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El Canon de la Biblia

In document Acerca de La Biblia (página 64-83)

La expresión “canon” que venimos utilizando, procede del griego y originalmente significaba caña, regla para medir, pero con el paso del tiempo esta expresión fue evolucionando a su significado actual de norma, regla o modelo.

En este sentido, las normas o decretos de los concilios se llamaron cánones y más tarde también recibieron el nombre de cánones las leyes eclesiásticas, para diferenciarlas de las leyes civiles.

En relación con la Biblia se denomina Canon al conjunto de libros que la forman, es decir, el Canon de las Sagradas Escrituras es el conjunto de libros inspirados que lo forman.

No podemos olvidar que a pesar de que venimos utilizando de forma genérica la expresión Biblia, nos encontramos frente a un conjunto de libros que no solo se diferencian cuantitativamente, sino que teniendo el mismo contenido representan realidades diferentes para cada confesión religiosa.

Los católicos unimos las verdades reveladas en la Biblia a las de la Tradición de la Iglesia, de forma que con ambas Tradición y Escrituras se alcanza la totalidad de la Revelación.

Un segundo aspecto a considerar es el concepto inspiración, si bien es verdad que el autor es Dios, lo es en cuanto inspira a autores humanos. Este concepto de inspiración se complementa con la idea de que la Biblia, al contener lo que Dios le dice a los hombres, hay que “leerla e

interpretarla con el mismo Espíritu con que fue escrita para sacar el sentido exacto de los textos sagrados”17.

Los protestantes difieren totalmente de todo lo anterior, para ellos la Biblia es el único depósito de la Revelación, aplicando además el concepto de “libre examen”, es decir, eliminaron el concepto de interpretación al considerar que frente a la Escritura solo cabe la interpretación personal de lector.

Si comparásemos la Biblia hebrea con el Antiguo Testamento cristiano veríamos que mientras para los judíos las Escrituras son la expresión de la vida de un pueblo y contienen los elementos para una practica religiosa, para el cristiano el Antiguo Testamento contiene todas las esperanzas que después se materializaron en Jesús.

Vemos pues las diferencias son importantes bajo el punto de vista conceptual, pero bajo el punto de vista material, es decir de su contenido, no existen diferencia, por eso nosotros venimos haciendo una descripción paralela.

Canonicidad

El concepto de canon referido a la Biblia comenzó a usarse en el siglo III, probablemente por Orígenes(*) cuando quiso indicar con el adjetivo “canónicos” a los libros que eran reguladores de la fe.

En el Sínodo de Laodicea (alrededor el año 360) se utiliza el termino para indicar que “no se lean los libros acanónicos”.

San Atanasio, el gran defensor de Nicea en el siglo IV, utiliza la misma expresión refiriéndose a un libro que fue muy valorado en la primitiva Iglesia, hasta el punto de que algunos Padres llegaron a considerarlo como canónico y él determina que a pesar de ser muy apreciado y de ser muy utilizado en las asambleas litúrgicas no lo es. Nos estamos refiriendo al “El Pastor de Hermas” un texto que, gracias al Canon de Muratori, sabemos que fue compuesto por Hermas,

hermano del Papa Pío I, en la ciudad de Roma entre los años 141 a 155, existiendo catálogos eclesiásticos posteriores que confirman esta noticia. “El Pastor de Hermas” es el escrito más largo de la época post- apostólica y refleja el estado de la cristiandad romana a mediados del siglo II.

El concepto de canonicidad es un tema teológico y está muy relacionado con el concepto de inspiración, pudiéndose hablar de la canonicidad de un texto sagrado cuando es inspirado, es decir, tiene a Dios por autor y además esta reconocido como tal por la Iglesia.

