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al encuentro del romanticismo: johann von herder y edmund burke

2 2 La historiografía romana

5.4. al encuentro del romanticismo: johann von herder y edmund burke

Manejando un sentido providencialista Johann von Herder escribió en 1774 Fi-

losofía de la historia de la humanidad y diez años más tarde, Ideas sobre la filosofía de la historia de la humanidad, obra que hasta ahora se considera muy importante

y que en su momento fue apreciada porque ofrecía a los europeos una respuesta a su inquietud acerca de cuáles podían ser sus relaciones con civilizaciones que entonces se consideraban lejanas. Antivolteriano, idealista y precursor del ro- manticismo, tuvo una concepción genética de la Historia, en el sentido de que el pasado genera —engendra— el presente. Además, Herder planteaba que cada pueblo tiene una originalidad y características propias que se reflejan en lo que denominaba «espíritu del pueblo», que tiene que ver con los orígenes de cada sociedad y cultura, con su pasado, etcétera, ligados al medio natural y las cir- cunstancias históricas. Por lo tanto, si bien no existe una humanidad unitaria, es

la educación la que permitirá un acercamiento entre los pueblos y, a pesar de sus diversidades, llegar a una cultura universal. En consecuencia, cada época histórica merece ser examinada por sí misma.

Admite que es necesario encontrar un punto de conexión para las múltiples diferencias que se dan entre los hombres y es entonces que acude a una noción que se enraizará fuertemente en el romanticismo alemán, al concepto de humanidad. Contempla, sin embargo, que la humanidad no es única sino diversa, se halla di- vidida en razas, cada una de las cuales posee su propio orden de valores en la vida. Su gran preocupación fue encontrar una verdadera filosofía de la historia, una estructuración del devenir histórico en torno a unos cuantos principios que le diesen sentido y armonía (Rama 1989: 37-38 y Corcuera 2000: 21-22). El criterio racial y el sentido evolucionista parecen fruto de su interés por la vida de la naturaleza, los cuales son, evidentemente, una refutación a los planteamientos ilustrados. Si bien cree que el desarrollo gradual de la humanidad es inevitable, no lo considera necesariamente identificable con la idea de progreso conforme a los moldes de la Ilustración.

Para Herder el universo es la primera matriz, viene luego el sistema solar y enseguida la Tierra, siendo el hombre la coronación de este proceso. Es interesante, sin embargo, advertir cómo este autor pretendió sistematizar el curso general de la historia universal contemplando diferentes edades de la Historia, y que con criterio etnocentrista occidental se refirió a los centros o referentes respectivos que vinculó a cada etapa en un proceso asimilable al desarrollo del ser humano. De esta manera, las etapas de mayor vigor están asociadas, a su entender, al mundo occidental: la infancia de la humanidad habría tenido lugar en Oriente, la adolescencia en Egipto y Fenicia, la fase de la juventud en Grecia, la virilidad en Roma, mientras que la etapa comprendida entre las invasiones bárbaras hasta Ilustración representaba la senilidad. También consideró que algunas sociedades en determinados momentos atravesaban por ciclos completos de desarrollo, desde un origen hasta la decadencia, pasando por un momento cumbre o de ascenso. Como hemos dicho, su visión es eurocentrista, así que para él la raza europea es la verdaderamente histórica, la que domina a la naturaleza, la crea y la transforma. Idea planteada antes por Buffon y Raynal, aunque ello no quita que Herder se interese por pueblos y culturas no europeas12. Para White el pensamiento de este 12 Georges Louis Leclerc, Conde de Buffon (1707-1788), fue un naturalista francés que estudió

medicina, botánica y matemáticas. Siendo administrador de los Reales Jardines Botánicos recibió el encargo de catalogar la documentación sobre historia natural perteneciente a las colecciones reales, lo que lo motivó a emprender la escritura de una obra general para compilar los conocimientos de su época acerca de historia natural, geología y antropología, que tituló Histoire naturelle, générale

