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CARTA TERCERA AL CIUDADANO AQUILEO PARRA, ENCARGADO DEL PODER EJECUTIVO.

In document Artículos políticos y literários (página 141-145)

Dicen, señor, que viene, o vino, un Comisionado del Gobierno del Estado Soberano de Antioquia, para tratar la paz, o de la paz, con el gobierno que presidís.

Invocad, ahora sí, sinceramente y con fe, con esperanza y caridad, a esa suprema Providencia que, tal vez por moda, invocásteis el 10 de abril y el 10 de julio últimos.

Nunca como ahora, necesitásteis, efectivamente, de la gracia y la mirada paternal de Dios.

***

Lo estarán aún? Eso depende, en caso de que sea posible, eso depende de vos; con la diferencia de que hoy os será más difícil que antes.

Por qué? Porque antes os bastaba no empezar, no invadir el Tolima, no declarar la guerra; y a la fecha, tendréis que hacer el sacrificio, tan cruel para el orgullo humano, de volver atrás.

Lo podréis? Eso parece humanamente imposible.

Porque la dinámica moral se rige por los mismos principios que la física; la palanca del orden público, cuyo fulcrum érais y sois, no podía oponer la resistencia de la paz sino según las dimensiones que vuestra voluntad quisiera dar al brazo de palanca de la guerra. Y yo, con deseo de engañarme, creo que vuestra imprevisión ha hecho que este brazo sea hoy más largo que el brazo de la paz.

La fórmula mecánica falla, en mi concepto, contra vos. Vuestra prensa dijo que es obligación vuestra derribar los gobierno conservadores de Antioquia y el Tolima; y vos, inspirador convicto de esa prensa, movísteis vuestra Guardia colombiana, y declarásteis de hecho, sin previo manifiesto, guerra a los conservadores y a la Constitución que atropellásteis, al pretender borrar, con la tinta de vuestro Decreto, las fronteras de un Estado Soberano.

Tenéis, es verdad, el derecho de situar vuestras fuerzas en donde quiera que gustéis; pero no os haréis la ilusión de pensar que estáis alegando en estrados; las interpretaciones de la ley y la chicana son exóticas, ridículas, en una campamento. Y, aunque vos no queráis decirlo, fuerza es que veáis que habéis hecho levantar las toldas desde el término sur de Antioquia hasta la frontera ecuatoriana, en toda la banda occidental del Magdalena.

Vuestro partido os ha lanzado contra tres Estados. No leéis el Censo? No sabéis que habéis puesto fuera de la ley a 1.032.000 colombianos cuyos derechos jurásteis respetar?

Pero qué vale un juramento en vuestra escuela de filosofía? Qué pesa el perjurio para el que olvidó lo que es jurar?

Este es el segundo tropiezo que tenéis que salvar, que deseo que salvéis; pero que me parece insuperable.

A los filósofos ateos, a los materialistas, a los racionalistas, a los prudhonianos, a los que creen que el fin santifica los medios, a los que creen que la palabra empeñada a nada compromete, no se debe ni se puede creerles.

Frescos, palpitantes están los hechos que demuestran el poco caso que vosotros, los filósofos de moda, hacéis del juramento.

Os acordáis de aquella visita que uno de los vuestros hizo a los señores Samper y Ruiz en su prisión?

Habrá quién olvide que Pérez, que os abrió el camino, fue a pesar de su librito místico, perjuro, para serviros en Panamá, en Bolívar y en donde quiera?

Si hacéis un tratado, quién creerá, quién podrá descansar en él?

No se os ha enseñado a seguir el ejemplo de aquel hipócrita y vil Clodio que, al derribar la República romana en la persona de Cicerón, consagró, sobre los escombros, la tierra del orador a la Diosa de la Concordia?

Si os miráis, señor, en el espejo místico y fiel de la opinión desapasionada, cerraríais los ojos con horror: no lo dudéis.

O es que no sabéis qué estáis haciendo ni lo que están haciendo de vos los alborotadores? Es que están pescando éstos con vos como pescan los chinos con los corvejones?

Estáis en plena rebelión, señor.

