Los eslavos eran paganos y aun en países cristianos como Turingia, Hessen y los cantones francoorientales continuaron siendo «infieles» por más tiempo que el resto de la población. Consta que su cultura era más alta de lo que a veces se supone. Hemos de tener en cuenta —y no sólo en este punto— que durante mucho tiempo, desde el siglo VII hasta el XI, los relatos francoalemanes sobre los eslavos proceden casi sin excepción de sacerdotes cristianos, que además con frecuencia no fueron testigos presenciales sino que manejaban noticias de segunda o tercera
mano. Y, como casi siempre, los cristianos se encontraban en guerra con los eslavos y se mofaban de ellos. Mas cuando se les tenía por aliados, de repente resultaban bienquistos y en ocasiones hasta se resalta que eran «maravillosamente dignos» de cualquier simpatía.
También difieren en su enjuiciamiento las historiografías carolingia y otoniana, aunque desde largo tiempo atrás prevalece un cierto odio popular, cuando no una hostilidad hereditaria, debida en buena parte a motivos religiosos, a la oposición de paganos y cristianos. Y esto ya desde la época merovingia. Más tarde gustosamente se condena a los eslavos de una manera global. Cuanto más cristiano se hace el mundo tanto peores se hacen los demás. De hecho todos son «malos», es decir, son gentes separadas de Dios; todos son «infieles», que en la visión medieval derivada de Agustín equivale a «secuaces del diablo, a los que hay que aniquilar con todos los medios, si no se convierten a la causa de Dios» (Lubenow).
A los ojos de los cristianos, los eslavos no eran útiles más que como «esclavos» —palabra que deriva directamente de «slavus»— o como puros objetivos de muerte; gentes que eran escarnecidas como «gusanos» y «segadas como la hierba del prado» por los católicos piadosos, para quienes eran justamente eso, seres infrahumanos, animales. «¿Qué queréis con esos sapos? —hace fanfarronear el monje Notker de Saint-Gallen a un gigantón cristiano—. Siete, ocho y hasta nueve de ellos solía yo ensartar en mi lanza y los zarandeaba murmurando algo para mis adentros.» Los eslavos eran también radicalmente falsos y alevosos. «Los wendos faltaron a su palabra en su habitual deslealtad a Luis», comentan no sólo los Anales de Saint- Bertin.41
Por el contrario, los francos —que como cristianos deberían haber sido «humildes de corazón», como se ordena en Mt 11,29 y con palabras similares en incontables pasajes bíblicos—, en tanto que «pueblo superior», se sentían como algo muy especial. Ya el prólogo de la «Lex sálica», que se remonta a Clodoveo I (el código germano occidental más antiguo) lo señala de forma lapidaria: «La famosa tribu de los francos, que fue creada por Dios mismo valerosa en la guerra y constante en la paz. [...] de noble figura, resplandor sin mancha y belleza extraordinaria, audaz, rápida y arrojada, se convierte a la fe católica y está inmune contra cualquier herejía [...]. Viva Cristo, que ama a los francos».
Y según Otfrido de Weissenburg (nacido después del 870), el primer poeta conocido en lengua alemana, puer oblatus y teólogo y que proba- blemente trabajó por algún tiempo en la capilla palatina de Luis el Ger- mánico, los francos son un pueblo temeroso de Dios y Dios está siempre con ellos; todo cuanto piensan y hacen lo piensan y hacen con Dios, nada emprenden sin su consejo, y no sólo quieren aprender y cantar su palabra sino también cumplirla. Pero el objetivo de Otfrido era, como él
mismo confiesa a un metropolitano de Maguncia, reprimir la poesía oral pagana de su tiempo.42
Según la concepción eclesiástica cada príncipe cristiano tenía que combatir a los paganos dentro del país y en las fronteras. En efecto, según la doctrina agustiniana dominante relativa a la expansión del reino de Dios sobre la tierra había que conquistar el este eslavo para «convertirlo». No es casual que la lectura preferida de Carlomagno fuera el magnum opus de Agustín, La Ciudad de Dios. Y el propio Carlos, los carolingios, la aristocracia franca a una con la restante clase de los terratenientes, todos sin excepción estuvieron por lo mismo tanto más interesados en el «expolio», el robo y los tributos del este, cuando en el interior del propio país la productividad agrícola era escasa e insignificantes las perspectivas de incrementar los bienes raíces y las fincas. También los territorios de los eslavos fueron siempre un vivero de tropas auxiliares y esclavos.
