Como sabemos el Canon de la Biblia católica está formado por setenta y tres libros, de los cuales, cuarenta y seis pertenecen al Antiguo Testamento y veintisiete al Nuevo.
Los Evangelios, los cuatro primeros libros del Nuevo Testamento, son los libros básicos para conocer la vida de Jesús.
Su autoría se atribuye a dos apóstoles de Jesús, Mateo y Juan, a un discípulo de Pedro, Marcos y a un sirio de origen pagano Lucas, el cual fue así mismo el autor de los Hechos de los Apóstoles, texto que es considerado por muchos como una continuación de su evangelio. Entre estos cinco libros y el Apocalipsis de Juan, considerado el último libro de la Biblia, se encuentran veintiuna epístolas, algunas, como las catorce de Pablo, con destinatarios concretos y las otras siete, escritas por Pedro (dos), Juan (tres) y Santiago y Judas, que carecen de un destinatario especial.
Realmente no se tienen muchos datos sobre quienes son los autores de los evangelios.
Utilizamos habitualmente la expresión atribuir, puesto que los autores no se mencionan nunca ellos mismos en sus escritos.
Como más adelante veremos, solamente existe certeza histórica de la autoria de siete cartas de San Pablo y se sabe que el evangelio de Lucas y los Hechos son del mismo autor.
Evangelios Narran la vida de Jesús. Mateo Marcos Lucas Juan
Hechos de los Apóstoles
Relatan la historia de los primeros cristianos, centrándose principal- mente en las actividades de Pablo y Pedro.
Lucas
Epístolas de San
Pablo
Son cartas dirigidas a comunidades o personas, en las que Pablo, presenta un panorama completo de lo que significa ser
cristiano. Romanos Hebreos Corintios(2) Gálatas Efesios Filipenses Colosenses Timoteo(2) Filemón Tito Tesalonicenses (2) Epístolas Católicas No tienen un destinatario especial, la mayoría de ellas se dirigen a los cristianos de origen judío, generalmente son breves y concisas.
Santiago Pedro (2) Juan (3) Judas
Apocalipsis
Es un libro profético, en el que domina la idea de la segunda venida de
Jesucristo, va dirigido a las siete Iglesias de Asía Menor.
Juan
Mateo
La Iglesia siempre consideró que el primero que plasmó por escrito los extraordinarios acontecimientos que se produjeron al comienzo
de nuestra era fue San Mateo, entre los años 40 y 50, escribiendo en lengua aramea su evangelio, puesto que iba dirigido a los judíos de Palestina que usaban esa lengua.
Más tarde este Evangelio, cuyo texto arameo se ha perdido, fue traducido al griego, no se sabe si por él mismo. Tampoco se conoce la fecha de este segundo texto en griego, aunque se supone que fue antes del año 70. Eusebio de Cesárea comenta como Papias(*) de Heriápolis posible discípulo de San Juan, habla del primer texto y de su posterior traducción cuando dice “Mateo compuso su discurso en hebreo y cada cual lo fue traduciendo como pudo” (H. E. III, 39, 16).
La tradición de la Iglesia sobre la existencia y autoria de este primer evangelio se soporta también en afirmaciones de otros autores, como la de Ireneo de Lyon (140-202) que en su obra “Adversus Haereses” dice “Mateo, (que predicó) a los Hebreos en su propia lengua, también puso por escrito el Evangelio, cuando Pedro y Pablo evangelizaban y fundaban la Iglesia” (Adv. Haer. III, 1.1).
De la vida de Mateo sabemos muy poco, se llamaba Leví antes de ser llamado por Jesús, según cuenta Lucas en su Evangelio (5, 27) y más concretamente Leví el de Alfeo según Marcos (2, 14). Era publicano, es decir, recaudador de tributos en Cafarnaúm, hasta que un día Jesús lo llamó al apostolado diciéndole simplemente: “Sígueme” y Leví “levantándose le siguió” como lo describe él mismo. (Mt 9, 9).
Su vida apostólica se desarrolló inicialmente en Palestina, al lado de los otros Apóstoles; más tarde predicó probablemente en Etiopía (África), donde parece ser también padeció el martirio. Según la tradición su cuerpo se venera en la Catedral de Salerno (Italia).
