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historiografía occidental de la baja edad media

2 2 La historiografía romana

3.4. historiografía occidental de la baja edad media

En la Baja Edad Media —a partir del siglo XII—, teniendo como contexto his- tórico el cese de las invasiones a Europa, el desarrollo del comercio y las ciudades, el surgimiento de las universidades, la mayor estabilidad de las instituciones y sobre todo el movimiento cristiano de las Cruzadas, podemos observar que se produce en Europa Occidental una apertura cultural que se robustece por un mayor contacto con el mundo árabe y con Bizancio. A través de este último se accede a la tradición griega, pero es de notar que, por lo general, las crónicas se escriben tanto en latín como en lenguas romances. Es interesante indicar, además, que surgen también las autobiografías y las llamadas crónicas urbanas18. El esta-

blecimiento de fronteras con los germanos y árabes origina un ambiente diferente en la Baja Edad Media, caracterizado por un conjunto de cambios significativos en Europa Occidental, dentro de los cuales destaca el desarrollo cultural, ya que aparentemente el movimiento de las Cruzadas había significado la expansión y contactos culturales muy ricos, de tal modo que la historiografía se revitalizará configurándose con las siguientes características: humanismo, severidad en el juicio y sentido crítico.

La historiografía alcanza un mayor desarrollo, que suele atribuirse al incre- mento del interés por lo temporal, y, al mismo tiempo, se torna más crítica, en la medida que acepta menos lo divinal y prodigioso, incluso cuando la creencia en ellos no desaparezca.

Los hombres de la baja Edad Media desplazan su preocupación de lo divino hacia lo humano; si sienten ansia de inmortalidad, es de una inmortalidad terrenal, en la que sus cuerpos y sus almas, sus proporciones y virtudes se libren de caer en el olvido. Esta angustia, esta avidez por obtener la fama, que cristalizó en floreci- miento histórico, y más especialmente biográfico, dio lugar a las crónicas llamadas particulares o domésticas, por oposición a las reales (Iglesia 1986: 96).

En efecto, aunque todavía se da cabida a la acción providencial de Dios, es frecuente que se cuestione todo aquello que parece excesivo o simplemente fantástico. A la temática que ya conocemos se agrega la preocupación por hacer la historia, tanto de los hombres notables cuanto de la vida cotidiana, así como de la política, en particular, tomando como centro el ámbito urbano.

Alrededor de los siglos XIII y XIV se advierte un desplazamiento del poder de lo religioso a lo político y junto con la secularización de la historia es posible observar que los poderes dominantes apelan a ella en su afán de ganar legitimidad.

Todo esto quiere decir que la historiografía deja de ser tan monacal y se torna cada vez más urbana y cortesana y, por lo tanto, el componente político le gana terreno al religioso y esa cierta secularización de la historiografía trae aparejado el empleo de lenguas vernáculas. Sin embargo, al no haberse abandonado la historiografía religiosa se sigue cultivando la hagiografía.

En general, se apela todavía de manera insistente a la cronología y el estudio del pasado se tiende a circunscribir al ámbito local, lo que no quiere decir que se abandone del todo el interés por hacer crónicas o historias universales —desde el origen de la humanidad hasta el tiempo en que se vivía—. Muchos trabajos hacen apología de los nobles y surgen los cargos rentados19. Entre los siglos XI y

XII se intensifica el progreso de la cultura y el conocimiento, pero en principio, este desarrollo no afecta demasiado a la historiografía y solo se produce entre los historiadores una modesta revitalización del interés por algunos textos antiguos que servirán para imitar modelos antiguos. De esta manera, el argumento que figura en la Eneida de Virgilio, por el cual un grupo de nobles es guiada por los dioses para alcanzar un espléndido destino, lo que se constituye en el primer paso para el establecimiento de la descendencia de la nación desde los troyanos, aparejado con una historia plagada de conquistas heroicas, se convierte en el pa- radigma que se puede descubrir en algunos escritos de los siglos XI y XII. Tal es el caso de Historia Regum Britanniae de Geoffrey de Monmouth, quien procuró dar a los celtas el más grande destino. Sin embargo, otros escritores de la época como William de Newburgh, uno de los más grandes historiadores ingleses del siglo XII, denunciaron este tipo de trabajos como una trama de absurdos.

