bataron tu vida (...) pero reconociste a uno, un traidor. Querido Héctor, a tus asesinos les decimos que no estás físicamente entre nosotros, pero sigues vivo en mi corazón, caminas conmigo donde voy, en el corazón de tus hijos, amigos, compañeros y toda persona que te conoció. Tus nietos que son un sol, todos caminan con dignidad por el suelo de nuestra patria, ¿tus asesinos, en qué cueva estarán? ¿Podrán mirar la cara de sus hijos? Te amamos”. Norma Munarriz de Pringles, 24 de febrero de 2006.
Su hija Silvana, le escribe: “...No sé si estarás por ahí mirándonos, cuidándo-
nos, ¡ojalá fuera así!, pero sí sé que estás en cada gesto y mirada de tus hijos, sobre todo en Mariano, físicamente es igual a vos, creo que se ríe igual a vos; es bueno, noble y un poco rudo (...) todos sacamos algo de vos. Mamá se encargó de que creciéramos bien, siempre hizo lo posible por darnos todo, le costó pero lo logró. Logró que fuéramos como teníamos que ser, buenas personas, de sentimientos nobles, creo que eso es bastan- te. No fuimos estudiosos, con eso no pudo la mami, ¿viste?, hacías falta, siempre hiciste falta”. Silvana Pringles. 15 de febrero de 2006.
Entre enero y marzo de 1976, son numerosos los procedimientos antisubversivos con detenidos acusados por el homicidio del agente Cuello, y por ser ‘integrantes de organizaciones armadas’.
En febrero son detenidas nueve personas; entre ellas, Miguel Ángel Gil, empleado de la Comisión Nacional de Energía Atómica, de 33 años de edad. Según los cronistas del diario Mendoza, Gil habría fallecido en su celda de la Penitenciaría provincial, a raíz de un paro respiratorio y septicemia generaliza- da.
El 19 de marzo, Hugo Alberto Alaniz, de 20 años, falleció en el Hospital Central. Había sido detenido el domingo anterior en el Club Pacífico y fue trasladado a la Dirección de Investigaciones. Según sus familiares, apareció en la sala 405 de dicho hospital y el diagnóstico de los profesionales aseveraba que su muerte se produjo por “insuficiencia circulatoria periférica producida por peritonitis
y estallido del intestino delgado”, provocada por un elemento eléctrico que ocasio-
na quemaduras y perforaciones en el cuerpo. Alaniz habría afirmado ante el médico que lo atendió, que fue torturado por sus captores.
En cuanto a la Universidad Nacional de Cuyo “Se produjo un profundo
reordenamiento del personal docente, no docente y alumnos, durante la gestión del profesor Otto Herbert Burgos, quien, a partir del 24 de marzo de 1976, fue reemplaza- do por el Comodoro Ruiz”. (28)
El 14 de junio de 1976, el comodoro Héctor Eduardo Ruiz, Rector Inter- ventor, daba a conocer el siguiente comunicado, el nº 32, abriendo el juego con el artículo dos, para la masacre estudiantil. Más de cincuenta estudiantes están hoy desaparecidos; solo de la “Escuela Superior de Comunicación Colectiva, Antro-
pología y Servicio Social”, once estudiantes fueron secuestrados- desaparecidos y
tres de sus docentes presos o exiliados. Léase:
“Artículo 1º: La Universidad Nacional de Cuyo es Argentina, Occidental y
Cristiana.
Artículo 2º: Toda actividad subversiva, verbal, escrita o de hecho, dentro o
fuera de la Universidad, será sancionada con la expulsión de la Universidad y la prohibición de ingresar en ninguna Universidad estatal del país y puestos los inculpa- dos a disposición de los Consejos de Guerra respectivos.
Artículo 3º: Toda actividad política dentro de la Universidad está terminan- temente prohibida y las transgresiones serán sancionadas con suspensión o expulsión, de acuerdo con la gravedad de la falta cometida.
Artículo 4º: No se permitirá la presencia en aulas, oficinas, patios, locales
cerrados o abiertos, de grupos que se reúnan con fines de perturbación, actitudes de protesta, etc.
Artículo 5º: La urbanidad, el respeto y la debida consideración al prójimo,
serán las normas habituales en el quehacer diario de todo el personal y alumnos de esta Universidad, para posibilitar el trabajo, el estudio y la labor de investigación en paz, logrando de este modo mejores profesionales, altamente capacitados, que sean respeta- dos el día de mañana y puedan forjar una patria próspera, soberana y libre, dentro del concierto de las naciones del mundo.
Artículo 6º: Los edificios, instalaciones, muebles, alumbrado, obras de arte,
parques y jardines, etc., son bienes de la Nación y deben respetarse y cuidarse; su valor es incalculable y difíciles de reponer. Cuidémoslos en bien de la Patria.
Artículo 7º: El personal y los alumnos deberán presentarse y conducirse con el
debido decoro que corresponde a su condición de universitarios y en resguardo del prestigio de esta alta casa de estudios.
Artículo 8º: En los bares y clubes no podrán realizarse bailes; sin embargo
podrá reproducirse música, la que deberá ser suave y a un tono que no moleste la conversación de los concurrentes.
Artículo 9º: Tampoco se permitirán los juegos de azar, aunque estos no se
practiquen por dinero, ni se autorizará la instalación ni funcionamiento de los llama- dos juegos de salón.
Artículo 10º: Las reuniones, despedidas, festejos etc., que pudieran realizarse,
deberán contar con la autorización expresa y escrita del Rector, Decanos o Directores pertinentes.