Mateo, que se dirige a una comunidad de lengua griega y de mayoría judía creyente, quiso demostrar que Jesús era el Mesías prometido, porque en Él se habían cumplido los profecías de los Profetas, para lo que recurre constantemente a las Antiguas escrituras, dado que para sus lectores inmediatos no había mejor prueba que ésta.
En tiempos modernos han surgido dudas de que San Mateo sea el autor material del Evangelio que lleva su nombre.
Más adelante comentaremos esta autoria y otras que se han puesto en duda.
Aunque en estos momentos lo importante no es si Mateo es el autor de su evangelio o lo fue otra persona vinculada a su entorno, lo que adquiere real importancia es comprobar si el texto del evangelio contiene el verdadero reflejo de la fe que habían recibido.
Marcos
Marcos, que antes se llamaba Juan, fue hijo de aquella María en cuya casa se solían reunir los discípulos de Jesús, “Reflexionando, [Pedro] se fue a casa de María, la madre de Juan, por sobrenombre Marcos, donde estaban muchos reunidos y orando” (Hch 12, 12). Probablemente esa casa debió de ser la misma que pudo servir de escenario para aquellos otros acontecimientos de notable importancia en aquellos primeros momentos, la última Cena y la venida del Espíritu Santo.
Marcos, con su primo Bernabé, acompañó a Pablo en su primer viaje apostólico, hasta la ciudad de Perge de Panfilia (Hch 13, 13). Más tarde, entre los años 61-63, está nuevamente al lado del Apóstol de los gentiles cuando éste estaba preso en Roma (Col 4,10).
San Pedro llama a Marcos su “hijo” (I Pe 5, 13), lo que hace suponer que fue quien lo bautizó.
Las fuentes que hemos citado anteriormente, Ireneo y Eusebio, afirman que “Una vez que éstos murieron [Pedro y Pablo] Marcos, discípulo e intérprete de Pedro, también nos transmitió por escrito la predicación de Pedro” (Adv. Haer. III, 1.1) y citando a Papias(*), Eusebio dice “Marcos, que fue intérprete de Pedro, escribió con exactitud todo lo que recordaba” (H. E. III, 39, 15), por eso se acepta que Marcos fue el autor del segundo evangelio, considerando el orden que actualmente la Iglesia los presenta.
Los investigadores han descubierto que el evangelio de Marcos fue el primero en ser escrito, pues como veremos en su momento, se ha demostrado que es el más próximo a los años en que vivió Jesús.
Por esta razón es el más utilizado en la actualidad por los estudiosos, puesto que al ser el primero, reflejara con más exactitud la tradición de los primeros seguidores de Jesús, debido a que su texto estará menos contaminado y sometido a menos evolución.
La misma tradición establece como fecha probable de su composición, los años comprendidos entre la muerte de Pedro (año 64) y antes de la destrucción de Jerusalén (año 70) y como lugar donde Marcos escribió su evangelio, Roma.
Marcos conoció con toda seguridad a Jesús personalmente, aunque no fue uno de los Apóstoles. La mayoría de los autores identifican a Marcos con el muchacho que soltó la sabana y salio huyendo en el huerto de Getsemaní cuando prendieron a Jesús (Cfr. Mc 14, 51-52). Marcos, al escribir su evangelio en Roma y dirigirse a cristianos que no proceden del judaísmo, se propone demostrar que Jesús es Hijo de Dios.
Para Mateo, Jesús es el Mesías que restaurara la hegemonía de Israel sobre los demás pueblos de la tierra, algo que no entienden los no judíos, por eso Marcos presenta a Jesús como aquel en quien se realiza la plenitud humana.
El Evangelio de Marcos es el más breve de los cuatro y presenta en forma condensada muchos pasajes de los sinópticos. A pesar de estas características reviste un singular interés, porque narra de forma exclusiva algunos episodios que permiten comprender mejor los demás Evangelios.
Marcos es el único de los cuatro evangelistas que utiliza la palabra evangelio al comienzo de su obra “Comienzo del evangelio de Jesucristo Hijo de Dios”.
Marcos murió en Alejandría de Egipto, cuya iglesia gobernaba, según cuenta Eusebio de Cesárea, “Este Marcos se dice que fue el primero en ir enviado a Egipto y en anunciar el Evangelio que previamente había
escrito, y que establecía iglesias, siendo la primera la de Alejandría.” (H. E. II, 16, 1). Según la tradición, fue el primer obispo de Alejandría hasta el año 63 en que fue martirizado. Le sucedió Aniano (...63-82). La ciudad de Venecia, que lo tiene por patrono, venera sus reliquias en su Catedral.
