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B LANCA G RACIELA

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SANTAMARÍA

Nació el 23 de mayo de 1952, en Mendoza. Era estudiante de Artes en la UNCuyo, y soltera. De sus dos hermanos, Florencia, la mayor, es quien la recuerda:

“Era la menor de tres hermanos, éramos tres. La infancia nuestra fue en Mendoza. Mi papá se dedicaba a la política, mi mamá trabajaba. Mi papá era conservador. Mi papá es, esté donde esté, conservador. Actuaba activamente, fue funcionario público de los conservadores, en todos los gobiernos de su partido y en los gobiernos militares también, acá estuvieron los conservadores, claro. También lo fue en la democracia, electo en dos oportunidades, y fue funciona- rio.

“El primer contacto con la política lo tuve yo. Nos criamos en un am- biente muy cerrado. Ibamos a la escuela, al club y nada más. No teníamos otras actividades o contactos sociales más amplios; teníamos la mentalidad de la casa, éramos conservadores, todos, los tres conservadores en la manera de pensar y de hacer, hasta que yo entré a la Universidad, que es ahí donde se me abre el panorama. Ella entró después porque era más chica. Las dos estudiamos en el Sagrado Corazón, primaria y secundaria en las monjas y nos recibimos ahí. Ella era un poco más bajita que yo, mediría uno sesenta, era más gordita, más rellenita, de cabellos castaños, ojos marrones, cutis claro, cuestionadora en muchas cosas; más insegura también, muy sensible, mucho más creativa.

“En realidad, su acercamiento a la política fue a través de mi militancia. Después se acercó a los grupos que había en la Facultad de Artes; no eran mu- chos, no tenían agrupación en la Facultad, era como una tendencia, más bien, costaba militar. En cambio, en Medicina, entramos en un momento y en un movimiento que ya se estaba dando. Así fue que, a mi casa, entró ese conoci- miento de la izquierda pero también los conflictos, porque mi padre era conser- vador y yo empecé a cuestionar. Antes no tenía elementos ni conocía.

“Graciela se puso de novia con un compañero mío, Claudio, que seguía más o menos el mismo camino militante que yo. Así entró en contacto con la militancia política más estrechamente, porque se acercó a la organización.

“Nuestros padres ya tenían plena conciencia de nuestra militancia, ellos ya lo sabían. Lo que no sé es si sabían exactamente que militábamos en una organización, pero a la definición política nuestra la conocían.

“Te dije que yo era mayor…Durante mucho tiempo nos criamos muy solas porque mi hermano siempre estaba fuera de casa, ya sea porque estaba en la calle o con mi abuela o en el Liceo, porque fue al Liceo Militar. Nosotras estábamos mucho tiempo solas, las dos. Mi mamá trabajaba en horario comple- to, mañana y tarde, y yo medio como que era la madre (hace un silencio). Siem- pre me decía ‘mamita’, aunque le llevaba un año, un año y medio...

“Tuvimos siempre peleas, pero esas peleas de hermanos y cierta compe- tencia. Ella me decía que yo era muy suficiente y, en realidad, tenía razón. Tenía la actitud de que me las sabía todas pero no me las sabía. Ella siempre fue mucho más consciente de sus dudas, de sus limitaciones, mucho más tímida. Le costaba más salir; yo he sido de hacer lo que tenía que hacer, sin cuestionármelo tanto. Ella se cuestionaba mucho las cosas.

“En esa época se discutía mucho sobre el arte popular. Ella defendía el arte por el arte, el arte como expresión creadora. Creo que debo haberla desva- lorizado en alguna discusión porque éramos muy cerrados, muy terminantes, en cuanto a que si el arte no era expresión popular o que el artista debe salir del pueblo y todo lo que expresa es del pueblo… Pero en ese momento lo analizaba desde un punto de vista dogmático, quiero decir. Si no expresaba la angustia y el sufrimiento y el hambre, no servía; si no era panfletario, no servía. La disyuntiva: el arte al servicio de las clases dominantes, o al servicio del pueblo y si no era panfletario no era al servicio del pueblo, etc., etc.