autor no es ingenuo, sino que está conscientemente dirigido hacia la recuperación de la individualidad del suceso en su unicidad, particularidad y concreción en conjuntos discretos de identificaciones metafóricas. Empezó con una visión del campo histórico como un conjunto efectivamente infinito de hechos particulares cuyos orígenes o causas se suponían totalmente incognoscibles por la razón y luego insistió en que ese campo de acontecimientos tenía una base o propósito ontológicamente anterior y superior en lo espiritual, un propósito que le aseguraba la unidad, la integración y la armonización de últimas de las partes del conjunto. Se trataba de una filosofía organicista opuesta al mecanicismo de la Ilustración. Herder afirmaba, al mismo tiempo, la primacía e irreductibilidad del ser humano individual y la tipificación de los modos de relación de los individuos entre sí. El sentimiento de Herder por la diversidad de las formas de vida, su sentido de unidad en la diversidad y su sustitución de la estructura por un proceso como modo de comprender la historia en su totalidad constituyen sus contribuciones al sentido histórico del siglo XIX. Para Herder nada era fortuito ni arbitrario. Creía que el agente gobernante que daba a todo la forma que debía tener no era extrínseco al proceso histórico sino que en el proceso mismo, a través de una interacción entre los elementos que participan de dicho proceso, las cosas son hechas lo que deben ser. El relato de Herder se organiza alrededor de los motivos del cambio y la duración y los temas de la generación, el crecimiento y la plenitud. Motivos y temas que dependían para su credibilidad de la aceptación de la analogía entre la vida humana y la de las plantas (White 1992: 75 y ss.). Además, a partir de su idea de que la nación se sustentaba en su propia historia y que ese pasado y la conciencia del mismo configuraban la identidad étnica y nacional, Herder acuñó el término nacionalismo.

A pesar de que debemos ubicar al movimiento romántico inmediatamente después de la Revolución Francesa y en las primeras décadas del siglo XIX, el primer gran teórico de la ideología romántica fue un escritor político inglés del siglo XVIII: Edmund Burke. Fue él y, en el caso de la historia, Hippolyte Taine, quien procuró conciliar la teoría romántica con el método histórico. Para E. Burke en las relaciones políticas debe aplicarse una visión de conjunto de las vinculaciones entre el Estado y la sociedad, pero tomando en cuenta a la naturaleza humana. Además, se coloca como un acérrimo defensor de las libertades y los derechos ciudadanos, lo mismo que de la tradición. En su obra Reflexiones sobre

la Revolución en Francia, escrita poco tiempo después de su estallido, anticipando

filosófica y política de los establecimientos y del comercio de los europeos en las dos Indias. Esta obra

tuvo gran impacto y alcanzó hasta 1820 setenta ediciones en francés, además de traducciones a otras lenguas europeas. Su lectura fue prohibida en América hispana por la Inquisición.

de alguna manera lo que sobrevendría, sostiene que se trata del triunfo de la barbarie. Al pensamiento de este historiador se vincula la noción de «lo sublime», categoría estética que despertó bastante interés en este siglo, que transitó durante el siguiente y que ha sido replanteado por Ankersmit y White ya en nuestra época. Al discutir la obra de Herder, Immanuel Kant, quien entre otros trabajos publicó en 1784 Ideas para una historia universal en clave cosmopolita y otros escritos sobre

filosofía de la historia, adelantó una crítica al Romanticismo, pues a partir de sus

planteamientos iniciales acerca de la percepción de los fenómenos, añadió que la historia se presenta como una sucesión de «hechos fenoménicos», por lo que debería estar sujeta a las leyes naturales que se encuentran bajo las apariencias. Los hombres no tienen al actuar conciencia de lo que realizan, en el sentido de que no se puede entender el significado de los hechos —de cada etapa histórica— hasta que se produzca su conclusión. Asimismo, destaca el dominio de la razón e interpreta a la historia como «el juego de la libertad», que permite descubrir el paso regular del discurrir de la historia. Sin embargo, no existe una ley única que otorgue sentido a la historia ni tampoco leyes de la historia, sino un conjunto de normas que rigen el acontecer histórico, es decir, leyes en la historia. Además, en tanto la naturaleza actúa a través del hombre en la historia, existe entonces un plan de la historia que equivale a un conjunto de leyes semejantes a las que rigen a la naturaleza física. Este plan constituye un proceso que conduce hacia la libertad de la mente humana. Se trata en suma del progreso porque aparta al hombre de la ignorancia y lo libera de las limitaciones que lo cercan por todas partes. El hombre es esencialmente racional y su fin es el desarrollo de la razón. Ese desarrollo compete a la humanidad y ese quehacer constituye la historia. En

Crítica de la razón práctica, que data de1788, desarrolla la idea de que la libertad no

supone anarquía sino que, por el contrario, está sometida a las leyes que suponen, en primer lugar, el gobierno de sí mismo, a fin de obedecer en conciencia las leyes del universo tal como se revelan por la razón.

Los acontecimientos históricos, es decir, las transformaciones, se producen en la relación del hombre con la sociedad bajo la forma de antagonismo. Es una suerte de instrumento de la naturaleza para la culminación del desarrollo de la humanidad. Así, el antagonismo se produce por la tensión entre dos tendencias: el individualismo y la convivencia o socialización. El motor de la historia es la pasión de los individuos, que es la fuerza que los mueve a dejar el estado de naturaleza. Existe, por consiguiente, un plan de la naturaleza dirigido por la Providencia para generar una organización que regule y ordene la tensión o antagonismo entre individuo y sociedad y establecer la libertad. Kant concibe al hombre como una persona ética cuya esencia es la libertad (Corcuera 2000: 23-28).

