El 15 de noviembre se movió el Ejército constitucional, de Santa Ana a Garrapatas, llano que había sido reconocido previamente por los Generales Vélez, Cuervo, Córdoba y Casablanca. En ese día, y en los inmediatamente sucesivos, se arregló el plan de colocación de los ejércitos en estos términos: las fuerzas de Antioquia, en el llano de Garrapatas, en donde están las casas de Zúñiga; la 1ª División “Tolima”, a la izquierda y la 2ª División “Tolima” a la derecha, en la ribera oriental hasta Lumbí. Se tomó como centro y llave estratégicos una colina abrupta en su frente occidental, la cual se extiende de Este a Oeste, hay un gran recibo, y desde éste hasta la casa de Zúniga (que llamaremos casa de vanguardia), se construyó una trinchera recta de unos 450 metros de largo. En la colina mencionada, que llamaremos Ametralladora, se colocó la artillería (una ametralladora y un cañón de a 4) y se construyó una trinchera. Colocados en el ceibo, tendremos: la casa de vanguardia Sur 85. Oeste; el extremo Oeste de la ametralladora Sur 80. Este; distancia de la colina al ceibo, 27 metros: en este término de la colina se colocó la artillería. También se abrió, antes del 20, una chamba de 255 metros de largo, la cual partía de la vanguardia, en zig-zag hacia el Noroeste, terminaba a 100 metros del río Guamo, el cual corre sensiblemente de Norte a Sur.
El valle de Garrapatas era en lo antiguo un extenso lago elíptico, cuyas aguas rompieron por el Sur (extremo del diámetro mayor) la barrera de rocas primitivas que las detenían y dejaron libres las tierras de que nos ocupamos por ahora.
El valle tiene la forma elíptica que tenía el lago: su diámetro mayor se extiende desde el estrecho del Lumbí al Norte, hasta cerca al río Sabandija, al Sur. El Sabandija corre de Oeste a Este y desagua en el Magdalena.
El diámetro mayor de la elipse está representado por el río Guamo que atraviesa el valle el línea sensiblemente recta.
El lado Oeste del río tiene la forma de una ladera o pendiente más o menos suave en toda su extensión, y está terminada por una curva bastante regular que pasa unos 200 metros de Santa Ana. Este lado está cubierto, casi en su totalidad, de bosques y rastrojos; en él está situada la hacienda de San Felipe.
Al lado Este está trazada por una curva que forman los restos de la pared o roca que cercaban el lago por allí.
Como el rompimiento del lago se efectuó un poco al Este de extremo Sur del diámetro (y así hacia el Este), resultó forzosamente que las rocas de este lado quedaron maltratadas, desnudas, despedazadas, de suerte que presentan mil formas fantásticas y, su puede decirse así, inverosímiles. De este modo el agua que, al descender suavemente por el lado Oeste, formó una ladera apacible, pasó en corriente diluvial, recostada a las peñas del Este, las lamió hasta los huesos y dejó sus esqueletos en pie sobre un gran fondo horizontal de sedimentos; a este fondo llamamos, con alguna extensión, “Llano de Garrapatas”.
El diámetro menor de la elipse, próximamente, por “morro Vigía” a unos novecientos cincuenta (950) metros al Sur 12. Este del ceibo: al Norte de este morro y como a 500 metros del caserío de Garrapatas.
El extremo del valle (que a la verdad tienen varios nombres parciales) está cubierto de paja amarga; pero hay en él multitud de bellos y umbrosos bosquecillos (llamados matas), los cuales, en la paz refrescan y alegran el ardiente y mudo valle, y lo hacen en la guerra, a propósito para ataques de guerrilla y emboscadas.
Prescindamos de la semi-elipse meridional y ocupémonos de la del Norte, que fue el teatro de la sangrienta jornada que tratamos de describir; y si hemos mencionado la del Sur, que sea únicamente para decir que el enemigo (que habría permanecido algunos días como a 5 kilómetros de nuestra línea) se colocó el 19 al pie del “morro Vigía” al Sur, y se extendió de Este a Oeste en esa parte del valle.
En la noche del 19 nadie durmió. El enemigo estaba a nuestras puertas.
