Nietszche ha dicho cosas cegadoramente ciertas; una de ellas es que la verdad tiene pies de paloma, repta hacia uno imperceptiblemente hasta que se revela en toda su extensión y profundidad sin estruendos y sin avasalla- mientos, dejándose estar con la misma ominosidad que revisten el tiempo, el amor, la humedad y la injusticia. Florencia, como la verdad, adentró al mundo en el Re- nacimiento casi sin darse cuenta, y un día se espabiló de su condición de omphalos europeo; esto es lo que vio, protagonizó, analizó y acabó por extrañar Maquiavelo. Las familias Médici, Pazzi, Strozi gozaban del prestigio y de la condición de ser los banqueros más importantes de Florencia y de un privilegio: controlaban el crédito, el más impresionante aparato tecnológico de su tiempo. Durante buena parte de la Edad Media las preceptivas de la Iglesia moldeaban la esfera privada y pública de la vida de los hombres y, como ya lo referí en el capítulo anterior, establecida la prohibición de la usura, no existía legalmente el crédito comercial; todas las transacciones comerciales se operaban a través del trueque o del pago al contado o (esto era frecuente), se disfrazaban los prés- tamos bajo la forma de colaboración filantrópica y los
intereses se maquillaban con el eufemismo de “agradeci- miento al prestamista”.
Pero desde mediados del siglo XIII lentamente co- menzó a resquebrajarse el poder normativo de la Iglesia, y fue entonces que gentes como los Médici aparecieron en el mundo, crecieron y se fortalecieron hasta cotas si- derales. Sus famosos libros de contabilidad llevan el bla- són más humorístico que la historia de la contabilidad haya podido concebir: “En el nombre de Dios y de los be-
neficios”. El más típico ornato del dinero, el poder, no
tardó en adosarse a Cosme Médici —que alrededor de 1434 era la cabeza del portentoso clan— y tomó el go- bierno de la Florencia republicana. Sus arcas crecían cada vez más, y con ellas la sospecha de que Dios no estuviera en un todo de acuerdo con su proceder; no perdamos de vista que la bibliografía especializada sostenía que “No
practicarás la usura” (Éxodo 22:25); “No prestarás dinero a interés” (Levítico 24:37).
Impulsado por su preciosa culpa, y sin encontrar nin- gún camino alternativo que le permitiera conciliar con los textos que lo obligaban a renunciar a la parte som- bría de sus negocios, Cosme comenzó a verter en obras pías espléndidas cantidades de dinero: restauró iglesias, construyó otras nuevas y las adornó con las más bellas creaciones humanas que el dinero podía comprar. Fue así que los Médici, que presumían de tener un pacto pri- vado con los cielos que los eximía de ciertos fastidiosos escrúpulos, para bien de su patria y del asombro huma- no, se convirtieron en los más importantes mecenas de su época y posiblemente de la Historia.
De la misma manera que fue necesario que Atenas irrumpiera para que los seguidores de Pitágoras dieran a luz a la hija de Mnemosine, fue suficiente que Florencia explotara de turbulencias internas y externas para que al hijo de Bernardo Maquiavelo se le ocurriera inmiscuir- se entre los poderosos. Al tiempo que caen los Médici después de la muerte de Lorenzo el Magnífico —hijo de Cosme—, el rey francés Carlos VIII invade la ciudad y a su paso deja en el poder al monje demente Savonarola, que si bien tuvo toda la mejor intención de hacer el bien —maldecía intensamente y denunciaba la corrupción papal— fue algo tajante en sus métodos. Ya en el tiempo de Savonarola sus detractores propusieron a Maquiavelo como secretario de la Segunda Cancillería, pero su can- didatura no tuvo éxito porque los seguidores de Savona- rola lo descartaron acusándolo de tibio.
Sin embargo se hizo del cargo apenas unos años más tarde, cuando Soderini, moderado en comparación, fue elegido gobernador de la ciudad. Con el correr de los meses la lealtad y el compromiso de Maquiavelo se fue- ron haciendo más y más intensos, determinando una as- cendente carrera diplomática que lo llevó a conocer los reinos más importantes de Europa y, sobre todo, a César Borgia, hijo del Papa Alejandro VI y hermano de la in- dustriosa envenenadora Lucrecia Borgia. Por ese enton- ces César Borgia estaba ansioso por asegurar su futuro y el de su multitudinaria descendencia, por lo que dio con la idea de conquistar para sí un reino propio, tarea que acometió auxiliado por el ejército papal y parte del fran- cés. Florencia, claro, era una golosina para su ambición, lo que le generó no pocos quebraderos de cabeza.
A los efectos de saber qué estaba sucediendo, el go- bierno florentino despachó a Maquiavelo a vivir con Borgia en el campo de batalla, donde no tardó en sen- tirse deslumbrado por las dotes personales del belicoso hijo del Santo Padre; brillante estratega militar, titular de un magnífico don de mando y de una muy esmerada crueldad, César Borgia era capaz de todo. Maquiavelo aconsejó a Soderini seguir las tácticas de Borgia, cosa que hizo durante un tiempo hasta que —oh veleidad in- oportuna— la voluntad del Papa comenzó a pendular y terminó por inclinarse en favor de los Médici como regentes de Florencia, por lo que Soderini hubo de huir, y con él —sin más remedio y sin ninguna otra convic- ción que la del deber cumplido— Maquiavelo, que des- pués de sufrir el previsible ultraje de la mazmorra y de la tortura, se refugió en su Albergaccio de Sant’Andrea. La lealtad, entonces como ahora, era un lujo no apto para todos los hombres.