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Las bases del cambio: pensamiento histórico y revisión del pasado

2 2 La historiografía romana

5.2. Las bases del cambio: pensamiento histórico y revisión del pasado

El siglo XVIII es una época importante, no solo en lo que respecta a la culmina- ción de una primera fase de la llamada Época Moderna que produce, finalmente, cambios significativos en el pensamiento, sino también en lo que concierne a la política europea. Esta centuria basa su desenvolvimiento en una concepción filosófica, de manera similar a lo que sucede en el siglo XIX, cuando prima una concepción histórica. Puede decirse que la historiografía ilustrada no rompió con la sólida base erudita con la que ya se contaba, pero la puso al servicio de la interpretación filosófica y de la propia disciplina histórica. Los avances filológicos y mayores conocimientos de otras lenguas facilitaron el mejor entendimiento de las fuentes y así, la publicación y empleo de gramáticas, diccionarios y thesauri, lo mismo que la publicación de recopilaciones jurídico-políticas, historiográficas y eclesiásticas, allanan el trabajo de los historiadores.

Hay un esfuerzo desplegado por alemanes, franceses, británicos e italianos a fin de descubrir las antigüedades artísticas, literarias y arqueológicas. En general, la historiografía ilustrada pone una amplia y sólida erudición al servicio de la interpretación filosófica, la historia filosófica, sobre todo con Voltaire, aporta un ensanchamiento considerable de la curiosidad y progreso del espíritu crítico. Se configura de esta manera una historia racional que será entendida como opuesta a aquella otra anterior de carácter providencialista.

3 En 1740 Muratori publicó el llamado Fragmento Muratoriano, o Canon Muratoriano, que es

una relación de libros considerados canónicos del Nuevo Testamento. En esta lista —considerada la más antigua conocida— figuraban, con algunos comentarios, los nombres de los libros que el autor consideraba admisibles.

Es así como los historiadores del XVIII proyectarán una visión universal, secular y optimista que mirará al pasado de cara a un futuro racionalmente prometedor. Esta perspectiva estará basada en ideas de prosperidad y progreso, que además de acentuar la noción lineal del tiempo, enfatizará la conciencia de historicidad occidental. Lo que la Ilustración legó a Occidente fue imitar a la mecánica, seguir su metodología y buscar leyes para todo, desde la biología hasta el arte de gobernar. A partir de entonces y bajo la influencia de las propuestas teóricas de Newton, lo mismo que del método experimental, se consideró que lo propio de la ciencia era alcanzar la verdad absoluta. Se trataba de una postura realista según la cual se consideraba que las cosas podían ser conocidas en su existencia real y objetiva. Además, se tuvo como criterio importante que la racionalidad del conocimiento científico obligaba a que sus cultores tuvieran una actitud altruista y que no dejaran espacio a sus opiniones e intereses personales en su trabajo en demanda de la verdad. El estudio de la historia, por ejemplo, se limitó a buscar las leyes que explicaran el ascenso humano4.

En este momento llama la atención cómo Juan Bautista Vico, situándose en buena medida al costado de las ideas dominantes, considerará que la historia, aún la más racionalista, contiene elementos que pertenecen al dominio de la imaginación, aunque ello no elimina su derecho a ser contada entre las ciencias. Este pensador, que representa la transición crítica entre los siglos XVII y XVIII, se sitúa históricamente en el momento de la crisis de los fundamentos científicos reconocidos como válidos cuando se discuten los procesos de conocimiento y su validez. En Autobiografía se referirá a la vida cultural napolitana hacia finales del siglo XVII, pero realmente se concentró en el estudio de las humanidades en contacto con la Academia de Medinaceli.

Ciencia nueva es el nombre breve por el que es más conocida la obra de este

filósofo de la historia, cuya primera edición, con el título Principi di una scienza

nuova d’intorno alla natura delle nazioni, per la queale si ritruovano i principi di altro sistema del diritto naturale delle genti, apareció en Nápoles en 1725. Más tarde

se publicaron otras dos versiones corregidas y aumentadas por el autor siendo la última póstuma. Ambas también se han conocido como Ciencia nueva segunda y Ciencia nueva tercera, respectivamente. Vico la escribió en su lengua materna, pese a que para otros trabajos anteriores había utilizado el latín5.

