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El primer debate filosófico de la modernidad

Alejandro Marcelo Médic

10. El primer debate filosófico de la modernidad

La transformación en la comprensión del mundo, desde un punto de vista cultural, teórico, científico, religioso, social, técnico, político y económico, se producirá por el “descubrimiento”, más allá de Asia, África y Europa, de la cuarta parte del mundo: América.

En especial, la Europa mediterránea, latina, España y Portugal, más mediatamente Francia e Italia, recibe el impacto de inmediato, no con posterioridad como en el caso de la cultura an- glosajona, germánica y eslava. A diferencia de lo que sostiene la filosofía de la historia hegelia- na, que postulaba el desarrollo de la razón, idea o “espíritu” desde oriente a occidente, y en Europa desde el norte hacia el sur, el despertar moderno de Europa se produce desde el oeste hacia el este y desde el sur más desarrollado (por su contacto con el mundo musulmán y bizan- tino), hacia el norte (más aislado y provinciano).

La filosofía moderna latinoamericana y europea, tienen este mismo escenario, la moderni- dad temprana. Por lo que la filosofía moderna no inicia con Descartes y la secularización, sino que las discusiones que se producen entre América y Europa del Sur, de Salamanca a Coim- bra, son ya modernas, sus lógicas argumentales en un abanico que abarca discursos tanto imperiales como críticos, serán reiteradas desde entonces, en la modernidad.

La discusión sobre la legitimidad de los títulos de conquista, acerca de la naturaleza de los pueblos conquistados y colonizados, no se limitan al inicio de la filosofía latinoamericana, ni sólo a un antecedente de la filosofía moderna del siglo XVII. Es una discusión ya moderna, aunque se dé su argumentación en el campo semántico de la teología política y el derecho natural objetivo. Se trata del comienzo de toda la filosofía política moderna en cuanto tal. Vistas las cosas desde nuestra perspectiva actual, se trata de un nuevo giro filosófico, más radical que el lingüístico, imprescindible para mirar desde el Sur, el giro descolonizador.

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FACULTAD DE CIENCIAS JURÍDICAS Y SOCIALES | UNLP 38

La apertura de Europa se produjo por el despliegue de un mundo colonial. Por diversas ra- zones, de tipo biológico (enfermedades para las que los nativos no tenían defensa), estratégico (armamento, naves) cultural (comprensión relativamente secularizada y técnica de la “guerra”, ante comprensión simbólica-ritual de la acción guerrera por parte de los nativos), la confusión en algunos casos, por los nativos, de los recién llegados con los dioses de sus profecías míti- cas, los europeos dominaron primero militarmente a los nativos.

Este triunfo le dio al conquistador moderno una dominación económica y política absoluta, que fue usada de manera despiadada, sin ningún tipo de humanidad, para organizar las estructuras de la dominación -hasta el presente, durante cin- co siglos-del mundo colonial y postcolonial. Le permitió igualmente tener una pretensión de superioridad que nunca antes había experimentado ante el mundo árabe, indostánico o chino, más desarrollado (Dussel, 2007, p.195)

La relación con la nueva alteridad encontrada, los nativos americanos, fue encubierta bajo las anteriores figuras de otros que los europeos portaban en su memoria. Por eso desde el equívoco inicial de Colón, los denominaron “indios”, reduciendo la pluralidad de culturas e iden- tidades a esa denominación. Un poco después, al tomar conciencia de estar ante un “nuevo mundo”, persistieron en la denominación. Eso porque el Otro era interpretado desde el mundo europeo, subsumido en lo mismo. Primero en clave de continuidad de la lucha contra los “infie- les”: infidelidad, impureza y retaceo de humanidad. Y desde esa justificación como fuerza de trabajo servil y esclava.

Esas alteridades fueron violentamente atacadas, ferozmente dominadas, esclavizadas, y rápidamente diezmadas. En algunas regiones los indígenas vieron reducida su población hasta el 10% del original en poco más de un siglo desde la llegada de los conquistadores. Las civili- zaciones nativas, ante la brutalidad del genocidio, tuvieron conciencia de estar ante una heca- tombe final, el “final de los tiempos”, el tlatzopam de los aztecas, el pachacuti de los incas.

La muerte masiva y la desestructuración de los pueblos amerindios, fomentó la importación de fuerza de trabajo esclava cazada en África, se calcula, desde el siglo XVI hasta el siglo XIX un transplante forzado de población de casi once millones de personas que fueron el origen de la población afroamericana. El circuito comercial del Atlántico fue central en la acumulación originaria de capital en Europa, a través de las ganancias por el tráfico esclavista, la extracción de plata y oro, los nuevos alimentos y especias.

La antigua y naturalizada dominación patriarcal se solapó y reforzó con la dominación colo- nial promoviendo una erótica colonial que tuvo como víctimas a las mujeres amerindias y afro- americanas, sometidas a múltiples formas de explotación, de control de sus cuerpos, de su sexualidad, de su trabajo y de su tiempo vital. La modernidad, y el capitalismo, están edificadas sobre la sangre y el barro de la historia de estos genocidios y epistemicidios. Los discursos imperiales, patriarcales justificatorios y los críticos frente a estos procesos, son ya modernos.

Este primer debate filosófico de la modernidad, se dio desde América y la Europa Latina, desde distintas voces. Pero si hubiera que ponerle tiempo y lugar concretos, el debate produci-

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do en las Cortes de Valladolid, entre 1550 y 1551, ante el propio emperador Carlos, donde intervienen directamente Gines de Sepúlveda y Bartolomé de Las Casas. Presentes los teólo- gos, juristas, filósofos, aspectos que en la época solían ir articulados, de la Universidad de Sa- lamanca Domingo de Soto y Melchor Cano. Pero la discusión debe involucrar otros actores desde América como por ej. Vasco de Quiroga, Alonso de la Vera Cruz y desde el contexto europeo, como Francisco Vitoria y Vázquez de Menchaca, por ejemplo. En lo que sigue, identi- ficamos los actores y posiciones argumentales más relevantes.

11. Gines de Sepúlveda. Primer filósofo político

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