La emperatriz Ermengarda había dado tres hijos al soberano: Lota- rio (795), Pipino (797) y Luis (806). Cuando ella murió el 3 de octubre del 818 en Angers después de aproximadamente veinte años de matri- monio, se temió que el piadoso viudo se encerrase en un monasterio. Y, naturalmente, para el clero era preferible «una mentalidad monástica en el trono... que no un emperador en hábito monacal entre los muros de un monasterio» (Luden). Y así se le presentó en una especie de con- curso de belleza, en una «exploración», como dice de forma poco delica- da el prosaico analista imperial, una selección de la alta nobleza. Y el carolingio, nada insensible a las mujeres, se decidió por la hija del conde Güelfo, Judit, que no sólo se recomendaba por su alcurnia —el antiguo linaje de los Güelfos de origen franco, pero después afianzado y podero- so sobre todo en Alamania y en Baviera—, sino que supuestamente reu- nía todas las perfecciones, siendo extraordinariamente «dulce y seduc- tora» (arzobispo Agobardo), a la vez que rica, ingeniosa y educada. A los pocos meses de la muerte de su primera mujer, el emperador la des- posó a comienzos del 819. Tras haber dado a luz una hija, llamada Gise- 82
la, el 13 de junio de 823 alumbró un hijo en el nuevo palacio de Frank-furt, al que en recuerdo del abuelo se le dio el nombre de Carlos y más tarde el sobrenombre de «el Calvo».53
Debido a los esfuerzos de la madre por asegurar al pequeño rezagado una herencia como la de sus hermanastros y a causa de tales intervenciones ahora continuas de la tan atractiva como tenaz joven güelfa, la historia tomó otro curso. La propia Ordinatio imperii de Luis, el orden de sucesión de 817, establecido por «inspiración de Dios» y jurado de forma tan solemne, que ya había dividido el imperio entre sus tres hijos habidos del primer matrimonio, se vio radicalmente trastocada, adoptando ahora no una división tripartita sino cuatripartita.
El príncipe Carlos en 829 contaba sólo seis años, cuando en la dieta imperial de Worms Luis le designó rey de Alamania, la tierra originaria de su madre, otorgándole además Alsacia, Retia y algunos territorios de Borgoña. Y a consecuencia de las cabalas que ahora empezaban a hacerse, debidas sobre todo a la emperatriz, Luis se enemistó con sus hijos mayores, Lotario se enfrentó a sus hermanos y éstos se pusieron contra él, acabando enfrentados todos los hermanos. El resultado fue la desmoralización, la corrupción, el cohecho y las traiciones sin cuento. Y bien sabe Dios que no fue casual el que todas estas cosas precedieran a la señal: el 1 de julio la luna se oscureció en el crepúsculo y de nuevo el 25 de diciembre del 828 a media noche. Más aún, durante el inmediato «tiempo sagrado de ayuno de la cuaresma», antes de la «sagrada fiesta de Pascua», un terremoto nocturno acompañado de un viento tempestuoso arrancó en Aquisgrán «una parte no pequeña [del tejado] de la iglesia de la santa Madre de Dios» cubierto con planchas de plomo (Anales imperiales). La conclusión fue que pronto desaparecería el imperio, porque, según Nithard, «cada uno empujado por sus malas pasiones sólo buscaba su provecho, empeorando de día en día».54
La primera sublevación de 830 contra el soberano abrió en el Occidente piadoso y tan amigo de la familia un decenio de continuas rebeliones palaciegas y de guerras civiles.
Se comprende que los hijos mayores del emperador estuvieran irritados por el curso de los acontecimientos. Y especialmente Lotario, cuyo reino quedaba gravemente menguado en favor de Carlos, y que veía además en peligro su futura supremacía. Mas también a la pareja más joven de Pipino y Luis le amenazaba otra pérdida de territorio. Igualmente la jerarquía eclesiástica, preocupada por la unidad del imperio, temió por su idea de la misma. La situación se agravó aún más cuando Lotario, que desde finales del 825 actuaba formalmente como regente con igualdad de derechos en la corte de Luis, marchó en el otoño a Italia y Wala fue relegado a su monasterio de Corbie. Pero en su lugar llegó como tesorero, como «segundo en la jerarquía», el conde Bernar-
do de Barcelona, hasta entonces odiado por los magnates más destacados, un hombre al parecer especialmente altanero y ambicioso que en todas partes reclutaba secuaces otorgando realengos.
Por su parte Luis, después de «haber puesto en orden» el Estado, se marchó naturalmente «a su finca de Frankfurt para la cacería de otoño» «y allí cazó todo el tiempo que le plugo», anotan los biógrafos. Sólo ya de cara al invierno regresó de nuevo a Aquisgrán para celebrar las festividades sucesivas de san Martín, san Andrés y el sagrado espectáculo de Navidad. Y todo ello, asegura el analista imperial, «con gozo y júbilo».
Gozo y júbilo que por lo demás iban a faltarle.
