A una con el patriarca Focio, también el César Bardas fomentó la misión bizantina de los eslavos, a fin de poder resistir mejor a la presión tanto política como eclesiástica del oeste, especialmente en Bulgaria. Por otra parte, el príncipe búlgaro Boris I intentó a su vez escapar a la prepotente influencia del imperio y de la Iglesia bizantinos. Con ese fin aprovechó la inseguridad política de Oriente tras el asesinato de Bardas en 866 por obra del emperador Basileos I para una toma de contacto con Roma con la expectativa de una organización eclesiástica menos dependiente. Nicolás I, cuyas relaciones con Bizancio se habían ido deteriorando cada vez más, envió también en el otoño del 866 a los obispos Pablo de Populonia y Formoso de Portus, futuro papa, quienes bautizaron inmensas multitudes de búlgaros, expulsaron del país a los sacerdotes griegos y presionaron al kan para que admitiese exclusivamente a clérigos romanos y adoptase su liturgia.
Como no sólo la mayor parte de Bulgaria había caído bajo la autoridad eclesiástica de Bizancio, sino que también había sido cristianizada por bizantinos, un sínodo convocado por Focio a finales del verano de 867 condenó la misión latina en Bulgaria y depuso al papa Nicolás I, a quien por lo demás ya no llegó esta (buena) nueva. Pero sus misioneros vigilaban celosamente los logros conseguidos. También los portadores de la salvación franco-bávaros de Luis el Germánico, que llegaron algo más tarde, y entre los que se encontraba Ermenrico obispo de Pas-sau (866-872) especialmente interesado en el sureste, tuvieron que regresar con gran disgusto, pues la misión romana del papa Nicolás no los valoraba demasiado, misión que ya «había llenado el país con prédicas y bautismos»
(Anuales Fuldenses).
El papa personalmente instruyó a los búlgaros con un escrito titulado
Responso, con 106 puntos sobre las cuestiones importantes de la vida
humana. Por ejemplo, que el patriarca de Roma, que lo era él mismo, era más importante que el de Constantinopla, que debían guardarse de los ritos griegos, a los que atacaba y ridiculizaba, y que debían someter-
se a Roma. También les decía cómo habían de vestir, cómo desposarse, cuándo habían de comer, cuándo habían de consumar el acto matrimonial, etcétera. ¡Y hasta sonaba a revolucionario, cuando les decía que no habían de entrar en batalla con una cola de caballo como estandarte sino con la cruz! Así acabó por convencerse el kan de los búlgaros, que se confesó servidor de san Pedro y proclamó su sumisión... «¡La obediencia romano- occidental casi había alcanzado las puertas de Constan-tinopla!»
(Handbuch der Europäischen Geschichte).
Tampoco el triunfo de Roma duró mucho. Pues como quiera que el príncipe Boris no obtuvo ningún patriarca búlgaro autocéfalo, como quiera que Nicolás I no envió al solicitado obispo Formoso, ni tampoco Adriano II, sucesor de Nicolás, envió al también reclamado diácono Marino, y como quiera que Boris debió de oír además que el papa de Roma y el patriarca de Constantinopla se habían depuesto y excomulgado mutuamente, la Iglesia búlgara siempre cortejada solícitamente por Bizancio pronto viró de nuevo después del concilio de Constantinopla (869-870) hacia aquel patriarcado, con lo que su territorio de misión pasó una vez más a la Iglesia griega. Y entonces, pese a todas las protestas papales, los sacerdotes latinos fueron expulsados. Y por mucho que también Juan VIII se esforzase de inmediato por exhortar y advertir al zar búlgaro, por amenazarle y seducirle con las llaves del reino de los cielos, pese a todos sus esfuerzos por obligar a Bulgaria a que continuase bajo la salvación romana y contra los «sub fide
falsi», el país prosiguió bajo la influencia de Constantinopla, aunque
preservando su autonomía. El año 928 la Iglesia búlgara fue reconocida como autocéfala por la Iglesia de Bizancio.
Pero Focio, que superaba a todos los cristianos coetáneos, cayó por segunda vez en 886, retirándose tras los muros de un monasterio con un prestigio como teólogo y erudito que ha pervivido hasta hoy. También el kan Boris, el cruel degollador de su nobleza pagana, el asesino de mujeres y niños, se hizo monje (889) y fue canonizado, convirtiéndose en el santo patrón de los búlgaros (su fiesta se celebra el 2 de mayo).40
Merecido, merecido.