Es necesario mencionar también a Johann Gottlieb Fichte, filósofo alumno de Kant y autor de Características de la época actual, obra publicada en Berlín en 1806. Fichte fue representante del idealismo alemán puesto que discute las nociones de su maestro en lo referido a la división del mundo en partes objetivas y subjetivas. Su principal aporte para la historiografía fue señalar que la tarea del historiador no es conservar el pasado sino entender su época, además de que cada periodo histórico tiene un carácter peculiar que lo hace distinto a los otros y ese carácter obedece a la existencia de una idea única que lo impregna. En consecuencia, los periodos sucesivos y sus respectivas ideas rectoras llevan de una época a otra siguiendo una secuencia lógica y dialéctica. En general, de los planteamientos de Fichte se desprenden dos cuestiones importantes: la idea de que la historia culmine en el presente lleva a cada generación a entender que su tiempo es el único válido; y cada periodo histórico posee cierta unidad (Corcuera 2000: 28- 30). Hay que notar que las ideas de Fichte acerca del desarrollo histórico están profundamente marcadas por ideas concretas acerca de un orden social y jurídico, entendidos dentro de un proceso dinámico como es la dialéctica. Se trata de un nuevo esfuerzo por entender las difíciles relaciones de los hombres con el cuerpo social del que forman parte. El primero aparece subjetivado —individuo— y el segundo objetivado —orden jurídico, normas—.

A estas alturas debemos dejar sentado que es difícil encontrar un verdadero consenso en lo que se refiere a la caracterización de los historiadores del siglo XIX como románticos, pertenecientes a la escuela metódica, historicistas o positivistas, puesto que en todo caso los rasgos de estas tendencias fueron asumidos de manera indistinta y en mayor o menor grado por los mismos autores. De esta manera, se considerará a Jules Michelet, Augustin Thierry o Alfonse de Lamartine historia- dores románticos, pues sus obras mostraban su interés y esfuerzo encaminados a hacer tangibles a sus lectores las emociones del pasado. Si por ese solo rasgo se les cuenta entre los románticos, ello resulta discutible y hace incompletos el estudio y la repercusión de sus obras. Lo cierto es que en el XIX todos los his- toriadores perseguían similares propósitos en lo concerniente a dar cuenta viva o real del pasado y son otras orientaciones y matices teórico-metodológicos las que nos acercan a las diferencias entre ellos. No hay duda, sin embargo, que la tónica general es el propósito de alcanzar para la Historia un estatuto de ciencia a la luz del modelo de racionalidad establecido en el siglo XVIII en Occidente.

5.5. conclusiones

En la historia del pensamiento de Occidente, el siglo XVIII se constituye en la época del establecimiento definitivo de lo que se ha venido en llamar el paradig- ma de la modernidad, caracterizado por la confianza en la razón, la validez de la noción de que existe una realidad que debe ser aprehendida de manera racional y el establecimiento de la idea de un progreso de la humanidad y de su historia despojado de su anterior carácter providencialista. Por consiguiente, la valoración de la idea de libertad alcanza sus cotas más elevadas hasta entonces.

Interesa la historia en tanto permite observar el curso progresivo de la hu- manidad hacia el triunfo de la razón y la erudición se renueva en tanto facilita el establecimiento de verdades racionalmente comprobadas. Se puede hablar entonces del cultivo de una historia filosófica de base erudita. La filosofía de la historia de Kant mira hacia el futuro del devenir humano entendido a la vez como un proceso único.

En el último tercio del siglo XVIII se observan las primeras reacciones contra el iluminismo histórico, lo que genera matices, que sin romper con el paradigma vigente darán lugar entonces, y durante la centuria siguiente, a la historiografía que estuvo marcada por la corriente de pensamiento denominada Romanticismo; aunque no debe olvidarse que hubo algún esfuerzo por conciliar a la teoría romántica con el pensamiento histórico entonces vigente.

eL sIgLo XIX y La construccIón de La hIstorIa cIentífIca

«Desde el principio, el historiador forjó amarras con el grupo y su memoria pero en el siglo XIX ya era un modelador,

un afinador, un restaurador de la memoria. Pronto descubrió que podía practicar una anamnesis más profunda de lo que jamás podría hacerlo una colectividad.

Todo el pasado se convirtió en un objeto accesible a sus métodos de investigación».

Rossana Cassigoli

Establecido el paradigma de la modernidad y la preeminencia de su lógica, el fortalecimiento de una cientificidad concebida sobre tales principios alcanzó a la historiografía occidental. Los historiadores definieron con precisión su objeto y métodos de estudio y apuntaron al desarrollo de una función de la historia nuevamente orientada a la política, básicamente al sustento de los emergentes estados-nación.

6.1. Los antecedentes: reacciones contra el Iluminismo e influencia

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