Cierto que la nobleza cristiana no siempre veía la misión eslava con alegría sin reservas; y naturalmente por un motivo muy egoísta. Con la aceptación del cristianismo por parte de los paganos, al menos por lo que se refería a la clase noble sajona que limitaba directamente con los territorios cristianos, desaparecía un pretexto para atacar, someter y despojar. «Aunque la cristianización de los eslavos no comportaba el agotamiento completo de una importante fuente de ingresos..., ciertamente que al menos dificultaba a los sajones el saqueo de sus vecinos» (Donnert). Y por supuesto que para los cristianos su sangría siempre era más importante que el evangelio; a los príncipes católicos les importaba ante todo el poder, la codicia, el incremento de sus posesiones agrarias y de sus rentas feudales, pues como decía el abad Regino «los corazones de los reyes son codiciosos y siempre insaciables». El arzobispo Guillermo de Maguncia dijo que la afirmación de su padre Otón «el Grande», que se trataba de la difusión del cristianismo, era una excusa. Y sin rodeos de ningún género se dice después en la crónica eslava de Helmhold refiriéndose a Enrique el León: «Nunca se habló de cristianismo, sino únicamente de dinero...».
Mas no se trata simplemente «de que el cristianismo hiciera pie por primera vez más allá del Elba y del Saale asociado a los enfrentamientos bélicos» (Fleckenstein). No, la Iglesia cristiana, y naturalmente la Iglesia alemana, fue también una «fuerza impulsora» de toda aquella expansión hacia el este altamente agresiva; una fuerza, para la cual la fe era asimismo un medio al servicio de un fin; una fuerza, escribe Kosminski, que «iba a la caza de diezmos, bienes y prestación personal y que en la "conversión de los paganos*' veía un negocio sumamente rentable. En ello la ayudó de la manera más enérgica el papado, que fue uno de los principales organizadores de las campañas militares contra el este de
Europa, pues esperaba poder extender su esfera de influencia y aumentar sus ingresos».
Pero eso se podía enmascarar justamente de forma magnífica con ayuda de la propaganda misionera cristiana, con el permanente parloteo sobre «lo superior», sobre el «Señor»... Especialmente cuando los señores, los obispos y los abades, habían ya participado en aquellas acciones de rapiña y conquista, que se presentaban como cruzadas, al menos desde los carolingios si es que no ya desde los merovingios, en aquellas incursiones militares de los emperadores sajones y sálicos hasta la época de las cruzadas propiamente dichas.43
Había dos formas de ganarse a los eslavos.
Una, la misión eclesiástica independiente, como la del obispo Ansgar, que compró muchachos en Dinamarca y Suecia para hacer de ellos clérigos; la misión del obispo Adalberto de Praga a finales del siglo x o la de Günther de Magdeburgo entre los liutizos en los comienzos del siglo XI.
Como esos intentos de conversión tuvieron escaso éxito, la Iglesia optó por la segunda forma: difundir la Buena Nueva a través de los ejércitos estatales, a sangre y fuego o mediante soborno. De todos modos la aceptación del cristianismo era para los eslavos «equivalente a esclavitud» (Herrmann), y tanto más fácil resultaría su aceptación cuanto más eficazmente pudieran demostrar las armas el poder del Dios de los cristianos y la impotencia de los viejos dioses.44
En 400 años, 170 guerras contra los eslavos
Pipino II (fallecido en 714) ya había emprendido sus conquistas de Frisia occidental y de Turingia en estrecha asociación con la Iglesia romana y católica, había incorporado su tierra a los territorios anexionados y así había hecho posible la «evangelización», como diría hoy el papa Wojtyla.