Precisamente fue eso lo que ocurrió en el siglo tercero cuando surgieron algunas dudas sobre la inspiración de los libros Deuterocanónicos e incluso durante el siglo IV, cuando algunos Padres griegos, como San Atanasio, San Cirilo de Jerusalén, San Epifanio, solo admitían los Protocanónicos y le concedían menor autoridad a los Deuterocanónicos, aunque hay que aclarar que los defensores de esta idea eran una minoría y que, tanto en Oriente como en Occidente, la mayoría de los Padres incluían a los Deuterocanónicos como sagrados e inspirados.

Estas discrepancias van desapareciendo con el tiempo y se puede decir que a partir del siglo VI, salvo alguna excepción, todos aceptan el Canon extenso judío como Canon cristiano.

El criterio de canonicidad está relacionado con cada libro en particular, no basta que sea un libro inspirado, es necesario que la autoridad de la Iglesia lo declare como tal.

Así mismo, la canonicidad de un libro no depende de la tradición, ni del contenido apostólico; no siendo ni siquiera criterio de canonicidad el origen apostólico del libro, a pesar de que todas estas circunstancias se consideren como aspectos a tener en cuenta para determinar la canonicidad de un texto.

Podemos poner algunos ejemplos de obras que tuvieron mucha difusión y gozaron de la aceptación de muchos Padres, pero que no fueron consideradas canónicas por la Iglesia.

La Didaché o Enseñanza de los Doce Apóstoles no ha sido incluida dentro del Canon, a pesar de ser uno de los escritos más venerables que nos ha legado la antigüedad cristiana. Su composición data en torno al año 70; contemporánea por tanto a algunos libros del Nuevo Testamento, situándose su redacción en suelo sirio o tal vez egipcio. Sabemos que la Epístola de San Clemente Romano(*) a los Corintios era leída en las asambleas litúrgicas y como hemos comentado también "El Pastor de Hermas”. Clemente de Alejandría aceptó como escritura inspirada la “Carta a Bernabé” y “El Pastor” de Hermas, incluso citó “El Apocalipsis de Pedro” como si fuera Escritura.

Según Orígenes(*), se discutía la Carta a los Hebreos, la de Santiago, la Segunda de Pedro, las II y III de Juan y la de Judas en el período del 220 al 400.

Serapión (obispo de Antioquia, 190 d. C.) prohibió a su diócesis leer el Evangelio de Pedro, sin embargo los fieles seguían apreciando este libro.

En este lento proceso deformación del Canon, hacia fines del siglo tercero, aparecieron otras listas diferentes, como la de Mileto, Obispo de Sardis o la de Ireneo (130-202) Obispo de Lyón. En Oriente, Juan Crisóstomo (347-407) Patriarca de Constantinopla no dudaba de la segunda Carta de Pedro, la tercera de Juan, Judas y Apocalipsis.

Sin embargo, finalmente el Espíritu Santo inspiro a la Iglesia para definir que libros debían ser aceptados como canónicos.

Como hemos visto, la condición necesaria para que un libro entrara en la categoría de canónico era que previamente fuese identificado como inspirado, por tanto cabria preguntarse ¿está el Canon completo? o dicho de otra manera ¿se ha perdido algún libro inspirado?, la pregunta no es ociosa porque sabemos que en las Escrituras se hacen referencia a libros que no han llegado hasta nosotros, por ejemplo, en el Antiguo Testamento se habla del “Libro del Justo” o del “Libro de Samuel el vidente” entre otros y en el Nuevo Testamento podemos citar una carta de San Pablo a los Corintios que parece haberse perdido y de otra a los Laodicenses mencionada en la carta a los Colosenses, cuando Pablo

recomienda que esta carta “sea leída en la Iglesia de Laodicea e igualmente también vosotros leáis la escrita a Laodicea” (Col 4, 16). Lo evidente es que la autoridad encargada de determinar la inspiración y posteriormente su canonicidad, es decir la Iglesia, no ha dicho nada respecto a estos textos.

