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LA POLÍTICA EXTERIOR DE FERNANDO

El destino imperial

1. LA POLÍTICA EXTERIOR DE FERNANDO

sabel murió el 26 de noviembre de 1504. Su nieto, el emperador Carlos V, sólo había de establecerse firmemente en el trono español en 1522. Los dieciocho años que transcurrieron entre una y otra fecha fueron decisivos en la formación del futuro de la monarquía española. Frente a amenazas considerables, se preservó la unión de las coronas durante esos años, se consolidó el poder de la realeza sobre los nobles y las ciudades de Castilla y España emprendió su carrera imperial bajo la dirección de los Habsburgos. En el resultado final intervino tanto la suerte como el propósito, pero si esto puede ser atribuido a alguna política particular, debe serlo a la de Fernando y el Cardenal Cisneros.

La intervención diplomática de Castilla en los asuntos de la Europa occidental, que culminó de modo tan inesperado en la instauración de una dinastía extranjera en el trono castellano, fue obra de Fernando, impelido por los intereses de Aragón. La intervención de Luis XI en los problemas internos y su apropiación de los condados catalanes del Rosellón y la Cerdaña, en 1463, habían exacerbado la tradicional rivalidad entre Francia y la Corona de Aragón. Era pues natural que Fernando, como heredero de esta rivalidad, pretendiese inducir a su esposa a abandonar la tradicional política castellana de alianza con Francia. Entre 1475 y 1477 se enviaron embajadores a Alemania, Italia, Inglaterra y los Países Bajos para ofrecerles, como enemigos naturales de Francia, una alianza con España. Éstos fueron los primeros pasos hacia la integración de Castilla en Europa y hacia el aislamiento diplomático de Francia —que sería reforzado más tarde por toda una serie de matrimonios dinásticos— que iban a ser los objetivos permanentes de la política exterior de Fernando.

Durante los quince años siguientes, ocupados casi totalmente por la terminación de la Reconquista, Fernando se dedicó de modo particular a estrechar los lazos entre España y Portugal, con la esperanza de preparar el camino para una unificación definitiva de la península. El matrimonio concertado entre Isabel, la hija mayor de los Reyes Católicos, y el príncipe Alfonso de Portugal, tuvo lugar en 1490, pero duró poco, ya que algunos meses después fallecía Alfonso. Isabel casó en segundas nupcias con el nuevo rey de Portugal, Manuel, pero murió al año siguiente al dar a luz al

infante Miguel, que a su vez había de morir dos años después. Sin desalentarse, aunque afligidos, Fernando e Isabel casaron en 1500 a su cuarta hija, María, con Manuel de Portugal. No se podía desperdiciar ocasión alguna de asegurar la sucesión de un solo gobernante para los tronos unidos de España y Portugal.

La caída de Granada en 1492 permitió por vez primera a Fernando desviar todas sus energías hacia la prosecución de una política exterior más activa. Dos zonas merecieron su especial atención: la frontera franco-catalana e Italia. Ningún verdadero rey de Aragón podía resignarse para siempre a la pérdida de los condados catalanes de Rosellón y Cerdaña. Como región originaria de los catalanes, estaban considerados como parte integrante de los dominios de los reyes de España, lo mismo que el reino de Granada y su recuperación constituyó el primer objetivo de la política de Fernando. Su alianza con Inglaterra, sellada en 1489 por el tratado de Medina del Campo, iba encaminada a facilitar una invasión española de Francia mediante la obtención de la ayuda de una diversión inglesa en el Norte. Este proyecto no tuvo éxito, pero pronto surgió una nueva oportunidad para recuperar los condados y esta vez sin derramamiento de sangre. Carlos VIII de Francia había concebido una expedición a Italia, y con el fin de asegurarse la inactividad de España mientras durase la campaña, accedió, por el tratado de Barcelona de 1493, a devolver a Fernando el Rosellón y la Cerdaña. Durante siglo y medio, por lo tanto, hasta el tratado de los Pirineos, los condados volvieron a formar parte de Cataluña y la frontera de España con Francia volvió a pasar al norte de los Pirineos.