Las cosas no discurrieron de forma diferente en las espantosas guerras sajonas de Carlos. Robar y cristianizar eran cosas que pertenecían sin más a su política. Siempre se marchaba con banderas cristianas sobre los sajones, el clérigo y su «bendición» seguían siempre al militar y sus líneas de empuje, del baño de sangre salía siempre el baño del bautismo, y del asesinato masivo la misión. La extinción del reino ávaro en el flanco oriental del Imperium franco, el gran crimen puramente anexionista de Carlos, se llevó a cabo asimismo como una guerra santa y con ayuda de obispos castrenses. Por doquier colaboraron también aquí guerreros y clérigos, y los extensos territorios del sureste conquistados por la espada se «convirtieron» después principalmente por la acción del patriarcado de Aquileya y del arzobispado de Salzburgo.
Tras la destrucción del gran reino ávaro siguieron incontables expe- diciones contra los pueblos eslavos que habitaban allí, algunas ya en la primera mitad del siglo IX pero sobre todo en la segunda. Los campos fueron devastados, los rebaños aniquilados y muchas personas asesinadas. Casi toda la vida de Carlomán, hijo mayor de Luis el Germánico y fallecido en 880, señor de bávaros, carintios, panonios, bohemios y mo-ravos. estuvo llena de guerras. Y todas estuvieron asociadas a la misión. La cruz llegaba siempre con la espada. Mientras que Baviera, preferentemente desde Ratisbona, Palatinado central, se iba anexionando el sureste pieza a pieza, los prelados bávaros impulsaban la cristianización entre los eslavos sometidos. Pero el alto clero acompañaba también a las tropas y en ocasiones hasta las dirigía. Tal sucedió con el obispo Otgar de Eichstätt, quien en 857 al frente de un reclutamiento hizo algunas conquistas en Bohemia; con el obispo Arn de Würzburg en 871-872, que repitió incursión en 892, siendo derrotado con la mayor parte de su mesnada; y en 872 con el obispo Liutberto de Maguncia y el abad Si-gehardo de Fulda.45
A comienzos del año 874 los sorbios y suslerios de la frontera turin-gia se negaron a pagar los impuestos habituales. En respuesta el arzobispo Liutberto de Maguncia y Ratolfo, margrave de la Marca sorbía, cruzaron en el mes de enero el Saale y aplastaron con incendios y destrucciones la rebelión de los pequeños pueblos fronterizos. Fue la última incursión eslava durante el reinado de Luis el Germánico. Pero ya en 877, bajo su hijo homónimo, se repetía un ataque muy similar contra los suslerios y sus vecinos; el rey se hizo «entregar algunos rehenes con no pocos obsequios y los redujo a la antigua servidumbre».46
La Iglesia apoyó naturalmente de forma continuada a todos los hijos de Luis el Germánico, como había hecho con éste. A la masa maltratada y exprimida como mera fuerza laboral esclavista se la alimentaba con reproches por sus pecados, con groseros engaños de reliquias, con las llamadas procesiones impetratorias; y tanto más frecuentes cuanto peor iban las cosas; precisamente en los años 873 y 874 hubo calamidades especialmente grandes, como ocurría a menudo: deshielos, inundaciones violentas, hambrunas, epidemias, plagas de langosta de modo que «apenas se podía ver el cielo como por un cedazo», y en muchísimos lugares «los pastores de la Iglesia y toda la clerecía les hicieron frente con los relicarios y cruces, invocando la misericordia de Dios». En efecto, «con diversas plagas golpeó el Señor constantemente a su pueblo y lo castigó con la vara de las injusticias cometidas y con los golpes de sus crímenes» (Annales
Xantenses).
