El destino imperial
4. EL DESTINO IMPERIAL
a derrota de los comuneros y las Germanías tuvo una importancia trascendental para el futuro de España. Significaba que la sucesión de los Habsburgo estaba ya firmemente establecida tanto en la Corona de Aragón (donde catalanes y aragoneses no habían acudido en ayuda de los valencianos) como en Castilla, donde encontró en un principio una resistencia abierta o había sido aceptado a regañadientes por la aristocracia y los municipios. El triunfo realista cerró en Castilla un capítulo que se había iniciado con la muerte de Isabel en 1504. Durante los diecisiete años transcurridos entre ambas fechas todas las realizaciones de los Reyes Católicos se habían visto amenazadas —la unión de las Coronas, la sumisión de la aristocracia, la imposición de la autoridad real a todo el país—. Con la victoria de los partidarios de Carlos I en la batalla de Villalar, estas realizaciones quedaron definitivamente aseguradas. Ya no hubo en Castilla más revueltas contra el poder de la Corona.
Frente a las evidentes ganancias que sacó Castilla del restablecimiento de un Gobierno firme, deben señalarse otras consecuencias de la derrota de los comuneros más difíciles de dilucidar. La revuelta de 1520-1521, aunque fue teóricamente un levantamiento contra un Gobierno impopular y extranjero, había ofrecido también muchas de las características de una guerra civil y, como toda guerra civil, había dejado hondas cicatrices. Las luchas entre familias, aunque sofocadas momentáneamente por el restablecimiento de la autoridad real, distaban mucho de haber sido eliminadas del cuerpo político castellano. Las enemistades tradicionales siguieron transmitiéndose de generación en generación y las familias comuneras y anti-comuneras, que ya no podían solventar abiertamente sus diferencias, llevaron sus oscuras vendettas a la corte de la nueva dinastía, donde, por los corredores y en las camarillas, continuaron su lucha por el poder.
Resulta difícil determinar hasta qué punto existía un contenido ideológico en estas luchas, pero hay indicios de que las familias comuneras, como los Zapata, seguían considerándose portadores de aquella ferviente tradición nacionalista que había sido derrotada en Villalar. Porque la victoria de Carlos I era mucho más que el triunfo de la Corona sobre sus enemigos tradicionales o de las fuerzas del orden sobre las de la anarquía: representaba algo mucho más amplio, el momentáneo triunfo de Europa sobre Castilla.
Los comuneros habían luchado para salvar a Castilla de un régimen cuyo carácter y cuya política parecían amenazar el sentido de la entidad nacional conseguido en medio de tantos disturbios sólo una generación antes. Su fracaso supuso el establecimiento definitivo de una dinastía extranjera con un programa extranjero, que amenazaba con diluir a Castilla en la más amplia entidad de un imperio universal. La tradición imperial era extraña a la España medieval y el imperialismo de Carlos V no despertó una rápida respuesta en la población castellana. Fernando ya había arrastrado en pos suyo a Castilla a grandes empresas europeas, en ayuda de los intereses aragoneses. Ahora, con Carlos V, Castilla se veía sometida a una nueva corriente de ideas, prejuicios y valores europeos, muchos de los cuales se le hacía muy difícil aceptar. Los indicios de cambio se hallaban en todas partes. Ya en 1516 la orden borgoñona del Toisón de Oro había sido ampliada para dar cabida a diez españoles, y en 1519 Carlos presidió en Barcelona su primer capítulo español. En 1548 el tradicional ceremonial de la corte de los reyes de Castilla fue sustituido, con gran disgusto del duque de Alba, por el ceremonial mucho más complicado de la casa de Borgoña, y la Casa Real fue reorganizada según el modelo borgoñón. Estos cambios simbolizaban la asociación mucho más estrecha de Castilla al extranjero, asociación ligada a la sucesión de Carlos de Gante al trono español.
A pesar del fuerte sentimiento anti-flamenco y anti-imperial que reinaba en Castilla, existían algunos círculos de la sociedad castellana dispuestos a aceptar y recibir con agrado las ideas extranjeras. La corte y las universidades habían estado expuestas a las influencias europeas durante
el reino de Fernando e Isabel y el humanismo y la cultura españoles se habían desarrollado bajo el impulso de ideas llegadas de Italia y de Flandes. Asimismo la religión española se había visto revigorizada por las corrientes espirituales procedentes de los Países Bajos. De 1520 a 1530 el público español, que durante las décadas anteriores habían devorado con gran entusiasmo las obras de devoción de los místicos neerlandeses, iba a sumergirse con no menos entusiasmo en las obras del mayor de todos los representantes de la tradición pietista de los Países Bajos: Desiderio Erasmo.