En vista de esto, nuestro general en Jefe cubrió el centro con la División Vanguardia (en la trinchera antes mencionada) y puso a su derecha la División Giraldo (general Duque), y la 2ª División del “Tolima” (general Del Río) y, a su izquierda, la 1ª División “Tolima” a órdenes del general Casablanca. Las Divisiones Antioqueñas “Andes” y “Norte”, quedaron a retaguardia: una parte de la División Giraldo fue situada en la “Cerca de piedra” a unos 750 metros al Sur de la casa de Vanguardia.
El aire que se respiraba llevaba a los corazones y a las almas no sé qué cosa indefinible.
Reinaba en el campamento ese algo misterioso que precede a los grandes hechos y que es, en el mundo, precursor anónimo de grandes soluciones.
El general Vélez meditaba, bajo la presión de una atmósfera inmaterial; los jefes de cuerpo recorrían las filas; los soldados requería sus armas; las cornetas alzaban de media en media hora el toque de atención; los centinelas abrían los oídos y clavaban la mirada en las sombras...
Todos se mantuvieron mecidos por esos mares vertiginosos de fuego y de tinieblas que coronan y rodean los volcanes del espíritu.
Todos sintieron que un gran desconocido se acercaba. Quién venía?
Todos lo ignoraban. Era el secreto de Dios.
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A las siete de la mañana del día 20, vio el Ejército constitucional que, por las faldas de San Felipe, y a paso redoblado, subía un cuerpo enemigo de cerca 2.000 hombres, los cuales, cruzando el río y marchando al Noroeste, iban indudablemente a tomar posición en el camino de Santa Ana.
El general Vélez dispuso entonces ir a su encuentro y ordenó que una parte de la División Giraldo y otra de la 2ª del “Tolima” (a las cuales acompañó el doctor Cuervo) ocuparan las alturas inmediatas a las que el enemigo pretendía ocupar.
El general Duque, pasado el río, dejó el camino y se dirigió al Sudoeste por el morro “Marinilla”, al Oeste de la cerca de piedra. El general Del Río tomó el camino real de Santa Ana.
El general Vélez había dispuesto desde el 12 que el general Casablanca provocara al enemigo al Sudoeste de la Ametralladora, y que se retirara a emboscarse al pie de ella. La misma orden (de provocar llegado el caso de retirarse), se había dado a las fuerzas estacionadas en la “Cerca de piedra”, porque había gran probabilidad de que la batalla tuviera lugar entre los lados del ángulo que forman la casa de vanguardia, la Ametralladora y el Caserío. Llegado ese caso, el enemigo atraído y arrastrado al corazón de nuestro campo fuerte, sería aniquilado por los fuegos que se le dirigían por los flancos, por vanguardia y por retaguardia.
El general Vélez, en vista del movimiento por San Felipe, repitió la orden dada al general Casablanca (de provocar y retirarse), porque además del objeto propuesto, quería conocer si el ataque por San Felipe era real o simulado.
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En este punto se multiplicaron, se entrelazaron y aún se confundieron los acontecimientos de modo tal, que imposible describirlos en orden natural riguroso.
Las fuerzas oligarcas amenazaban por el Sudoeste, las de la falda de San Felipe se partieron en líneas divergentes, unas que subía al Noroeste y otra que se dirigía a la “Cerca de piedra” o al paso del Guamo.
El plan de ataque de los enemigos quedó denunciado a nuestra vista: nos atacaban por el Sur, por el Oeste y por el Norte: uno de los nuestros que se había pasado al enemigo le había dado noticia de que nuestra trinchera no pasaba de la casa de Vanguardia, al Oeste (esto era cierto el día de esa confesión); pero, como hemos dicho, el 19 estaba abierta una trinchera de algunos metros al Noroeste.
El enemigo dispuso un triple ataque dirigido contra nuestra trinchera y la colina, por esos movimientos al Suroeste y la bifurcación de fuerzas en San Felipe.
