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La Traducción que No Fue

In document Shakespeare 2 (página 195-198)

El antecedente más antiguo que tenemos de algo asi- milable a una enciclopedia es la increíble “Historia Natu- ral” del romano Plinio el Viejo, pieza en la que se reúnen de manera ordenada los conocimientos, creencias y leyen- das relativos a la naturaleza. Desde entonces, y hasta la aparición de un diccionario de tipo naturalista que apare- ciera en Inglaterra en el siglo XVII, no se conoció ningún fenómeno de análoga ambición. Los conocimientos, cual- quiera fuera su validez, estaban dispersos, circunscritos a textos específicos y, por sobre todas las cosas, no tenían indicaciones que los relacionaran entre sí.

Nunca imaginó el librero Le Breton que cuando lla- mó al joven Diderot para que cooperara en la traduc- ción de la “Cyclopedia, or Universal Dictionary of Arts and Sciences”, del escocés Chambers —un libro audaz en sus pretensiones pero parcial en sus alcances— estaba abriendo el camino para fundar uno de los pilares del mundo moderno. Pues si bien Diderot aceptó de buen grado el encargo, no tardó mucho en convencer a su jefe y provisorio amigo D’Alembert, de que era necesario ha- cer una obra que reuniera la totalidad de los conocimien- tos habidos hasta el momento, los vinculara y pudiera explicarlos racionalmente.

Este proceso comenzó en 1746, año en que Diderot se aprestó a enviar cartas a las principales figuras del mundo académico e intelectual con el propósito de comprome- terlos a redactar los artículos de sus respectivas especiali- dades. A D’Alembert —que no era muy odiado entre los amos de la época— le pidió que redactara los propósitos de la obra y que, en un lenguaje persuasivo, demostrara

que no se trataba de algo en contra de la religión sino a favor de la cultura; a Le Breton le encomendó la nada sencilla tarea de obtener el privilège royal, esto es, la auto- rización oficial para publicar la obra; a su esposa le rogó paciencia y le prometió visitarla en algún momento. Para él reservó el contenido sustancial de la Enciclopedia, es decir, la redacción de unas cuantas decenas de artículos y la confrontación con sus colegas filósofos y científicos acerca de los temas que debían tratarse.

En cuatro febriles años —en los que tuvo tiempo para escribir en contra de los desbordes del clero sobre la vida civil, donde se hizo espacio para purgar penas de cárcel debido a sus ideas— consiguió reunir las primeras centenas de artículos que habrían de llenar el primero de los volúmenes previstos. Rousseau, Voltaire, D’Holbach, Turgot, Montesquieu, estuvieron entre los primeros y más notables colaboradores de la empresa; a su lado, des- de luego, estaban las ponencias de físicos, matemáticos de nota, naturalistas, astrónomos y especialistas de dis- tintas disciplinas que también quisieron hacer patente su adhesión. La Academia Real de Ciencias y la Academia de Inscripciones de las Bellas Letras no quisieron estar ausentes y muchos de sus miembros firmaron, corriendo no pocos peligros, sendos artículos.

Pero más allá de todos esos ingenios juntos, el impul- so, la sangre y el entusiasmo estaban en el corazón y en las manos de Diderot. El filósofo no solamente escribió sobre los temas que ya conocía bien —nociones y lími- tes de la filosofía; visiones de la naturaleza; doctrina e interpretaciones del cristianismo; antropología, literatu- ra— sino que se ocupó de ir a los talleres de artesanos y a las incipientes plantas industriales a interiorizarse perso-

nalmente del funcionamiento de los distintos oficios, de las máquinas y de los secretos y técnicas de las artes. Así, por ejemplo, el vocablo “molino” —que tiene 25 páginas de apretada tipografía— nos describe prolijamente todos los tipos de molinos, todas las piezas que los componen, las distintas energías de que se sirven, sus utilidades y los materiales con que son fabricados; no conforme con eso, incluye una suerte de manual ilustrado para la uti- lización de esos instrumentos y referencias técnicas para construirlos.

Esa área de trabajo, verdadera proeza de investigación de campo, dotó a la Enciclopedia de uno de sus rasgos más interesantes y originales: retratados en sus páginas, aparecieron los modos en los que el conocimiento de las leyes de la naturaleza comenzó a ser aplicado en prove- cho del hombre y solamente como resultado del esfuerzo del hombre por quebrar los límites que hasta el momen- to lo tenían constreñido en los límites de sus creencias. Si a ello añadimos el impacto que de forma inmediata tuvo el difundir por primera vez las ideas racionalistas y empiristas en un sistema articulado que abarcaba todos los asuntos a los que se refiere su pertinencia en la exis- tencia y en el pensamiento de las personas, tenemos que la Enciclopedia fue, en muchos sentidos, la primera y más eficaz revolución cultural del mundo moderno.

Diderot y cuantos le siguieron en su fermental aven- tura fueron conscientes de esa gravitación y supieron del cambio que estaban ayudando a propiciar en los domi- nios de la educación y de la formación social. Eso explica el ardor que pusieron en llevarla adelante, los riesgos que afrontaron y los desdenes que soportaron. Explica eso,

también, la ira que despertó la Enciclopedia entre los reaccionarios de la época.

In document Shakespeare 2 (página 195-198)