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Incursiones en el este o «ninguno escapó de allí, a excepción del obispo Embricho »

También el gran príncipe Svatopluk, el verdadero soberano del reino de la Gran Moravia, de todos los territorios de los Sudetes, incluidas Bohemia, Silesia y Hungría central, había conocido las prisiones francas; pero poco a poco se fue demostrando cada vez más útil, también para las cercanas tribus eslavas sometidas y «convertidas» y para los checos orientales. Neutra, la sede principesca, era ya en la segunda mitad del siglo ix sede episcopal, la más oriental de la Iglesia latina.

Pero en 871 Svatopluk fue acusado de deslealtad y de nuevo hecho prisionero por los francos, por Carlomán, a cuyo sobrino había sacado de la pila bautismal. Mas como resultó inocente a todas luces, de nuevo hubo que liberarlo recompensándole incluso «con dones regios». Y el príncipe tomó entonces cumplida venganza.

Reanudó la política antifranca de Ratislav, se levantó en armas y todavía en 871 infligió una terrible derrota al ejército bávaro. Los condes fronterizos, Guillermo y Engelscalco, que luchaban contra Moravia, cayeron con otros muchos. «Toda la alegría de los bávaros por tantas victorias conseguidas se trocó en tristeza y lamentos.» Los que no fueron abatidos dieron con sus huesos en la cárcel. Svatopluk, que para los asuntos políticos más importantes se sirvió de sacerdotes cristianos, como Juan de Venecia y el suabo Wiching, continuó siendo para los francos «el cerebro lleno de mentira y astucia», un hombre «inhumano y sanguinario como un lobo» (Annales Fuldenses).

Cierto que en 872 se atacó a moravos y bohemios desplegando todo género de violencias, pero de nuevo con escasa «fortuna». Turingios y sajones fueron puestos en fuga «con enormes pérdidas», «los condes fugitivos fueron apaleados por las mujerzuelas de aquella región y derri- bados de sus caballos a garrotazos». Por el contrario, y desde luego «con la confianza en la asistencia de Dios» (que al mismo tiempo «destruía con fuego del cielo» la catedral de Worms), el pueblo en armas a las órdenes del arzobispo de Maguncia persiguió de forma parecida a cinco duques enemigos, los mató ahogándolos en el Moldava y devastó «una parte no pequeña» del territorio, regresando «sano y salvo a casa; la dirección suprema de aquella expedición corrió a cargo del arzobispo Liutberto».

Otro contingente franco, acaudillado por el obispo Arn de Würz-burg — constructor de una catedral en el lugar así como «caudillo responsable de cuatro campañas conocidas» (Lindner)— y el abad Si-gehardo de Fulda, corrió «sembrando muertes e incendios» en ayuda de Carlomán, que operaba contra Svatopluk. Pero los bávaros sucumbieron y hubieron de «regresar con pérdida de la mayor parte de los suyos entre grandísimas dificultades». Y otro cuerpo de ejército bávaro, dejado para proteger los barcos a orillas del Danubio, fue enteramente destrozado por tropas de Svatopluk... «Ninguno escapó de allí, a excepción del obispo Embricho de Ratisbona...»

Con incursiones extraordinariamente sangrientas pudo Svatopluk afianzar su soberanía y en 874 la paz de Forchheim le aportó una relativa independencia, incluso en la política eclesial, aunque contra el pago de unos tributos anuales.43

Prohibición definitiva de la liturgia eslava y exaltación de los «apóstoles de los eslavos» a patronos del país y a «santos de moda»

Sólo en 873 había obtenido el papa Juan VIII la liberación de Me-todio. Tras su regreso a la diócesis panonia hubo ciertamente de renunciar a la liturgia eslava, a la lengua «bárbara» y celebrar la misa únicamente en latín o en griego «como la canta la Iglesia de Dios expandida por todo el orbe terráqueo». Pero Metodio no se resignó y el papa revocó la prohibición en 880.

Políticamente Svatopluk, señor de la Gran Moravia, apoyó sí la postura de Metodio, aunque personalmente estaba más a favor de la «cultura» occidental, y sobre todo del papado. Así, hizo que su favorito el monje suabo Wiching, educado en el monasterio de Reichenau, fuera elegido por Roma para obispo de Neutra, la primera sede de Svatopluk. Después Wiching fue sufragáneo de Metodio. Sin embargo, intrigó de continuo contra el programa misionero de éste, pese a que en junio de 880 Juan VIII lo había aprobado con su bula «Industriae tuae» y sorprendentemente había resuelto contra Wiching después de que Metodio, convocado a Roma, pudiera rebatir de forma meridiana la acusación de «herejía».

Pero el papa Esteban V (885-891), que estaba bajo la influencia del clero francés, prohibió definitivamente el canon eslavo de la misa ha- ciéndolo sustituir por el rito romano, siendo ésta «la última decisión eclesiástica importante de un papa de la época carolingia» (Handbuch der

Europäischen Geschichte). Pues con ello una parte de los eslavos del sur y

del oeste quedó incorporada para siempre al occidente latino. Esteban V rechazó «por entero la falsa doctrina» y recomendó de la forma más calurosa al «rey de los eslavos» al obispo Wiching como ortodoxo. Pero sólo tras la muerte de Metodio hacia 885-886 logró imponerse Wiching contra el sucesor favorito de Metodio.

La tentativa de Metodio por crear con el apoyo de Bizancio una Iglesia nacional eslava se derrumbó por completo. El episcopado báva-ro había vencido en toda la línea. Se produjo una gran conmoción eclesiástica. La liturgia latina desplazó de nuevo a la eslava y la provincia eclesiástica franca sustituyó a la morava, eslovenos y croatas cayeron de nuevo bajo la férula romano-católica, y la misión bizantina acabó en Moravia para siempre. Al igual que en Bulgaria se había impuesto el este, en Moravia prevaleció el oeste. En lo sucesivo sería la línea divisoria entre la cristiandad griega y la romana, entre el gran sureste europeo eslavo y la parte occidental menor de los eslavos, a través de los eslavos meridionales, a través de los Balcanes. Allí se enfrentaron hostilmente Bizancio y Roma con todas las consecuencias catastróficas incluso en el

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