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W Bösen, Der letze Tag 190.

La Pascua del Hijo de Dios

22. W Bösen, Der letze Tag 190.

Hemos de considerar ambas cosas: la visión pormenorizada de los

acontecimientos históricos y la profunda dimensión teológica, a la hora de proponemos la difícil, pero inevitable pregunta: ¿Quién es el culpable de la muerte de Jesús?

«Los judíos» han sido hechos responsables, a lo largo de una a veces horrible historia, de la muerte en la cruz de Cristo. Habrá que aprobar la opinión de Jacob Neusner, según la cual, habría, en primer lugar y sobre todo, una concepción radical por parte cristiana, que conjuró la disyuntiva «o esto o esto» y que, después, dio pie a la persecución de los judíos como los asesinos de Cristo. «Se nos ha tratado a nosotros, el pueblo eterno de Israel, despiadadamente, quizás con motivo justificado».23 Esta actitud ante los culpables ha ido influenciando las relaciones entre cristianismo y

judaísmo tan fuertemente que cualquier otra tentativa, cualquier otro motivo de considerar el tema aparece desleído, si lo comparamos con el primero. «La historia de los acercamientos y relaciones está llena, en su mayor parte, de actitudes poco edificantes. Todas las penitencias, persecuciones y sufrimientos que el cristianismo ha cargado sobre el judaísmo –y que para aquél significaban plena y únicamente la expresión de la justicia vindicativa de Dios (y no, pensado más cristianamente, un complemento del misterio del dolor de aquel que instauró la Iglesia en su cruz)– dan a conocer la existencia de profundos malentendidos y de "cortocircuitos" teológicos».24

¿Qué podemos decir sobre la culpabilidad de los coetáneos de Jesús? La pregunta sobre el proceso y las investigaciones pormenorizadas ya nos han mostrado que, si bien fueron autoridades judías influyentes las que, por diferentes motivos, iniciaron y llevaron adelante el proceso, con todo y, al mismo tiempo, hemos visto claro que hubo también un número creciente de gente que abogaba por la causa de Jesús. Si seguimos al rabí Neusner, en el proceso de Jesús y también con respecto a su obra, fue posible, además de una aceptación creyente y un rechazo directo, una terce- 23. Neusner, Ein Rabi spricht mit Jesus 21.

24. H. U. v. Balthasar, Einsame Zwisprache. Martin Buber und das Christentum, Einsiedeln 19932 (19571), 12. Sobre esta obra y sobre la postura de Balthasar ante el judaísmo, cfr. A. Schenker, «Hans Urs von Balthasars Theologie des Judentums» en: FZphTh 44 (1999) 214- 222.-La Comisión papal para las relaciones religiosas con los judíos afirma: «Realmente, el balance de esta relación, de dos siglos de duración, tiene resultados

negativos». Recordamos: Una reflexión sobre la Schoah. 16 marzo 1998, n. 9; cfr. Comisión Teológica Internacional: Recordar y Perdonar. La Iglesia y sus errores en el pasado, Einsiedeln 2000, 91-93.

ra actitud, que –vista desde la modernidad– expresa a la vez respeto y una falta de comprensión. Quien parta de aquí, no seguirá a Cristo, pero

tampoco lo atacará. Pero ¿cómo se coordina esta actitud con la frase escatológica de Jesús: «Quien no está conmigo está contra mí» (Mt 12, 30)? ¿No se hacen ya culpables por el hecho de que se muestran

indiferentes ante Jesús? ¿No experimentamos también hoy esa fuerza peligrosa de la indiferencia? De cualquier modo, la cuestión ya no sigue hoy abierta a debate. Ya no se trata de seguimiento, de misión, de servicio

al Reino de Dios. Lo que está exclusivamente a debate es si alguien, que tenga, por ignorancia, reservas ante Jesús, no se hará, por ello, culpable al fm del proceso. Y como de esto se trata en el caso de la mayoría del

pueblo de Israel en tiempos de Jesús, la pregunta no es en absoluto

irrelevante. No se les puede achacar que, por no haber participado, ya por ello lo han hecho. No puede uno unirse a Jesús y, gritar al mismo tiempo: « iCrucifícalo!»25