Otto, obispo de Freising en Bavaria20, elaboró su primer trabajo histórico

bajo el nada original título de Crónica, con la pretensión de hacer la historia del mundo hasta 1146. Este trabajo ha sido considerado como un intento medieval para una filosofía cristiana de la historia. Cuando en 1152 su sobrino y amigo Federico Barbarroja fue elegido emperador, Otto escribió Gesta Friederici I

imperatoris. Esta obra resultó ser un penetrante análisis acerca de los problemas

encontrados por los príncipes germanos en el intento de proyectar la urbanización de la sociedad y, contrariamente a lo que se hubiera esperado, el trabajo resultó mesurado, cualidad poco frecuente en las obras de entonces, además de reflejar optimismo al registrar el progreso humano.

19 Ese es el caso que se registra en 1437 cuando Jean Chartier, monje de la abadía de Saint Denis,

hace de historiador oficial recibiendo por ello rentas del Estado durante el reinado de Carlos VII. Véase Sánchez (1993: 72).

20 Nieto de Enrique IV, monarca del Sacro Imperio Romano, Otto recibió la mejor educación

Como en la Antigüedad, las mejores obras medievales sobre acontecimientos contemporáneos fueron escritas por quienes habían tenido una participación en los eventos que narraban, aunque no siempre dichos trabajos fueran altamente apreciados en su época. Una de aquellas obras fue Historia pontificalis de John de Salisbury, que cubrió el periodo entre 1148 y 1152, época en la que estuvo en el servicio papal.

3.5. conclusiones

En el periodo medieval se concibe el devenir histórico sobre la base de la verdad revelada y el proceso de la redención. De la misma manera, Cristo se coloca en el centro de la historia humana y su vida constituye el referente fundamental para la manera cómo se ordenan los acontecimientos.

A diferencia de los antiguos, los historiadores del medioevo, al escribir la historia contemporánea, no se amedrentaron por la cantidad de documentos oficiales a disposición y más bien procuraron conservarlos. Entre los ingleses destacan en la ordenación y preservación de los documentos durante el siglo XII Roger de Hoveden; Matthew Paris en el siglo siguiente o Robert de Avesbury, por mencionar algunos casos.

En general, es posible advertir que el desarrollo de la historiografía medieval estuvo fundamentalmente marcado por intereses religiosos y morales. Entre sus características se cuentan haber dado inicialmente mayor cabida a lo fabuloso y legendario, escasa rigurosidad crítica, descuido del estilo literario, para ir ganando progresivamente tanto en crítica como en erudición.

Al referirnos a la Baja Edad Media hemos mencionado que la crítica se afirma, pero también debería señalarse la tendencia, que se observa durante los siglos XIII y XIV, de realizar compilaciones enciclopédicas, ofreciendo los hechos más importantes a partir de informaciones obtenidas de los archivos de emperado- res, papas u otros gobernantes. La orden dominica, creada al comienzo del siglo XIII, se ocupó mucho en ayudar a divulgar el conocimiento, la inmensa obra de Vincent de Beauvais Speculum historiale, quien escribió bajo el patrocinio del rey Luis IX de Francia, es un buen ejemplo, puesto que fue una compilación basada en el resumen de los trabajos de muchos autores. Otra muestra correspondiente al siglo XIII es la magna obra Crónica General de España, fruto de la iniciativa de Alfonso X. Este monarca español ofreció un notable aporte a la historiografía, pues promovió el trabajo heurístico y en equipo para producir la obra mencionada en lengua castellana.

Si bien durante los siglos XIII y XIV no se hicieron aportes fundamentales a las técnicas y naturaleza de la historiografía, se alcanzó mayor desarrollo en cuanto

a la diversidad de tipos de escritura histórica, ya que memorialistas e historiadores escribirán en lenguas vernaculares. Asimismo, la historiografía se prodigó en de- talles, se multiplicaron las narraciones para las cuales no se escatimaron palabras, dando cabida con mucha frecuencia a informaciones inexactas y mal organizadas, pero transmitiendo los sentimientos, las creencias de los autores, así como la atmósfera de aquel tiempo, destacando la manera cómo se buscó retratar de la manera más viva posible a las personalidades, en particular la vida de los santos21.