Dentro de dicha obra expuso una teoría acerca del comportamiento histórico de las sociedades sustentada en una visión que estructuraba el devenir humano

4 Véanse, por ejemplo, Gooch (1965: 39); Sánchez (1993: 185-186); Le Goff (1991: 72-73) y

como una sucesión espiral de edades: desde el estadio divino, «edades de los dioses», hasta el humano, conducido por los conocimientos científicos y filosó- ficos, pasando por la «edad de los héroes», en la cual la aristocracia configura el dominio de la fuerza. Cuando el derecho, sostenido por la razón, es el que rige la política —«edad de los hombres» o estadio humano— y a partir de allí se rei- nicia el proceso. Así, cada ciclo completo renueva y enriquece el curso histórico gracias al progreso, por lo que cada etapa nunca será idéntica a la anterior sino que supondrá siempre una variación. Por ejemplo, en el segundo capítulo de esta obra, titulado «Meditación de la ciencia nueva», no solo anuncia esta visión sino que concede al conocimiento científico un papel fundamental en la comprensión de dicho proceso.

[…] y todas estas ciencias, todas las disciplinas y artes enderezadas vinieron a perfeccionar y regular las dificultades del hombre; pero no la hay que medite sobre ciertos principios de la humanidad de las naciones, de la que sin duda manaron todas las ciencias, todas las disciplinas y las artes y que por tales prin- cipios establezca cierta acmé, o sea un estado de perfección del que se alcance a medir grados y extremos, por y dentro de los cuales, como cualquier otra cosa perecedera, deba esa humanidad de las naciones discurrir y llegar a su término y dónde científicamente se descubra con qué prácticas la humanidad de una nación, destacándose pueda llegar a tal estado perfecto y cómo de allí decayendo, pueda de nuevo acrecerse (Vico [1725] 2004: 39).

Plantea que la filosofía contempla la razón de donde viene la esencia de la verdad, la filología considera la autoridad del arbitrio humano, de donde viene el conocimiento de lo cierto y que dado que la historia es una creación del hom- bre, resulta naturalmente apta para ser objeto del conocimiento humano. En su época, las clasificaciones de las ciencias eran variantes de la propuesta aristotélica al respecto, pero la adoptada por Vico divide a las ciencias en teóricas y prácticas y a estas últimas en activas y fácticas —de hacer y crear—; la ciencia nueva es práctica pues su propósito es conocer para mejorar lo que se está haciendo. Una nueva historia ingresa en esta perspectiva a partir de la idea de que los hechos son comprensibles no exclusivamente gracias a principios eternos y universales sino determinando sus causas y, en ese sentido, si el objetivo último de la investigación histórica no son las acciones de los individuos particulares sino el desarrollo his- tórico del mundo cultural, de las instituciones humanas y del hombre mismo, en la medida que esa nueva historia cumpla su cometido su lugar entre las ciencias no será menor sino el más científico (Fish 2004: 26).

Vico describe a la disciplina histórica como un saber peculiar, pues las ideas y los hechos no son susceptibles de distinción. Reivindicará el hecho de que los

hombres operan en el mundo de la historia o mundo civil y, por lo tanto, la ciencia no tiene que referirse solo al mundo natural. Además, tomó en cuenta una suerte de dualismo entre la historia sagrada y profana, de manera tal que la moralidad y racionalidad estarían situadas al lado de la historia sagrada, mientras que en relación a la historia profana se desarrollarían los instintos irracionales. Sobre esta base sostuvo que las pasiones humanas conducen a las naciones y a los pueblos a la decadencia, a la vez que procuró hallar leyes del desarrollo histórico planteando la noción de avance y retorno que aplicó particularmente a la historia de la Antigüedad. Sin embargo, como ya explicamos, tenía la certidumbre de que la historia no se repite, puesto que cada retorno toma una forma distinta a los anteriores. Pensaba que ello obedecía a que el hombre es capaz de aprove- char la experiencia adquirida y por esa causa cada ciclo supera en alguna forma al anterior. Su propuesta contiene una idea de evolución que supone cambio y superación6. En resumen, su filosofía de la historia supone, dentro de un esque-

ma providencialista, la naturaleza común de las naciones siguiendo un curso de carácter cíclico desde una etapa divina hasta la era de la civilización, pasando por un momento heroico y humano.

Vico no fue ajeno a la preocupación acerca de la manera de escribir la histo- ria. En la tercera redacción de su Ciencia Nueva7 abogaba por la pertinencia del

lenguaje poético para describir la relación entre pensamiento y acción humanos. Además, supone que cada manera de decir las cosas —estilo— corresponde a una etapa del desarrollo cultural en Occidente y puede afirmarse, en consecuencia, que plantea una relación interesante entre tiempo y narración que trasunta además cierto relativismo.Se puede decir que había proclamado la consustancialidad entre la historia y la ficción, ya que considera que el lenguaje se convierte en un instrumento para nombrar a los elementos del universo humano y los instituyen de realidad histórica. La filosofía del lenguaje de Vico, cuya implicación más rele- vante para la problemática del conocimiento histórico es que, siendo imaginarias las propias formas del existir humano, igualmente imaginarias son las reconstruc- ciones históricas de esas formas (Corcuera 2000: 370 y Lacerda 1993: 28-30).

