La tradición dice que el Apóstol Santiago estuvo en España y aunque existen algunos testimonios como los Hesichio, Obispo de Salona en el siglo V, que en su Vida de San Clemente afirma tajantemente que Santiago fue enviado a España por San Pedro, no existen otras evidencias más sólidas que permitan asegurar con certeza este hecho.
Así mismo la tradición afirma que San Pablo desembarcó en Tarragona, pudiendo tener este hecho más visos de realidad, puesto que al menos, él mismo expresó deseos de hacerlo, como dejó escrito en su Epístola a los Romanos (Rom 15, 28).
Lo que si parece estar probado es que San Pedro envió a la Bética a siete varones apostólicos en el año 64 o 65 cuyos nombres eran Torcuato, Ctesifon, Indalecio, Eufrasio, Cecilio, Hesichio y Secundo. A Torcuato se atribuye la fundación de la iglesia Accitana (Guadix), a Indalecio la de Urci, a Ctesifon la de Bergium (Verja), a Eufrasio la de Iliturgi (Andujar), a Cecilio la de Iliberis, a Hesichio la de Carteya, y a Segundo la de Ávila, única que estaba fuera de los límites de la Bética.
Se sabe que en el siglo III padeció martirio en Tolosa de Aquitania el navarro San Firmino o Fermín.
La mención de estos hechos que muestran la propagación39 o más bien los inicios del cristianismo en España nos sirven de base para deducir que el uso de la Biblia en España se remonta a los mismos inicios del cristianismo.
En las actas del martirio del obispo de Tarragona, Fructuoso, y sus diáconos Augurio y Eulogio, muertos en la hoguera el año 259, escritas probablemente por un militar de la Legio VII Gemina, testigo presencial de los hechos, se menciona que existe el oficio eclesiástico de “lector” de la Escritura en las celebraciones litúrgicas. Vemos pues, que además de existir en el siglo III una organización eclesiástica en Hispania, utilizaban, al menos el clero, la Vetus latina para sus celebraciones de culto.
Existen además gran numero de escritos que prueban la difusión de la Vetus latina en España, como el poema entre la armonía evangélica y el relato de la vida de Jesús escrito en el año 330, realizado por el poeta y escritor cristiano Juvenco(*) o las obras, que en los comienzos del siglo V, compone el poeta de Calahorra Prudencio, Dicchotaeum (“doble alimento”) que es en realidad una breve ilustración de pasajes históricos de toda la Biblia.
Aurelius Prudentius Clemens (Calahorra, 348-410) fue un poeta hispano latino. Está considerado como uno de los mejores poetas cristianos de la Antigüedad, poseyendo una gran erudición en cultura clásica y sobre la Escritura. De familia cristiana y noble, fue profesor de retórica y jurisconsulto, llevando a cabo una brillante carrera como funcionario imperial, viajando a Roma entre los años 401 y 403 donde ocupó el cargo de prefecto. Más tarde, hacia el año 400, se convirtió al cristianismo y se retiró a un monasterio en Hispania, para dedicarse a la poesía religiosa y allí murió hacia el año 410.
Entre los años 404 y 405 publicó una colección de sus poemas, algunos de los cuales han pasado a la liturgia. Nos quedan más de 20.000 versos suyos, muchos de ellos aún inéditos. Escribió Cathemerinon liber (Libro de los himnos o Libro de las tareas de la jornada), una especie de libro de horas que recoge 12 himnos; Hamartigenia (Origen del pecado); Peristephanon (Libro de las coronas de los mártires), colección de catorce himnos a algunos mártires, entre los cuales figuran varios de los españoles, importante también por aportar valiosa información sobre ellos.
Aunque los dos primeros testimonios históricos de la presencia de la Vulgata en España se encuentran en el siglo IV, en unas cartas que San Jerónimo escribe a Lucinio de Bética y a su viuda Teodora, en la que da cuenta de la copia de los libros del Antiguo Testamento, que hasta ese momento había traducido, así como del Nuevo Testamento revisado y de su envío a España. En la carta se dice “Con qué afán solicitó mis propias obras, hasta el punto de mandarme aquí seis amanuenses [...] que trasladarán todo lo que he dictado desde mi mocedad hasta el día de hoy”.
