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CUARTA CARTA AL CIUDADANO AQUILEO PARRA, ENCARGADO DEL PODER EJECUTIVO

In document Artículos políticos y literários (página 145-148)

Tal vez haya pasado la hora suprema; tal vez os hable demasiado tarde; tal vez a esta hora hayáis decretado el exterminio del país, la guerra.

Pero cumplo con el deber de hablaros, mientras queda una esperanza.

Varios ciudadanos que, “por falta de tiempo”, no publicaron los nombres de otros cuatrocientos setenta y seis que opinan como ellos, os dicen que estáis en el deber de decretar la guerra, porque Antioquia y el Tolima han invadido el Cauca, porque la Constitución os impone el deber de: “impedir cualquiera agresión armada de un Estado contra otro”.

A eso os digo que el Estado es el Gobierno; y que mientras el Gobierno de un Estado diga y demuestren sus hechos que no sólo no apoya ni disimula, sino que se empeña en impedir las agresiones privadas de ciudadanos privados contra otro Estado, ese Gobierno no está en el caso previsto por la Constitución.

Si los antioqueños que, por millares, han invadido, de tiempo atrás, los desiertos del Cauca y del Tolima, armados con hachas y colonizando esas comarcas, quieren ahora armarse de fusil, el Gobierno de Antioquia carecía y carece de derecho para impedir que lo hagan.

Porque habéis de confesar, señor, que los antioqueños avecindados en el Cauca y en el Tolima, tienen necesidad, derecho y obligación de defender con las armas y hasta rendir la vida, a sus familias, y a hogares amenazados seriamente en el Cauca por los prudhonianos democráticos y en el Tolima por los prudhonianos oligarcas.

No me digáis que quinientas firmas os piden con furor la guerra; preguntad a los padres y a los hijos, y a las esposas y a las hermanas de los reclutas que habéis hecho llevar a vuestras filas, y, no quinientos, miles de voces os pedirán la paz.

Las manifestaciones guerreras prueban que no estáis solo; y eso todo el mundo lo sabe. La cuestión es calcular cuántos millares firmarán una manifestación pacífica.

Puesta la cuestión en el terreno Constitucional, considerada en presencia del derecho escrito, no encontraréis una sola letra en la Constitución que os dé apoyo.

Cuando Pérez, que desesperaba de hacer que fuéseis escrutado, puso al país al borde de la guerra general, la mayoría del partido liberal y todo el partido conservador, con excepción de unos pocos negociantes por mayor, decían a Pérez lo mismo que hoy os digo a vos.

Yo nunca cambio de opinión sino para adoptar otra mejor; yo que sé que la Constitución vigente en tiempo de Pérez no ha sido ordenadamente derogada, os pregunto, y me pregunto, por qué tantos de los que llamaban a Pérez enemigo de la Constitución os piden a vos en nombre de esa misma Constitución la guerra nacional?

Vos sabéis, y yo también, por qué.

Es que la Constitución, interpretada por los odios e intereses de partido, es entre nosotros lo que los augurios entre los gentiles.

Los augures se reían de los presagios escritos entre las entrañas de las víctimas, como se ríen hoy los enemigos del odio de los preceptos escritos en el Código constitucional.

Los hechos, los escándalos de la época, dicen bien claro que yo digo la verdad.

Renunciemos, pues, a la Constitución y vamos al campo de la filosofía, al campo práctico.

Se trata de examinar al partido conservador, no como sostenedor de ciertos principios de derecho constitucional, de política, de legislación civil, o de economía política o fiscal, sino como amigo, depositario y defensor de la moral cristiana.

Ese es el hecho: eso es lo que os encapricháis en despejar.

Pero, ay! No comprendéis que esta es una cuestión de grado superior?

El prudhonismo y el sanculotismo están condenados por el interés humano a detenerse ante las puertas eternas del derecho. Son como aquella recta que por más que se prolongue en su dirección definida jamás podrá tocar la curva trazada en el mismo plano que ella.

El mundo moral tiene sus asímplotas. Os reís de mi? Por vos lo siento.

El mundo moral tiene verdades evidentes, que no admiten discusión.

O es que estáis pensando que tres y dos son cinco porque Pitágoras lo dijo y nada más? No, señor: desde antes de Euclides y, por la naturaleza de las cosas, los círculos son redondos. Un demagogo romano, aunque noble, y para ser tribuno se hizo adoptar por hijo de un plebeyo que tenía quince años. Derogó eso la ley natural que dispone que el padre sea mayor que el hijo?

Negar a Dios no es destronarlo; negar la ley moral no es derogarla. Las aguas detenidas saltan al fin o rompen la barrera.

El mal lucha con el bien y lo vence a veces en el tiempo; pero sus triunfos son efímeros en definitiva.

No sólo de pan vive el hombre, porque el hombre es alma y cuerpo: alma inmortal en cuerpo perecedero; alma que vive de verdad, en cuerpo que vive del falso orgullo y de concupiscencias; alma espiritual, soplo de Dios, y cuerpo grosero hecho de barro.

El alma no descansa: navega sin cesar, desheredada; pero nunca pierde la esperanza de llegar al punto lejano en donde sabe que está guardado el rico bien que perdió, y al cual se siente arrastrada necesariamente.

Las diez persecuciones fueron impotentes contra el cristianismo recién nacido. Y si los emperadores, dueños del mundo, no pudieron, con su pesada fuerza y sus arcas inagotables, ahogar a ese pequeñuelo que vivía en la oración escondido entre cavernas, cómo podréis, cómo soñar en que podríais vos, débil como el juguete de un niño, matar al gigante cristiano, señor del mundo culto, cuyo plumón se alimenta con el aire de diez y nueve siglos de victorias?

Estáis seguro, señor, podríais afirmar que no estáis loco?

Si se tratara de una guerra civil entre los dos Partidos políticos históricos, entre el viejo partido conservador y el viejo partido liberal, la victoria vacilaría indecisa entre los dos. Por eso la de 1860 duró tres años.

Si se trata de una guerra entre el partido republicano, que sostiene los principios del Gobierno democrático popular, representativo, alternativo, electivo y responsable, y la aparecería que sostiene al estafermo levantado por el Congreso de 21 de marzo último, la lucha sería muy corta, por que, entre los hombres que pueden terciar un arma, estáis en una minoría tal que es un desierto.

Pero si vais a luchar contra la conciencia universal; y amenazáis y atacáis todo lo que nadie entrega sin dar antes la vida; si juráis guerra al Evangelio, al sacerdocio, a la familia y a la Cruz, yo (si fuera capaz de tal vulgaridad) os diría lo que, en ocasión solemne, dijo el otro Pérez: “Liad... etc.”.

Qué! No veis que todos, hombres y mujeres, y ancianos y niños, desafiarán y buscarán la muerte al pie de los altares?

Pero quién les dará la muerte? Cuál es el enemigo fuerte que resiste el peso de la enorme masa? Oh! Yo os lo digo y el tiempo os lo demostrará: vuestros ejércitos caerán como caen las moscas que se atraviesan por la boca de un caldero de agua hirviendo.

El volcán los tragará, se apagará con su sangre, y ni vestigio de ellos quedará sobre la tierra. 1876, agosto 10.

CARTA QUINTA AL CIUDADANO AQUILEO PARRA, ENCARGADO DEL PODER

In document Artículos políticos y literários (página 145-148)