Volviendo al curso de los que han sido considerados los principales aconteci- mientos de esta centuria hay que mencionar que surgen estados que empiezan a jugar un rol importante en lo que respecta a las fuerzas políticas económicas. En tanto que Rusia y Prusia alcanzan una posición importante, Francia e Inglaterra la renuevan, pero no es menos cierto que al finalizar el siglo Estados Unidos

6 Véanse Corcuera (2000: 33-35) y Pugliesi (1984: 187-188), entre otros.

logra ocupar una posición de alguna manera significativa como resultado de su proceso independentista.

En este ambiente aparece el movimiento de la llamada Ilustración o ilumi- nismo8, que puede entenderse como una corriente de pensamiento y manera

de entender la realidad afirmada en la razón y los nuevos métodos científicos, haciendo gala de un escepticismo religioso y propiciando y encomiando las con- quistas de la política. Como es bien conocido, Voltaire Montesquieu, Rousseau y Hume son sus representantes más señalados y de sus planteamientos se tomarán las bases de la que puede ser llamada una historiografía filosófica, dado que puso su acento en las interpretaciones. En general, se considera que toda la historia debería ser «filosofía» y no colección de antigüedades, ni tampoco acumulación de materiales filológicos, lo que provoca una cierta indiferencia respecto a la evaluación de las evidencias. La conexión universal de sentido se refleja en la búsqueda del «espíritu» de los pueblos, las leyes, instituciones, entre otros, y sin duda todo ello requería una composición artística para su presentación. Por esta razón las nociones estéticas y las consideraciones éticas desempeñaron un papel muy importante en esta historiografía. Se combina la erudición del especialista y la interpretación de conjunto realizada con un enfoque filosófico expresado con talento narrativo.

Por eso es posible sostener que vinculado al movimiento de la Ilustración estaría también la pretensión de hacer una historia de la humanidad, ya que se quiere mostrar el progreso de la civilización en todos sus aspectos: leyes, costum- bres, economía, etcétera.

Podríamos decir que la Ilustración entonces es este amanecer, esta aurora de la Modernidad en términos de lo que a nosotros nos interesa, que es la historia de sus ideas, que se va a extender a todos los campos del conocimiento y de lo social. La Ilustración trata de reconstruir la forma de interpretación, comprensión y de generar historia, no solo en el campo de lo científico y filosófico, sino también en el campo de la economía, la política, en los distintos campos que constituyen el hacer del hombre (Casullo 1999a: 16).

Debe destacarse por una parte las innovaciones específicas y la modernidad de esta historia propuesta por los ilustrados pero, al mismo tiempo, indicar la conti- nuidad en la manera de escribir y pensar el pasado, si nos atenemos a las obras de la mayoría de los historiadores. No es igual el panorama de los primeros decenios de la centuria —en los inicios de la Ilustración—, que el del crepúsculo del siglo,

8 Famoso por su Diccionario histórico y crítico, suele considerarse a Pierre Bayle (1647-1706)

cuando el clima cultural respira ya romanticismo y los nacionalismos «plantan cara abiertamente al cosmopolitismo galocéntrico» (Sánchez 1993: 177-178).

La visión ilustrada del pasado expresa toda la autoconfianza y el espíritu de conquista, a la vez de una elite europea, de procedencia aristocrática o burguesa, que se propone reformar o transformar la sociedad. Aunque en el caso de la his- toriografía ilustrada inglesa, las condiciones sociales y políticas de su nación hace que estos historiadores ofrezcan una suerte de visión reposada y confiada acerca de la sociedad y de su futuro. Existe en los hombres comprometidos con este movimiento un aumento de la fe en un mundo que ha entrado en una etapa de perfeccionamiento. No hay milagros ni hechos ni situaciones exóticas sino orden lógico y matemático. Ejemplo de lo cual sería el pensamiento del filósofo Leibnitz quien, siguiendo a Nicolás de Cues, veía la totalidad de la actividad espiritual humana y apoyaba la idea de una nueva autoconciencia universal de una ilustra- ción cada vez más profunda y más amplia de la razón. Así, la historiografía del XVIII fue consistente con las nociones de continuidad, de transición por grados infinitesimales, de la armonía del todo frente a la dispersión en el tiempo y en el espacio de los elementos o las partes propuestas por Leibnitz en Monadología (1714), cuando concebía a cada evento particular como un microcosmos del ma- crocosmos. En efecto, la relación microcósmico-macrocósmico como paradigma de toda explicación y representación de la realidad en el pensamiento histórico de Leibnitz significará que la representación de un acontecimiento en su contexto es una manera adecuada de figurar el significado de ese acto y su relación con el todo. Sin embargo, para los ilustrados la unidad de la humanidad era un ideal que podían proyectar al futuro, pero no podían usar ese ideal como paradigma para la explicación ni para la representación histórica. Era más bien en interés de ese ideal y como parte de un esfuerzo para alcanzar dicha unidad que estaban estudiando y escribiendo historia. Es decir, se trataba de una instrumentalización de la historia. Para los ilustrados el pasado era una sinrazón, el presente un conflicto entre razón y sinrazón, mientras que el futuro era el único tiempo que podían imaginar como aquel del triunfo de la razón sobre la sinrazón. Se trataría entonces de la unidad perfecta, una suerte de «redención». Otra cosa que hace peculiar a los ilustrados es que combinaron bastante bien una sólida y documentada erudición con una exposición narrativa elegante que, como acabamos de decir, estaba presidida por un enfoque interpretativo racional y unitario (Wagner 1958: 102; Sánchez 1993: 178-179 y White 1992: 67-68).