Así pues, parte de la Vulgata entra por primera vez a España alrededor del año 410. Allí coexiste con algunas formas de la Vetus durante siglos.
En los trabajos realizados en las excavaciones del pueblo abulense de Diego Álvaro por Arsenio Gutiérrez Palacios, se descubrió una serie de de pizarras escritas que ofrecen una cuenta minuciosa de la vida diaria de la gente del pueblo, desde fines del siglo VI hasta inicios del VIII.
Las pizarras40 contienen cuentas, operaciones de compra-venta, documentos judiciales, oraciones, algún conjuro, remedios médicos, siendo de una importancia trascendental para el estudio de los orígenes de nuestra lengua, pero lo que interesa a nuestros fines es destacar que entre las numerosas piezas encontradas en este yacimiento y en otros
en las provincia de Salamanca, Segovia y norte de Cáceres y Portugal, se encuentran algunas que incluyen textos de la Biblia, como una de las encontradas en Diego Álvaro que transcribe parte del salmo 91 u otra de Novahombela (Salamanca) con textos del salmo 16. Parece ser que estos textos eran utilizados con fines escolares, lo que dan prueba de la difusión de la Biblia entre los Visigodos.
Se cree que en el siglo VII, San Isidoro (565-636), Obispo de Sevilla, hizo una nueva edición revisada de la Vulgata. A pesar de lo inseguro de los datos, sí es un hecho que la Vulgata circuló extensamente en España, desde donde se difunde a otros pueblos, como lo prueba la existencia del Codex Toletanus del siglo VIII y el Codex Cavensis del siglo IX, probablemente realizado en Asturias durante el reinado de Alfonso II (c.760-842).
En el monasterio de la Colegiata de San Isidro de León se conserva el Codex Biblicus Legionensis o Biblia Visigótico-Mozárabe. Es un manuscrito que está perfectamente datado, porque esta fechado el 19 de Junio del 960 en el Monasterio de Valeránica (desaparecido en el siglo X y situado en la actual villa burgalesa de Tordómar), conociéndose el nombre de sus autores, el miniaturista Florencio y el calígrafo Sancho.
No se sabe desde que fecha el códice pertenece al Monasterio de San Isidoro, aunque se piensa que fue una donación de los reyes leoneses Fernando I y su esposa Sancha (1037). Es un códice adornado con magníficas miniaturas policromadas, escrito sobre pergamino en letras minúsculas visigótico-mozárabe a dos columnas. Su tamaño es de 485x345x170 mm. conteniendo todos los libros del Antiguo y Nuevo Testamento.
También en el mismo lugar se conserva la Biblia leonesa, en tres tomos, que se copió en el año 1162, en el taller de esta Colegiata, por el agustino San Martino de León (1130-1203).
La llamada Biblia de Ávila es el códice medieval de mayores proporciones, 625x400 mm. y de 15 kilos de peso, que se encuentra en la Biblioteca Nacional desde el 1868, procedente de la Catedral de
Ávila. Es un volumen miniado elaborado en dos partes, la primera fue confeccionada a mitad del siglo XII en Italia y a finales del mismo siglo se completó en Ávila, por lo que las miniaturas de ambas partes se distinguen con absoluta claridad.
Existen otros ejemplos de códices, como puede ser la Biblia Románica de Burgos del siglo XII, realizada en el scriptoriun del Monasterio burgalés de San Pedro de Cardeña, en la última década del siglo que contiene dos de las mejores miniaturas del románico español: una representación de la Adoración de los Reyes y otra con un pasaje del Génesis.
Las traducciones de los textos bíblicos a lenguas hispánicas empezaron a producirse en el siglo XIII, aunque se tiene constancia de documentos con fechas anteriores.
