Alejandro Marcelo Médic
12. Bartolomé de Las Casas: el primer discurso crítico de la modernidad
Nacido en Sevilla en 1484, muerto en 1566, la bio- grafía de Las Casas empieza dentro de los parámetros de la época. Migrado al nuevo continente primero como soldado, se ordena sacerdote dominico con formación neoescolástica tributaria de la escuela de Salamanca. A partir de 1514 se produce su “conversión personal”, tras escuchar el célebre sermón de Montesinos (1511) en la Isla de Santo Domingo (actual Haití, República Domini- cana) criticando severamente la crueldad, el carácter “anticristiano”, de la conquista y colonización.
De cura encomendero, se transforma en defensor de indios, asumiendo la responsabilidad ética frente a la interpelación sufriente de las víctimas del colonialismo, los absolutamente Otros respecto a los parámetros de la
civilización de la cristiandad occidental. Desde ahí defenderá la causa de los derechos de los “indios”, y no sólo eso, también la ilegitimidad de los títulos de conquista y colonización, final- mente en su madurez, la esclavitud de los traídos por la fuerza de África, será también objeto de su condena que es ética y política.
En el “Tratado sobre los indios que se han hecho esclavos”, de 1552, cuestiona la propia premisa de la que parte Gines de Sepúlveda, acerca de la legitimidad y justicia de la guerra contra los infieles. Utilizando el marco epocal, Las Casas muestra la diferencia con otros en- frentamientos de la cristiandad latina-germánica. Los nativos del nuevo continente encontrado, no han hecho guerra ni perseguido a los cristianos, a quienes no conocían. Ni en esas tierras ha habido establecimiento antiguo de la cristiandad romana -germánica que permita su recla- mo, como sí había sucedido en Tierra Santa, en Constantinopla, en el Norte de África.
Hasta la llegada de Colón los nativos han estado pacíficamente en uso de sus territorios y ejercicio de sus derechos a través de sus instituciones. Las Casas muestra también una sensi- bilidad hacia el respeto, y más allá el reconocimiento de la riqueza y pluralidad cultural de los pueblos americanos en muchos de sus escritos. No consiente otra forma de evangelización que no pase a través del diálogo y la persuasión argumentativa, adelantando en estos las posturas dialógicas y de la contemporánea “ética deliberativa”. Por otro lado, siguiendo una línea funda- mental aprendida sin duda en su educación filosófica, teológica y jurídica tributaria de la Escue- la de Salamanca, Las Casas cree en el origen consensual del poder terrenal, es decir, en lo que Ambrosio Velasco Gómez describe como un republicanismo que enfatiza no sólo la debida orientación al bien común o interés general del gobierno, sino también el necesario origen de- mocrático del poder, en la línea de Vitoria, Suarez, De Soto, etc.
De tal forma que Las Casas distingue cuestiones que estaban confundidas entonces. Prime- ro la autorización dada por el Papa (Alejandro VI en la bula Intercaetera) para evangelizar a los
López de Eguídanos J. y V. (1801) Retrato de Fray Bartolomé de Las Casas
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nativos de las “Indias Occidentales”, es una de tipo “espiritual” y no “terrenal”. En segundo lu- gar, esa autorización no implica la práctica de la conversión forzada, ni la puesta en régimen de servidumbre. Como dijimos, la única forma de conversión para Las Casas es la que se logra a través del diálogo y la persuasión, es decir, voluntaria.
Pasando del plano espiritual, al de lo político terrenal, Las Casas no encuentra ninguna cau- sa de guerra, de conquista, ni de colonización y esclavización de los pueblos nativos de Améri- ca. Solamente el Rey de España puede ejercerimperium si hubiera una aceptación consensual de parte de los pueblos nativos de su autoridad. Y este como demuestra Las Casas en los múl- tiples textos y crónicas que relatan el carácter impuesto de la dominación sobre el continente encontrado, no ha existido.
Por el contrario, Bartolomé de las Casas (1989) resalta la regularidad del ejercicio del go- bierno y del establecimiento de las instituciones de los pueblos en la región. Se trata de una crítica de la violencia como implantación forzada del nuevo sistema en el origen mismo del proceso, que se profundizará y extenderá en los siglos venideros, hasta pasada la mitad del siglo XX, cuando todavía tres quintas partes del mundo, miles de millones de personas en Asia, África, sufrían un régimen colonial.