La azuzada multitud de los que gritaban: «crucifícalo» no puede

comprenderse como una representación de todo Israel. Incluso a los que participaban más directamente no se les puede tildar de obstinados, sino, sobre todo, de ignorantes. Sólo Dios sabe a quién le corresponde la culpa inmediata del proceso y de su fm. La Iglesia lo ha resumido en el concilio Vaticano II así:

«Aunque las autoridades de los judíos con sus seguidores reclamaron la muerte de Cristo, sin embargo, lo que en su Pasión se hizo, no puede ser imputado ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, ni a los judíos de hoy. Y, si bien la Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios, no se ha de señalar a los judíos como reprobados de Dios ni malditos, como si esto se dedujera de las Sagradas Escrituras. Por consiguiente, procuren todos no enseñar nada que no esté conforme con la verdad evangélica y con el espíritu de Cristo, ni en la catequesis ni en la predicación de la Palabra de Dios».26

Pero la fe no puede quedarse en las cuestiones históricas. Los hechos tienen que ser diferenciados sin que quepa duda alguna, pero lo definitivo es, sobre todo, destacar su profundo sentido: «¿No era necesario, pues, que el Cristo padeciese estas cosas...? (Lc 24, 26) –así preguntaba Jesús a los discípulos, camino de Emaús–. Hay que contemplar la muerte de Jesús también en su conjunto. Desde este horizonte surge la pregunta acerca de los culpables de la muerte de Jesús. ¿Por qué tuvo Jesús que morir? ¿Por qué tuvo que cargar con su cruz?

25. Cfr. J. Neusner, Ein Rabi spricht mit Jesus 20-21.

26. Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas Nostra £tate 4.

La Iglesia ha sido consciente desde siempre de estas preguntas.

Dependen de saber que el hombre, empecatado, es esclavo del pecado. Y como todos los hombres, sin diferencia alguna, se encuentran en esta situación, sólo Dios puede remediar esta calamidad, entregándose al mundo, haciéndose hombre para llevar a los hombres de la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz.27 Jesús mismo se sitúa contra el pecado y son los pecadores los que le entregan (Hb 12, 3). Los pecados van contra él mismo (Mt 25, 45). Los pecados de todos nosotros afectan a Cristo. Ellos

son lo que le han llevado hasta la cruz. No tenemos que echar la culpa a los otros, y mucho menos a todo el pueblo judío, a pesar de que algunos participaron directamente en este acontecimiento. El Catecismo

Romano expresa la cuestión de la culpabilidad en la muerte de Jesús de

esta manera:

«Debemos considerar como culpables de esta horrible falta a los que continúan recayendo en sus pecados. Ya que son nuestras malas acciones las que han hecho sufrir a Nuestro Señor Jesucristo el suplicio de la cruz, sin ninguna duda los que se sumergen en los desórdenes y en el mal «crucifican por su parte de nuevo al Hijo de Dios y le exponen a pública infamia» (Hb 6, 6). Y es necesario reconocer que nuestro crimen en este caso es mayor que el de los Judíos. Porque según el testimonio del

Apóstol, «de haberlo conocido ellos no habrían crucificado jamás al Señor de la Gloria» (1 Co 2, 8). Nosotros, en cambio, hacemos profesión de conocerle. Y cuando renegamos de Él con nuestras acciones, ponemos de algún modo sobre Él nuestras manos criminales» 28

Una confesión como ésta, tan bien asentada, nos tendrá que llevar a acercamos, no sin compromiso, a la historia del judaísmo. El

reconocimiento de la propia culpa refuerza la solidaridad con el antiguo Israel, con el «pueblo, al que Dios habló primero».29 La relación correcta entre la Iglesia católica y el judaísmo deberá estar asentada en una

sensibilidad más refinada y tener ante los ojos la vocación correcta, tanto ahora como antes, del pueblo de Israel. El papa Pío XI, en aquella difícil hora, cuando el pueblo de Ísrael sufría crecientes persecuciones, se expresó así: «El antisemitismo es insostenible. Nosotros somos, en espíritu, los [cristianos] semitas».30

El saber que se está comprometido con los sufrimientos y la muerte de Jesús permite abordar la pregunta sobre la culpabilidad en el proceso –la pregunta sobre la importancia de ese acontecimiento histórico ocurrido en Jerusalén– desde otra perspectiva totalmente diferente, y posponerla a otra 27. Cfr. Garrigues, L' Unique Israel de Dieu 48-49.

28. Catecismo Romano 1, 5, 1 1; citado en CIC 598.

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