En la España mozárabe debieron de ser frecuentes las traducciones de la Biblia y en especial de los Evangelios al árabe, pero casi todas ellas se han perdido en su totalidad, aunque en la catedral de León, se conserva (códice 35, de 147 folios en papel) una traducción al árabe de los evangelios, hecha por Isaac ben Velasco de Córdoba a mediados del siglo X y copiada en Fez, de un códice de pergamino, por un obispo llamado Miguel desterrado por los almorávides en el año 1175. Sin embargo, de una traducción anterior a la de Isaac ben Velasco queda una hoja escrita en árabe y latín, conteniendo el comienzo de la carta de San Pablo a los Gálatas. Este documento, al que se ha denominado Manuscrito mozárabe de Sigüenza por haber sido descubierto de forma fortuita en 1909 en esa ciudad, ha sido fechado a finales del siglo IX o principios del X.
La particularidad del mismo reside, además de en su antigüedad, en que el texto árabe es el principal y el latino el secundario, con lo que se demostraría la plena arabización durante esa fecha de los cristianos mozárabes españoles.
La “Grande e general Estoria” fue un proyecto inacabado de una historia universal de Alfonso X el Sabio (1221-1284), rey de Castilla y León, dentro de ella, se encuentra la primera traducción no literal de la
Biblia del latín al castellano, desde el Génesis hasta el Nuevo Testamento. Se la conoce como Biblia Alfonsina o española.
Del siglo XV se tiene noticia de varios proyectos de traducción del Antiguo Testamento del hebreo y del latín, cuyos manuscritos se encuentran en El Escorial. Uno de los cuales pudo ser el del rey de Aragón, Alfonso V el Magnánimo (1396-1458), que habría encargado una traducción española de todo el Antiguo Testamento realizada del hebreo y el latín según el orden de la Vulgata.
La lectura de la Biblia en lengua vernácula era frecuente en el siglo XV, no sólo en las sinagogas y entre los conversos, sino también en no pocos conventos y entre los seglares. Fray José de Sigüenza aporta datos de los conocimientos bíblicos de los jerónimos del siglo XV. Sólo así se explica el crecido número de traducciones y de glosas.
En 1478 se publicó en Valencia la Biblia traducida al valenciano a partir de la Vulgata latina, que había sido traducida a principios del siglo XV por el hermano de San Vicente Ferrer, Bonifacio Ferrer(*), con la ayuda de algunos frailes. Esta Biblia fue impresa por Mossén Alfonso Fernández de Córdoba, castellano, y Mossén Lambert Palmart, alemán, desde febrero de 1477 a marzo de 1478.
Desgraciadamente el año 1478 no era el mejor momento para publicar una Biblia en una lengua vernácula, porque ése es precisamente el año en el que los Reyes Católicos consiguen que el papa Sixto IV acceda a su petición de crear la Inquisición y esta ordena la recogida de los libros en hebreo y las Biblias.
La Biblia de Ferrer(*) fue una de las primeras obras a las que se aplicó esta orden y fue requisada por la Inquisición.
A pesar de todo, de un ejemplar que se salvó, se conserva en París el salterio y el sacerdote José Gudiol Cunill (1782-1931) trascribió los evangelios en su obra “Una Antiga traducció catalana dels quatre evangelis: codex del Palau” publicada en 1910.
Otra traducción de ese tiempo es la llamada Biblia de Alba, denominada así por sus poseedores, la casa de Alba. Es una obra de
gran importancia porque es la primera traducción a lengua romance castellana de la Biblia hebrea.
Fue traducida del hebreo y del latín, por el rabino de Maqueda (Toledo), Mosé Arragel de Guadalfajara, hacia el primer tercio del siglo XV, a petición de Luís de Guzmán, Maestre de la Orden de Calatrava.
