Pompeyo se dispuso a superar la crisis del Estado con una activa legislación, en la que atendió, sobre todo, a frenar la causa de los desórdenes recientes, los métodos anticonstitucionales de lucha electoral. La combinación de una ley contra la corrupción (lex

Pompeia de ambitu) y de otra contra la violencia (lex Pompeia de vi) ofreció la posibilidad de crear un

tribunal extraordinario para juzgar a cualquier candidato sospechoso de un delito electoral.A la condena de Milón siguió una larga cadena de persecuciones contra políticos populares que mostraron cómo la

nobilitas, gracias a su unión con Pompeyo, volvía a recuperar el control sobre el Estado. Muchos de los

condenados buscaron refugio en la Galia, al lado de César, y contribuyeron a crear, en torno a su figura, un partido de complejos y extensos intereses. Las medidas de Pompeyo, más allá de la lucha contra la corrupción electoral, se completaron con otras leyes que trataban de atajar sus causas: la desenfrenada carrera por las magistraturas y el enriquecimiento que su ejercicio posibilitaba. Entre otras cláusulas, exigían la presencia física en Roma de los candidatos para las elecciones, y establecían que los ex cónsules y ex pretores podrían obtener el gobierno de una provincia sólo cinco años después de haber depuesto sus cargos. Sin negar la conveniencia de estas reformas, su puesta en vigor no podía ser más inoportuna, porque perjudicaba directamente a César: el 1 de marzo del año 50 corría el peligro de ser sustituido.

Era evidente que el grupo más activo de los senadores tradicionalistas se había propuesto, como principal objetivo, arrancar a César su rium proconsular y convertirlo en ciudadano privado. Mientras, Pompeyo se veía obligado a mantener un complicado juego, entre el apoyo a las pretensiones optimates y el temor a enfrentarse con César. Al aproximarse el fatal término del 1 de marzo, César invirtió gigantescos medios de corrupción para lograr el apoyo de uno de los cónsules, Lucio Emilio Paulo, y, sobre todo, del tribuno de la plebe Cayo Escribonio Curión. Con su ayuda, consiguió retrasar varios meses el nombramiento de un sucesor para sus provincias. Pero el 1 de enero de 49 el Senado decretó finalmente que César licenciase su ejército en un día determinado, so pena de ser declarado enemigo público. El veto de dos tribunos de la plebe, Marco Antonio y Casio Longino, fieles cesarianos, elevó la tensión al máximo durante los siguientes días, hasta que finalmente, el 7 de enero, el Senado decretó el

senatus consultum ultimum, y otorgó a Pompeyo y demás magistrados poderes ilimitados para la

protección del Estado. Antonio y Casio abandonaron la ciudad para ponerse bajo la protección de César, que contaba ahora con un pretexto legal para justificar su marcha sobre Italia: los optimates, para lograr su deposición, habían obligado a los tribunos de la plebe, con la amenaza de violencia, a levantar el veto, violando con ello los derechos tribunicios y atentando a la libertad del pueblo, que él se manifestaba dispuesto a defender.

Así justificaba el propio César su proceder, de forma aparentemente impersonal, como siempre, en los Commentarii de bello civili (Comentarios sobre la guerra civil), que comenzó a escribir un par de años después y que, inconclusos, serían publicados tras su muerte:

Recibidas estas noticias, César, convocando a sus soldados, cuenta los agravios que en todos tiempos le han hecho sus enemigos; de quienes se queja que por envidia y celosos de su gloria hayan apartado de su amistad y maleado a Pompeyo, cuya honra y dignidad había él siempre procurado y promovido. Quéjase del nuevo mal ejemplo introducido en la

