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en lucha con el episcopado franco oriental y con el emperador

Hasta entonces, y pese a la manifiesta injusticia de la que Teutberga fue víctima, el papa había callado durante años ignorando sus repetidas

llamadas de socorro. Y es que en la práctica el papa dependía del empe- rador Luis II, hermano de Lotario, soberano de la mayor parte de Italia, incluidos Roma y el Estado de la Iglesia. Sólo cuando en 863-864 Lotario se indispuso con Luis por la herencia del hermano de ambos, Carlos de Provenza, actuó (con mayor energía) Nicolás contra Lotario. Convocó entonces a todo el episcopado franco, el oriental y el occidental, a un sínodo imperial en Metz, que también se reunió en junio del 863, aunque sólo con la asistencia de los obispos favorables a Lotario.

Al mismo acudieron dos legados romanos, que ocuparon la presidencia y a los que el papa nombró sus «asesores de confianza»: eran los obispos Juan de Ficocle (actual Cervia, cerca de Rávena) y Radoaldo de Porto; este último sobornado ya por los bizantinos, como era notorio. Lotario aprovechó al momento la ocasión y sobornó a entrambos. Los legados, en parte ni presentaron las credenciales de su señor y en parte las falsificaron «y no hicieron nada de cuanto se les había encomendado de acuerdo con el mandato sagrado» {Annales Bertiniani). Y así los obispos declararon por unanimidad nulo el matrimonio de Lotario y de nuevo condenaron a Teutberga, que no se hallaba presente; lo que iba abiertamente contra el derecho canónico que prohibía juzgar a las personas ausentes.

Se decidió recabar su autorización, cuando el papa no la había recla- mado. Con los legados viajaron a Roma los dos metropolitanos: Gunt-har de Colonia, que como especial conocedor de la Biblia y del derecho canónico había preparado las citas escriturísticas en favor del divorcio real, y el muy sencillo pero a la vez muy noble Teutgaud. Ambos viajaron «a la sede del bienaventurado Pedro, que jamás engañó ni se dejó engañar por ninguna herejía...», como afirma intrépido el abad Regino.25

Entretanto en Roma el episcopado del reino occidental había inter- venido para lanzar nuevos reproches contra Lotario y hasta había recri- minado la indiferencia del papa, que sólo entonces tuvo conocimiento de la coronación de Waldrada. Y como creía reforzar su propio poder a través de Carlos el Calvo, se identificó con la política de éste. Por primera vez intervino decididamente contra Lotario, calificó de adulterino su matrimonio y abrió un proceso disciplinario contra los propios legados, con lo que sacrificó a la nueva política al obispo Radoaldo, que hasta entonces había gozado de su confianza.

Nicolás hizo esperar tres semanas a los dos príncipes eclesiásticos de Colonia y Tréveris, a los que en el otoño de 863 había recibido amistosa- mente, y mediante un sínodo romano aunque sin la convocatoria de los obispos de la misma provincia —lo que iba contra toda la tradición— los declaró depuestos y excomulgados. Algo inaudito por completo, sin un verdadero proceso judicial, sin acusación ni defensa, sin interrogatorios

ni testigos; una violación escandalosa del ordenamiento jurídico, pero que fue recibida con estruendosos aplausos. El mismo castigo recayó sobre los legados de Metz.

Por el momento Nicolás no condenó al rey. Pero calificó al sínodo de Metz de «sínodo de salteadores» y «negocio de prostitutas», cuyo proto- colo, el «profanum libellum», fue desgarrado y quemado. El papa no aportó ninguna fundamentación jurídica para su sentencia; pero su oposición convirtió el reino de Lotario, ya en vida de éste, en el objeto de discusión entre los fronterizos del este y del oeste.26

Cuando en el verano de 864 el papa excomulgó a Gunthar, Lotario, que debía a éste algunos favores, le privó también de su arzobispado y de la dignidad aneja a un archicapellán lotaringio y entregó la sede de Colonia, hecha a su medida, a un güelfo como era el abad Hugo. Pero éste «irrumpió como un lobo rapaz en el rebaño de Dios». Cierto que se le volvió a expulsar rápidamente, pero sólo «después de que hubiera matado a muchísimos en aquel obispado» (Annales Xantenses).

El único príncipe eclesiástico que se opuso fue Hinkmar, arzobispo de Reims desde 845 gracias al favor del rey franco occidental. Como solía ocurrir, procedía de círculos feudales y había sido educado en el monasterio de Saint-Denis. Pasaba por ser uno de los personajes más cultos de su tiempo, y mientras defendía celosamente sus derechos arzobispales frente ai papa, aspiraba a su vez con no menor celo a ampliar los propios privilegios frente a sus obispos, y entre ellos a unos títulos jurídicos «en los que sus antecesores ni siquiera habían pensado» (Grotz, S.J.).