Lucas y los Hechos
El autor del tercer Evangelio tampoco es un Apóstol; se le atribuye a “Lucas, el médico” (Col 4, 14), un sirio nacido en Antioquia, de familia pagana, que se convirtió a la fe de Jesús, encontrándose con Pablo, del que fue compañero y discípulo durante años. Pablo lo menciona en varias de sus cartas. Ambos compartieron prisión en Roma.
Según su propio testimonio (Cfr. Lc 1, 3) Lucas se informó “de todo exactamente desde su primer origen” y escribió para dejar grabada la tradición oral. No cabe duda de que una de sus principales fuentes de información fue el mismo Pablo y es muy probable que recibiera informes también de María, la madre de Jesús, especialmente sobre la infancia de este, puesto que Lucas es el único en referirla con cierto detalle, por esta razón se le llamó el Evangelista de la Virgen.
Lucas es el único en referir las parábolas del Hijo Pródigo, de la Dracma Perdida, del Buen Samaritano, etc. por lo que recibe el nombre del evangelista de la misericordia.
Lucas escribió posiblemente su evangelio en Roma, a finales de la primera cautividad de San Pablo, o sea entre los años 62 y 63.
Sus destinatarios son los cristianos de las iglesias fundadas por su compañero Pablo. Por eso el Evangelio de San Lucas contiene un relato de la vida de Jesús que podemos considerar el más completo de todos y pensado para nosotros los cristianos de la gentilidad. Lucas no se casó ni tuvo hijos. Murió a los 84 años en la región griega de Beocia y fue inicialmente enterrado en Tebas.
Lucas es también el autor de los Hechos de los Apóstoles, que en la antigüedad se incluía a continuación de su evangelio. En él Lucas no pretende narrar lo que hizo cada uno de los apóstoles, sino que toma los hechos principales de lo que fue la vida y el apostolado de la Iglesia en los primeros decenios (años 30-63).
Al igual que en su evangelio, el objetivo de Lucas en esta obra es fortalecernos en la fe y enseñar que el mensaje de Cristo tiene un carácter universal, pues a pesar que sus su primeros destinatarios fueron los judíos de Jerusalén donde había nacido (Hch 1, 1-8,), después se extendió entre los de Palestina a través de Judea y Samaría (Hch 8, 4-11) y finalmente llego a los gentiles, primero en oriente, con sede en Antioquia de Siria (Hch 11, 19), estableciéndose finalmente en el mundo pagano y en su capital Roma.
Esta expansión había sido vaticinada por Jesús cuando les dijo a los apóstoles: “No os corresponde a vosotros saber los tiempos ni momentos que ha fijado el Padre con su potestad. Pero cuando recibiereis la fuerzas del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros y seréis testigos en Jerusalén y en toda la Judea y Samaría y hasta los extremos de la tierra” (Hch 1, 7), cuando éstos reunidos lo interrogaron creyendo que iba a restituir inmediatamente el reino a Israel.
San Jerónimo en la carta que desde Belén dirige en el año 395 al presbítero Paulino (353-431), posteriormente Obispo de Nola, resume su juicio de este Libro en las siguientes palabras: “El Libro de los Hechos de los Apóstoles parece contar una sencilla historia y tejer la infancia de la Iglesia naciente. Más sabiendo que su autor es Lucas, el médico, echaremos de ver que todas sus palabras son, a la vez que historia, medicina para el alma enferma”.
Juan
Juan, natural de Betsaida de Galilea, fue hermano de Santiago el Mayor, hijos ambos de Zebedeo y de Salomé, hermana de María. Juan
fue inicialmente discípulo de Juan el Bautista y después siguió a Jesús, llegando a ser pronto su discípulo predilecto. Desde la Cruz, Jesús le confió a su Madre. Juan era el discípulo “al cual Jesús amaba” y que en la última Cena estaba “recostado sobre el pecho de Jesús” (Jn 13, 23).
Sabemos por Pablo, que después de la Resurrección, Juan junto al resto de los apóstoles permaneció en Jerusalén, donde debió permanecer algún tiempo, puesto que en la epístola a los Gálatas es mencionado como una de las “columnas de la Iglesia” (Gal 2, 9) junto con Pedro y Santiago el Justo.