21 Véase «The study of History. Europe from the 12th to the 14th century». Disponible en <http://

hIstorIografía moderna

«Si el mundo moderno es solamente el fragmento de una historia más extensa que se hunde en el tiempo, nos obligamos a preguntarnos por aquellos rasgos que lo

distinguen de otros periodos. Hemos encontrado que uno de esos elementos –acaso el más importante- concierne a los usos del tiempo o a la manera como este nuevo mundo estableció sus relaciones con el pasado y el futuro». Guillermo Zermeño

Conservando ciertos modelos de la historiografía clásica, tomados particularmente de Polibio y Tito Livio, se abren nuevas posibilidades a la disciplina histórica y se observan cambios en las obras de los historiadores. Destacan la erudición, nuevos aportes entregados por la filosofía e incluso el surgimiento de la filosofía de la historia. La historiografía moderna, que se desarrolla entre los siglos XIV y XVIII, tuvo que ver con importantes fenómenos culturales y procesos sociales y políticos que ejercieron notable influencia en su desenvolvimiento. Nos referimos al Humanismo, el Renacimiento y el Barroco, lo mismo que al desarrollo de la burguesía, el Iluminismo, etcétera1.

Los fenómenos políticos y sociales más sobresalientes que forman el contexto de esta época —que llamaremos primera modernidad— serán, desde finales del siglo XV y durante la centuria siguiente, el fortalecimiento de las monarquías, el surgimiento del Estado moderno, la expansión ultramarina y, junto a ello, la transformación del ecumene cristiano en el soporte de entidades políticas

1 Si es que se considera válido que la Edad Media, en término de las ideas, comienza con San

de carácter imperial y viceversa. Asimismo, deberemos contar a la conmoción religiosa que produce la reforma protestante y su difusión, así como la consiguiente respuesta de la Iglesia católica, que significó su propia reforma, una de cuyas manifestaciones será el Concilio de Trento.

En este punto caben dos digresiones y la primera de ellas será anotar que el adjetivo «moderno» se puso de moda a fines del XVI para referirse al tiempo presente o reciente, por oposición al pasado remoto. Pronto significó también nuevo, no anticuado ni obsoleto y, en particular en el siglo XVIII, equivalió a mejor. De esta forma, vinculado a la idea de progreso, el periodo moderno se empleará como parámetro para evaluar el pasado (Appleby, Hunt y Jacob 1998: 48-50). La segunda es que parece pertinente considerar que si bien ha primado en el mundo occidental una idea de modernidad que se ha relacionado a dos movi- mientos culturales considerados fundamentales: el Renacimiento y la Ilustración, ello tiene que ver con una concepción de la historia interesada en lo masculino, ya que desde la perspectiva de una historia femenina deberían tomarse en cuenta a los movimientos de Reforma y Contrarreforma, pues desde entonces se mul- tiplicarán los conventos que permitirán el acceso de las mujeres a la educación (Pérotin-Dumon 2007, primera parte: 14). En ambos casos estaríamos entonces adoptando una perspectiva unilateral y por ello deberemos contemplar a todos los procesos mencionados como fundamentales para hablar de una historia en general y de una historia de la época moderna en particular, que abrace así tanto a hombres como a mujeres.

Volviendo a lo que estábamos tratando, debemos indicar que las ideas de los principales historiadores del siglo XVI no se reducen a una historia paradigmática, sino que la teoría de la historia ejemplar e ideal va más allá. Cierta cantidad de historiadores franceses en la segunda mitad del XVI expresaron una visión de la historia concebida como integral acabada y perfecta. Tales los casos de Bodino, Ni- colás Vigner, autor en 1579 de una Síntesis de la historia de los franceses, entre otros.