Bernardo, descendiente de la alta nobleza franca e hijo de Guillermo — conde de Toulouse, muy considerado bajo Carlos I y que por consejo de su amigo Benito de Aniane terminó siendo monje de un gran ascetismo—, sentía escasa inclinación por los gustos del emperador. Parece que le atraía mucho más, según malas lenguas especialmente episcopales, el lecho de la joven emperatriz. Y Luis el Piadoso había protegido a aquel hombre desde pequeño, lo había sacado de pila en el bautizo y más tarde le había nombrado conde de Barcelona y puesto al frente de la Marca Hispánica, en la cual había combatido con éxito la sublevación goda bajo Aizo.
Como partidario de la emperatriz se llamó a Bernardo a la corte en 829 y con su ayuda se intentó romper el «partido de la unidad imperial». Pero ocurrió justamente lo contrario. La llamada de Bernardo, escribe el propio panegirista de Luis, el Astrónomo, fue un paso, que «lejos de ahogar la semilla de la discordia más bien la multiplicó». También Ni-thard, nieto de Carlomagno, que en la querella fraterna se unió a Carlos el Calvo, por encargo del cual documentó la historia de su tiempo, dice de Bernardo: «En vez de afianzar el Estado titubeante, lo hundió por completo con el abuso insensato de la violencia».55
El tesorero debió de contribuir rápidamente al poder y prestigo de su propio partido. Pero el grupo era relativamente pequeño, formado sobre todo por su hermano Heriberto, su primo Odón, los hermanos de la emperatriz Conrado y Rodolfo y, naturalmente, se contaba también la propia Judit, supuestamente el espíritu malo del emperador. En cambio, el grupo de sus adversarios era grande e influyente, pues en él confluían los descontentos, los humillados y todos los que esperaban mejorar con una sublevación o con un cambio de la situación, la jauría de aquellos que «como perros y aves de rapiña buscaban hacer mal a otros para así sacar provecho» (Astronomus). Circulaban rumores, tal vez calumnias, campañas en toda regla, que partían de los prelados versados en tales maniobras, los cuales imputaban a la emperatriz todo lo imaginable, incluido el adulterio con Bernardo y con otros.
«Las gentes humildes disfrutaban con todo ello —comenta el arzo- 84
bispo Agobardo—, los ilustres y grandes sufrían con que el bando impe- rial se hubiera manchado, el palacio deshonrado y la fama de los francos oscurecida, porque la señora practicaba juegos frivolos incluso en pre- sencia de eclesiásticos.» El abad Regino de Prüm habla asimismo de su «múltiple fornicación» (multimodam fornicationem), cosa que al menos no es segura.
A Judit se le atribuían también artes diabólicas y brujería perniciosa. Pero precisamente en 829 el sínodo de París había condenado los amu- letos, la magia, los presagios, la adivinación, la interpretación del futuro y de los sueños y quiso ver castigados «con especial severidad» a todos cuantos de ese modo «sirven al diablo abominable».
Bernardo, sin embargo, apenas si aparece un poco menos dañino. El santo abad Pascasio Radberto, biógrafo de Wala, que había sido educa- do en el monasterio de monjas de Soissons, ve al infame tesorero revol- carse en todos los lodazales inmundos, devastar el palacio como un ja- balí salvaje y hasta ocupar el lecho de la emperatriz. «El palacio ha pasado a ser una casa alegre, en la que manda la adúltera y gobierna el adúltero, en la que se amontonan los crímenes y en la que especialmen- te se practican encantamientos malvados y brujeriles de toda índole.» Por el contrario el «grande y benigno emperador» marcha engañado «como un cordero inocente al matadero...».
Bernardo no tenía en la corte a su mujer Dhuoda —autora del Liber manualis, una guía fervorosa para la práctica de la vida cristiana—, sino que la había enviado a Uzés. Hasta el día de hoy no se ha demostrado si las suposiciones del santo contenían algo de verdad; pero la campaña ciertamente que tuvo éxito. Calumniare audacter...
Para escapar de tan desoladora situación interna, una vez más quiso el emperador marchar con todo el ejécito imperial contra Bretaña ¡y precisamente el mismo 14 de abril, Jueves Santo! Según parece esto dis- gustó «a todo el pueblo» (Annales Bertiniani). De hecho sólo los pode- rosos se irritaron por la nueva regulación en favor del tardío Carlos, que ahora precisamente de acuerdo con el derecho consuetudinario franco tenía que recibir una parte de la herencia común. Lo cual perjudicaba a los tres hijos del primer matrimonio de Luis y hermanastros de Carlos: Pipino I de Aquitania, Luis de Baviera y muy en especial Lotario. Éste partió rápidamente de Italia y cruzó los Alpes para defender su derecho según la resolución de 817. De su lado se pusieron príncipes civiles y eclesiásticos, todos los cuales luchaban en apariencia por la unidad del imperio, aunque en realidad lo hacían más aún por sus intereses.