Artículo 11º: Los alumnos deberán guardar el debido respeto a autoridades y
profesores y observar buena conducta, dentro y fuera de la Universidad, pudiendo ser expulsados o suspendidos según la gravedad de la falta.
Artículo 12º: Asistirán puntualmente a las clases y se conducirán en ellas con
la mayor cultura. No les está permitido fumar en las aulas.
Artículo 13º: No podrán consumir alimentos en horas de clase, sino en los
intervalos y lugares indicados para ello.
Artículo 14º: Observarán el arreglo y la limpieza adecuados a su indumenta-
ria y aseo personal.
Artículo 15º: Se preocuparán por el cuidado de los edificios, predios e instru-
mentos de trabajo cuyo uso se les conceda.
Artículo 16º: El aspecto personal, fundamentalmente el facial deberá mos-
trar rasgos fisonómicos naturales que permitan su confrontación con las fotografías y los documentos de identidad. En tal sentido, no se admitirá el uso de barba ni el exceso de maquillaje en las alumnas.
En la Ordenanza Nº 15/76 de ese Rectorado, se reitera lo dicho anterior- mente: prohibición al personal docente, no docente y alumnos, de intervención en todo acto verbal, escrito o de hecho que implique actividad “subversiva”, dentro y fuera del ámbito universitario. Además de prohibir al personal y
alumnado toda actividad que perturbe e incite a perturbar el orden, llega al punto de prohibir también, dentro del recinto universitario, toda actividad que asuma formas de adoctrinamiento, propaganda, proselitismo o agitación de ca- rácter político o gremial, docente, estudiantil y no docente. (2)
15 de febrero de 1975, consignaba los operativos rastrillo realizados en las calles del Gran Mendoza, bajo la supervisión del Inspector General Raúl Alber- to Ruiz, denominados “botella”; fueron detenidas ciento noventa y siete perso- nas (ciento setenta y cuatro varones y veintitrés mujeres).
Al respecto, el titular de la Unidad Regional Primera, diría: ”De acuerdo
a las pautas de la Jefatura de Policía, se pondrá el mayor esfuerzo hacia el aspecto prevencional de la vía pública”. El día 5 del mismo mes, ya habían sido detenidos
y puestos a disposición de la Policía Federal cinco presuntos integrantes de una célula extremista.
Tampoco existe fecha cierta o precisa para el comienzo de la cacería. El comodoro Santuccione, en su declaración indagatoria, da algunas pautas al men- cionar que el poder represivo descansaba en sus manos, siendo Jefe de la Policía de Mendoza, desde 1974, hasta que en octubre de 1975, durante el gobierno constitucional de Isabel Martínez, se crea el Consejo de Seguridad Interna, res- ponsable directo del cómo y cuándo de la represión nacional.
Sobre la represión, el norteamericano Clyde Snow (29), creador del Equi- po Argentino de Antropólogos Forenses, sostuvo años después que los patrones de represión fueron diferentes de un país a otro. En la Argentina, la gente fue señalada individualmente o, a veces, una familia completa, pero en El Salvador o en Guatemala, aldeas enteras eran arrasadas en lugar de buscar individuo por individuo. Sin embargo, la similitud que halla es que tanto se trate de una perso- na desaparecida de las calles de Buenos Aires como de una aldea de Guatemala, todos tienen familia. Siempre hay gente detrás de ellos y las secuelas son gran- des: “La tortura no termina con la desaparición o la muerte de la víctima, los
torturadores siguen haciendo su trabajo con los que quedan, con los hijos, con los nietos (...) la identificación de los restos ayuda a terminar con esta tortura. No la termina completamente porque nunca termina. Por un lado, al encontrar los restos se pierde la esperanza de encontrarlos vivos, pero, por otro lado, creo que hay un alivio al tener la verdad sobre lo que sucedió”.
El golpe sí tenía fecha. En Mendoza, las Fuerzas Armadas utilizaban sus amanuenses civiles —como le gustaba decir al General Perón—; asesinos a suel- do, para traducirlo mejor. Operaban desde un año atrás, consustanciados con el principio que dice: “El mejor enemigo político es el enemigo muerto”. Se los cono- cía como “Comando Pío XII”, “Comando Abal Medina”, luego devenido “Coman-
do Anticomunista Mendoza”, “Los guardianes”, la “CAL” y otras designaciones.
Entre todas las víctimas, solo dos estudiantes aparecieron y acribillados; las demás siguen sin aparecer.
Poco se ha dicho de los meses previos, cuando Perón regresó al país, se
(2) El 21 de marzo de 1976, dos personas jóvenes, luego de ser secuestradas y brutalmente castigadas, fueron acribillados a balazos. Los cadáveres fueron hallados en calle Pescadores, entre San Rafael y acceso Norte y correspondían a los estudiantes Susana Irene Bermejillo de Carrizo de la Universidad de Cuyo y Mario Susso de la Universidad Tecnológica Nacional.
enfrentó a la “juventud maravillosa”, Ezeiza se cubrió de sangre y de cuando, el primero de julio de 1974, murió el general Perón.
No hay, en los numerosos testimonios, referencias a esta etapa. Pareciera que el dolor de los sobrevivientes nubla el recuerdo. Pero la historia ya está escrita y cualquiera puede analizarla.
Aunque en un fragmento del libro Un Allegro muy largo, de Fernando Rule, se lee: “Para mí se acabó el idilio cuando el general dijo ante las cámaras de televisión,
sonriendo cínicamente, que los Montoneros habían llevado armas al acto de Ezeiza, bajo las mantas de los lisiados que marchaban en sus sillas de ruedas. Ese, según él, había sido el origen de la violencia”. (30)