La Biblia católica está formada por setenta y tres libros, cuarenta y seis pertenecientes al Antiguo Testamento y veintisiete al Nuevo Testamento. Bajo el punto de vista católico el Canon fue confirmado, como hemos visto, en el decreto de la cuarta sesión del Concilio de Trento del 8 de abril de 1546, aunque se venia utilizando el mismo Canon prácticamente desde los inicios del Cristianismo.
La expresión “antiguo testamento” utilizada para referirse a los escritos de las Sagradas Escrituras del pueblo judío y que fueron aceptadas por los cristianos como Palabra de Dios, dirigida también a ellos, es una expresión del apóstol Pablo para designar los escritos atribuidos a Moisés (II Cor 3, 14-15), ampliándose su sentido desde fines del siglo II, para aplicarlo a otras Escrituras del pueblo judío, en hebreo, arameo o griego.
Por su parte, “Nuevo Testamento” procede de un oráculo del Libro de Jeremías que anunciaba una “nueva alianza”. “He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá” (Jr 31, 31) expresión que se convirtió en el griego de los Setenta en la de “Nuevo Testamento”.
La fe cristiana, con la institución de la eucaristía, ve esta promesa realizada en el misterio de Cristo Jesús (I Cor 11, 25; He 9, 15). En consecuencia, se ha llamado “Nuevo Testamento” al conjunto de escritos que expresan la fe de la Iglesia en su novedad.29
Por sí mismo, este nombre manifiesta ya la existencia de relaciones con el “Antiguo Testamento”.
El Nuevo Testamento fue el fruto del mandato “id pues, enseñad a todas las gentes” (Cfr. Mc 16, 17 y Mt 28,19) que los primeros cristianos recibieron de Jesús y la necesidad de poner por escrito la tradición que heredaron, es decir, lo que se iba predicando.
29 Véase “El pueblo judío y sus escrituras sagradas en la Biblia cristiana”
La variedad de las comunidades que se iban creando y la necesidad de comunicación entre ellas iban exigiendo la existencia de un texto o textos comunes, unido al hecho biológico de que iban desapareciendo los testigos oculares y convenía redactar recuerdos y esquemas de predicación. El Espíritu Santo inspiró a Pablo y a los demás autores del Nuevo Testamento a escribir para el bien de la Iglesia.
La aceptación del Antiguo Testamento está refrendada en los propios escritos apostólicos que hacen múltiples referencias en sus escritos a él, aunque como siempre, no ha dejado de existir alguna persona que no consideraba al Antiguo Testamento como digno de tenerlo en cuenta, como Marción(*) de Sinope (actual Turquía) (c.85–c.160), un gnóstico, que en el año 110 d. C. escribió que los cristianos deberían rechazar en los escritos cristianos el Antiguo Testamento y todo lo que era “judío”, los Obispos lo condenaron y reconocieron que las Escrituras Hebreas continuaban siendo Revelación.
Como hemos visto, en los primeros siglos de la Iglesia aún no se había determinado que libros formarían el Canon de la Biblia. Había mucha dispersión en lo que se creía era inspirado. En algunas ciudades del Medio Oriente rechazaban la Carta a los Hebreos. Además, en este tiempo, había muchos escritos falsos. En Antioquia, en el año 200, se utilizaba el llamado "Evangelio” de Pedro (considerado actualmente uno de los evangelios apócrifos).
Personas opuestas a la Iglesia redactaron escritos, que por su similitud con las creencias aceptadas, sembraron confusión. Estos escritos tenían la misma estructura que la de los evangelios y las epístolas, siendo difícil de diagnosticar su falsedad en esos momentos iniciales del desarrollo de la fe, como por ejemplo, el “Evangelio de Tomás” (promovido por los gnósticos), el “Evangelio de María Magdalena”, cartas de San Pablo no escritas verdaderamente por él.