Como metropolitano de los obispados lotaringios Hinkmar pertenecía a los obispos de Lotario. pero su diócesis personal estaba en el reino fronterizo de Carlos el Calvo, de quien era el primer estadista y el consejero más influyente. Mas para poder disponer más a su arbitrio como metropolitano, Hinkmar perseguía la anexión de Lotaringia al reino oc- cidental. Por eso precisamente tuvo un enorme interés político en la querella matrimonial de Lotario e hizo de ella la «cause célèbre». Y se comprende tanto mejor que el rey Carlos II, olfateando de inmediato su provecho, lleno de «compasión» por la «desgracia» de Teutberga, se opusiera tan resueltamente a la separación de su sobrino Lotario, por cuanto su matrimonio sin hijos le garantizaba a él una herencia magnífica.

Así, no sólo acogió a Teutberga sacándola de la prisión monástica y a su mujeriego hermano Hucberto, que había sido depuesto, le otorgó la abadía más famosa del país, Saint-Martin-de-Tours, sino que acabó denegando a Lotario la comunión eclesial y poniendo en duda su realeza. Y el arzobispo Hinkmar se convirtió naturalmente en el fiel portavoz de su señor, buscando cada vez más su provecho en el provecho de

su rey, anatematizó el proceder de Lotario en parte con irritación y en parte con burlas y quiso que un sínodo imperial entendiese en el pleito.27

Pero en su irritación los dos arzobispos partieron de común acuerdo a toda prisa hacia Benevento, donde se hallaba precisamente con un ejército el emperador Luis II, cuyas buenas relaciones iniciales con el papa hacía tiempo que se habían enfriado. «Ciego de cólera» marchó de inmediato sobre Roma, topándose allí con una procesión de rogativas, ordenada por Nicolás profilácticamente con otras procesiones y un ayuno general para pedir la conversión del emperador en su manera de pensar. El papa no salió al encuentro del príncipe, como era habitual. Y los veteranos del emperador cayeron sobre los integrantes de la procesión, maltrataron a los clérigos, tiraron a la basura los estandartes eclesiásticos, destrozaron cruces, incluida la de santa Helena con las supuestas reliquias de la cruz de Jesús. Saquearon y destruyeron iglesias, demolieron casas y cometieron atrocidades contra hombres y mujeres, con heridos y hasta muertos. Y cuando a los pocos días el noble ca-rolingio abandonó Roma, sus tropas no sólo dejaron tras de sí viviendas saqueadas y destruidas, sino también iglesias profanadas, mujeres y monjas violadas... Y la católica Majestad «se dirigió a Rávena y allí cele- bró la fiesta de Pascua...» (Annales Bertiniani).

El papa, a quien probablemente todo aquello le había venido muy bien, se refugió ocultamente en San Pedro donde ayunó a pan y agua dos o tres días. Y aguardó paciente, jugando un poco al mártir. Después el exaltado emperador, impresionado por un caso de muerte, por una afección personal y por los remordimientos de conciencia, cesó ya en su actitud.

«Escuchad, señor papa Nicolás...»

Buitres coronados y cambio de frente papal

Por su parte los arzobispos de Colonia y Tréveris anatematizaron a Nicolás I, «que se llama papa, se cuenta como apóstol entre los apóstoles y querría convertirse en el emperador de todo el mundo». Le reprochaban su «arrogancia», su «hipocresía», su «furor tiránico», su «desvarío», y le recriminaban el haber convocado «una especie de sínodo de salteadores a puerta cerrada», que había emitido una «sentencia maldita», «una obra mal hecha, maldita y nula». Y como Nicolás se negase a aceptar tales acusaciones, por intermedio del obispo Hilduino de Cam-bray, hermano de Gunthar que había sido depuesto por el papa, y con el apoyo de un tropel de gentes armadas depositaron sobre la tumba de San Pedro dicho escrito de acusación sorprendentemente audaz, aquellos «capítulos diabólicos y hasta entonces inauditos» (Hinkmar),

que empezaban con «Escuchad, señor papa Nicolás...». Para ello mataron a un centinela de la tumba, abriéndose la retirada a punta de es-pada.28

Con posterioridad los dos respondones fueron muchísimo menos osados y tras haberse esforzado en vano una y otra vez por ser repuestos en sus cargos murieron desterrados en Italia: Teutgaud en 868 y Gun-thar en 871.

Pero el papa Nicolás, a quien los dos obispos habían reprochado no sin cierta parte de verdad el que actuase como emperador de todo el mundo, instigaba a los prelados francos a la desobediencia a su rey —haciendo caso omiso del capítulo 13 de la carta a los Romanos—. Proclamó el derecho de resistencia contra los soberanos incómodos, contra los depravados y los tiranos; idea sobre la que volvería gustosa la Edad Media católica. En 866, «con celo divino», al decir de los Anales de Fulda. excomulgó a Waldrada «con todos sus cómplices, participantes y protectores», amenazó asimismo a Lotario con la excomunión y rechazó los intentos de separación de Teutberga amedrentada en grado sumo así como su anhelada entrada en un monasterio, ¡a no ser que el rey se comprometiese a guardar celibato! «Porque tú cediste a tus impulsos corporales y diste rienda suelta al placer», le escribía el papa en cierta ocasión, «hasta caer en un charco de miseria y hundirte en la más sucia inmundicia».

