1.1 ¿Qué es la historiografía?
2.1. La historiografía griega
2.1.1. Los grandes maestros: heródoto, tucídides y jenofonte
Como es de común conocimiento, Heródoto es considerado «el padre de la disciplina histórica», aunque los ajustes metodológicos aportados por Tucídides merecerían similar crédito.
Lo cierto es que la obra de Heródoto, cuya vida había transcurrido durante la hegemonía ateniense, entre las Guerras Médicas y la del Peloponeso, resulta un verdadero hito que marca la línea divisoria entre la simple tradición oral para explicar el pasado y la realidad presente del esfuerzo por lograr lo mismo a partir de testimonios.
Aparentemente, el libro de Heródoto habríase llamado Indagaciones o, en todo caso, Historia, pese a que a partir de sus editores alejandrinos y hasta ahora se conoce como Los nueve libros de la Historia5. La versión dejada por los eruditos
de Alejandría aparece dividida en nueve libros, titulado cada uno de ellos con el nombre de una musa, pero puede decirse que si nos atenemos a su contenido la obra está estructurada en tres partes:
• Origen y crecimiento del Imperio persa y reinados de Ciro, Cambises y Darío. En esta parte Heródoto plantea la tesis de que el desarrollo político de los persas era una amenaza para los griegos;
• Desarrollo de los acontecimientos intermedios y la hostilidad entre griegos y persas; e,
• Invasión y ataque de Jerjes y triunfos griegos en Salamina, Platea y Micala. Como se desprende de la temática enunciada esta parte es, en realidad, la historia de las Guerras Médicas.
Sin embargo, otra forma de dividir el contenido de la obra de Heródoto y que reflejaría una estructura simétrica —que al parecer no fue pensada de antemano sino que se configuró en el proceso mismo de confección de la obra— considera también las ya mencionadas tres partes, pero añadiendo a cada una de ellas otras tres subdivisiones a saber: en la primera parte, los reinados de Ciro y Cambises y la subida al trono de Darío, siendo el tema central Ciro; se ocupa principalmente de Asia y Egipto, aunque el asunto medular es Egipto; y, muestra los triunfos y el incremento del poder de Persia, siendo el tópico de interés principal la revuelta dinástica que puso a Darío en el trono. En la segunda parte considera el reinado de Jerjes siendo Scitia el asunto al que se presta mayor atención; se ocupa, en general, de Europa pero concede importancia a la rebelión jónica; y, describe el fracaso persa en Scitia y en Maratón, así como el fiasco griego en Jonia. En este caso, Maratón es el centro del relato. Y, finalmente, la tercera parte comprende el reinado de Darío, pero el tema principal es la invasión de Jerjes hasta su victoria en las Termópilas; se dedica a la Hélade, relata hasta el cambio de fortuna persa en Salamina; y, relata la derrota de Persia a manos de Grecia y los triunfos finales
en Platea y Micala se tornan en el meollo de esta última sección (Shotwell 1982: 199 y 201 citando a Macan y Bury).
Heródoto fue resumiendo toda clase de cuentos, datos y versiones a través de sus propios viajes. Todo lo cual le permite establecer comparaciones y buscar las causas profundas de los hechos, aunque se deja ver en su relato la influencia de las leyendas antiguas. Si no es capaz de confirmar o negar la verdad de lo que dice, muestra abiertamente sus fuentes, introduciéndolas dentro de la narración. En su visión se puede descubrir el peso que tiene todavía el pensamiento cíclico, es decir, una concepción de caos y cosmos. El primero supone el orden y justicia griegos, mientras que el segundo resulta equivalente a la injusticia y el desorden representado por los persas y su hegemonía. En tales circunstancias, la guerra puede entenderse como un hecho inevitable, destinado a restaurar el orden, lo que no quita que al estudiar la situación el autor busque permanentemente hallar las causas y razones humanas de los acontecimientos. Por eso puede decirse que aunque apela a criterios racionales de explicación, también acude a las nociones tradicionales —mitos, leyendas y acciones divinas— cuando tiene que referirse al illo tempore, época para la cual, evidentemente, no cuenta con testigos ni in- formaciones directas.
Los méritos de Heródoto para ser llamado el padre de la disciplina histórica son múltiples. Podemos considerar su manejo del tiempo, que le permite la ordenación de los hechos pero, en particular, su actitud investigadora para esta- blecer los acontecimientos que serán no solo objeto de su narración sino de su evaluación, lo que determina que frente a algunos datos o versiones Heródoto se muestre irónico o escéptico. Podría decirse que esa actitud investigadora parte de una curiosidad que no se satisface con el relato de los hechos ordenado cro- nológicamente y que más bien lo lleva a una constante búsqueda de una verdad sustentada en las causas y a una explicación acerca de los acontecimientos que son materia de su relato. De tal forma que se pregunta por las raíces de los hechos para dilucidar los fenómenos y los procesos, mostrando capacidad para evaluar su información y considerar o desechar ciertos datos.