La relación más antigua de los escritos canónicos del Nuevo Testamento es el llamado “Canon de Muratori”, que fue redactado por un personaje desconocido, posiblemente San Hipólito, alrededor del año 200. El documento está escrito en latín y fue descubierto por el
jesuita Ludovico Antonio Muratori (1667–1750) en la Biblioteca Ambrosiana de Milán en el año 1740 en un manuscrito del siglo VIII, que está compuesto por 67 páginas en las que se incluyen diversos tratados de autores eclesiásticos de los siglos IV y V.
El canon, como tal, comienza en el folio 10 y tiene unas 85 líneas, se escribió en los finales del siglo segundo porque el propio autor se refiere al reinado del Papa Pío I (muerto en el año 157) y constata que los cristianos ya reconocían como normativos la mayoría de los libros que posteriormente se llamarían de forma genérica Nuevo Testamento. Este texto indica que en aquel entonces (como ya se ha dicho, alrededor del 200) eran ya recibidos en Roma los cuatro evangelios, los Hechos de los Apóstoles, trece epístolas de Pablo (no está la Carta a los Hebreos), primera y segunda de Juan, la Carta de Judas y dos Apocalipsis, el de Juan y el de Pedro.
El canon de Muratori sería el testimonio más antiguo de la aceptación de casi todos los escritos principales del Nuevo Testamento y una prueba irrefutable contra las modernas pretensiones de que los textos incluidos en el canon del Nuevo Testamento fueron elegidos por Constantino I, que como sabemos murió en el 22 de mayo del año 337. En aquellos comienzos, el idioma oficial de la Iglesia era el griego y aunque se hicieron traducciones al latín, de forma oficial la Biblia fue traducida al latín por San Jerónimo, a instancias del Papa Dámaso I (304-384), habiendo sido el texto bíblico oficial de la Iglesia Católica durante quince siglos, hasta la promulgación de la Neovulgata en 1979.
San Jerónimo de Estridón (340-420), nacido en Dalmatia, actual Bosnia, es considerado Padre de la Iglesia y uno de los cuatro grandes Padres Latinos. El Papa San Dámaso lo nombró su secretario y fue ordenado sacerdote a los 40 años. Sus últimos 35 años de vida los pasó en una gruta, junto a la Cueva de Belén. San Jerónimo fue un célebre estudioso del latín en una época en la que eso implicaba dominar el griego, siendo su maestro el más famoso profesor de su tiempo, Donato, que era pagano. Sabía algo de hebreo cuando comenzó su
proyecto de traducción, pero se marchó a Belén para perfeccionar sus conocimientos del idioma y por las envidias e incomprensiones padecidas en Roma como consecuencia de su enérgico carácter.
Comenzó la traducción en el año 382 corrigiendo la versión latina existente del Nuevo Testamento. Aproximadamente en el año 390 tradujo el Antiguo Testamento del hebreo, completando su obra en el año 405.
Su gran obra se denominó Vulgata, vulgata editio, edición para el pueblo, porque se escribió en un latín corriente en contraposición con el latín elegante de Cicerón, que San Jerónimo dominaba. El objetivo de la Vulgata era que fuera más fácil de entender y más exacta que sus predecesoras. San Jerónimo tradujo el Antiguo Testamento del hebreo y los Evangelios del griego. No se sabe con seguridad si tradujo otras partes del Nuevo Testamento o simplemente las revisó de las antiguas traducciones latinas.
Antes de esta traducción, la Biblia latina que se utilizaba recibe el nombre genérico de Vetus Latina. Decimos genérico, porque no fue traducida por una única persona o institución y ni siquiera se editó de forma uniforme, existieron varias versiones de calidad y el estilo diversos. Algunos autores prefieren utilizar la expresión “versiones prejeronimianas” en vez del genérico Vetus latina.