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Ya la 2ª División del “Tolima” (Casabianca) y la División Giraldo (Duque) habían recibido orden de retirarse para cumplir el plan resuelto; ya se había comunicado la misma orden a las fuerzas situadas en la “Cerca de piedra” y al lado Oeste del río; ya los dos primeros comenzaban a replegarse, bajo un fuego no respondido y poco fuerte; y ya algunos batallones enemigos se habían emboscado en las matas del bosque al Sur y al Este del morro Vigía, cuando a las 10 y 20 minutos de la mañana el general Casabianca atacó a
las fuerzas enemigas (al Sudeste) y en lugar de una provocación empeñó con ellos un verdadero combate. Brillaron allí, con su heroísmo, los soldados del “Tolima”; pero fueron dolorosamente rechazados por una fuerza emboscada, invisible y superior. Sin embargo, el enemigo, al cual impusieron silencio nuestra artillería y los tiradores de la colina, no pensó siquiera en avanzar.
La 1ª División “Tolima” se retiró protegida por el fuego de la ametralladora de la colina que barrió sangrientamente los campos que quedaron a su alcance.
Hubo allí una de las más grandes carnicerías que los campos de batalla han visto. Los tolimenses pelearon como buenos y nuestra artillería y los Batallones “Herrán” y “Medellín”, arrojaron una lluvia , un torrente de balas que cubrió de cadáveres el campo.
Este combate costó a los enemigos más de 250 hombres muertos.
Pero volvamos la vista, porque el tiempo se atropella, hacia la “Cerca de piedra”. Allí estaban, como hemos dicho, desde el día anterior los batallones “Arbeláez” y “Naranjo” y la 3ª compañía del “Jimenez” con una parte de la 1ª División “Tolima”. El enemigo atacó esa posición con las fuerzas ya citadas y con parte de las que estaban en la falda de San Felipe, al Oriente.
No se olvide que todo lo que vamos narrando tenía lugar simultáneamente.
El general Duque, al recibir la orden de retirada, estaba en el cerro “Marinilla”, y al cumplirla la comunicó al Comandante del Batallón Gómez situado al lado Oriente del río, en una cerca de piedra que parece continuación de la ya citada. Dicho general dispuso, además, para proteger la retirada del “Gómez”, que una guerrilla se colocara en el Este del río, de la cerca hacia al Norte.
Tomó el general Duque el camino de su campamento, a continuación, a la derecha de la trinchera de Vanguardia; pero, después de pasar el río, oyó el fragor de la lucha tratada en la “Cerca”. Y aun cuando la orden de retirada estaba dada, y aun cuando este General se retiraba en cumplimiento de ésta, creyó comprometidas las fuerzas mencionadas, abandonó su camino (Al Noroeste) y volvió (al Sur) en auxilio de sus compañeros.
Llegó, en efecto, pasó acelerado hasta la cerca y allí se empeñó una recia y terrible lucha, a favor de la cual se retiraron los tres cuerpos antioqueños y el batallón tolimense citado.
En medio de este combate, vivo y rabioso, en medio de este sangriento choque, que hizo temblar la tierra, el general Duque emprendió, por nueva orden del general Vélez, la retirada interrumpida.
El enemigo venía a paso de carga, pero vaciló un momento y se detuvo suspenso, cuando el general Duque, por medio de su corneta de órdenes, mandó armar la bayoneta a sus soldados. Aprovechó el general
esta coyuntura, sacó provecho de su suspensión, y, con prudente generosidad dio la orden de retirada la voz, de modo que no alarmara a su tropa ni llegara a oídos de sus asaltantes.
Aunque ni en completo orden, la retirada se verificó después de salvar la mayor parte de los heridos. Llegó el general Duque a la trinchera y estaba haciendo que su fuerza se resguardara en ella, cuando las fuerzas enemigas (de la Cerca) desembocaron al frente de la casa de Vanguardia.
Creían los colombianos que nuestra fuerza iba en derrota, y, así, se lanzaron desalados sobre ellos; pero la trinchera de vanguardia los recibió con una tempestad, con una avalancha de plomo. Algunos escaparon huyendo; otros, como el Teniente Coronel Figueredo, cayeron prisioneros dentro de la trinchera que, en su brioso ardimiento, atravesaron.