Los ilustrados tenían un enorme respeto por la Antigüedad, por eso, en un ambiente intelectual que ha sido denominado de «nostalgia helenista» (Bolgar 1983: 470),los historiadores se sienten ubicados en una época superior, desde la cual contemplan muy seguros el pasado y lo juzgan. Ven a la Historia como el

lento camino de la humanidad hacia la perfección y el progreso. Se descuida el estudio minucioso de las fuentes, propio del siglo anterior, para buscar la síntesis a través de visiones panorámicas. De esta manera, los datos resultan secundarios y la Historia, o más bien la Historiografía, es entendida como un recurso para la polémica. Los historiadores participan de la rebeldía contra la tradición y a su entender esta última contendría específicamente: superstición —y su aliada principal la Iglesia—, el absolutismo, los privilegios y la escasa libertad. Se plantea la oposición entre tradición y razón, lo mismo que entre providencia y progreso. De esta manera, para los historiadores la tradición parece estar representada en la Edad Media y si el siglo XVIII es el de las luces por oposición, el periodo medieval es entendido como una etapa de tinieblas, puesto que entonces para alcanzar la interpretación la razón había cedido su lugar a la fe religiosa. Por esta causa la historia de la Edad Media no debería entenderse sino más bien refutarse. Según el pensamiento ilustrado, las leyes naturales deberían ocupar el lugar que anteriormente se dio a la Providencia.

No solo se persigue alcanzar la verdad de lo realmente acaecido a través de la crítica, sino que se pretende ir más allá para captar el verdadero sentido de la Historia, justamente a través de la Filosofía de la Historia. Hay entonces un empeño teórico y un interés por la historia de las realizaciones culturales en tanto se contempla que su conocimiento permitiría seguir el camino hacia el progreso. William Roscoe, quien en realidad era un banquero de Liverpool, publicó en 1795 Life of Lorenzo de Medicis, buscando la relación existente entre los cambios ocurridos en la sociedad y las transformaciones de las artes. Otro caso es el de Robert Henry, quien escribiera entre 1771 y 1793 History of Great Britain, una ambiciosa obra de seis volúmenes que intentaba ser una historia completa de Inglaterra, abarcando desde la llegada de los romanos hasta la muerte de Enri- que VIII. Utiliza como soporte las obras de Warton, Brucker y Sainte-Pelaye, entre otros, y presta atención a la religión, las artes y la cultura, a la vez que se ocupa de la política. También está, pero en el siguiente siglo, J. C. de Sismondi, historiador suizo, quien al escribir entre 1807 y 1818 Histoire des Républiques

italiennes, colocaba como asunto central el auge y la supresión de la libertad. Pese

a la aparente diferencia de los temas que abordan, Peter Burke considera que los tres son historiadores de la cultura (Burke 2000:36). Temas que interesan son los relacionados con los avances científicos y con una historia de la humanidad y, por consiguiente, la historiografía iluminista europea se ocupará también de América, China y Rusia.

Estamos ante una historiografía que recibió influencia del pensamiento ilustrado francés y especialmente de Voltaire, cuyo pensamiento marcó también fuertemente a la historiografía inglesa de un Robertson o un Gibbon, por citar dos

ejemplos. Hay que señalar entre los trabajos de corte historiográfico de Voltaire a su Historia de Carlos XII de Suecia, escrita en 1731. Luego vendrán Literatura

Inglesa (1734) y El siglo de Luis XIV (1735-1751), que contiene su interpretación

de conjunto de la historia humana9. Pero es en Ensayo sobre las costumbres y el

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