Existen evidencias de la existencia de Biblias traducidas al latín en épocas tan próximas a los hechos que describen como el año 180. En las Actas de los Mártires de Scillum en Numidia, África, consta que al ser preguntados sobre que libros leían, Sperantus, uno de los mártires respondió “Los cuatro Evangelios de Nuestro Señor Jesucristo y las Epístolas de San Pablo y toda escritura divinamente inspirada” lo cual hace pensar que, dado que eran campesinos, no podrían leer en griego y en consecuencia los libros que leían estaba escritos en latín.
Los escritos de San Cipriano (200-258), Obispo de Cartago, son una colección de citas de la Sagrada Escritura, puesto que hacia uso de una traducción latina que hacia tiempo existía.
Hoy en día los autores son de la opinión de que existieron varias versiones de la Biblia en latín, basándose que en los escritos de Noviciano, que vivió en Roma hacia el 250, se encuentran referencias a las Sagradas Escrituras que han sido tomadas de otra versión diferente a la de San Cipriano.
La conclusión es que existieron, al menos, dos versiones latinas a mediados del siglo III, una usada en África y otra en Roma y quizás también en las Galias y en España.
De hecho, existen en la actualidad muchos manuscritos de la Vetus Latina que son incluso más numerosos que los manuscritos griegos del Nuevo Testamento, lo que demuestra la amplia difusión de la Biblia en idioma del pueblo en los primeros siglos.
En un manual de disciplina eclesiástica, probablemente compuesto en el norte de Siria hacia fines del siglo III, la Didascalia Apostolorum, se recomienda encarecidamente la lectura bíblica.
San Agustín (354-430), que probablemente conoció la Biblia latina en Italia y la denominó Itala, más tarde, adoptó esta versión en su diócesis.
En el siglo XVI fue el fraile Sixto de Siena (1520-1569), como ya se ha indicado, el primero que empleó los términos “Protocanónicos” para designar los libros que desde un principio fueron recibidos en el canon, pues todos los consideraban como canónicos y “Deuterocanónicos”, para significar aquellos libros que, si bien gozaban de la misma dignidad y autoridad, sólo en tiempo posterior fueron recibidos en el canon de las Sagradas Escrituras, porque su origen divino fue puesto en duda por muchos.
En el apartado anterior hemos relacionado los libros deuterocanónicos del Antiguo Testamento, pero también existen en el Nuevo Testamento siete libros denominados deuterocanónicos, la: Epístola a los Hebreos, la Epístola de Santiago, la segunda Epístola de San Pedro, la segunda y tercera Epístola de San Juan, la Epístola de San Judas y el Apocalipsis.
También es bastante frecuente considerar como Deuterocanónicos los fragmentos de Mc 16, 9-20; Lc 22, 43-44 y Jn 7, 53-8,11.
Sin embargo, las dudas acerca de estos textos han surgido modernamente por el hecho de que dichos pasajes faltan en algunos códices y versiones antiguas.
Los católicos y también los ortodoxos, como hemos visto, llaman Libros Deuterocanónicos a aquellos que no formaban parte del texto de la Biblia Hebrea en uso por algunas comunidades judías; pero que fueron incluidos en la versión de la Biblia aceptada por los católicos. También existe unanimidad entre católicos y los ortodoxos para denominar “libros apócrifos” a aquellos libros que, teniendo ciertas semejanzas con los libros inspirados, nunca fueron recibidos en el Canon.
Otras Biblias cristianas
Los protestantes emplean una nomenclatura un poco distinta a la de los católicos, a los libros deuterocanónicos del Antiguo Testamento los denominan apócrifos, llamando Pseudoepígrafos a los libros que nosotros designamos con el término de Apócrifos.
En lo que se refiere a los Deuterocanónicos del Nuevo Testamento, coinciden católicos y protestantes en su designación.
La versión Ortodoxa oriental incluye setenta y siete o setenta y ocho libros (El cuarto Libro de los Macabeos es a veces incluido en un apéndice, otras veces no).