En este punto hay que recordar que la canonicidad de un libro concreto se conoce por revelación divina a través de la Tradición de la Iglesia. Precisamente esta es la razón por la que los Protestantes utilizan otros criterios de canonicidad; puesto que al rechazar la Tradición tuvieron que apoyarse en criterios puramente internos. Lutero para determinar la canonicidad, relaciona la enseñanza del libro y la doctrina de la justificación por la fe, y para Calvino el criterio de canonicidad era “el testimonio secreto del Espíritu” y el “consentimiento público” del pueblo cristiano.

Se sabe con certeza que en el concilio Floretino se confirma el Canon completo de los Libros Sagrados que componen el Antiguo y el Nuevo Testamento; en su decreto “pro Iacobitis” del 4 de febrero de 1441 se relacionan todos los libros del canon, incluyendo los libros Deuterocanónicos.

Se suele decir que en otros Concilios muy anteriores ya se había indicado el Canon de la Iglesia, hablándose del concilio Hiponense del año 393 y diversos concilios de Cartago de los años 397, 419 y 692, pero no se tiene certeza absoluta de ello, por ejemplo, en el Concilio Laodicense, hacia el 360, se relaciona el Canon del Antiguo Testamento, pero se ha demostrado que esta relación es una adicción tardía realizada a los cánones de ese concilio.

La definición solemne del Canon la tenemos en el Concilio de Trento, en el que para salir al paso de los Protestantes, que siguiendo a Carlostadio(*) negaban la canonicidad de los libros Deuterocanónicos. En la cuarta sesión del 8 de abril de 1547 se dice:

“El sacrosanto, ecuménico y general Concilio de Trento, congregado legítimamente en el Espíritu Santo y presidido de los mismos tres Legados de la Sede Apostólica, […] Resolvió además unir a este

decreto el índice de los libros Canónicos, para que nadie pueda dudar cuales son los que reconoce este sagrado Concilio. Son pues los siguientes.

Del Antiguo Testamento, cinco de Moisés: es a saber, el Génesis, el Éxodo, el Levítico, los Números, y el Deuteronomio; el de Josué; el de los Jueces; el de Ruth; los cuatro de los Reyes; dos del Paralipómenon18; el primero de Esdras, y el segundo que llaman Nehemías; el de Tobías; Judith; Ester; Job; el Salterio de David de 150 salmos los Proverbios; el Eclesiastés; el Cántico de los cánticos; el de la Sabiduría; el Eclesiástico; Isaías; Jeremías con Baruc; Ezequiel; Daniel; los doce Profetas menores, que son; Oseas; Joel; Amos; Abdías; Jonás; Micheas; Nahum; Habacuc; Sofonías; Aggeo; Zacharías, y Malachías, y los dos de los Macabeos, que son primero y segundo.

Del Testamento nuevo, los cuatro Evangelios; es a saber, según san Mateo, san Marcos, san Lucas y san Juan; los Hechos de los Apóstoles, escritos por san Lucas Evangelista; catorce Epístolas escritas por san Pablo Apóstol; a los Romanos; dos a los Corintios; a los Gálatas; a los Efesios; a los Filipenses; a los Colosenses; dos a los de Tesalónica; dos a Timoteo; a Tito; a Filemón, y a los Hebreos; dos de san Pedro Apóstol; tres de san Juan Apóstol; una del Apóstol Santiago; una del Apóstol san Judas; y el Apocalipsis del Apóstol san Juan.

Si alguno, pues, no reconociere por sagrados y canónicos estos libros, enteros, con todas sus partes, como ha sido costumbre leerlos en la Iglesia católica, y se hallan en la antigua versión latina llamada Vulgata; y despreciare a sabiendas y con ánimo deliberado las mencionadas tradiciones, sea excomulgado. Queden, pues, todos

18 Actualmente conocidos como libros de las Crónicas I y II, aquí se utiliza el nombre que le asigna la traducción de los Setenta. Los Padres de la Iglesia, los escritores eclesiásticos e incluso la Liturgia dedicaron escasa atención a estos libros, al considerar que eran prácticamente un duplicado de los libros históricos precedentes.

entendidos del orden y método con que después de haber establecido la confesión de fe, ha de proceder el sagrado Concilio, y de que testimonios y auxilios se ha de servir principalmente para comprobar los dogmas y restablecer las costumbres en la Iglesia”.