Por muy satisfactoria que fuese la recuperación incruenta del Rosellón y la Cerdaña, la invasión de Italia por Carlos VIII constituía una nueva y más seria amenaza para la Corona de Aragón. Sicilia era posesión aragonesa, mientras que el reino de Nápoles pertenecía a una rama menor de la casa de Aragón. Era necesaria una coalición europea para oponerse a los avances de Carlos VIII, y la realización de esta coalición en 1495, bajo la forma de una Liga Santa formada por Inglaterra, España, el Imperio y el papado, fue uno de los mayores triunfos de la política exterior de Fernando. Al formar esta coalición, Fernando puso los cimientos de un sistema diplomático que había de mantener y extender el poder español por espacio de un siglo. El éxito de las misiones que envió a las diferentes capitales europeas para conseguir la creación de la Liga Santa, contribuyó a persuadirle de la conveniencia de tener embajadores permanentes —cargo cada vez más utilizado por ciertos Estados italianos ya a finales del siglo XIV y durante el XV. De 1480 a 1500, en sus esfuerzos por conseguir el asedio diplomático de Francia, Fernando estableció cinco embajadas permanentes en Roma, Venecia, Londres, Bruselas y en la migratoria corte austríaca. Estas embajadas, que habían de convertirse en los puntos fijos de la red diplomática española, desempeñaron un papel de vital importancia en la consecución del éxito de la política exterior española. Los hombres elegidos para ocuparlas, como el doctor Rodrigo de Puebla, embajador en Londres, eran muy capacitados, procedentes de la misma clase profesional con preparación legal y burocrática que proporcionó a Fernando e Isabel sus consejeros, jueces y administradores. Francisco de Rojas, que sirvió en Roma y en otros lugares, era un hidalgo de muy modestos recursos. De Puebla era un converso de baja extracción con preparación jurídica y antiguo corregidor. Ambos eran castellanos, pues éstos estuvieron mucho mejor representados en el servicio exterior de Fernando de lo que podía esperarse si se tenía en cuenta la tradición diplomática mucho más antigua de la Corona de Aragón. Ellos y sus colegas sirvieron a Fernando con una lealtad que no siempre se vio correspondida como merecía. Aunque considerase de un valor inapreciable las relaciones de sus embajadores, olvidaba muy a menudo mandarles instrucciones y pagarles y no era nada extraño que

los engañase. Existían también graves deficiencias en el servicio exterior español. La ausencia de capital fija entrañaba la dispersión de los documentos diplomáticos por toda España en un caótico rastro de papeles que señalaba el camino seguido por Fernando en sus desplazamientos. Las cartas quedaban sin respuesta y se desperdiciaban tratados. Pero la eficiencia del servicio aumentó a medida que el reinado iba avanzando y si no estaba aún tan profesionalizado como el de algunos Estados italianos, era muy superior a la mayoría de servicios diplomáticos de los enemigos y aliados de Fernando.

Sin embargo, con la entrada de Carlos VIII en Nápoles en 1495, quedó muy claro que la diplomacia tenía que ceder el paso a la fuerza militar. Una expedición enviada a Sicilia al mando del distinguido oficial de la campaña granadina, Gonzalo de Córdoba, el Gran Capitán, atravesó Calabria en 1495. Durante las campañas italianas de 1495-1497 y 1501-1504, Gonzalo iba a demostrar que era un militar de genio, dispuesto a aprender las lecciones que le daba el enemigo y a hacerlas aplicar por sus propias tropas. Debido a esto, los mismos años que asistieron a la creación de un cuerpo diplomático profesional que serviría adecuadamente a España durante muchos años, vieron también la creación de un ejército profesional, cuya pericia y espíritu de cuerpo iban a conseguir para España las grandes victorias de los siglos XVI y XVII.

Durante la Reconquista los castellanos habían tendido a desarrollar la caballería ligera a expensas de la infantería. La caballería ligera resultó, sin embargo, incapaz de llevar el peso de la guerra en Italia, y después de la derrota de Seminara, la primera batalla de la campaña italiana, Gonzalo de Córdoba empezó a buscar nuevas formaciones capaces de sostener el asalto de las picas suizas. Era a todas luces necesario reorganizar el arma de infantería y aumentar el número de arcabuceros. Tomando el modelo de ambos cuerpos de los suizos e italianos, Gonzalo consiguió revolucionar la organización de su ejército hacia la época de su victoria de Ceriñola en 1503, convirtiéndolo esencialmente en un ejército de infantería. En la campaña de Granada los infantes españoles, aunque menospreciados, habían dado pruebas ya de su arrojo personal y de su capacidad para realizar movimientos rápidos, pero frente a los franceses y los suizos estaban armados demasiado ligeramente y escasamente protegidos. Era necesario proporcionarles una protección mejor y permitirles al mismo tiempo de algún modo conservar la rapidez y la flexibilidad que podían darles la superioridad sobre las filas más pesadas de los suizos. Esto se consiguió finalmente equipándolos con armaduras de mayor protección —yelmos ligeros y corazas y con mejores armas ofensivas—, de modo que la mitad iba provista de largas picas, un tercio de lanzas cortas y jabalinas y la sexta parte restante de arcabuces. Al mismo tiempo, las formaciones fueron totalmente reorganizadas. Las antiguas unidades, las compañías, demasiado reducidas para la guerra moderna, fueron ahora agrupadas en coronelías formadas probablemente por cuatro compañías y cada coronelía estaba apoyada por unidades de caballería y artillería.