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La necesidad de escribir un hecho en pos de otro no nos ha permitido hacer mención del ataque que, simultáneamente con el anterior, hacían sobre la casa de vanguardia las fuerzas que bajaban por el camino de Santa Ana. Mucha sangre había corrido, pero la tierra estaba al parecer sedienta; los ejércitos habían abierto cauce a su rabiosa saña; pero parece que, ya que no satisfechos, quisieron quedar cansados.
Por eso se inició en el paso del Guamo una cadena de herrores.
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Las fuerzas ya citadas (parte de la 2ª División del Tolima, parte de la División Giraldo, y el batallón Arboleda de la División Vanguardia) abrieron la escena más dolorosa, probablemente, del medroso drama. Resistieron, detuvieron e hicieron desaparecer a esos centenares de veteranos (Santander, Rifles, Artillería y Popa) que cayeron sobre ellos, y que quedaron tendidos desde el paso del río hasta la trinchera en una línea de más de 500 metros.
El camino principal, la casa de Zúñiga, las plantaciones vecina, el bosque, todo enviaba sin interrupción las respuestas de las armas de fuego y hacía un estruendo comparable al de cien tambores batientes; las balas silbaban en direcciones divergentes como bandadas de hambrientas aves de rapiña: el zumbido melancólico que distingue el proyectil cónico, se dejaba oír como pavorosos clamores, los muertos se multiplicaban por instantes; el coraje y la ira rayaban, en uno y otro bando, en los extremos cuando se dio la
carga final, carga antioqueña, en la cual mandaban nuestras fuerzas el Coronel José María Ramírez y brilló entre los tolimenses el Coronel Ignacio Buenaventura.
Era la 1 y 30 de la tarde: allí perdió el enemigo sus mejores veteranos y sus mejores banderas, varias de las cuales, clavadas en nuestro campo, fueron señal fatal que engañó a los oligarcas y los llevó lastimosamente al matadero.
Duelo y Horror, angustia y admiración sentimos el día 21 en cuya mañana recorrimos las filas de los muertos; y decimos filas, porque los que no murieron atacando en pelotones, cayeron en sus puestos, conservando las posiciones precisas de línea o de guerrilla. Así cayeron con Catilina, en la última batalla del gran Conspirador, esas legiones, rabiosas y resueltas víctimas de la disciplina que rodeó la tumba de la gran República.
Era, como hemos dicho, la 1 ½ de la tarde, y al acabarse el fuego en torno de la casa principal de Zúñiga, quedó como por encanto suspendido en toda la extensión de la sangrienta línea.
El estupor y el estruendo, habrían tal vez, paralizado y aturdido a los frenéticos lidiadores.
Si al consejo de la desesperación volvía el enemigo a encender los fuegos, su esfuerzo, que no encontraba eco entre los suyos, era inmediatamente sofocado.
Los colombianos cayeron como granos de espigas en la trilla, y al fin se concentraron en el cacerín de Garrapata y en las inmediaciones del morro Vigía, desde donde nos enviaban un fuego constante, aunque poco condensado.
A las 5 y 5 minutos el volcán se apagó completamente.
Tan grandes fueron las pérdidas de los enemigos en este último combate que, cuando después del armisticio de sangre, y después de que cada Ejército había retirado los muertos de sus inmediaciones, ellos recogieron en el rastrojo vecino, 76 cadáveres de los suyos.
Destrozado finalmente el enemigo, quedó, sin embargo, dueño de una fuerza de más de 3.000 hombres, sin contar su reserva.
Por lo que oímos y por los datos que, con toda buena fe nos hemos procurado, podemos asegurar que el enemigo perdió en esta jornada más de 500 muertos y más de seiscientos heridos, pues raro era el proyectil que hería en los miembros: regla general, todos iban a la cabeza.
Hubo pocos prisioneros porque no se persiguió al enemigo. El ejército constitucional perdió:
M H P 1ª División “Tolima” 66 75 8 2ª División “Tolima” 15 17 - División Giraldo 17 50 58 1ª División Vanguardia 5 4 - 1ª División Norte 1 4 - 1ª División Andes 8 10 - --- --- --- Totales 111 160 66
Entre nuestros muertos figuran, en esta fecha, 6 Coroneles. 4 Capitanes, 5 Tenientes y 6 Alféreces: heridos tuvimos y subsisten 1 General, 4 Sargentos Mayores, 4 Capitanes, 5 Tenientes y 9 Alféreces.