El manuscrito en sus 513 páginas, contiene 343 artísticas miniaturas que son adicionalmente una fuente de información sobre las costumbres de la época. El manuscrito, que parecer ser se concluyó el 2 de junio de 1430, fue revisado por los franciscanos de Toledo durante al menos tres años, de donde pasó a la Universidad de Salamanca; posteriormente desapareció hasta el año 1662 que se encontró en la biblioteca del Palacio de Liria en Madrid, residencia de los Duques de Alba.
En Zaragoza en 1485 se tradujo al castellano el Nuevo Testamento por Micer Gonzalo García de Santa María, jurista de profesión e historiador y filólogo de afición, y protegido de Fernando el Católico. La obra fue titulada “Evangelios e Epístolas, siquier liciones de los domingos e fiestas solemnes de todo el anyo e de los santos”.
El texto fue examinado por el inquisidor Pedro Arbués de Épila que dijo “e no apartanse en cosa alguna de la senda de la S. Madre Iglesia”.
En 1512, por petición del Rey Fernando de Aragón, su protector, el franciscano fray Ambrosio de Montesino se encargo de corregir la Obra, de la cual se hicieron muchas ediciones durante todo el siglo XVI, con el titulo “Evangelios y Epístolas para todo el año”.
Un incunable de esta obra (es decir impreso antes del año 1500) lo descubrió Isaac Coltjinen en la Universidad de Upsala (Suecia).
En el siglo XVI el judeo converso Alfonso de Zamora (1476-1544), primer catedrático de Hebreo de la Universidad de Alcalá de Henares y Pedro Sánchez Ciruelo (1470-1548) matemático y teólogo, que fue también llamado por el Cardenal Cisneros para dar clase de teología
en su Universidad, tradujeron del hebreo al latín el Antiguo Testamento.
Las Grandes Biblias españolas
Bajo los auspicios del Cardenal Gonzalo Jiménez de Cisneros (1436- 1517), Arzobispo de Toledo y universalmente conocido como el Cardenal Cisneros, se concibió y realizó la Biblia Políglota Complutense o de Alcalá (Complutum).
Esta monumental obra, que fue la primera Biblia poliglota que se imprimió, incluía toda la Biblia en hebreo, arameo, griego y latín. Menéndez Pidal comenta que se hizo incluyendo, además del texto hebreo, el griego de los Setenta, el Targum de Onkelos, uno y otro con traducciones latinas interlineales, y la Vulgata. Los cuatro primeros tomos incluyen el Antiguo Testamento; el quinto, el Nuevo (texto griego y latino de la Vulgata), y el sexto es de gramáticas y vocabularios (hebreo, arameo y griego).
Transcurrieron quince años para su finalización, desde 1502 en que se empezó, hasta que en 1517 concluyo su impresión. El proceso de impresión duró casi cinco años, terminándose pocos meses antes de la muerte del Cardenal, téngase en cuenta que se tuvieron que fundir por primera vez en el mundo todos los caracteres griegos, arameos y hebreos. La impresión se inició con la publicación del Nuevo Testamento en griego y latín, finalizado el 10 de enero de 1514, siendo el primer texto griego impreso en todo el mundo, anterior en dos años al de Erasmo, que se publicó en 1516.
Fue una obra de profesores universitarios dedicada a los estudiosos, que como hemos referido el sexto volumen incluía un diccionario hebreo-latino y viceversa, un léxico del Nuevo Testamento y un diccionario etimológico de nombres propios.
En la obra participaron Antonio de Nebrija (1441-1522), el conocido autor de la primera gramática castellana (1942), Hernán Núñez de Toledo y Guzmán (1475-1553) conocido como El Pinciano por haber
nacido en Valladolid, Diego López de Zúñiga (1492-1557), experto en griego, latín, hebreo, arameo y árabe, Juan de Vergara, canónigo de Toledo, el cretense Demetrio Ducas (1480-1527) primer catedrático de griego de la Universidad de Alcalá, el catedrático de hebreo Alfonso de Zamora, Pablo Coronel (1480-1534) catedrático de Sagradas Escrituras en la Universidad de Salamanca y Alfonso de Alcalá, estos tres últimos, judíos conversos que se dedicaron a la parte hebrea y aramea.