Fue esta organización, ideada por el Gran Capitán, la que proporcionó la base para el posterior desarrollo del ejército español durante el siglo XVI. En 1534 el ejército fue reagrupado en nuevas unidades llamadas tercios, aproximadamente tres veces superiores, hombres y material, a las coronelías. Los “hombres de espada y escudo” de las guerras de Italia habían desaparecido ya y los tercios estaban compuestos sólo de arcabuceros y lanceros. Un tercio estaba generalmente integrado por doce compañías de unos 250 hombres cada una, de modo que contaba con unos 3.000 hombres, y dio pruebas de ser una fuerza extraordinariamente efectiva en la lucha. Exigía menos hombres que el sistema suizo, tenía mayor armamento y era extraordinario en la defensa, pues los ataques de

caballería se deshacían ante la falange de picas, que era lo suficientemente gruesa como para hacer frente a un ataque por cualquier lado. Esta formación dominó los campos de batalla de Europa durante más de un siglo y su éxito total contribuyó a reforzar la confianza en sí misma de una fuerza militar que era, y se sabía, la mejor del mundo.

La Italia renacenista resultó, por lo tanto, un banco de pruebas ideal tanto para la diplomacia como para el sistema militar español.

Y si éstos eran aún unos instrumentos imperfectos durante el reinado de Fernando, juntos ganaron sin embargo para él éxitos impresionantes. No sólo los franceses fueron derrotados en el campo de batalla, sino que una combinación de astucia y diplomacia permitió a Fernando expulsar a la dinastía napolitana de su trono. En 1504 los derrotados franceses reconocieron a los españoles como dueños legales de Nápoles. Este reino vino a sumarse, pues, a las posesiones aragonesas de Sicilia y Cerdeña y, al igual que estas últimas, fue colocado bajo el gobierno de un virrey y la jurisdicción del Consejo de Aragón.

La conquista de Nápoles representaba un triunfo de primer orden para la política exterior “aragonesa” de Fernando, quien había puesto con éxito los recursos de Castilla en la consecución de la empresa. Pero las maniobras diplomáticas que la habían precedido y acompañado iban a tener, para España en general y para Castilla en particular, consecuencias imprevistas e involuntarias. Siguiendo la costumbre tradicional, Fernando había sellado sus alianzas con sendos matrimonios dinásticos. Con el fin de consolidar la alianza inglesa, concertó una boda entre Catalina de Aragón y Arturo, príncipe de Gales, y en 1496-1497 la alianza entre el Imperio y España quedó consagrada con un doble matrimonio entre miembros de las dos casas reales. El príncipe Juan, único varón de los Reyes Católicos y heredero del trono español, casó con Margarita, hija del emperador Maximiliano, mientras que su hija Juana se casaba con el hijo de Maximiliano, el archiduque Felipe. Pero Juan murió a los seis meses de su matrimonio y, al abortar Margarita, Fernando e Isabel perdieron toda esperanza de una sucesión directa por línea masculina. La sucesión recaía ahora en su primogénita Isabel de Portugal y en el hijo habido en su matrimonio con Manuel de Portugal, pero la muerte de Isabel, en 1498, seguida por la de su hijo Miguel en 1500, destruyó también esta posibilidad. Esto supuso que, a partir de 1500, la sucesión, de modo totalmente imprevisto, pasase a la Infanta Juana y en última instancia a su primogénito Carlos, quien heredaría así España y las posesiones de los Austrias.

La unión de España y las posesiones de los Habsburgo era lo último que Fernando e Isabel podían desear, pero ahora no parecía haber posibilidad alguna de evitarlo. Cuando Isabel falleció, en noviembre de 1504, lo hizo amargamente consciente de que el gobierno de su amada Castilla pasaría a manos de una hija con las facultades perturbadas y de un yerno incapaz que no sabía nada de España y sus costumbres y que no demostraba ningún afán de aprender. La política exterior de Fernando, que había comenzado con el intento de ganar aliados para España en su lucha contra los franceses, había acabado poniendo la herencia española en manos de una dinastía extranjera.