• No se han encontrado resultados

LA CRISIS DE LOS AÑOS SESENTA

Raza y Religión

4. LA CRISIS DE LOS AÑOS SESENTA

a paz de Cateau-Cambrésis, firmada en 1559, que ponía fin a la guerra entre Francia y España, no había llegado demasiado pronto. Aparte el hecho de que la bancarrota de 1557 hacía prácticamente imposible la continuación de la guerra, tanto Felipe II como el monarca francés, Enrique II, no podían dejar de sentirse preocupados ante la extensión de la herejía protestante en Francia. Además, se enfrentaban con el peligro turco, entonces quizá ligeramente debilitado, pero no por ello menos acuciante. Los rumores de una debilidad creciente del poder otomano sugerían que el momento podía ser propicio para realizar un intento de recuperar la iniciativa en el Mediterráneo, lo que era imposible si continuaba la guerra con Francia. Así, pues, Felipe II decidió anular las órdenes de apertura de negociaciones con los turcos para conseguir una tregua de diez o doce años, y entablar la guerra en el Mediterráneo con todos los recursos de que disponía.

A la luz de la situación financiera española, la decisión no parece nada acertada. Durante la década 1550-1560 la depresión había amenazado el comercio sevillano con el Nuevo Mundo, haciendo escasear el dinero y disminuyendo la confianza en los negocios. El producto de los impuestos resultaba totalmente insuficiente para hacer frente a los costosos compromisos militares de la monarquía y, ya en 1558, se había gravado con un impuesto muy elevado la exportación de lana castellana. A esto siguió la percepción de aranceles en la frontera portuguesa, un aumento de los

almojarifazgos y de los derechos de aduana en los puertos vizcaínos, la imposición del monopolio real sobre los juegos de naipes y la incorporación de las minas de sal a los bienes de la Corona. Estas medidas aumentaron en mucho el producto de las imposiciones extra-parlamentarias y los ingresos de la Corona se vieron incrementados nuevamente en 1561, cuando el rey indujo a las Cortes a aceptar un considerable aumento del encabezamiento con la promesa de no crear nuevas contribuciones sin su consentimiento (promesa fácil de olvidar).

Un aumento de la tributación era muy necesario si España quería emprender una gran campaña en el Mediterráneo. Esto había quedado claramente demostrado con la abrumadora derrota en marzo de 1560 de una expedición conjunta hispano-italiana contra la isla de Djerba, que se quería utilizar como base para recobrar Trípoli. El revés sufrido por los cristianos —el más importante después del fracaso de Carlos V en Argel, en 1541— animó a los turcos a acentuar su presión en el Mediterráneo central y occidental e incluso a acercarse a las costas de Mallorca en la primavera de 1561. España necesitaba con urgencia más barcos y el aumento de los ingresos reales hizo posible emprender un programa de construcción de galeras que podía, por lo menos, llenar los vacíos causados por las pérdidas de los años anteriores. Pero, aun así, la flota española seguía siendo demasiado pequeña. Si bien Don García de Toledo mandaba una flota de cien navíos en su victorioso ataque contra la fortaleza norteafricana del Peñón de Vélez, en septiembre de 1564, muchos de ellos habían sido cedidos por los aliados de España. Y cuando, al año siguiente, se envió una expedición naval para levantar el asedio de la isla de Malta, toda la costa meridional española quedó indefensa y una partida de corsarios tetuanís desembarcó en Motril y saqueó todo el litoral.

Mientras España, a principios de la década 1560-1570, estaba edificando lenta y penosamente su poder en el Mediterráneo, recibía varios avisos, cada vez más claros, de que el Islam no era su único enemigo ni su costa meridional y oriental la única frontera expuesta a los ataques. La expansión del calvinismo y el estallido de las guerras de religión francesas en 1562, erigieron por vez primera el espectro de un poder protestante en la frontera septentrional española.

Esto era ya bastante grave, pero aún iba a ocurrir algo peor. El descontento crecía en los Países Bajos españoles. Las presiones de la nobleza holandesa habían inducido a Felipe II a destituir en 1564 al Cardenal Granvela del gobierno de los Países Bajos. La herejía se extendía entre la población y, en 1566, bandas calvinistas se alborotaron y saquearon las iglesias. Felipe II se enfrentaba, pues, a la vez, contra la herejía y la rebelión en una de las partes más preciadas de su patrimonio.

Las graves noticias que llegaban de Bruselas plantearon a un monarca indeciso por naturaleza la necesidad de tomar una serie de decisiones cruciales. ¿Debía volver a Flandes para imponer de nuevo, personalmente, su autoridad ? ¿Debía adoptar una política moderada, como recomendaban en el Consejo de Estado el Cardenal Espinosa y el príncipe de Éboli, o debía ordenar una acción militar contra los rebeldes, como le instaban a hacer el duque de Alba y el conde de Chinchón? Una acción militar requería dinero, pero, afortunadamente, la situación financiera de la Corona había empezado a mejorar. Durante 1562 y 1563 la depresión que amenazaba el comercio sevillano con el Nuevo Mundo se había alejado gradualmente y los envíos de plata habían empezado a aumentar. A medida que el sistema absorbía nuevos flujos de plata, el poder español empezó a revivir. Lleno de una nueva confianza nacida de los nuevos recursos, el rey se decidió por la represión. El duque de Alba fue enviado a los Países Bajos con un ejército para reprimir la revuelta, y a pesar del éxito conseguido por la gobernadora del país, la hija de Carlos V, Margarita de Parma, en la tarea de