Menéndez Pidal, en relación con esta ingente obra dice:”La grande obra de aquellos egregios varones fue la Políglota complutense, monumento de eterna gloria para España, sean cuales fueren sus defectos, enteramente inevitables entonces, obra que hace época y señala un progreso en la lectura del texto bíblico, y que era en su línea el mayor esfuerzo que desde las Hexaplas de Orígenes se había intentado en el mundo cristiano”.
El proceso de traducción bíblica al lenguaje vernáculo queda detenido en pleno desarrollo por las severas medidas de la Inquisición española ante el avance del protestantismo. Son varios los textos de partes de la Biblia cuya impresión nunca se autorizó y cuyos manuscritos se encuentran, principalmente, en la biblioteca de El Escorial.
Pero hagamos un pequeño paréntesis para mencionar el trabajo de Lutero, puesto que sus traducciones tuvieron una gran repercusión en el mundo bíblico y en las Biblias españolas que se tradujeron después de las traducciones de Lutero.
En 1522 Martín Lutero publica su traducción del Nuevo Testamento en alemán, realizada en un tiempo record y con un magnifico alemán, lo que permitió una rápida difusión.
Lutero aprovechando los últimos meses que le quedaban de su estancia en el castillo de Wartburg, situado en la comarca de la Turingia, lugar en el que se había escondido huyendo de la sentencia condenatoria del edicto de Worms, puso de manifiesto su capacidad de trabajo en la realización de esta ingente tarea, pues en el período de tres meses, de
diciembre de 1521 hasta principios de marzo de 1522, ya tenía prácticamente acabada la traducción del Nuevo Testamento.
Seis meses después, concretamente en septiembre de 1522, se publicó su traducción del Nuevo Testamento, con el titulo de “Das Newe Testament Eutzsch, Wittemberg”, en la que no aparecía ni el año ni el nombre del impresor, ni tampoco el de su autor, quizá para conseguir una mayor difusión del libro.
En esta primera edición se imprimieron 3.000 ejemplares que se agotaron con rapidez, pues a finales del año siguiente ya salió publicada la segunda edición.
Según cálculos de uno de los biógrafos de Lutero; Hartman Grisar (1845-1932), hasta el año 1537, se hicieron 16 ediciones en Wittemberg, sin contar las más de 50 ediciones en otras ciudades alemanas.
Doce años más tarde, en 1534, la Biblia completa traducida por Lutero al alemán se imprime en Wittenberg por Hans Lufft(*), iniciándose una nueva línea de traducciones de la Biblia por parte de los protestantes. Esta tendencia también se impuso en España, con la Biblia de Casiodoro de Reina y la traducción del Nuevo Testamento de Francisco de Enzinas(*).
Pero antes de comentar estos dos trabajos es necesario mencionar que en 1553 se publicó la denominada Biblia de Ferrara, editada por los judíos peninsulares Jerónimo Vargas (español) y Duarte Pinel (portugués) (que adoptaron los nombres judíos de Yom Tob Atias y Abraham Usque). Se publicó en lengua sefardí, como se indica en su portada, donde dice “en lengua española traduzida palabra por palabra de la verdad hebrayca”.
En la misma portada se puede leer “vista y examinada por el oficio de la Inquisición”, lo cual fue un subterfugio para evitar que la Inquisición prohibiera su circulación.
En Amberes, el 25 de octubre de 1543, vio la luz la primera edición castellana del Nuevo Testamento de Francisco de Enzinas(*), obra que dedica al emperador Carlos V.
A pesar de la dedicatoria, era un texto luterano y el dominico Pedro de Soto, quien llegaría a ser consejero de la reina de Inglaterra María Tudor, arrestó a Enzinas(*) en Bruselas bajo los cargos de sospechoso de luteranismo, amigo de luteranos e impresor del Nuevo Testamento en castellano, siendo la publicación requisada y destruida.