Ahora exige la historia que digamos quien fue aquel Ciro que arruinó el imperio de Creso; y también de qué manera los persas vinieron a hacerse dueños del Asia. Sobre este punto voy a referir las cosas, no siguiendo a los persas, que quieren hacer alarde de las hazañas de su héroe, sino a aquellos que las cuentan como real y verdaderamente pasaron; porque sé muy bien que la historia de Ciro suele referirse de tres maneras más (Heródoto 1981, Libro I, cap. XCVIII: 28).
Se desprende entonces que estamos frente a un método en el que destacan la selección de temas, el uso de testimonios obtenidos gracias a la inquisición
hecha a los testigos de los acontecimientos, pero también fruto de las observa- ciones directas realizadas por el propio historiador nacido en Halicarnaso. Con acuciosidad sopesa su información aplicando la razón, es decir, desarrollando una actitud crítica y por eso los mitos y leyendas le sirven más para la narración que para la interpretación. Muestra desconfianza frente a la tradición oral —la memoria— para conservar el recuerdo de los hechos importantes e interesantes y por eso acude a la escritura.
La publicación que Herodoto de Halicarnaso va a presentar de su historia, se dirige principalmente a que no llegue a desvanecerse con el tiempo la memoria de los hechos públicos de los hombres, ni menos a oscurecer las grandes y mara- villosas hazañas, así de los griegos como de los bárbaros. Con este objeto refiere una infinidad de sucesos varios e interesantes, y expone con esmero las causas y motivos de las guerras que se hicieron mutuamente los unos y los otros (Heródoto 1981, Libro I, cap. VII: 1).
Hay que considerar además la importancia de su aporte en lo que se refiere a sincronizar en lo posible los distintos imperios y espacios culturales con sus correspondientes secuencias temporales y situarlos en un horizonte histórico- temporal común, para tratar de descubrir los contextos que condujeron al gran conflicto entre los griegos y los persas (Koselleck 2001: 55-56 y 123).
Heródoto justifica el movimiento o mudanzas de la historia como una lucha entre contrarios, desatada en el caso específico del tema central de su obra, por mutuos y recíprocos agravios. A partir de su tema central refiere toda suerte de informaciones que resultan una visión amplia y detallada sobre los pueblos de la antigüedad conocida por el padre de la Historia.
Su estilo ha sido caracterizado como una suerte de «prosa épica» que influye en su narrativa, puesto que en la época no era todavía posible desprenderse de la influencia de los poemas homéricos. Asimismo se ha destacado «la composición circular» de su relato, dado que al final de una sección regresa al tema anunciado al principio de la misma. También tiene en ocasiones un cierto tono dramático y son frecuentes las digresiones que lo alejan del tema tratado, en parte debido a su interés de entrar en detalles, así como a su afán de entretener, en la medida de que se dirige a grandes audiencias, aunque no se preocupa por excitar las emociones de la gente (Waters 1996: 12, 20 y 71).
Este «carácter épico» quedaría expresado —según O’Gorman— en primer lugar en el afán de divertir, introduciendo por eso noticias que ahora son tenidas como digresiones, pero que entonces tenían el propósito de evitar el aburrimien- to de los destinatarios de su obra. El mismo especialista indica que otro rasgo épico de la obra de Heródoto se halla en el recurso literario de poner palabras:
conversaciones, a veces largas, y discursos en boca de sus personajes, según la tradición homérica (O’Gorman 1981: XIII).
Basándonos en los trabajos varios autores podemos intentar la siguiente caracterización del estilo herodotiano:
• Simple y natural que linda a veces con la ingenuidad;
• Ausencia conspicua de lenguaje en exceso colorido y emotivo; • Empleo ocasional de discursos;
• Variedad en el modo de presentación; • Dramatización de las historias;
• Utilización de declaraciones irónicas o sugestiones de incredulidad, así como el desarrollo de ciertos fragmentos que relatan hechos cómicos; y, • Empleo de digresiones que en general otorgan vivacidad a su narración
pero que también la cortan con demasiada frecuencia.
En cuanto al contenido de la obra que nos dejó Heródoto habría mucho más que decir, pero bastará añadir que el punto de partida de la narración esencial se sitúa en el reino de Creso de Lidia, tal vez en 560 a. C., aproximadamente, y que el relato concluye con la toma de Sesto en los Dardanelos hacia fines del 479. La diversidad de temas y el alcance casi enciclopédico caracterizan esta obra, que comprende más de setenta años cubriendo la historia del mundo del este del Mediterráneo como antecedente del tema principal. Su importancia también estriba en el hecho de que se trató de la primera y más completa información acerca de uno de los más grandes imperios del mundo antiguo.
