os peligros de rebelión entre los descontentos habitantes de Granada, ayudados y fomentados por sus correligionarios africanos, dieron inevitablemente un nuevo impulso al proyecto, largamente acariciado, de continuar la cruzada castellana al otro lado del estrecho, en tierra africana Esto había de ser una secuela natural de la conquista de Granada y los tiempos parecían especialmente propicios para ello. El sistema estatal norteafricano se hallaba, a finales del siglo XV, en un estado muy avanzado de disolución. Existían divisiones entre Argel, Marruecos y Túnez, entre los habitantes de las montañas y los del llano, entre los autóctonos y los nuevos inmigrantes procedentes de Andalucía. El Norte de África era un país difícil para las campañas guerreras, aunque
sus habitantes no estaban familiarizados con las nuevas técnicas militares de los castellanos, y sus disensiones internas ofrecían a los españoles posibilidades tan tentadoras como las luchas de facciones en el reino nazarí de Granada.
Alejandro VI dio, en 1494. su bendición papal a la cruzada africana, y lo que es más importante, autorizó, a fin de subvenir a ella, la continuación del tributo conocido con el nombre de cruzada. Pero la cruzada al otro lado del estrecho se vio retrasada durante una azarosa década. Las tropas españolas estuvieron enzarzadas, durante la mayor parte de esta época, en una difícil lucha en Italia, y Fernando no estaba en disposición de volver su atención hacia ningún otro lugar. Aparte de la toma del puerto de Melilla por el duque de Medina-Sidonia, en 1497, el nuevo frente con el Islam fue abandonado y sólo con la primera rebelión de las Alpujarras, en 1499, los castellanos advirtieron realmente la amenaza norteafricana. La revuelta provocó un gran resurgir del entusiasmo religioso popular y suscitó nuevas peticiones de una cruzada contra el Islam, apoyadas con ardor por Cisneros y por la reina. Sin embargo, cuando Isabel murió en 1504, nada se había hecho aún y fue Cisneros el encargado de hacer cumplir su última voluntad, que sus sucesores “no cesen en la empresa de la conquista de África y de pugnar la Fe contra los infieles”.
El fervor militante de Cisneros iba a arrollar, una vez más, todos los obstáculos. En otoño de 1505 se organizó una expedición en Málaga que zarpó hacia el norte de África. Se consiguió ocupar Mazalquivir, base esencial para atacar Orán, pero la atención de Cisneros se veía entonces distraída por asuntos internos y sólo en 1509 un nuevo y más poderoso ejército fue enviado a África y se ocupó Orán. Pero los comienzos, en 1509-1510, de la ocupación de la costa norteafricana sólo sirvieron para acentuar las divergencias entre Fernando y Cisneros y para revelar la existencia de dos políticas africanas irreconciliables. Cisneros, imbuido del espíritu de cruzada, había proyectado, según parece, penetrar hasta los límites del Sahara y establecer en el norte de África un imperio hispano- mauritano. Fernando, en cambio, veía en África un teatro de operaciones mucho menos importante que el tradicional enclave aragonés en Italia y se mostraba partidario de una política de ocupación limitada del litoral africano que bastase para proteger a España contra un ataque de los moros.
Cisneros rompió con su soberano en 1509 y se retiró a la universidad de Alcalá. Durante todo el resto del reinado prevaleció la política de Fernando: los españoles se contentaron con ocupar y guarnecer una serie de puntos claves, mientras dejaban el interior en poder de los moros. España había de pagar muy caro, en los años sucesivos, esta política de ocupación limitada. La relativa inactividad de los españoles y su vacilante poder en una reducida franja costera permitieron a los corsarios berberiscos establecer bases a lo largo del litoral. En 1529 los Barbarroja, dos piratas hermanos procedentes de Oriente, recuperaron el Peñón de Argel, punto clave para la conquista de dicha ciudad. A partir de este momento quedaban establecidos, bajo la protección turca, los cimientos de un estado argelino, que proporcionaba la base ideal para los ataques de piratería contra las rutas mediterráneas vitales para España.