A pesar de que en el Nuevo Testamento no se menciona, San Juan vivió y murió en Éfeso, pero tenemos noticias de ello a través de San Ireneo y Clemente de Alejandría. Según la tradición bizantina en Éfeso se encuentra la tumba del evangelista.
San Juan, además del Apocalipsis y tres epístolas, es autor del cuarto evangelio, compuesto a finales del siglo primero, es decir, unos 30 años después de los Sinópticos y de la caída del Templo.
Este evangelio, escrito cuando el cristianismo se ha difundido por muchos lugares, completa los evangelios anteriores, principalmente desde el punto de vista espiritual y tiene como objetivo fortalecer la fe en la divinidad y mesianidad de Jesús, como en el mismo se dice: “Muchas otras señales hizo Jesús en presencia de los discípulos, que no están escritas en este libro; y éstas fueron escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida eterna” (Jn 20, 30-31).
Este último evangelio presenta una estructura muy característica y diferente a la de los restantes evangelios, utilizándose un lenguaje de alto contenido simbólico y cristológico, en el que no se incluyen muchos datos biográficos de Jesús sino mas bien reflexiones sobre sus enseñanzas, siendo esta la causa por la que el evangelio de Juan no es utilizado habitualmente entre los investigadores que pretenden descubrir al Jesús histórico.
En los tiempos modernos han surgido dudas sobre la autoría de este evangelio y también sobre la identidad del “discípulo amado”, pero centremonos en este momento solo en determinar la identidad del autor del evangelio.
Estas dudas están basadas en las referencias que hace Eusebio de Cesárea en su Historia Eclesiástica a los escritos de Papías(*) (Cfr. H. E. III, 39), el cual cita a Juan el Apóstol y a Juan el presbítero.
Los críticos racionalistas dijeron que eran dos personas diferentes y que este último, el presbítero, fue el que nombró Obispo a San Policarpo y el que escribió el cuarto evangelio.
Pero en el mismo texto se confirma la autoría de Juan, cuando citando a Clemente de Alejandría, Eusebio comenta que éste trasmite la tradición de que Juan es el autor del evangelio.”En primer lugar hay que aceptar como auténtico su Evangelio, que se lee en todas las iglesias bajo el cielo” (H. E. III, 24, 2).
La confusión entre el apóstol Juan y el presbítero Juan, procede de que la segunda y tercera epístolas, atribuidas a San Juan, comienzan refiriéndose a “el presbítero” como autor de ellas. Parece que está claro que existió una escuela joánica en la que el presbítero Juan era una figura importante.
Dado que analizar en detalle esta polémica se aparta de nuestro objetivo descriptivo, podemos resumir exponiendo las palabras del teólogo protestante Peter Stuhlmacher, profesor de Nuevo Testamento en la Facultad teológico-evangélica de la Universidad de Tübingen desde 1972, “los contenidos del Evangelio se remontan al discípulo a quien Jesús (de modo especial) amaba. Al presbítero hay que verlo como su transmisor y su portavoz”.
Los otros autores
De los otros cuatro autores de libros del Nuevo Testamento, es decir Pedro, Pablo, Judas y Santiago, no es necesario indicar muchos datos, al menos de los dos primeros; son tan conocidos que basta leer los
Evangelios, en el caso de Pedro o sus epístolas en el caso de Pablo, para situar a los personajes.
Judas comienza su epístola con un saludo en el que se identifica como “siervo de Jesucristo y hermano de Santiago. En el evangelio de Mateo (Cfr. Mt 10, 3) y en el de Marcos (Cfr. Mc 3, 18) es denominado Tadeo cuando se describe la elección de los Doce. Por tanto Judas Tadeo fue uno de los doce apóstoles y hermano de Santiago, el otro autor de una carta.
Santiago fue obispo de la iglesia de Jerusalén (Hch 15, 13; 21,18), a quien San Pablo llama “el hermano del Señor” (Gal 1, 19), para diferenciarlo del Apóstol Santiago y que junto con Juan y Pedro los denomina, como las columnas de la Iglesia de Jerusalén (Cfr. Gal 2, 9).
Aunque Santiago no era uno de los doce, Jesús se le había aparecido poco después de la resurrección (I Corintios 15, 7) y era reconocido por su gran prestigio y autoridad. Eusebio dice de él que recibía el apelativo de Justo.