¡El Señor golpeaba sobre las nubes, no el señor sobre el caballo! El Padre amoroso del cielo golpeaba de continuo. Y hacía blanco de continuo. También los Anales de Fulda veían «al pueblo germánico no
poco tocado a causa de sus pecados». Aquí los «pecados» y los «crímenes» son siempre los culpables, no la economía natural de la nobleza, su permanente explotación de ventosa. Parecía algo fatídico como las fuerzas de la naturaleza, que una y otra vez golpeaban sobre todo a las personas, de las que escribe el etnólogo Jeggle: «El propio cuerpo no conocía placer alguno, sólo trabajo, también la mujer y los niños eran simples herramientas. La socialización no era otra cosa que el aclimatarse a ese proceso laboral... El trabajo definía el curso del día, las fases del año, los períodos de vida... Trabajo y vida se identificaban». Sucumbió casi un tercio de la población del imperio franco oriental y occidental. Todavía en el verano siguiente sólo en Eschborn (al oeste de Frankfurt) una riada mató a 88 personas. Incluso «la iglesia local fue arrasada con su altar, de modo que no dejó rastro alguno de su estructura ni aun para quienes acababan de verla», y todo ello naturalmente «como consecuencia de nuestros pecados»
(Annales Fuldenses).47
Como en tiempo de los carolingios. Estado e Iglesia colaboraron en los ataques de los Otones, de los salios contra los eslavos del Elba, de los duques polacos contra los pomeranios y en las empresas misioneras del arzobispado de Bremen-Hamburgo. Aquí lo «ideal y religioso... está muy estrechamente vinculado... con motivos profanos» (Bünding-Nau-joks). La extensión del imperio cristiano más allá de las fronteras alemanas del este y del norte fue «siempre una obra común de la Iglesia y del Estado, de la predicación y de la coacción; el trabajo del sacerdote que enseña y bautiza seguía a la conquista bélica o se daba de acuerdo con la aprobación obtenida» (Bauer).
Se ha calculado que los francos y sajones católicos en un período de tiempo que no llega a los 400 años, a saber, desde la incursión de Carlo- magno contra los liutizos en 789 hasta la acometida de Federico Barba-rroja y Enrique el León contra Polonia en 1157, ¡llevaron a cabo 170 guerras contra los eslavos! De ellas 20 acabaron en un fracaso para las tropas imperiales, y en apenas un tercio de las mismas tuvieron éxito.
En los primeros siglos de la Alta Edad Media los eslavos apenas tuvieron una conciencia común eslava, que aunase a las numerosas tribus, clanes y «civitates». Pero su estructura social y política cambió no- tablemente, creció el poder de los príncipes y de la aristocracia tribales y poco a poco se llegó a la consolidación de unos Estados tribales.48
También en los siglos VII y VIII hubo ya principados eslavos. Una de tales federaciones la presidió por ejemplo el «duque» (dux) Dervano el Sorbio, que después del 632 se unió al comerciante franco Samo, fundador del primer reino eslavo (620-658) después de que éste en la batalla de Wogastisburg (a orillas del Eger), que se prolongó tres días, infligiese una derrota total al rey merovingio Dagoberto I. Y hacia 740 se formó en los Alpes orientales, entre los eslavos carintios, un ducado cuyo dux
Boruth, amigo de los cristianos, pidió ayuda contra los ávaros al duque Odilo de Baviera, poco antes de que éste fuera derrotado por Pipino III, su cuñado, que en un alevoso ataque nocturno cayó sobre el ejército bávaro mientras dormía.
Pero en el siglo IX se formó en la parte eslava el gran reino de Mo-ravia y en el X se desarrollaron otros dos grandes Estados eslavos: primero Bohemia, bajo la casa principesca checa de los Premslidas, y después Polonia, bajo los Piastos.