El peligro se hizo extremadamente grave en 1534, cuando Barbarroja arrebató Túnez a los moros vasallos de España y se aseguró así el control del estrecho entre Sicilia y África. Era ahora, evidentemente, una cuestión de extrema urgencia para España el desalojar aquel nido de avispas antes de que los daños fueran irreparables. Al año siguiente Carlos V organizó una gran expedición contra Túnez y consiguió recuperar esta ciudad, pero no pudo completar su éxito con un asalto inmediato a Argel y de este modo se perdió la oportunidad de destruir a los piratas berberiscos.
Cuando, por fin, en 1541, el emperador dirigió una expedición contra Argel, ésta se saldó con un desastre. A partir de entonces, Carlos V se vio completamente absorbido por los problemas europeos y los españoles no pudieron hacer más que mantener sus posiciones en África. Su política de ocupación limitada entrañó el fracaso en la empresa de asegurarse una influencia real sobre el Moghreb, y sus dos protectorados de Túnez y Tremecén se vieron cada vez más sometidos a las presiones moras. A comienzos del reinado de Felipe II, las posiciones españoles en el Norte de África se hallaban en una situación sumamente precaria y todos los esfuerzos del nuevo rey por salvarlas resultaron inútiles. El control de la costa tunecina hubiera sido de gran provecho para España en la gran guerra naval de 1559 a 1577 contra el Turco, pero aunque don Juan de Austria logró recuperar Túnez en 1573, tanto esta ciudad como La Goleta fueron perdidas al año siguiente. La caída de La Goleta fue fatal para las esperanzas españolas en África. El control español se vio poco a poco reducido a las plazas fuertes de Melilla, Orán y Mazalquivir, a las que se añadieron más tarde los restos africanos del imperio portugués. Por desgracia, aunque no resultaba sorprendente, el heroico sueño de Cisneros de un África del Norte española había quedado en agua de borrajas.
La razón más obvia del fracaso español en la empresa de establecerse sólidamente en el Norte de África reside en la magnitud de los intereses españoles en otros lugares. Fernando, Carlos V y Felipe II estaban demasiado preocupados por otros acuciantes problemas para poder dedicar mayor atención al frente africano. El precio del fracaso fue muy elevado por cuanto significó el aumento de la piratería en el Mediterráneo occidental, pero se puede argüir que la configuración del país y la insuficiencia de las tropas españolas hacían en cualquier caso imposible una ocupación efectiva. Parece evidente, sin embargo, que las enormes dificultades naturales no hubieran resultado insuperables si los castellanos hubieran abordado de distinto modo la guerra en el Norte de África. De hecho tendieron a considerar la guerra como una simple continuación de la campaña contra Granada. Quiere esto decir que, como en la Reconquista, pensaban ante todo en expediciones de pillaje, en la captura de botín y en el establecimiento de presidios o guarniciones fronterizas. No existía ningún plan de conquista total, ningún proyecto de colonización. La palabra conquista implicaba esencialmente para los castellanos el establecimiento de la presencia española: asegurarse los puntos claves, eliminar los intentos de reivindicación y adquirir un ascendente sobre la población derrotada. Este modo de hacer la guerra, ensayado con buen resultado en la España medieval, fue adoptado de modo natural en el Norte de África, a pesar de las condiciones locales, que amenazaban con limitar su eficacia desde un principio. Como el terreno era difícil y el botín decepcionante, África, al revés de Andalucía, ofrecía pocos atractivos a los que hacían la guerra por su cuenta, más interesados en obtener recompensas materiales a sus fatigas que en el premio de índole espiritual prometido por Cisneros. En consecuencia, el entusiasmo por el servicio en África decayó rápidamente, con las consecuencias militares que eran de prever. El Norte de África fue durante todo el siglo XVI la cenicienta de las posesiones españolas en ultramar: un país que no se adaptaba a las peculiares características del conquistador. Allí se hicieron patentes los inconvenientes del sistema bélico de cruzada de la Castilla medieval. Pero el fracaso en el Norte de Africa quedó casi inmediatamente eclipsado por el temprano éxito del sistema bélico tradicional en una empresa muchísimo más espectacular: la conquista del imperio americano.