República, con haber abolido de mano armada el fuero de los tribunos, que los años pasados se había restablecido; que Sila, puesto que los despojó de toda su autoridad, les dejó por lo menos el derecho de protestar libremente; Pompeyo, que parecía haberlo restituido, les ha quitado aun los privilegios que antes gozaban; cuantas veces se ha decretado que «velasen los magistrados sobre que la República no padeciese daño» (voz y decreto con que se alarma el Pueblo Romano)[9] fue por la promulgación de leyes perniciosas, con oca sión de la violencia de los tribunos, de la sublevación del pueblo, apoderado de los templos y collados; escándalos añejos purgados ya con los escarmientos de Saturnino y de los Gracos; ahora nada se ha hecho ni aun pensado de tales cosas; ninguna ley se ha promulgado; no se ha entablado pretensión alguna con el pueblo, ninguna sedición movido. Por tanto, los exhorta a defender el crédito y el honor de su general, bajo cuya conducta por nueve años han felicísimamente servido a la República, ganado muchísimas batallas, pacificado toda la Galia y la Germanía.

Finalmente, el 10 de enero del año 49 a.C. César tomaba la grave decisión de desencadenar la guerra al cruzar con una legión el Fiumicino (Rubicón), riachuelo que marcaba el límite entre la Galia Cisalpina e Italia, con una cita de su poeta favorito, el griego Menandro: «¡Que rueden los dados!» —el rien ne va

plus de nuestra ruleta—, expresando con ello que ya no había camino de vuelta.

La decisión de César de invadir Italia de inmediato tenía el propósito de utilizar a su favor el factor de la sorpresa. Los planes estratégicos de Pompeyo, en cambio, se basaban en el abandono de la península. Su propósito era trasladar la guerra a Oriente, reunir allí tropas y recursos y reconquistar Italia, como había hecho su maestro Sila; mientras, el poderoso ejército que dirigían en Hispana sus legados atacaría a César por la retaguardia. Así, Pompeyo, seguido de los cónsules y de un gran número de senadores, embarcó con sus tropas rumbo a Dirraquio, en la costa del Épiro, sin que César llegara a tiempo para impedirlo. Sólo un recalcitrante enemigo de César, Lucio Domicio Ahenobarbo, se aprestó a reclutar fuerzas y se parapetó tras las murallas de Corfinium (Pentima), en el camino entre Roma y el Adriático. César sometió a asedio la plaza, que finalmente hubo de capitular, y en sus manos cayó, con el defensor de la plaza, medio centenar de senadores.A las súplicas de los capturados, César respondió con un discurso en el que, tras explicar las razones de su proceder, aseguró que no tomaría represalias, concediendo a todos la libertad sin condiciones. La impresión de esta clementia sería desde entonces una de las virtudes proverbiales de César, reconocida incluso por sus enemigos, como Cicerón, que escribiría a su amigo Ático: «Qué contraste entre César, que salva a sus enemigos, y Pompeyo, que abandona a sus amigos».

Ganada Italia y ante la alternativa de perseguir a Pompeyo, que en esos momentos apenas disponía de tropas, o afrontar al ejército pompeyano de Hispania, se decidió por la segunda posibilidad, con el

razonamiento de que «era preferible perseguir a un ejército sin general que a un general sin ejército». Pero antes se detuvo unos días en Roma, donde se apoderó de los ingentes recursos del tesoro público y distribuyó los mandos y los objetivos: la Galia Cisalpina y el Ilírico fueron encomendados, respectivamente, a Craso, el hijo del «triunviro», y Cayo Antonio; Cornelio Dolabela, en el Adriático, y Quinto Hortensio, en el Tirreno, recibieron la orden de construir y adiestrar sendas flotas; Curión fue encargado de ocupar militarmente África.

En su camino hacia Hispania, César hubo de poner sitio a la ciudad griega de Marsella, que se había declarado pompeyana. Pero sin esperar al resultado de las operaciones, que encomendó a su legado Trebonio, continuó la marcha hasta tomar posiciones junto al río Segre, al pie de la ciudad de Ilerda (Lérida). En las proximidades acampaban ya las fuerzas reunidas de los legados de Pompeyo, Afranio y Petreyo, con cinco legiones. Un tercer legado, Varrón, con otras dos, se mantenía en la retaguardia, al sur del Guadiana, en la provincia Ulterior. La campaña de Ilerda, entre mayo y agosto del 49, constituye un buen ejemplo del genio militar de César, que logró forzar a la capitulación a las tropas enemigas sin entablar combate. Poco después, también se entregaba el ejército de Varrón, mientras Trebonio lograba la capitulación de Marsella. El Occidente quedaba así completamente asegurado y dejaba libres las manos a César para acudir al enfrentamiento personal con Pompeyo. Es cierto que, en contrapartida, se perdió el ejército de África en buena medida, por la eficaz ayuda que prestó a las fuerzas pompeyanas el rey juba de Numidia; la flota de Dolabela fue vencida en el Adriático, y Cayo Antonio se vio obligado a capitular en el Ilírico.

