Señor:
Antes de ir al fondo de lo que quiero deciros, comienzo por haceros una manifestación sincera: yo os protexto, pues, y os juro que, aunque mi deber, tal como yo lo entiendo, me obliga a ser contrario a vuestra Administración, y a censuraros el origen de vuestro Poder y la manera como queréis caracterizarlo y
ejercerlo, no olvido que he sido vuestro amigo personal, ni que lo habéis sido mío, ni que os debo servicios que jamás olvidaré.
Os ruego, pues, que leáis sin preocupación lo que tengo la honra de escribiros.
Seré conciso, porque no pretendo entrar en especulaciones obstrusas ni en divagaciones metafísicas, sino:
En la exposición de los hechos que pasan, y
En la descripción de los que necesariamente pasarán. Qué sucede hoy?
Sucede que la guerra intestina está encendida en el Estado Soberano del Cauca: Sucede que la República está alarmada; que la confianza está expirando. Por qué?
Porque se teme que no tengáis valor bastante para resistir a las sugestiones y a la pasión de los que tienen interés en haceros creer que las cosas son como son.
Se ha levantado una bandera, se ha alzada un grito, se ha dado un paso contra la Constitución nacional?
Se ha desconocido el Gobierno nacional? No. Contra quién se alza la revolución del Cauca? Contra el Gobierno del Cauca.
Tenían y tienen razón los sublevados?
Eso no os toca a vos deciros en vuestro carácter oficial. Tenían derecho?
Sí, y vos, en vuestro carácter oficial, tenéis obligación de decir que sí.
Porque el derecho nace de la ley fundamental que liga a ese pueblo con vos; y porque vos, encargado del cumplimiento de esa ley, no encontraréis en ella una disposición que os autorice para negar ese derecho.
Es el señor canto quien tiene esa facultad.
Vos podéis pensar lo que os parezca de ello; pero vuestra opinión debe ser privada y vuestra conducta deber ser tan extraña a esa revolución, como si se tratara de un levantamiento en Haití.
Eso dice la Constitución política; eso piden todos los que tienen amor patrio; eso necesita el crédito del país y vuestro propio honor.
Suponed que sea verdad. Tendréis por eso el derecho de intervenir en ella? En qué letra del pacto de unión podríais apoyaros?
Para vos, como jefe de la nación, es tan sagrado y debe ser tan indiferente el que un colombiano sea católico, como que sea nacionalista, pintor o maromero.
Y aun cuando no fuera así, vos sabéis muy bien que los golpes con que se pretende matar una idea arraigada, buena o mala, no hacen más que hincharla, irritarla, hacerla crecer y darle fuerza.
Pero sabéis otra cosa más importante, y es: que esas son cuantas del gobierno del Cauca y no de vos. Y, dejando esto, os dejaréis engañar?
Os hará negar lo que sabéis? Lograrán los intrigantes que no veáis lo que estáis viendo?
Vos sabéis muy bien que esa nubes que en el cielo político se llaman revoluciones, cambian de expresión tan común y fácilmente como las que aparecen en el firmamento azul.
Las revoluciones comienzan por cualquier simpleza, de la cual nadie se acuerda después. Las revoluciones son efecto de algo que generalmente sale a la luz más tarde.
Los que hacen una revolución hoy, no la conocerán mañana.
La revolución anda, generalmente, en los primeros días, como un buque sin timón, casi al acaso. A cada paso incorpora en su ser nuevos deseos, nuevas esperanzas, nuevas promesas, nuevos temores, nuevos propósitos, nuevos planes; a cada paso va descubriendo nuevos horizontes, encontrando nuevas fuerzas, tomando nuevos rumbos hasta que asume una fisonomía estable. Entonces marcha rectamente a un objeto que ella misma la sorprende por su novedad.
Ese objeto es, en definitiva, una necesidad social.
Comparad la riña de Morales con Llorente y sus consecuencias colosales.
Tras esa riña privada vinieron, atados como efecto, en catorce años de bulleos, 486 batallas y combates registrados, que hicieron nacer cinco Repúblicas.
De la revolución francesa nació el imperio, como nació Augusto de la desmoralización romana.
Los pueblos son como los cuerpos inertes: no es posible que reposen antes de que, a fuerza de trabajar, apoyen su fuerza de gravedad.
Pues bien (y no os hablo como político que soy, porque las religiones no pueden ser derribadas ni difundidas a balazos): de las discusiones a que dieron origen las disposiciones sobre enseñanza oficial y de otros actos de ese carácter, vinieron las sociedades católicas; de las sociedades católicas, las demócratas; de las demócratas los choques con aquellas, de esos choques la recrudecencia religiosa, y de ésta? los ataques a mano armada: de aquí, la inseguridad, la revolución.
Es esa una revolución social? Es una rebelión de fanáticos? No.
Es una medida extrema, un recurso violento a que han tenido necesidad de ocurrir los católicos del Cauca, no para imponer a ese Gobierno su propia religión, sino para reivindicar por la fuerza sus propios derechos constitucionales, de libertad política y de seguridad privada.
Es una reacción del derecho como consecuencia de la acción injusta de la fuerza.
El Gobierno del Cauca comenzó por lastimar la fe religiosa en las conciencias; pero avanzó hasta poner a los católicos fuera de la ley.
La revolución se hizo en nombre y bajo la salvaguardia de la ley. Vos lo sabéis.
II Qué seguirá de aquí?
A vos, exclusivamente a vos, os toca responder.
La constitución nacional que hizo soberanos a los Estados, dio a los pueblos el derecho de derribar a sus gobiernos, toda vez que la paz (que éstos deben conservar) se haga imposible, y con la única obligación de reconstituírse conforme a las Bases de la Unión.
Esos son negocios puramente de familia.
Pero si vos, señor, queréis, y Dios no lo permita, meter la mano en ellos, creéis que lo tolere la República?
No es natural que, antes de que piséis el Cauca, se armen contra vos Antioquia y el Tolima?
Y cuando abráis esa campaña injustificada, quién os responde de Bolívar, que tienen una cuenta que arreglar con vos, y el Magdalena, en donde sois impopular?
Si mandáis tres o cuatro o seis mil hombres a la banda occidental del Magdalena, quiénes os quedan para oprimir al Norte?
Estáis, al menos, seguro de que Cundinamarca duerme?
Recordad, señor, que no tuvísteis mayoría en los sufragios populares, y comprenderéis cuán abandonado quedaréis si hacéis la locura de encender la guerra general. De encenderla, porque la paz y la guerra están en vuestras manos.
Recibiréis la República en revuelto desorden, pero en paz; sois hombre ajeno de ambición; sois incapaz de pensar siquiera en lograr medros pecuniarios en el ejercicio de vuestro alto empleo: vuestra administración lleva vencida ya la cuarta parte de su cortísimo camino; si la guerra se enciende, no tendréis tiempo de aplacarla, a no ser que la misma revolución la apague sobre la ruina de vuestro partido: en fin, los
pueblos, que todo lo han sacrificado y lo sacrificarían en obsequio de la paz, se armarán seguramente para sofocar la guerra que declaráis.
Meditad en todo, señor, antes de tirar el dado. El Rubicón va fuera de madre.
Soy y con respeto, vuestro amigo personal y compatriota,
C. A. E.