Como las cosas pintaban cada vez peor para Lotario, sus tíos se lan- zaron ahora sobre el botín largamente acechado. En realidad el único heredero legítimo de Lotario era su hermano, el emperador Luis, a quien todavía Lotario había visitado en Benevento poco antes de su muerte. Pero en mayo del 867 Carlos el Calvo y Luis el Germánico concertaron sobre la tumba de Luis el Piadoso, en el monasterio de Saint-Arnulf de Metz, un «tratado de reparto» singularmente vergonzoso del territorio de Lotario. Con asistencia de numerosos obispos del reino occidental y del oriental, se adjudicaron a partes iguales —y en el territorio de la víctima— el esperado incremento «en verdadera fraternidad». Y naturalmente también prometieron protección y defensa a la Iglesia católica. Pero Lotario. cuyo reino corría el peligro de caer en manos de sus tíos, renovó inmediatamente después en Frankfurt un viejo pacto especial de alianza con Luis el Germánico, que parecía ser beneficioso para Luis, pues éste buscó en seguida la mediación del papa y encontró apoyo en los propios obispos, que hasta lo celebraron como a un héroe de la guerra porque acababa de expulsar a los normandos.

Pero el papa Nicolás se mantuvo inflexible. Y gravemente enfermo, apenas dos semanas antes de su muerte, envió al norte un escrito impla- cable. Murió el 13 de noviembre de 867 «después de muchos trabajos sufridos por Cristo...».29

Su actitud, que respondía a la doctrina de la Iglesia, reportó desde entonces a Nicolás una gran fama. Pero dejando aparte el hecho de que, por ejemplo, ningún papa y ningún obispo protestaron cuando Carlo-magno disolvió su matrimonio y contrajo otro nuevo, hubo evidentemente explosivos motivos políticos que decidieron el proceder de Nicolás. Pues, al esperar más de Carlos el Calvo para su propio poder, cambió de frente, pasándose a su campo y abandonando al emperador Luis II. Para decirlo con el lenguaje de épocas posteriores, de un papa imperial se convirtió en un papa francés. Hizo concebir al soberano franco occidental esperanzas de la dignidad imperial, alentó resueltamente sus planes sobre la herencia del sobrino y hasta «mostró a Carlos la posibilidad de, habida cuenta de las circunstancias, echar mano al imperio ya en vida de Lotario» (Haller). Cierto que Carlos el Calvo, sobornado por Lotario con la cesión de la rica abadía de Saint-Vaast, momentáneamente había cambiado de rumbo, pero rápidamente regresó al bando del papa.30

También conviene recordar lo siguiente.

En aquella época el matrimonio estaba todavía muy lejos de tener la importancia eclesiástica que alcanzaría después. Cierto que el moralista católico Bernhard Haring en su teología moral Das Gesetz Christi repite en una sola página que el matrimonio fue ya «instituido en el paraíso»; pero en la prueba de «la elevación del matrimonio a sacramento» por Cristo no señala ningún pasaje bíblico que lo demuestre. De hecho la monogamia se tomó del paganismo —¡como todo lo que no se les sustrajo a los judíos!— y durante siglos nadie se preocupó de la bendición nupcial. El propio Nicolás I no exigía la correspondiente ceremonia eclesiástica. Sólo en la Baja Edad Media se da la declaración del consentimiento por parte de la pareja en presencia del sacerdote. ¡Y sólo en el siglo XVI pasa a ser el matrimonio un sacramento regular!

Por ello apenas debe sorprender que en el imperio franco los obispos nada tuvieran que hacer jurídicamente con los problemas matrimoniales y que durante mucho tiempo tampoco quisieran hacerlo. Cuando Luis el Piadoso sometió o intentó someter al arbitraje del sínodo episcopal de Attigny (822) la solución de una querella entre dos matrimonios, ¡los obispos encomendaron el asunto a los laicos, que hubieron de decidir de conformidad con la ley civil! Según Wilfried Hartmann, en el imperio franco parece que todavía hacia 860 «las querellas matrimoniales eran competencia de un tribunal civil». Sólo a finales del siglo IXx fueron los prelados los únicos jueces en cuestiones de separación matrimonial, siendo también éste un derecho que consiguieron.31

Mientras Nicolás I agonizaba, uno de sus parientes, el magister mili-tum Sergio, saqueó el tesoro de la Iglesia. Y el duque Lamberto de Spo-leto y príncipe de Capua aprovechó las honras fúnebres para saquear a

finales del 867 los palacios, iglesias y monasterios de Roma y raptar a las muchachas nobles. Los abusos y violencias fueron tales que muchos huyeron de la ciudad.

Desde el idilio familiar bajo el papa Adriano hasta

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