(Han) publicado que no eran gentes de buena razón para gobernarse, carecien- tes de humana policía y ordenadas repúblicas […] Para demostración de la ver- dad que es contrario, se traen y compilan […] tantos ejemplos. Cuanto a la polí- tica, digo, no sólo demostraron ser gentes muy prudentes y de vivos y señalados entendimientos, teniendo sus repúblicas […], prudentemente regidas, proveídas y con justicia prosperadas… (citado en: Dussel, 2007, p. 201)
La guerra colonial es entonces, una guerra “injusta” y “tiránica”: “Primero, porque es violenta
y cruel, y se hace sin haber culpa ni causa, como obra propia de ladrones, salteadores y tira- nos, porque no tienen ningún derecho para hacer las cosas profundamente injuriosas y nefan- das que hacen…Segundo, porque anteponen su propia utilidad particular y temporal, cosa que es propia de los tiranos, al bien común y universal” (Casas de las, 1942, p.515)
Las riquezas saqueadas o extraídas por el método de la mita y de la encomienda, las for- mas de servidumbre en el proceso de colonización del “nuevo mundo”, son entonces ilegítimas y deben ser devueltas o reparadas, en el plano material, pero también en el plano moral, que involucra la recuperación y el respeto por la “memoria” de sus muertos.
Las Casas muestra su modernidad situada en la realidad, oscura, trágica, cruel de nuestra región. Anticipa términos que tantas veces repetiremos a propósito de los genocidios y mas contemporáneamente dictaduras militares en nuestra región: reparación, memoria. El discurso político crítico de la modernidad tiene uno de sus orígenes fundamentales en la experiencia de Nuestra América.
Veamos sino las expresiones de Las Casas en su texto “Los tesoros del Perú”: “A ninguna
persona de este mundo, ni aún al Rey de los españoles, […]le es lícito, sin la licencia y libre y graciosa voluntad del Rey Inca o de sus descendientes, a quienes de derecho, según sus leyes
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o costumbres, pertenezca suceder en sus bienes, buscar, escrutar, desenterrar y llevarse con intención de apoderarse de ello, los tesoros, riquezas u objetos preciosos que éstos sepultaron con sus difuntos en sus sepulcros y en las así llamadas Guacas […] Por lo cual, también están obligados a darles satisfacción […] Porque obran contra la justicia, […] porque les infieren una injuria al quitar a los muertos y a los vivos, […] el honor y la fama, que consisten en que la me- moria de sus muertos no se borre…” (Casas de las, 1958, pp. 35-361)
En consecuencia, “…Todo el oro, plata, piedras preciosas, […]y todo otro metal y objetos
preciosos de debajo de la tierra o del agua o de la superficie que los españoles tuvieron desde el tiempo en que se descubrió aquel mundo hasta hoy, […], todo fue robado, injustamente usurpado y perversamente arrebatado y, por consiguiente, los españoles cometieron un hurto o robo que estuvo y está sujeto a restitución” (Casas de las, 1958, pp.cit)
Las Casas describe y denuncia a un tiempo, las formas o maneras del genocidio americano pri- mero, así como su causa principal, en la Brevísima relación sobre la destrucción de las Indias:
Dos maneras generales y principales han tenido […]en estirpar y raer de la faz de la tierra a aquellas miserandas naciones. La una, por injustas, crueles, sangrientas y ti- ránicas guerras. La otra, después que han muerto […] todos los señores naturales y los hombres varones (porque comúnmente no dejan en las guerras a vida sino los mozos y las mujeres), oprimiéndolos con la más dura horrible y áspera servidumbre en que jamás hombres ni bestias pudieron ser puestas […] La causa […] ha sido so- lamente por tener el oro y henchirse de riquezas en muy breves días […], por la in- saciable codicia o ambición que han tenido (Casas de las, 1953, p.16)
Incluso, en una actitud crítica rayana en la rebeldía en el contexto que le toca vivir, Bartolo- mé de Las Casas, defiende el derecho a la resistencia contra la opresión del colonizador, la guerra defensiva de los indios contra los invasores es sin duda, guerra justa.
Dado que ellos se complacen en mantener […]que, al adorar a sus ídolos, adoran al verdadero Dios […]y a la suposición de que ellos tienen una errónea conciencia, hasta que no se les predique el verdadero Dios con mejores y más creíbles argu- mentos, sobre todo con los ejemplos de una conducta cristiana, ellos están, sin du- da, obligados a defender el culto a sus dioses y a su religión y a salir con sus fuerzas armadas contra aquél que intente privarles de tal culto […] (Dussel, 2007, p.204)