2 2 La historiografía romana
5.1. La erudición al servicio de la razón
A fines del siglo XVII y en las primeras décadas de la siguiente centuria se sigue desplegando una tendencia erudita que, como sabemos, venía desde la Edad Media, pero que más precisamente se cultivó en los siglos XVI y XVII. Puede mencionarse la actividad erudita de los sacerdotes jesuitas apodados «bolandistas», nombre tomado de su propulsor, Juan Bolland o Bolando (1596-1665), quienes instalados en Amberes desde 1630 coleccionaron documentos conciliares, hicieron el inventario de los historiadores bizantinos y establecieron críticamente las biografías de los santos. La actividad de los bolandistas, si bien se proyectó hasta después, abarca hasta el siglo XVIII, dedicándose, como hemos mencionado, a la publicación de las vidas, rigurosamente documentadas y comentadas, de los santos y mártires católicos. Su obra se tituló también Acta Sanctorum, cuyos dos primeros tomos vieron la luz en 1643. Si bien se confeccionaron diecinueve tomos, el proyecto sufrió serios altibajos, situación explicable pues el grupo y la propia Compañía de Jesús debieron enfrentar varias dificultades, entre ellas la expulsión de los jesuitas en el siglo XVIII. Lo cierto es que para realizar su trabajo el grupo contó con la colaboración de miembros de otras órdenes y de académicos universitarios.
Como hemos adelantado, su propósito fue recoger y someter a un exhaustivo examen a la hagiografía disponible, estudiar también críticamente a las fuentes, llenar sus omisiones y, sobre todo, distinguir los datos históricos de los legenda- rios. Parte de su metodología fue someter a varias revisiones los datos y también los trabajos biográficos. Consultaron documentos escritos en griego y en latín y no circunscribieron su trabajo a Bélgica, en donde estaba asentado el grupo, sino que visitaron archivos y bibliotecas de Italia, Francia y Alemana, incluyendo a la Biblioteca Vaticana. Apelaron al santoral de manera tal que los primeros volúmenes acogieron a los santos y mártires celebrados en el mes de enero. Junto a Bolland trabajó G. Henskens sobre un plan modificado, cuyo original había elaborado en 1607 otro religioso, el padre Rosweyde. Luego contaron con la colaboración del padre Papebroch1.
Otro historiador erudito fue el francés Pierre Bayle (1647-1706), quien destacó por el ejercicio de la crítica histórica. Escribió en 1697 Diccionario
histórico y crítico. Vista en conjunto a la actividad erudita de esta época, la obra
de la orden benedictina resulta de gran importancia, pues aporta la diplomática, la paleografía y la cronología, publicando los primeros manuales para el uso de los investigadores (Rama 1989: 35-36). Vamos a ocuparnos de ella.
1 Este autor había publicado su Propylaeum antiquarium en un interesante esfuerzo para formular
reglas destinadas a facilitar las distinción entre documentos genuinos y falsos y había considerado como espurios a algunos famosos textos de la Abadía de St. Denis. Tras la respuesta del monje benedictino, Papebroch admitió su error, sin embargo, algún tiempo después un tal Germon intentó refutar la
5.1.1. La erudición al servicio de la razón: mabillon y muratori
En tales circunstancias, Jean Mabillon encarna a la figura de un historiador erudito y de oficio, en el sentido que podría darse a tales calificaciones a finales del siglo XVII. En 1664 lo encontramos instalado en la Abadía de St-Germain-des-Prés atendiendo la solicitud del guardián de su biblioteca. Fue de esta manera que resultó unido al grupo de estudio e investigación que funcionaba en dicho lugar y que, aparentemente, era el más importante y documentado de Europa por aquel entonces. En efecto, conocedor de sus cualidades intelectuales, D’achery le pidió que lo ayudara en su proyectada Vidas de los Santos Benedictinos, pero finalmente se convino que primero se abocara a la edición de los trabajos de San Bernardo. Tres años de labor emprendida por Mabillon fueron coronados por las publicación de dicha obra, en 1667, y además, porque recibió amplio reconocimiento debido a la calidad y maestría denotadas en la edición.
Mabillon también editó los materiales ya reunidos por D’Achery y al año siguiente se publicó el primer volumen del Acta Sanctorum, O.S.B. Un segundo volumen apareció en 1669 y un tercero en 1672. Pese a estos logros, la rectitud erudita y los métodos críticos de Mabillon eran una fuente de escándalo para algunos y el monje fue atacado junto con su obra. Una muestra es que se pre- sentó una demanda ante el Capítulo General de la Congregación para que se pusiese fin al trabajo y el Acta Santorum fue calificada por sus detractores como contraria a los intereses del «benedictinismo». Mabillon se defendió mostrando la consistencia de su conocimiento, así que, finalmente, se levantaron los cargos que pesaban sobre ese trabajo.