Además, el Concilio de Trento “para reprimir los ingenios petulantes”, decreta que nadie puede interpretar la Biblia, puesto que la Iglesia es la única a quien atañe juzgar del verdadero sentido e interpretación de las Escrituras Santas.

El Concilio Vaticano I con el fin de disipar algunas dudas que se habían producido, vuelve a reiterar lo dicho en el Concilio de Trento y en el Vaticano II se afirma en La Constitución Dogmática Divina Revelatione c.23 n11. “La santa madre Iglesia, fiel a la fe de los Apóstoles, reconoce que todos los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, con todas sus partes, son sagrados y canónicos, en cuanto que, escritos por inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios por autor, y como tales han sido confiados a la Iglesia”.

La Iglesia copta etiope, conocida también como Iglesia unitaria ortodoxa etíope y que según la tradición es una Iglesia apostólica fundada por el evangelista San Marcos, en su canon “breve” del Antiguo Testamento formado por cincuenta y cuatro libros, no solamente incluye todos los libros de la Biblia de los Setenta sino también el “Libro de Henoc”, el “Libro de los Jubileos”, el primer y segundo “Libro de Esdras”, el tercer “Libro de los Macabeos” y el Salmo 151.

Los tres libros de los Macabeos etíopes tienen una peculariedad diferenciadora, su contenido es completamente desigual a sus equivalentes de las otras iglesias cristianas.

El tercer libro de los Macabeos lleva un titulo inadecuado, ya que relata la persecución de los judíos en Egipto bajo el reinado de Ptolomeo IV Filopator (222-205 a. C.), es una obra de ficción que intercala hechos históricos.

Hay también diferencias en cuanto al orden de los libros. La Iglesia etíope tiene también un canon extenso, que incluye hasta ochenta y un libros.

La iglesia unitaria ortodoxa etíope, es una iglesia oriental ortodoxa que tiene su propio jefe (desde 1959; antes formó parte de la iglesia copta). El jefe de la iglesia lleva el título de Abuna-Patriarca y reside en Addis Abeba; el actual, desde el 11 de julio de 1992, es el Abuna Pablo.

Esta iglesia es una de las llamadas de los tres concilios o antiguas iglesias orientales, que tienen en común el credo monofisita19 y que rechazaron las conclusiones del Concilio de Calcedonia (451).

Se les da el nombre “iglesias de los tres concilios” porque sólo aceptan como válidos los tres primeros concilios ecuménicos, Nicea I (325), Constantinopla I (381) y Éfeso (431).

La Iglesia etíope presta mucha más atención al Antiguo Testamento que el resto de las iglesias cristianas y sus fieles practican ritos propios del judaísmo ortodoxo.

El Libro de Henoc y el de los Jubileos, mencionados como integrantes del canon etiope son generalmente considerados por la Iglesia católica como apócrifos del Antiguo Testamento.

Además de estos dos son considerados como apócrifos del Antiguo Testamento, “Oráculos sibilinos”, “Testamentos de los doce Patriarcas” “Salmos de Salomón”, “Asunción de Moisés”, “Ascensión de Isaías”, “Vida de Adán y Eva”, “Apocalipsis de Abraham”, “Testamento de Abraham”, “Testamento de Job”, “Apocalipsis de Baruc” (uno en siríaco y otro griego), etc.

El más importante de todos ellos es el “Libro de Henoc” que se ha conservado íntegramente en etíope. Existen también fragmentos de la obra en griego y en las Cuevas de Qumrán se han encontrado fragmentos de una decena de manuscritos en arameo.