“Mi hermana nació el 23 de mayo de 1952. Tenía un compañero, pero no se casó. La detuvieron el 15 de mayo del ‘76, hubo una redada grande del PRT y fueron a buscarla a la casa. Estaba muy entusiasmada con la militancia; las veces que hablamos en la cárcel, en ese tiempo —yo ya estaba detenida—, estaba muy tranquila, la militancia era estudiantil, seguía yendo a la Facultad, le quedaban dos materias para recibirse. Pintaba. Lo que más le gustaba eran la pintura y la escultura. Era muy afectuosa. Fue la madrina de la primera hija de mi hermano; la relación con él era muy cercana, yo era mucho más distante o más competiti- va, no sé cómo decir. Con él fue muy afectuosa, con mi papá y mi mamá tam- bién, en el sentido de que yo podía hablar duramente de mi papá o de mi herma- no mientras que ella comprendía más o le buscaba más la vuelta. Era más dedi- cada a lo interno, a lo profundo… Se preocupaba más de los afectos en la familia, de las emociones; yo no, era más cortante”.

Drago Brajak fue su amigo. Relata: “...me enteré de su militancia cuando

ya estaba afuera, echado por el peronismo; en realidad, en la Facultad, la lista la hizo el peronismo, porque toda esta lista se hizo en la época de Isabelita. Es más, diría que un alto porcentaje de la gente echada lo fue en esa época de gobierno supuestamente democrático.

Rosales. Desde el punto de vista ideológico no compartíamos el mismo proyec- to, ni el mismo método; a lo mejor el proyecto final hubiera sido el mismo pero no compartíamos el método. Con otro militante montonero y su hermano, con- seguimos trasladarlo a Santa Isabel. Queríamos que se salvara…

“Con Graciela fuimos compañeros en la década del ‘70. Cuando entra- mos a la Facultad, entramos juntos. Éramos buenos amigos. Todos la querían mucho, todos estaban enamorados de ella, pero hablo de amor sin necesaria- mente sexo, ¿entendés? Me enteré del secuestro en la casa de Luis Quesada; él también había sido echado, su casa estaba vigilada y el teléfono intervenido. También secuestraron a su nuera, creo que era odontóloga o lo era la madre, porque tenía una clínica de odontología. Ahí se empezó a movilizar Quesada, porque tenía contactos con unos generales. A Luis también lo habían echado, como te dije. Los de derecha decían que era comunista y los comunistas que era de derecha; finalmente, Luis es lo más democrático que yo he conocido en Mendoza… De manera que a través de él me enteré y estaba muy preocupado, y muy dolorido, realmente. Inclusive traté por todos los medios, hablé hasta con Díaz Bessone. Fui a Buenos Aires porque tenía que hacer un trabajo en la Emba- jada de Yugoslavia y ahí supe —es la información que tengo—, que murió de un paro cardíaco”. (Su hermana Florencia refuta la versión porque, dice, existe otra, ya que se fue enferma, y por ello murió a los dos días de una complicación respiratoria, por la venda y la tortura).

“En nuestra época de estudiantes ella tenía muy buenas notas y era estu- diosa, una traga. Cuando estudiábamos, a Luis y a mí siempre nos daba ganas de tomar mate o dibujar, así que mientras ella estudiaba, nosotros jodíamos. Sí, era muy estudiosa, era completa, no había desperdicio. Y vuelvo a decirte que, por su carácter, no sé sí habrá entrado en alguna muestra colectiva, pero yo sé que era muy buena dibujante, tenía muy buenas notas en dibujo y en las otras mate- rias. Nosotros éramos… qué sé yo, íbamos a estudiar una teórica y nos daba ganas de dibujar…

“En cuanto a salidas, generalmente nos juntábamos en la casa de alguien, o íbamos al cine, al Selectro, pero no éramos bailanteros, no estaba la joda así como ahora. Las peñas, sí. Escuchábamos a Caetano Belloso, a Larralde, toda la música popular pero progresista, que en aquellos momentos abundaba. El uru- guayo Viglietti, los Quillapayún, María Bethania… Y a veces escuchábamos a un músico hindú, porque ella siempre estaba cerca de esa cosa medio oriental; María Ester, la amiga, también”.

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