Las primeras apreciaciones acerca de la obra de Heródoto no resultaron siempre favorables, pues, por ejemplo, Tucídides fue uno de sus más severos crí- ticos al considerar que su intento había sido demasiado ambicioso, de otro lado, aparentemente sin demasiado fundamento, se atribuye a Plutarco un opúsculo denominado Malignitate Herodoti, documento en el que se acusa a Herodóto de antipatriota y filobárbaro, puesto que su versión de las guerras no era exclu- sivamente helénica sino también persa (Shotwell 1982: 207 y Waters 1996: 13).
La crítica historiográfica actual le atribuye, por el contrario, numerosos méri- tos, en particular porque presta atención a los paisajes, a la gente, sus costumbres y creencias, lo mismo que a la relación entre el hombre y la naturaleza, organización política, militar, etcétera. «Entrecruzando el epos, los mitos, leyendas y sabiduría popular de los distintos pueblos que observa, así como las distintas complejidades culturales y las interpretaciones de sus informantes claves, que registra, conforma
un banco de datos tan estimable, que tras casi veinticinco siglos de distancia, el leerlo despierta actualidad» (González Coll 2000: 147 y ss.).
Heródoto maneja dos registros: la memoria —a través de su propia experiencia y los testimonios orales— y los textos, vale decir, la escritura. Tucídides, si bien privilegia a esta última, también acude a su propia experiencia, pero ya no direc- tamente a los testimonios orales. Ambos autores se referirán al pasado inmediato. Tucídides representa a la historiografía ática (siglos V y IV a. C.). Empezó a escribir La guerra del Peloponeso en el 431 a. C., cuando esta recién se iniciaba y, como se puede ver, la obra giró en torno a un hecho contemporáneo en el que su autor participó directamente. La segunda parte la escribió en el destierro, por lo que da la impresión de ser menos subjetiva, en tanto da a conocer las versiones del bando rival, es decir, de los espartanos.
Para el propio Tucídides lo contemporáneo de su relato lo hacía más veraz, pero puso de manifiesto que la determinación de los hechos no es lo mismo que aquello que se dice y transmite acerca de ellos. La aplicación de criterios racionales en la confección de la obra se deja ver en el hecho de que su autor se preocupó por establecer una cronología precisa de los acontecimientos, en particular, del inicio de la guerra. Para ello empleó distintos referentes adecuados, todos ellos al enten- dimiento griego de entonces: el arconte anual de Atenas, el año de la sacerdotisa de Hera en Argos y el éforo en Esparta (Waters 1996: 142). Consideró que el tema de su obra era un hecho de extrema importancia, el más significativo en la historia, y así lo quiso demostrar desde el inicio hasta el fin de su relato: «El ateniense Tucídides escribió la guerra que tuvieron entre sí los peloponenses y atenienses, comenzando desde el principio de ella, por creer que fuese la mayor y más digna de ser escrita»6.
Su trabajo comprende ocho libros que en función de su temática constituyen tres partes. En efecto, a lo largo del Libro Primero se trata sobre los orígenes de la guerra y es destacable el hecho de que le concede gran importancia a la historia del crecimiento del poderío ateniense. Culmina esta sección apelando a un recurso retórico importante: el discurso de Pericles anunciando la contienda, con el que generará un ambiente de tensión y expectación que le servirá para abrir el camino a la segunda parte, que abarca desde el Libro Segundo hasta parte del Libro Quin- to, ocupándose de la contienda durante sus primeros diez años, es decir, hasta la negociación de la paz de Nicea. La Tercera Parte comprenderá del Libro Quinto hasta el final del Libro Octavo, tratándose asuntos como la concreción de la Paz de Nicea y los acontecimientos posteriores. Destaca en esta sección el tratamiento de la infausta expedición a Sicilia, siendo otro asunto importante la revolución
ateniense del año 411. Tucídides supera las versiones mítico-sobrenaturales. En cuanto su narración persigue:
• Ceñirse a la verdad y dice que no da crédito a los poetas, cuyo primer objetivo es la expresión estética;
• Aplicar el sentido crítico al interpretar sus fuentes, dado que su narración acude constantemente a los discursos que en boca de los personajes le sirven para relacionar hechos y mostrar intenciones; y,
• Superar los relatos de héroes, de poetas y cronistas que escriben «para agradar al oído» para dar paso a un estudio de la política de la Guerra del Peloponeso, a la que parece dedicar más cuidado que a los detalles de la lucha, por ejemplo (Shotwell 1982: 222 y ss.).