A finales del año 49 regresaba César a Roma, donde intentó afirmar su posición política. Nombrado dictador, puso en marcha legalmente el mecanismo de las elecciones en las que él mismo fue elegido cónsuly emanó una serie de disposiciones, sobre todo en materia económica, dirigidas a aliviar la angustiosa situación de los deudores; las comunidades de la Galia Transpadana, por su parte, recibieron finalmente el derecho de ciudadanía. En los últimos días de diciembre, César depuso la dictadura y, en su condición de cónsul, se dispuso a cruzar el Adriático.

Las primeras operaciones contra las fuerzas senatoriales tuvieron lugar en la costa del Épiro, en torno a Dyrrachion, y desembocaron en una larga guerra de posiciones, que terminó con la victoria de Pompeyo. Con su característica seguridad y capacidad de sugestión, César consiguió rehacer la combatividad de las tropas y, puesto que ya era insostenible la permanencia en el teatro de las pasadas operaciones, ordenó una retirada estratégica a través del Épiro hacia Tesalia, que ofrecía mejores posibilidades de resistencia. Con el empleo de la fuerza y venciendo la resistencia de las ciudades tesalias, a las que no había dejado de afectar la victoria de Pompeyo, César consiguió abrirse paso hasta la llanura de Pharsalos y allí instaló el campamento. El ejército de Pompeyo se encaminó también hacia la región, donde se le unieron dos nuevas legiones y numerosa caballería conducida desde Siria por Escipión, su suegro. El gigantesco ejército fue acampado en una excelente posición, en una altura al oeste del campamento de César.

La superioridad numérica del ejército pompeyano, que casi doblaba al de César, y la tardía reacción al golpe de suerte de Dyrrachion despertaron en los dirigentes optimates una ilimitada confianza en la victoria, urgiendo a su líder a presentar batalla de inmediato, mientras se disputaban el aún no ganado botín y las magistraturas que les esperaban en Roma, y discutían sobre los castigos que habrían de imponerse a los rebeldes cesarianos. El líder optimate no pudo sustraerse a las presiones de sus aliados

y, aun contra su propio parecer, coartado en su libertad de decisión, se avino al encuentro, que tuvo lugar el 9 de agosto. César reconoció a tiempo la estrategia contraria, que intentaba, con el lanzamiento masivo de la caballería, situada en el ala izquierda, dar un golpe decisivo a su ala derecha, y reforzó por ello las tres líneas de combate de este flanco con una reserva especial. El ataque de Pompeyo fue así victoriosamente rechazado, y su ala izquierda, debilitada, no pudo resistir el empuje de las formaciones cesarianas. El campamento del partido senatorial fue asaltado y su ejército se entregó, con unas pérdidas estimadas por César en quince mil hombres, en su mayoría ciudadanos romanos. La victoria había sido decisiva, pero no significaba el final de la guerra. Pompeyo logró huir con la mayoría de los senadores, todavía dispuesto a seguir ofreciendo resistencia en otros teatros. Escogió como meta Egipto, en donde, con ayuda del gobierno ptolemaico, pensaba rehacer sus fuerzas e incrementarlas con refuerzos proporcionados por los estados clientes de Oriente.

