La segunda ola feminista surgió y tuvo su apogeo entre los años sesenta y setenta del siglo XX. Se integra por producciones teóricas diversas y organizaciones y movimientos de mujeres
EL MINÚSCULO OJO DE LA AGUJA –A.M.MÉDICI,M.V.PICCONE Y J.C.VALLEFÍN
FACULTAD DE CIENCIAS JURÍDICAS Y SOCIALES | UNLP 81
de distinto signo. En términos generales, supuso la politización de la vida privada y una conse- cuente redefinición desde los feminismos de la política. Es común afirmar que se integra por tres corrientes, con objetivos, categorías analíticas y metodologías diversas; el feminismo libe- ral, el radical y el socialista.
El feminismo liberal está representado por la obra de Betty Friedan publicada en 1963 La
mística de la feminidad, que analizó la profunda infelicidad de muchas mujeres estadouniden-
ses con su vida doméstica y apacible. Friedan habla del “problema que no tiene nombre”, vin- culado a la fatiga crónica y la apatía que padecían muchas mujeres, la profunda insatisfacción de vivir conforme los deseos de los otros, que no son solo los del ámbito doméstico, sino que son estructurales. Es decir, forman parte de una sociedad de consumo que crea e impone mo- delos de lo “esencialmente femenino” a partir de revistas, recetas y publicidades.
El libro analiza sobre todo la insatisfacción de las mujeres norteamericanas con su rol de “amas de casa”, madres y esposas, pero no tiene el mismo impacto en el análisis de las condi- ciones de vida de las mujeres asalariadas.
Friedan fue una de las fundadoras en 1966 la Organización Nacional para Mujeres (NOW), que llegó a ser una de las más importantes de los Estados Unidos. El feminismo liberal caracte- riza a la condición de las mujeres como una situación de desigualdad, y no de subordinación o explotación (de Miguel, 2000, p. 15), por lo cual el camino trazado para la ampliación de los derechos parte de reformas legales y de las políticas públicas con el objetivo de conquistar la igualdad entre los sexos.
Es el feminismo radical el que introduce a mi criterio las categorías con mayor potencia- lidad transformadora y cuyas conceptualizaciones, aunque en constante revisión, están presentes a diario.
En 1970, se publican tal vez las dos obras más representativas del feminismo radical esta- dounidense: Política sexual de Kate Millett y La dialéctica del sexo de Sulamith Firestone.
Ambas autoras, universitarias muy jóvenes –Millett tenía 27 años y Firestone 25 cuando los libros fueron publicados− son ejemplos de la pluralidad analítica y de la interdisciplinariedad que caracteriza las metodologías feministas22 y aportan categorías insoslayables como patriar-
cado y género.
De acuerdo con Millett, el patriarcado es un sistema de dominación sobre el que asienta no sólo el sexismo sino también otras dominaciones como las fundadas en la clase y raza. Como estructura de dominación el patriarcado adquiere diversas formas a lo largo del tiempo, con el objeto de perpetuarse y reproducir la subordinación que los varones ejercen sobre las mujeres. Se pregunta “¿Es posible considerar la relación que existe entre los sexos desde un punto de vista político?”, y para responder establece su propia definición de política: “conjunto de rela- ciones y compromisos estructurados de acuerdo con el poder, en virtud de los cuales un grupo
22 Quiero hacer notar que en la misma época se produce un salto cuantitativo en el índice de mujeres universitarias, lo
EL MINÚSCULO OJO DE LA AGUJA –A.M.MÉDICI,M.V.PICCONE Y J.C.VALLEFÍN
FACULTAD DE CIENCIAS JURÍDICAS Y SOCIALES | UNLP 82
de personas queda bajo el control de otro grupo” (Millett, 1995, p. 67-68). Para Kate Millett, el sexo en una categoría social saturada de política.
El concepto de género, hoy tan complejizado, surge en las voces del feminismo radical co- mo una forma de distinguir las características propias de la biología de cada sexo, de aquellas impuestas culturalmente a los mismos por el patriarcado y el androcentrismo.
La obra de Sulamith Firestone parte de una revisión crítica del marxismo para sostener que la más profunda y antigua división de clases es la que parte de la división sexual del trabajo: es esa división del trabajo junto con el modelo de familia monogámica lo que da lugar a la opresión de una clase sobre otra y no las diferencias sexuales las que determi- nan la división del trabajo.
El feminismo radical rompió la falsa dicotomía entre lo público y lo privado, al posar la mira- da en conductas antes reservadas a la esfera íntima: la sexualidad cobró centralidad en sus análisis. Por eso las protestas innovadoras, como la quema de corpiños, realizada para mostrar la sujeción y la conducción de mercancía de las mujeres.
“Lo personal es político” es el eslogan aún vigente que resume la fuerza del feminismo radi- cal que dio lugar a masivas movilizaciones y metodologías de trabajo innovadoras con las que se comprometieron miles de mujeres. Se organiza entre otros en el llamado Movimiento de Liberación de la Mujer en Estados Unidos, una organización exclusiva de las mujeres, lo que generó disputas entre las integrantes.
En un esfuerzo por no reproducir las formas patriarcales de organización, introdujeron los llamados “grupos de autoconciencia” en los cuales a través del dialogo horizontal, cada una de las participantes cuenta su experiencia de opresión, como una forma de teorizar desde cada caso y reinterpretar colectivamente en términos políticos la propia vida.
Si la segunda ola surgió23 en un contexto internacional revolucionario caracterizado por el
proceso de descolonización de África, los sucesos del Mayo francés, la lucha por los derechos civiles de los afrodescendientes en Estados Unidos y la emergencia de formas de lucha arma- da luego del triunfo de la Revolución cubana en 1959, en el caso latinoamericano presenta particularidades. Es decir, a esa emergencia revolucionaria se suma la elaboración en Estados Unidos y puesta en marcha en el continente de la Doctrina de la Seguridad Nacional, por lo que los procesos de cambio resultaron sistemáticamente interrumpidos por gobiernos de facto, caracterizados en ocasiones como estados terroristas. Por otra parte, la pluralidad que caracte- rizará a la tercera ola ya estaba presente. Al respecto se ha dicho:
Sería engañoso caracterizar el movimiento de mujeres latinoamericanas como integrado exclusivamente por mujeres blancas, de clase media y con estudios
23 En la segunda ola aparece otra corriente, para mi menos significativa, pero con exponentes notables como Sheila
Robotham y Zillah Esisenstein que procura entrelazar la teoría feminista con el socialismo. Se ha dicho que el femi- nismo socialista reconoció que el marxismo y sus categorías analíticas eran ciegas al sexo, pero a la vez afirmó que “el feminismo es ciego para la historia y para las experiencias de muchas mujeres trabajadoras, emigrantes o de co- lor” (De Miguel, 2000, p. 21). Tampoco he abordado antes los aportes del marxismo y el socialismo del siglo XIX, en- tre los que cabe mencionar sobre todo la indagación de Engels sobre el origen de la familia, la propiedad y el estado (Engels, 1992) y el trabajo de Flora Tristán, entre otras.
EL MINÚSCULO OJO DE LA AGUJA –A.M.MÉDICI,M.V.PICCONE Y J.C.VALLEFÍN
FACULTAD DE CIENCIAS JURÍDICAS Y SOCIALES | UNLP 83
superiores. Desde finales de los años 70 y a lo largo de los 80, las clases popu- lares, incluidas las mujeres mestizas, indígenas y negras, fueron participando cada vez más en las campañas en torno a las cuestiones femeninas (Molyneux, 2003, p. 298).