La invasión erasmista de España es uno de los acontecimientos más singulares de la historia española del siglo XVI. En ningún otro país de Europa gozaron los escritos de Erasmo de mayor popularidad y difusión. En 1526 se publicó el Enchiridion en traducción española, y el traductor pudo escribir con orgullo al autor: “En la Corte del Emperador, en las ciudades, en las iglesias, en los conventos, hasta en las posadas y caminos, todo el mundo tiene el Enchiridion de Erasmo en español. Hasta entonces lo leía en latín una minoría de latinistas, y aun éstos no lo entendían por completo. Ahora lo leen en español personas de toda especie, y los que nunca antes habían oído hablar de Erasmo, han sabido ahora de su existencia por este simple libro.” La enorme popularidad de que gozó Erasmo en España y que alcanzó su punto culminante entre 1527 y 1530, parece atribuible en parte al importante elemento converso dentro de la sociedad española. Los cristianos nuevos, recién convertidos del judaísmo, se sentían atraídos de modo natural por una religión que se preocupaba poco del formalismo de las ceremonias y que concentraba su atención en las tendencias morales y místicas de la tradición cristiana. Pero, por encima del interés que pudieran tener para los conversos, las doctrinas de Erasmo tenían el poderoso atractivo que siempre había ejercido sobre los españoles el Norte de Europa, que ahora había dado un rey a España.
Como la Corte imperial, en la década de 1520 a 1530, era también erasmista en sus concepciones y hallaba en el universalismo de Erasmo un valioso refuerzo para la idea imperial, se desarrollaron lazos naturales de simpatía entre los principales intelectuales españoles y el régimen de Carlos V. Humanistas erasmistas como Juan de Valdés o Luis Vives estaban vinculados a los íntimos del emperador u ocupaban cargos en la cancillería imperial. Estos hombres veían en el gobierno de Carlos una oportunidad para el establecimiento de una paz universal que, como Erasmo predicaba, era el preludio necesario para la tan esperada renovación espiritual de la cristiandad.
Sería absurdo, sin embargo, creer que el erasmismo reconcilió a la masa del pueblo castellano con el régimen y la idea imperiales. No sólo el propio erasmismo iba muy pronto a marchitarse en el rígido ambiente religioso que prevaleció después de 1530, sino que incluso en los días de su mayor influencia sólo halló eco en una selecta minoría. El influyente secretario imperial, Francisco de Cobos, por ejemplo, no sabía latín, no mostró jamás el menor interés por los problemas intelectuales de su época y dio siempre pruebas de una notable falta de entusiasmo por el concepto de imperio.
En realidad, Castilla se reconcilió con el gobierno de Carlos I por otras razones, no tan intelectuales. El emperador utilizó para su servicio a un número cada vez mayor de españoles y, con el transcurso de los años, llegó a adquirir una honda simpatía por la tierra y el pueblo de Castilla, hasta tal punto que acabó por escogerla como lugar para su retiro al final de su vida. Al propio tiempo, los castellanos empezaron a descubrir en las doctrinas imperiales algunas características que podían considerar positivas. La conquista de Méjico por Cortés, completada pocos meses después de la derrota de los comuneros, había abierto unas posibilidades ilimitadas, como el propio Cortés advirtió muy pronto. En su segunda carta al emperador, del 30 de octubre de 1520, escribía que el territorio recién descubierto era tan extenso e importante que Carlos podía con razón adjudicarse por
su nuevo territorio otro título imperial, tan plenamente justificado como su actual titulo de emperador de Alemania. Aunque ni Carlos ni sus sucesores hicieron caso de la sugerencia de Cortés de titularse a sí mismos emperadores de las indias, queda el hecho de la aparición de un nuevo imperio en el hemisferio occidental. Y la existencia de dicho imperio ofrecía al nacionalismo castellano el incentivo de poder extender sus fronteras y aspirar a la hegemonía mundial de la que su posesión de vastos territorios ultramarinos parecían hacerle naturalmente merecedor. Por consiguiente, se operó muy fácilmente la transición de un concepto medieval del imperio, que tenía pocos atractivos para los castellanos, a un concepto de hegemonía castellana bajo la dirección de un gobernante que era ya el más poderoso soberano de toda la Cristiandad. Pero incluso el más elemental nacionalismo exige una misión y ésta iba a consistir en la doble tarea que había recaído sobre Carlos en su calidad de emperador: la defensa de la Cristiandad contra el turco y el mantenimiento de la unidad cristiana frente a la nueva herejía luterana. Dotado así de una misión y de un caudillo, el nacionalismo castellano que había sido derrotado en Villalar resucitó de sus cenizas para aprovechar las brillantes oportunidades de una nueva era imperial. Pero había una cierta ironía en su resurrección, pues en Villalar había quedado deshecho algo que no volvería ya a resurgir: la libertad castellana, aplastada e indefensa frente al restaurado poder real.