El reino lágida, último superviviente del mundo político surgido tras la muerte de Alejandro Magno, mantenía precariamente su independencia con la tolerancia romana. A la arribada de Pompeyo se encontraba sumido en una guerra civil, provocada por el enfrentamiento entre los dos herederos al trono, hijos de Ptolomeo XII Auletés («el Flautista»»): Ptolomeo XIII, de catorce años, y Cleopatra, siete años mayor. La camarilla que rodeaba al débil Ptolomeo XIII había logrado expulsar a Cleopatra, que se preparaba, con un pequeño ejército, a recuperar el trono. En esta situación, la solicitud de ayuda que Pompeyo hizo al rey no podía ser más inoportuna; el consejo real decidió, por ello, asesinar a Pompeyo. Tres días después, César llegaba a Alejandría para recibir como macabro presente la cabeza de su rival. Pero aprovechó la estancia en la capital del reino para sacar ventajas materiales y políticas, exigiendo el pago de las sumas prestadas en otro tiempo a Auletés e invitando a los hermanos a compartir pacíficamente el trono. La reacción del consejo de Ptolomeo XIII fue inmediata: César y sus reducidas tropas se encontraron asediadas, con Cleopatra, en el palacio real.

La llamada «guerra de Alejandría», así comenzada, pondría a César ante nuevas dificultades en el largo proceso de la guerra civil. Pero, por encima de su interés histórico, esta aventura egipcia, que consumiría más de ocho meses de un tiempo precioso, suscita un cúmulo de problemas aún no resueltos, cuyo núcleo fundamental, sin duda, lo constituyen las relaciones entre César y Cleopatra, que, saltando las barreras de la pura investigación, han entrado en el campo de la fantasía novelesca. Desde el primer encuentro de ambos personajes, ya adornado con caracteres románticos —la entrada secreta de Cleopatra en el palacio envuelta en una alfombra, desenrollada a los pies de César—, a la hipotética paternidad del hijo de Cleopatra, Cesarión, tesis, afirmaciones y suposiciones, prácticamente inabarcables, han especulado sobre la existencia y grado de una relación amorosa, sobre su carácter mutuo o unilateral, sobre la incidencia de posibles intereses materiales y políticos. Muy pocos historiadores han sabido sustraerse a la fascinación del episodio, llenando con la fantasía las grandes lagunas de la documentación, en interpretaciones absolutamente subjetivas y gratuitas. En realidad, el tema de Cleopatra ya era para los propios contemporáneos sólo campo de suposiciones, que, en la posterior literatura antigua, se escindió en la doble vertiente de una actitud tendenciosa anticesariana o en fuente de relatos galantes y fabulosos. Más allá de la constatación de que las relaciones con Cleopatra, independientemente de su matiz, influyeron de alguna forma en la política egipcia de César, cualquier intento de profundizar en el tema no sólo corre el riesgo de ser gratuito, sino también históricamente intrascendente.

La apurada situación de los asediados en el cuartel real se resolvió con la llegada de refuerzos, solicitados por César de los estados clientes de Siria y Asia Menor: el campamento real fue asaltado, y Ptolomeo encontró la muerte en su huida; Cleopatra fue restituida en el trono.

César, superado el escollo egipcio, no podría concentrar todavía su atención en la liquidación del ejército senatorial, que había encontrado en África un nuevo escenario para resistir. Farnaces, hijo de MitrídatesVl del Ponto y dinasta del Bósforo Cimerio —extendido por la península de Crimea—, quiso aprovechar la ocasión que parecía brindar la precaria relación de las fuerzas políticas en Oriente para recuperar los territorios que en otro tiempo habían pertenecido a su padre, y, con un ejército, invadió el Ponto. César, en junio de 47 a.C., partió de Egipto y, en agotadoras marchas, alcanzó finalmente el Ponto, en una de cuyas ciudades, Zela, se hallaba acampado Farnaces con su ejército. Es suficientemente conocida la suerte del fulminante encuentro armado, que acabó con las pretensiones del rey, y el arrogante y lacónico comentario —vini, vidi, vici («llegué, vi, vencí»)— de César.

Mientras tanto, en Roma, en septiembre del año 48, César había vuelto a ser nombrado dictador, con Marco Antonio como lugarteniente (magíster equitum). El uso despótico que Antonio hizo de estos poderes, en la atmósfera de inquietud y violencia ocasionada por la crisis económica, desencadenó

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