Más aquellos que quisieren saber la verdad de las cosas pasadas y por ellas juzgar y saber otras tales y semejantes que podrán suceder en adelante, hallarán útil y provechosa mi historia; porque mi intención no es componer farsa o comedia que dé placer por un rato, sino una historia provechosa que dure para siempre (Tucídides 1975, Libro I: cap. 1).
Sin embargo, en términos de la que podría llamarse su filosofía de la his- toria encontramos varias ideas interesantes, como su consideración de que el gran motor de la historia es la naturaleza humana; que la historia constituye el comienzo eterno de un mismo modelo de cambio —que es la guerra— y que los acontecimientos son producto de una racionalidad que el historiador debe volver inteligible. A estas nociones agregaremos la que se refiere a la función que asigna tanto a la moral individual como política.
Tucídides, como todos los historiadores de la Antigüedad, considera que la historia en su escritura está estrechamente ligada a la retórica, por lo que concede especial importancia a los discursos. Es interesante la anotación de Shotwell al respecto:
[…] así como la ciencia ha determinado la visión del historiador moderno, la poesía determinó la visión de Tucídides. El habría rechazado esto con toda energía, pero la cosa está clara. El ideal épico —dramático, tal vez— de un gran relato de grandes hechos se abrió también camino en su ideal de historia, a pesar de todas sus pretensiones “científicas”(Shotwell 1982: 222 y Le Goff 1991: 77-78)
A diferencia de Heródoto, de quien se afirma leyó alguna parte de su trabajo en público, se dirige a una audiencia más selecta, a una clase intelectual que lo lleva a excluir todo cuento o relato semejante pero, junto con él, estableció el arte y la ciencia de la historia.
Tucídides radicará el impulso de dominio en la naturaleza del hombre, de suerte que el conflicto de contrarios resultará inevitable. De este modo establecerá la necesidad de la historia, aunque no su predeterminación, porque la victoria no depende de ninguna fuerza trascendente, sino de la habilidad y recursos de los contendientes (O’Gorman 1981: XXII).
Con bastante claridad se advierte que el escenario de su historia es el territorio griego y que los actores junto con sus motivaciones y propósitos son humanos. El destino estará marcado por las acciones de los hombres. Su historia es una obra meditada y cargada de pragmatismo, considerando que su utilidad estará en haber mostrado las causas de los hechos, por lo que contempla que su obra no debería ser perecedera.
Este historiador concebía el tiempo pretérito como una unidad diacrónica en la que se encontraban entrelazados distintos factores. Sobre la base de su propia experiencia procuró una reconstrucción hipotético-argumentativa y así, por ejemplo, el periodo transcurrido entre la guerra contra los persas y la del Peloponeso es interpretado por la oposición entre las constituciones de las polis, así como por las diferentes percepciones de los ciudadanos por el equilibrio entre la política interior y la política exterior de las ciudades-Estado para sacar a la luz el verdadero motivo de la guerra, gracias a una teleología inmanente: la acumulación de poder imperial por parte de los atenienses a la que correspondió un miedo creciente de los espartanos.
Si bien concibe a los acontecimientos como eventos singulares, ello no es un obstáculo para que haga concatenaciones con ellos buscando causas y describiendo consecuencias. Contempla lo particular y también lo extraño o sorprendente en la medida de que también es capaz de plantearse situaciones permanentes. En este caso lo sorprendente revelaría de alguna manera un desorden humano. Su tratamiento de la historia política expresa una tendencia: considerar como causas los motivos personales, lo que no lo aleja del pensamiento antiguo de contemplar factores desconocidos comprendidos en la llamada fortuna (Sánchez 1993: 37-38 y Koselleck 2001: 60 y ss.).
Su historia es política y militar, una reflexión ética sobre el afán de poder y la fragilidad de la paz. Postula hipótesis cuando deja lo contemporáneo, así lo hace, por ejemplo, en el Libro I cuando resume la historia griega antes de la guerra. Escribe sobre un pasado mucho más cercano que Heródoto, su historia presenta inteligibilidad a través de un relato bien estructurado, relativamente unitario con una clara secuencia causal. Ante la necesidad de llevar un cómputo del tiempo y a falta de una cronología precisa Tucídides toma como referente el curso de las estaciones.
En cuanto al estilo, hace gala de gran habilidad para manejar la composición, destacando el empleo de discursos que pone en boca de los grandes personajes, pero también de grupos; como una suerte de coros que nos permiten recordar a las tragedias griegas. A través de esas oraciones Tucídides expone motivaciones,