Al frente de la conjura figuraban antiguos partidarios del empera- dor, algunos que fueron sus consejeros, el en tiempos canciller Helisa- car, el archicanciller y abad Hilduino de Saint-Denis, el obispo Jesse de Amiens y, sobre todo, el abad Wala, que por entonces tenía 56 años y
era el jefe espiritual de la sublevación y el enemigo más peligroso de Luis. Él acuñó la consigna «Pro principe contra principem» y su mo- nasterio de Corbie se convirtió de hecho en «el centro» y «cuartel ge- neral» (Weinrich) de los rebeldes. (A lo largo de los siglos algunos monasterios católicos se convirtieron en centrales de conjurados y cons- piradores, como ocurrió por ejemplo durante la segunda guerra mun- dial en la preparación y disolución de la «Gran Croacia», paraíso clero- fascista de asesinos.)56
Los sublevados, que aprovechando la campaña de Luis contra los bretones se reunieron en el monasterio de Corbie, reprochaban al em- perador el que «contra la religión cristiana..., sin ningún provecho para el Estado y sin una necesidad determinada hubiese ordenado para el tiempo de ayuno una marcha general del ejército y hubiera fijado la reunión del mismo en la frontera extrema del imperio para el día de la Cena del Señor».
Los rebeldes no sólo querían alejar a Bernardo y a la joven empera- triz con su séquito, sino también al viejo emperador, y a ser posible po- ner a Lotario en su lugar.
Tras diversas torturas a Judit se la amenazó incluso con la muerte y se le arrancó la promesa de que forzaría al emperador a tonsurarse el cabello y a entrar en el monasterio. Ella misma tenía que tomar el velo y recluirse entre las monjas de la Santa Cruz (Sainte-Croix) de Poitiers. Sus hermanos, los güelfos Conrado y Rodolfo, fueron tonsurados como monjes para alejarlos de la política y encerrados en monasterios aquita- nos bajo la vigilancia del rey Pipino. El consejero imperial más odiado, Bernardo, conde de Barcelona y duque de Septimania, el «profanador del lecho matrimonial paterno», se salvó refugiándose en España con el consentimiento de Luis. (En 844 Carlos el Calvo mandó decapitar como reo de lesa majestad al antiguo favorito de su madre.) Heriberto, her- mano de Bernardo y supuesto cómplice, «fue castigado con la pérdida de los ojos» y encerrado en una cárcel italiana, mientras que su primo Odón era exiliado.
A Luis y al pequeño Carlos los mantuvo Lotario «en libertad vigila- da». Por encargo suyo los monjes del monasterio de Médard, en Sois- sons, intentaron familiarizar al emperador con la vida ascética y mover- lo a entrar libremente en su estado. Pero el piadoso Luis estaba ahora muy lejos de todo ello.
Lotario, que perseguía con saña a los partidarios de la princesa re- cluida, evitó de todos modos en la dieta imperial de Compiégne (mayo del 830) privar a su padre de todo el poder. Se contentó con anular sus disposiciones del último año y con que por lo demás pudiera creer que tenía la sartén por el mango. Pero mientras los grandes se enemistaban cada vez más entre sí buscando cada uno su provecho personal y lejos de 86
mejorar la situación crecía la desconfianza en el nuevo gobierno, el emperador consiguió indisponer a sus dos hijos menores contra el mayor. Por medio de un monje, llamado Guntbaldo, ofreció a Luis y a Pipino una ampliación de sus reinos, con lo que rápidamente se los atrajo a su bando y dividió a los aliados, sobre todo porque a los hermanos les pareció que la supremacía de Lotario no era menos opresiva que la del padre.
Por todo ello el golpe de Estado fracasó por completo. En la dieta imperial de Nimega (octubre del 830) el monarca recuperó la libertad, Lotario se sometió y los cabecillas de su partido fueron encarcelados y condenados en la dieta imperial de Aquisgrán que se celebró en febrero. El abad Wala de Corbie, que de primeras tuvo que desaparecer de su monasterio —ya en 774 prisión del rey longobardo Desiderio—, apareció en un nido rocoso de difícil acceso sobre el lago de Ginebra, desde el que sólo veía la nieve de los Alpes y el cíelo. El obispo Jesse de Amiens fue despojado de su dignidad por los prelados, el abad Hilduino fue sustituido como archicapellán por el abad Fulco y recluido en el monasterio de Korvei, en Sajonia; también el abad Helisacar fue desterrado. Peor les fue, como de costumbre, a los llamados laicos, que perdieron cargos y bienes. El propio Lotario, destronado como corregente, regresó a Italia después de haber prometido «no cometer jamás tales cosas».
La emperatriz salió en seguida del monasterio con la dispensa explícita de Gregorio IV y de los obispos francos, y aprovechando su parentesco como cojuramentada (sacramentales), emitió un juramento de purificación que la eximía de cualquier otra «prueba», juramento que también pronunció el reaparecido conde Bernardo. Judit fue rehabilitada con más poder que antes. Y naturalmente también sus dos hermanos tonsurados volvieron a dejar por mucho tiempo la cogulla monacal.57