restablecer el orden entre sus revoltosos súbditos, el duque recibió órdenes de continuar su marcha. Antes de la partida del duque de Alba existió cierta incertidumbre acerca de si oficialmente se le enviaba a los Países Bajos para destruir la herejía o para reprimir la revuelta. Se decidió finalmente que sería mejor considerar la guerra en los Países Bajos como una guerra contra unos vasallos rebeldes, pero en la práctica, tanto Felipe II como sus soldados veían en ella una cruzada religiosa emprendida por un “ejército católico” contra un pueblo que Felipe II presentaba siempre como “rebelde y herético”. Para Felipe II herejía y rebelión eran sinónimos, y no sin razón. A dondequiera que volviese la vista, los calvinistas subvertían el orden establecido. Los predicadores calvinistas enardecian al pueblo y la literatura calvinista envenenaba los espíritus. En los Países Bajos, en Francia, las fuerzas del protestantismo internacional estaban en acción. A Felipe II no le cabía duda alguna de que se trataba de una conspiración internacional, pues cada año que pasaba le demostraba que los holandeses no estaban solos. Tras ellos estaban los hugonotes y los marinos bretones que entorpecían la navegación española en el golfo de Vizcaya y que cortarían las comunicaciones marítimas de España con Flandes en el invierno de 1568-1569. Tras ellos se hallaban también los corsarios ingleses como Sir John Hawkins, cuya incursión en el Caribe español, en 1568, llevó a España y a Inglaterra a un paso de la declaración de guerra.

Ya hacia 1568 estaba claro que la lucha tomaba incremento, y se extendía sobre todo al mar, donde los protestantes tenían su fuerza principal y donde España era aún débil. La guerra entre España y el protestantismo internacional fue esencialmente una guerra naval que se desarrolló en el Golfo de Vizcaya, en el Canal de la Mancha e incluso, y cada vez más, en el hasta entonces dominio exclusivo del Atlántico español. Las posesiones americanas de España ya no estaban seguras. Pero, en este aspecto, era discutible si había alguna parte de los dominios de Felipe II que estuviese a salvo de un ataque. Desde luego, la propia España estaba amenazada, tanto por los ataques de piratería contra sus costas como por las incursiones armadas a través de su frontera con Francia.

La aguda sensibilidad de Felipe II a los peligros de la herejía queda demostrada por su comportamiento en el Principado de Cataluña. El Principado era, sin duda alguna, uno de los sectores más débiles del bastión español, tanto por su situación expuesta, junto a la frontera francesa, como por el hecho de que la extensión de sus privilegios le hacían difícilmente manejable por la monarquía. Es cosa sabida que había muchos hugonotes en las partidas de bandoleros que constantemente atravesaban la frontera en uno y otro sentido, y existían todas las razones para sospechar que la herejía hubiera hecho adeptos entre la poderosa corriente de franceses que durante algunos años habían atravesado los Pirineos para buscar trabajo en Cataluña. Si la herejía llegaba a arraigar en Cataluña, la situación sería extraordinariamente grave, pues el Principado reunía todas las características necesarias para convertirse en unos segundos Países Bajos: una poderosa tradición de independencia, sus leyes y privilegios propios y un odio hacia Castilla acentuado por diferencias lingüísticas y culturales. Por consiguiente, a medida que aumentaba la presión sobre la frontera catalana, crecían los temores del monarca. Los virreyes recibieron órdenes de poner sumo cuidado en la vigilancia de las fronteras, y en 1568 la situación parecía tan alarmante que se decretaron nuevas y severas medidas: se prohibió nuevamente a los nativos de la Corona de Aragón cursar estudios en el extranjero, se estableció una censura más severa en Cataluña y se prohibió que los franceses enseñasen en las escuelas catalanas. Poco después, en 1569, los catalanes se negaron a pagar la nueva imposición conocida por el nombre de excusado, que acababa de ser autorizada por Pío IV. Convencido por esta negativa de que estaban a un paso de inclinarse hacia el protestantismo,

M

Felipe II dio orden de intervenir a la Inquisición y al Virrey, e hizo detener a los diputats y a algunos nobles.

La enérgica acción del rey contra las autoridades catalanas es una prueba de su honda ansiedad ante el curso de los acontecimientos. Como él mismo comprendió más tarde, la acción era injustificada: no existía ni un asomo de herejía entre las clases dirigentes catalanas. Pero la situación parecía bastante peligrosa para hacer esencial la intervención. El peligro protestante crecía por momentos y esto ocurría en un momento en que la amenaza del Islam parecía estar llegando también a su punto álgido. Pues Cataluña no era la única región española amenazada por la revuelta y la herejía. La Nochebuena de 1568, de ese terrible año del peligro catalán, de la ruptura de las comunicaciones marítimas a través del Golfo de Vizcaya, y de la detención y muerte del hijo y heredero de Felipe II, Don Carlos, una banda de forajidos moriscos, mandados por cierto Fárax Abenfárax irrumpieron en la ciudad de Granada, trayendo consigo la noticia de que las Alpujarras se habían levantado en armas. Aunque los rebeldes fracasaron en el intento de apoderarse de la ciudad, su incursión señaló el estallido de la rebelión en todo el reino de Granada. España, que se había rodeado de tan poderosas defensas frente a los avances del protestantismo, se veía ahora amenazada en su interior mismo y el peligro no procedía, como se esperaba, de los protestantes, sino de sus viejos enemigos, los moros.