De las fuerzas antioqueñas unas combatieron en campo abierto y otras bajo trinchera. Algunos cuerpos (de “Andes” y del “Norte), aunque no entraron en batalla, mantuvieron sus arriesgados puestos y pagaron tributo costosísimo a la muerte.
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Por qué no se persiguió al enemigo vencido?
No sabemos por qué; pero en nuestro concepto el general Vélez obró prudentemente al conservar sus posiciones: en primer lugar, porque el enemigo tenía oculta una fuerte reserva que estuvo intacta; en segundo, porque las fuerzas rechazadas quedaron, por su número, en situación de resistir a un ataque nuestro; además, porque habría sido imprudente desguarecer y debilitar nuestras posiciones, retirando nuestras fuerzas ante el cebo tentador de una persecución; y finalmente, porque una tropa que va en son de perseguir (sobre todo si es antioqueño) no marcha en orden conveniente para recibir, resistir y vencer el tropieza de 3.000 remingtons.
Sea de esto lo que fuese, tal en nuestra opinión sincera.
Como se ve, la batalla de Garrapatas se compuso de varios ataques distintos, ya separados, ya entrelazados, ya confundidos desde las 10 y 30 a. a. m. hasta las 5 y 5 m. p. m.
Cuando en nuestros años de juventud, fuertes, teníamos pasión por la cacería de venado, ejercicio que en las montañas de Antioquia es de los más duros y difíciles; pues bien: recordamos que cuando en aquellos
tiempos, nos retirábamos a la dormida, cansados y molidos, jamás sucedía que todos los de la partida estuviéramos de acuerdo en el pormenor de los distintos lances. Cuál perro levantó? Cuál persiguió mejor y más? Cuál dio con el venado perdido? Cuál agarró primero? Por dónde cayó al agua? Por dónde salió a la playa? ... Estas cuestiones y ciento más, eran temas de discusión y acalorada porfía que no cesaban sino cuando el sueño, cerrando nuestros ojos, dejaba inmóviles las lenguas.
Así sucede, aun en escala mucho mayor, con las batallas.
La relación que precede será objetada, y de buena fe en muchos casos por varios testigos presenciales; pero nosotros la hacemos fundados en nuestras observaciones personales y en los extractos que hemos tomado de los partes del Estado Mayor General, en cuanto son verídicos.
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Para dar una idea de la excelencia de nuestros soldados y de su superioridad como tiradores, basta observar que desde la orilla del río hasta la casa de Vanguardia (en cuya línea combatieron nuestras fuerzas sin trincheras) contamos con el doctor José María Uribe R. 93 cadáveres formados en guerrillas, a la vera del camino, cuando nosotros tuvimos allí sólo dos muertos y algunos heridos.
Lo mismo sucedió, relativamente, en todas partes.
Del ejército constitucional se batieron menos de 3.000: del ejército oligarca, más de 4.000 hombres. Se comprende cuál fue el estado de abatimiento a que estos últimos quedaron reducidos al ver que no se atrevieron a renovar el ataque el día 21, a pesar de que tenían el día 20, una reserva, a tiro de remington, al Sur del morro Vigía. Además, el general Vélez y otros varios, vimos a eso de las 6 de la tarde del día 20, numerosas partidas de dispersos que alcanzaban como a 1.000 hombres, por las vías del Sur y del Este. También es significativo el hecho de que el general Acosta, que había recibido desde el 18 órdenes de su gobierno para procurar un advenimiento, no se acordó de ella, ni la comunicó al general Vélez hasta el 22.
En este día empezó la serie de negociaciones de las cuales nació el armisticio que subsiste hasta la fecha, el que se ha celebrado con su preliminar de un tratado definitivo de paz entre los beligerantes.
Como el general Vélez ha sido amargamente censurado tanto por el hecho de no haber perseguido el