Hay que recordar que en 1672 recorrió Flandes en busca de documentos y materiales para su trabajo y en 1675 publicó el primero de cuatro de volúmenes de Vetera Analecta, en el que aparecen recogidos los frutos de sus viajes y algunos trabajos más cortos de importancia histórica.
Es de destacar la enorme importancia de la aparición del segundo volumen del Acta Santorum, ya que dicha entrega se constituyó en parte de la erudita defensa de la autenticidad de textos y documentos benedictinos cuestionados por Daniel Papebroch. Mabillon fue nombrado para hacer la defensa de dichos documentos, por lo que además planteó los principios de la crítica documental que aparecieron en su De re diplomatica (1681), tratado considerado hasta ahora como el texto fundante de la llamada ciencia diplomática2.
2 En este caso «diplomática» se refiere al estudio científico de los diplomas y otros documentos,
tanto en sus caracteres internos como externos, principalmente para establecer su autenticidad o falsedad. La admiración que provocó el ilustrado gran libro escrito por Mabillon fue generalizada.
En 1682 el monje era enviado por el ministro Colbert a Burgundy a examinar documentos antiguos de la casa real y al año siguiente se le mandó con Michel Germain, por cuenta del rey, en un viaje por toda Suiza y Alemania, en una expedición que tomó cinco meses, en busca de materiales para la historia de la Iglesia y de Francia. Muerto Colbert, fue el arzobispo de Reims quien lo requirió en 1685 para que hiciera un recorrido por las bibliotecas de Italia con el propósito de adquirir libros y manuscritos. Fue así como más de tres mil volúmenes, raros y valiosos, se procuraron entonces para la Biblioteca Real.
Poco tiempo después comenzó su controversia famosa con De Rancé, el abad de La Trappe, quien había sostenido que no era lícito que los monjes se dedicaran más al estudio que a las labores manuales. El Tratado sobre los estudios monásticos de 1691 fue su frontal e inteligente defensa del estudio en los monasterios y de las líneas que se deberían seguir. De Rancé contestó y Mabillon se vió forzado a publicar en 1692 Réflexions sur la Réponse de M. l’Abbé de la Trappe. Finalmente, la opinión general se inclinó a favor de las tesis de Mabillon por la exposición de sus planteamientos y porque se contempló que la propia actitud y conducta de dicho religioso mostraban que el cumplimiento de los deberes religiosos no estaban reñidos con el quehacer intelectual, sino todo lo contrario. A pesar de este logro, Mabillon tuvo que enfrentar nuevos conflictos, ya que en 1698 se levantó un debate y preocupación, esta vez en Roma, debido a la publicación de su obra titulada Eusebius Romanus, que en realidad era una protesta contra la veneración supersticiosa de las reliquias de «santos desconocidos» de las cata- cumbas. La situación tuvo como desenlace una denuncia ante el Santo Oficio y Mabillon debió explicar y modificar algunos pasajes de su trabajo. Dos años después se produjo otro escándalo, pues los mauristas, a pesar de las dificultades que partían de las controversias sobre el jansenismo, habían determinado publicar una edición crítica de San Agustín. Se requirió entonces a Mabillon para que hiciera un prefacio al último volumen de esta edición, defendiendo los métodos y las conclusiones críticas de sus editores. Se conoce que su primera versión se sometió a diversos examinadores, y después de recibida sus acotaciones, fue en- viada a Bossuet para su opinión, quien la enmendó en su mayor parte. Así fue devuelta a Mabillon para que finalmente la revisara. El resultado es el «prefacio» que escribió para el undécimo volumen. Como se ve, Mabillon no careció de detractores y estuvo en varias ocasiones en el ojo de la tormenta, a pesar de lo cual en 1701 fue incorporado a la Real Academia de Francia. Dos años después
apareció el primer volumen de Annales O.S.B y antes de su fallecimiento pudo ver la publicación de cuatro volúmenes.
En el campo de la erudición también hay que mencionar el trabajo del pensador ilustrado cristiano Ludovico Antonio Muratori, sacerdote italiano y bibliotecario de la Casa Ducal de Este en Modena, quien publicó, entre 1723 y 1751, una monumental recopilación que llamó Rerum Italicarum Scriptores y que se refería a escritores y fuentes literarias sobre temas italianos. Más adelante, entre 1738 y 1742, publica en seis volúmenes Antiquitates Italicae medii aevi en la que, basándose en fuentes documentales y materiales diversas, se refirió a numerosos asuntos de la historia medieval italiana. Con este soporte en Annali
d’Italia hizo, entre 1744 y 1749, una historia cronológica erudita que alcanzó
los doce volúmenes (Sánchez 1993: 187-188)3.