La Biblia protestante consta de sesenta y seis libros, frente a la versión católica que cuenta, como hemos visto, de setenta y tres.
En el 1534, Martín Lutero tradujo la Biblia al alemán y agrupó los siete libros Deuterocanónicos bajo el título de “apócrifos”, señalando: “estos son libros que no se tienen por iguales a las Sagradas Escrituras y sin embargo son útiles y buenos para leer”. Es así como los protestantes llegaron a considerar a los deuterocanónicos como libros no aceptados en el Canon.
La exclusión de estos libros de la Biblia fue una actuación deliberada de Lutero, debido a que en ellos se indicaban prácticas que acababan de ser repudiadas por los luteranos, así por ejemplo, como se comentó en su momento, en el segundo libro de los Macabeos en el capitulo 12, se reza por las almas de los muertos, lo cual se opone a la justificación por la sola fe y apoya la idea del purgatorio, en el libro de Tobías en el capitulo12, versículo 12, el arcángel Rafael presenta las oraciones de Tobías y de Sara a Dios, siendo un ejemplo de oración de intercesión, en contra de la creencia de los protestantes de rezar directamente a Dios.
La historia demuestra que los cristianos siempre habían reconocido esos libros como parte de la Biblia, siendo inválida, en consecuencia, la acusación de los protestantes de que los católicos habían añadido libros a la Biblia. Los libros Deuterocanónicos estaban incluidos en la Septuaginta y hemos visto que era la Biblia que adoptaron los Apóstoles. Los Concilios de la Iglesia en Hipona (393) y Cartago (397, 419), enormemente influenciados por San Agustín, listaron los libros deuterocanónicos como Escritura y el Concilio de Trento reiteró en términos más enérgicos lo que ya había sido decidido once siglos y medio antes, y que no había sido rebatido seriamente hasta el nacimiento del Protestantismo. La única excepción de aceptación de estos libros por una persona relevante fue la de San Jerónimo, como veremos un poco más adelante.
Como prueba documental se puede aportar que los más antiguos manuscritos griegos del Antiguo Testamento, como el Códice Sinaítico (siglo IV), y el Códice Alejandrino (c 450) incluyen todos los libros Deuterocanónicos mezclados con los otros y no separados.
Pero Lutero no solo eliminó libros del Antiguo Testamento sino que hizo cambios en el Nuevo Testamento. Dividió los libros del Nuevo Testamento en tres grupos, Libros sobre la obra de Dios para la salvación: Juan, Romanos, Gálatas, Efesios, I Pedro y I Juan, otros libros canónicos: Mateo, Marcos, Lucas, Hechos, el resto de las cartas
de Pablo, II Pedro y II de Juan y los libros no canónicos: Hebreos, Santiago, Judas y Apocalipsis.
Con el mismo sentido, Lutero, llamó a la Carta de Santiago "epístola falsificada" porque Santiago dice explícitamente: "Ved, pues, como por las obras y no por la fe solamente se justifica el hombre" (Sant 2, 24).
Sin embargo los protestantes no aceptaron los cambios de Lutero para esta parte del Canon y tienen en el Nuevo Testamento los mismos libros que los católicos.
Pero la gran modificación de Lutero fue paradójicamente de una sola palabra, en su traducción alemana de Romanos 3, 28 añadió la palabra “solamente” después de la palabra “justificado”, “pues sostenemos que el hombre es [solamente] justificado por la fe sin las obras de la Ley”, para avalar su declaración de que las personas no se justifican por la fe obrando en el amor, sino sólo por la fe.
Teológicamente el concepto “justificación” o "hacernos justos” es decir, llegar a ser un hombre recto y santo, tiene un significado diferente a como habitualmente se utiliza esa palabra en el lenguaje cotidiano, teológicamente hablando, justificación es el paso del estado de pecado a la amistad con Dios.