Parece correcto considerar que los autores de los siglos XVI y XVII tuvieron en común las siguientes ideas: la historia no es pura narración, es decir, una obra literaria dado que tiene que indagar por las causas; el objeto de la historia son la civilización y las civilizaciones, hay que buscar la historia en todas partes, en las canciones, las danzas, los símbolos; y, la historia tiene que ser universal en el sentido cabal del término. Es interesante mencionar una singular propuesta his- toriográfica para la época, nos referimos a lo sostenido por Françoise Baudouin, jurista humanista del siglo XVI, cuando sugirió que los historiadores deberían estudiar el desarrollo de las leyes e instituciones, en lugar de investigar acerca de ejércitos, descripción de campos de batalla, relatos de guerras y recuento de muertos (Le Goff 1991: 85-86 y Burke 2000: 27).

En el siglo XVII, destacan en el ámbito del pensamiento la nueva lógica de Bacon y la filosofía de Descartes, las cuales marcan un nuevo racionalismo en Occidente. De esta forma la crítica acompañará a la erudición, pero considerando el fenómeno de globalización que se vivía en aquel entonces, los historiadores intentarán nuevas visiones generales acerca del curso de la historia humana. Adoptarán posturas distanciadas del providencialismo, aunque no plenamente divorciados de la idea de la intervención divina en la historia. Desde diferentes disciplinas se propuso y aceptó una ciencia sistemática que observara e investigara y buscara soluciones a los problemas que comúnmente enfrentaba el hombre y se destaca su relación con la naturaleza. Descartes cuestiona el canon filosófico medieval hasta arribar a su propuesta de una filosofía práctica y, en consecuencia, el carácter utilitario de las ciencias queda señalado.

En palabras de H. White en la historiografía del XVII se puede advertir que tanto la historia eclesiástica como la que el citado autor llama etnográfica están inspiradas por un sentimiento de temor frente a un cisma fatal en la comunidad humana ocasionado por la división religiosa, en el caso de la historia confesional, y separación racial y espacial, en el caso de la historia etnográfica —Las Casas, Oviedo, Herrera, etcétera—. Añade que la historiografía en manos de los eru- ditos de aquel siglo representa el esfuerzo historiográfico de captar un tipo de continuidad que fuera capaz de hacer de esa realidad dividida un todo. El orden cronológico —de secuencia temporal la llama White— parece entenderse entonces como principio de orden. Pero a la vez tratan estos historiadores de levantarse por encima de las disputas religiosas y conflictos raciales (White 1992: 66). Esto último me parece muy discutible y válido solo en el sentido de que la erudición parece haber sido más bien utilizada para dar término a las discusiones, inclinando la balanza a favor de uno de los bandos a través de «una verdad» sustentada en la erudición; aunque es cierto que desarrollaron un alto sentido crítico de las fuentes.

De todas formas, el centro de gravedad del historiador se irá desplazando hacia la investigación, tarea que se institucionaliza a partir del siglo XVII. Este cambio provocará que progresivamente todo estudio se vaya colocando bajo los auspicios de la razón y que en una constante búsqueda de la verdad se cuestione hasta la propia tradición. Otra característica de la transformación del discurso histórico basado en la investigación es que su único objetivo no será llegar a un relato de acontecimientos, sino que se procurará también una evaluación crítica de los documentos y monumentos, es decir, en las fuentes de la investigación histórica (Lozano 1994: 42).

Hay que considerar, en cuanto a la manera de escribir la historia, que en este largo periodo se advierte el apego inicial al estilo de los historiadores antiguos y luego una suerte de bifurcación entre quienes se ceñirán a los requerimientos de

las preceptivas retóricas en tanto se considera a la escritura de la historia como un arte o los que buscan distanciarse de tales regulaciones a favor de relatos cada vez más apegados a la «verdad» y, en todo caso, a lo verosímil. En este segundo conjunto debemos ubicar a los eruditos que compusieron obras monumentales de recopilación.

La preceptiva retórica aplicada a la historia tuvo su auge en la década de 1550 y se esgrimirán puntos de vista cercanos a la filosofía, discusiones sobre la verdad histórica y cuestiones relacionadas con el estilo. En la década siguiente, junto a la corriente filosófico-retórica, aparece otra que significa más bien una reflexión acerca de la historia y sus métodos considerando sus criterios de verdad, la manera de interpretar los acontecimientos, las relaciones de la historia con la política, etcétera, como en los casos de Melchor Cano, Giacomo Aconcio o Jean Bodin2.

4.1. La historiografía renacentista: Lorenzo valla,

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