Los artículos de primera necesidad valen hoy, gracias a la inseguridad, la mitad más o el doble que antes.

Y el pobre obrero no sólo no gana la mitad más, o doble que antes, sino que tiene que permanecer ocioso en su forzado escondite.

Y su familia, y sus hijos, y él, de qué vivirán, señor? Porque al fin, es necesario vivir: el pobre que huye del delito, no por el delito; aquel cuya familia amenazáis con los horrores del desamparo, no puede hacerse sordo a los gritos del pequeñuelo que le pide pan, ni al suspiro de la esposa cuyos pechos se empobrecen, se enjutan y se secan.

Entonces es preciso robar, porque es preciso vivir; Es preciso vender el honor, porque es preciso vivir; Pobres hombres! Pobres mujeres! Pobres víctimas!

Y los que son conducidos al cuartel, alimentarán a sus familias abandonadas con la pólvora de sus cartuchos?

Y sobre estas ruinas privadas no vendrán los extremos de la crisis monetaria, y la crisis comercial?

Y la impunidad, que de tiempo atrás nos persigue como mal académico; y la inmoralidad, que vive sentada al borde de las mesas de los despachos públicos; y la vagancia, que no pueden respirar sino

entre la atmósfera del vicio; y la ley de la violencia, que se alza en razón directa, del derecho; y el déficit, que pesa ya sobre las arcas; y el descrédito público, cuya primera ley orgánica es la guerra...

Ah! Señor: No cambiaría yo mi pobre y trabajosa vida por una sola, por la menos cruel de vuestras noches!

Aun despierto, aun de día, debéis de sufrir horribles pesadillas! Y por qué? Por un capricho. Mañana moriréis y nadie os agradecerá lo que ganare con el mal que hicísteis.

Pero cuántos se acordarán del padre que hicísteis morir, del hijo que arrebatásteis, de la mujer cuya virtud sucumbió, del techo pajizo hundido, de la familia desbandada...

Ay! La paz! La paz! Dadnos la paz, señor.

Creed con fe ciega en Dios; invocad con fe su Providencia, y no temáis veros humillado, porque la verdadera grandeza tiene por base la humildad.

Me diréis, quizá, que os fastidia el que os dirijan sermones de moral cristiana. Pero en tal caso, yo os responderé que si vuestros amigos y vos fuérais cristianos, reinaría hoy al paz en la República.

Queréis derribar y mantener en silencio eterno al partido que defiende la libertad de la República. Pero no pensáis en que para imponer silencio perpetuo a un partido es necesario exterminarlo, y en que los partidos que sostienen el derecho no pueden ser exterminados.

El derecho del hombre, el derecho natural, es revelación imperecedera del Verbo que está, y estará, eternamente en Dios.

El derecho del hombre es más que una invención; es más que un deseo del alma; y más que el aire que respira el alma, es el alma inmortal con otro nombre.

Haréis que, en obsequio de vuestro candidato oficial, más popular que vos mismo, se inflame la guerra en el país?

Los candidatos romanos se presentaban en el Rostrum, vestidos de blancas túnicas (alba cándida)...; pero vos queréis que Murillo, al pedir un escrutinio en su favor, se presente desde las cornisas del Capitolio con la túnica de pretendiente empapada en la sangre que la guerra hará verter...!

Mas notad el dedo de Dios: esa túnica blanca ensangrentada, existe escondida en la capilla de nuestro antiguo régimen.

Era la túnica de los parricidas!

El banquillo se acabó; pero quedó la túnica. Y la muerte civil queda con ella.

Pero qué son diez y ocho meses para Aquél que ve pasar millones de siglos, antes que la gota ínfima de agua tenga tiempo para desprenderse del vaso alto de la clepsidra?

Dios quiere la paz.

Pero, negáis a Dios? Negáis la ley divina? Negáis el alma humana? Guardad, os ruego, la respuesta para después de vuestra muerte y la mía. Entonces nos veremos: os emplazo.

CUARTA CARTA AL CIUDADANO AQUILEO PARRA, ENCARGADO DEL PODER

In document Artículos políticos y literários (página 141-145)