La justificación es una acción salvadora de Dios, un cambio que Dios realiza en el hombre que comienza con el perdón de los pecados, “gratuitamente por su gracia [de Dios], por la redención de Cristo Jesús” (Ro 3, 24), y que culmina con la santificación o comunicación de la justicia de Dios.
En el lenguaje bíblico, la “justicia de Dios” no es la justicia intrínseca de Dios, si no la justicia que Dios da a los hombres, es todo lo que Dios quiere realizar en el hombre. Haciendo un pequeño excurso, podemos indicar que en este sentido es como se entiende la frase del sermón de la Montaña “Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque suyo es el reino de los cielos” (Mt 5, 10).
Vemos pues que los protestantes se encuentran en una posición contradictoria, reconocen el Canon establecido por los concilios del
siglo IV para el Nuevo Testamento (los 27 libros que ellos tienen) pero no reconocen esa misma autoridad para el Canon del Antiguo Testamento.
La Iglesia anglicana mantiene la misma postura en relación a los libros Deuterocanónicos, denominados apócrifos por ellos, a pesar de una postura inicial un poco más flexible. Según los Treinta y nueve Artículos de Religión (1563) de la Iglesia de Inglaterra, los libros Deuterocanónicos pueden ser leídos para “ejemplo de vida e instrucción de costumbres”, pero no deben ser usados para “establecer ninguna doctrina” (Artículo VI).
La versión King James (1611) de la Biblia, imprimió estos libros entre el Nuevo y el Antiguo Testamento, pero John Lightfoot (1602-1675) Vice-Canciller de la Universidad de Cambridge, en 1643 criticó este orden alegando que de esta forma podrían ser vistos como un puente entre ambos Testamentos.
La Confesión de Westminster30 (1647) decidió que estos libros, “al no ser de inspiración divina, no son parte del Canon de las Escrituras y, por lo tanto, no son de ninguna autoridad de la Iglesia de Dios ni deben ser en ninguna forma aprobados o utilizados más que otros escritos humanos”.
Como ya se ha comentado y más adelante detallamos, en 1534 Martín Lutero publicó su traducción de la Biblia completa, que fue impresa en Wittenberg por Hans Lufft(*).
Existen dos aspectos en relación con la aportación bíblica de Lutero que han sido muy propagados y han llegado a ser aceptados como
30 La Confesión de Fe es un documento teológico apologético del credo cristiano protestante calvinista que se promulgó en 1646, como conclusión de las reuniones que durante cinco años mantuvieron en la Abadía de Westminster 121 teólogos protestantes, con el fin de recopilar las creencias de esta iglesia. Posteriormente fue aceptado por otras confesiones.
En http://www.presbiterianoreformado.org/estandares/cfw.php puede leerse el documento en castellano, en el que además de indicar la existencia de solo dos sacramentos instituidos por Jesucristo, reconocer la validez del divorcio, consideran al Papa como Anticristo.
ciertos, el primero que con su traducción Lutero fue el impulsor de la lectura de la Biblia entre los alemanes, permitiendo que numerosas personas de cualquier condición pudieran acceder al conocimiento directo de la Palabra de Dios. El segundo, quizás fomentado por el propio Lutero, que la Iglesia Católica, movida por un exceso de celo, no facilitaba la lectura de la Biblia, para impedir que se alterase su mensaje si se dejaba a la libre interpretación de cada persona.
Ambos aspectos no son ciertos, aunque si es verdad que de su traducción de la Biblia se calcula que entre el período de 1534 a 1584 se vendieron unos 100.000 ejemplares, una cifra considerable en aquella época.
En cuanto a la afirmación de que la Iglesia se oponía a la lectura de la Biblia fue rebatida por el historiador Francesc Falk que en 1905 publicó en Maguncia su obra “Las Biblias realizadas en la Edad Media”, en la que se describe que desde la invención de la imprenta en el año 1450 hasta el 1520, se tradujeron más de 156 ediciones de Biblias católicas, entre las que no se incluye la “Biblia Políglota