19 Los monofisistas sostienen que en Jesús solo estaba presente la naturaleza divina, negando la doble naturaleza de Cristo, divina y humana. La doctrina monofisita, predicada entre otros por el abad alejandrino Eutiques, fue declarada herética en el Concilio de Calcedonia de 451.

Inspiración

El concepto de la inspiración es un tema excesivamente técnico y cuyo estudio se apartaría de nuestros fines divulgativos, no obstante, es necesario hacer referencia a ella como elemento fundamental de la canonicidad de un libro, aunque solo sea esbozando someramente el tema y apuntando algunas ideas.

Se ha comentado que para que un libro entre en el Canon es necesario que sea inspirado, es decir que tenga a Dios por autor.

Quizás sea conveniente indicar que un libro inspirado y aceptado dentro del Canon, es independiente del autor que se haya considerado en el momento de su inclusión, es decir, la Epístola a los Hebreos es un libro canónico con independencia de que por los avances científicos actuales se este cuestionando la autoria de San Pablo. La inspiración no esta relacionada con el autor humano que se suponga lo ha escrito, recordemos que hay muchos libros del Antiguo Testamento que se desconoce su autor.

Para el antiguo pueblo de Israel era una certeza que los libros sagrados eran obra de Dios, aunque no sabían en virtud de qué acción divina tenía lugar esta encarnación de la palabra.

Es sólo el Nuevo Testamento en sus escritos más recientes, el que ha desarrollado una teología que atribuye la encarnación de la palabra divina en los libros sagrados a una inspiración del Espíritu Santo.20 La palabra inspiración tiene dos acepciones completamente diferentes, podemos referirnos a un sentimiento singular de inspiración poética o musical, o artística en general, es decir, “efecto de sentir el escritor, el orador o el artista el singular y eficaz estímulo que le hace producir espontáneamente y como sin esfuerzo”21 o como nos interesa aquí

20 Véase Teología de la Biblia, J. M. Moreno, S. J., Universidad de Comillas,

publicación “on line”.

“ilustración o movimiento sobrenatural que Dios comunica a la criatura”.22

Técnicamente los teólogos afirman que la inspiración es un carisma que se produjo solamente cuando se escribieron los libros canónicos y lleva implícito que Dios los ha querido y ha asistido en su redacción. De ese modo Dios asume la responsabilidad de lo que se dice en esos libros. Los textos están dotados de autoridad divina, presentándonos cuanto en ellos se dice, como dicho por Él.

La teología judaica plantea dos modelos distintos de inspiración. En uno de ellos se entiende la inspiración como un proceso de elección de un testigo humano y una autorización singular para la redacción de la revelación divina. El otro modelo, mucho más radical es de corte milagroso, insiste en la autoría divina desvirtuando la colaboración humana.

La especulación rabínica llega a pensar que la Toráh era preexistente en Dios desde toda la eternidad e incluso encontramos la leyenda de que los setenta traductores23 fueron todos poseídos por una inspiración mántica24 y tradujeron la Biblia exactamente igual, palabra por palabra, como obedeciendo a un dictado superior.

La expresión “Palabra de Dios” se encuentra doscientas cuarenta y un veces en el Antiguo Testamento.

Para los antiguos israelitas, no se distingue entre la palabra de Dios y la del profeta, así vemos referencias en este sentido en varios textos de la Biblia, “No quieren escucharte porque no quieren escucharme” (Ez 3, 7). El profeta es la boca de Dios. “El será su dios, y tú serás su boca” (Ex 4, 16).

22 Ibíd.

23 Nos estamos refiriendo a los traductores de la Biblia de los LXX, conocida también como Alejandrina o Septuaginta, la primera traducción de la Biblia Hebrea al griego, a la que ya hemos hecho referencia.

24 Palabra de origen griego que se refiere al arte de la adivinación. Conjunto de prácticas mediante las cuales se trataba de adivinar el porvenir.

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