Roma gana Bohemia y Moravia. Llegan los «apóstoles de los eslavos»
En Moravia Ratislav había comprendido claramente que una anexión a la provincia eclesiástica de Salzburgo representaría un peligro todavía mayor para su independencia. Así que en el esplendor de su poder luchó por la desvinculación eclesiástica de Baviera, buscó el apoyo de Roma invitando a misioneros italianos y pensó en una Iglesia
nacional eslava vinculada únicamente al papa. Pero después de que Nicolás le rechazase por consideración a la Iglesia imperial y a Luis el Germánico, buscó un acercamiento a Bizancio. para él menos peligrosa políticamente que los vecinos francos. De modo que rechazó la misión bávara y rogó a Bizancio (862) que le enviase clérigos griegos. Y pronto César Bardas, sólo unos años antes de su asesinato y el del emperador Miguel por obra de su sucesor Basileos, le envió a los hermanos Constantino y Metodio con sus misioneros. Con ello el gran reino de Moravia no sólo conseguía una independencia de hecho respecto de los francos orientales ganosos de someterlo, sino que lograba un cristianismo eslavo y con el acercamiento a la Iglesia greco-bizantina conseguía ante todo una Iglesia nacional morava.
Constantino (más conocido por su posterior nombre de Cirilo) y Metodio, la pareja de hermanos conocida como «apóstoles de los eslavos», procedían de una noble familia de funcionarios de Tesalónica (Sa-loniki) y se habían formado en el círculo constantinopolitano de Focio. Metodio, el mayor, nacido hacia 815, había sido primero un estratega imperial para luego ser abad. Constantino, el menor, era diácono, tal vez sacerdote, había ocupado la cátedra de Focio y en 860 acabó siendo enviado como embajador imperial a los casares en la Ucrania actual. Ambos tenían ya experiencia en la misión eslava y cuando dos años después Ratislav rogó a Miguel III que le enviase maestros, capaces entre otras cosas de traducir los libros jurídicos bizantinos al eslavo, ambos hermanos marcharon al frente de la delegación misionera.
Los «apóstoles de los eslavos» podían hablar y predicar a los mo-ravos en su lengua materna, eran capaces de celebrar la liturgia cristiana, la misa romana («Liturgia de San Pedro») en la lengua eslava y en la tradición eclesiástica oriental, y también tradujeron la Biblia a la lengua vernácula. De este modo crearon un idioma eclesiástico y litúrgico conocido como «antiguo eslavo eclesiástico». Pero todo ello condujo también a un grave enfrentamiento con el clero franco-latino, que desde hacía tiempo trabajaba en el territorio de Ratislav a lo largo del Danubio. Y más aún cuanto que rápidamente superaron a la misión bávara.
Naturalmente pronto siguieron el reproche de «herejía» y una invitación para que acudieran a Roma. Por lo que Contantino y Metodio en 866-867 se pusieron en camino después de aproximadamente tres años de labor. Marcharon a Panonia, entrevistándose con Kocel (el Chozilo, Chezilo, de las fuentes francas), hijo del príncipe eslavo Pribina, que para entonces ya había muerto. Kocel gobernó hasta su muerte hacia 875 en la fortaleza principal de Mosapurg (Zalavár) sobre el lago Ba-latón y desde entonces empezó a promover la liturgia eslava. Desde allí partieron los misioneros (868) para Venecia, continuando viaje hasta la corte papal a fin de obtener las bendiciones supremas para su empresa.
En efecto, en Roma (donde Constantino, que había adoptado el nombre de Cirilo, murió el año 869) Adriano II refrendó su práctica misional. Aprobó la liturgia eslava, aunque ordenó que las epístolas y los evangelios se leyeran en latín. Mas cuando en 870 Adriano, a ruegos de Kocel que quería librarse de la dependencia franco-oriental y deseaba una Iglesia independiente, nombró a Metodio legado pontificio y arzobispo de Panonia y Moravia, sometiéndole también Metrópolis Sir-mium (actual Mitrovica, junto a Belgrado, recuperada desde el asalto ávaro de 582), encontró una enconada resistencia por parte de los obispos de Salzburgo y Passau. Y es que la disposición de Adriano afectaba a sus diócesis, y desde luego no tan sólo a su régimen eclesiástico sino también al avance de la «colonización» franca. Se agudizó así la querella eclesiástica, que ya se prolongaba unos quince años, y que a cada uno le afectaba de alguna manera: «A Metodio en la lengua eclesiástica eslava, a los bávaros en la inviolabilidad de su territorio misionero, al papado en la autoridad directa sobre la Iglesia morava, a los propios moravos en su independencia» (Zóllner). En el fondo a todos les afectaba en lo mismo: en el poder.41