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La Historia en su Sazón

In document Shakespeare 2 (página 72-77)

La coartada no deja de ser inteligente, si se tiene en cuenta el comedido imperio de las circunstancias. No quiero demorarme en estas mansas ceremonias del exi- lio y en estos íntimos placeres de la mente, que han de ser muy atractivos para el aficionado al bordado fino de las biografías; mi intención es ir un poco más allá: es entender qué tiene que ver lo vivido con lo pensado. Es claro que Maquiavelo, como resultado de esa salvadora transposición de roles sociales, tuvo la rara virtud de so- brevivirse y de hacerlo no sin gracia.

Avezado conocedor de las miserias contingentes y de las miserias inmemoriales de su prójimo, escéptico hasta la impudicia, reconoció que lo poco que podía lograr en esta vida no vendría de fuera de sí mismo, que nada esencial podía esperar de los que mandaban y tampoco de los sojuzgados: como era mentalmente sano y mo- ralmente recto, abominaba equitativamente de unos y otros, por más que la dedicatoria de sus libros testimo- nie untuosos agradecimientos a quienes lo financiaban. Si algo define a Maquiavelo es su fría impasibilidad, su falta de asombro ante la injusticia y ante la maldad; su mordaz constatación de la estupidez a lo alto y ancho de la escalera social; su casi animal desconfianza del poder y de los poderosos.

Por eso, en la teoría y en la práctica, nada de lo hu- mano le fue ajeno. Y no puede sino avivar señales de aprobación el hecho de que en el curso de su vida fue- ra perseguido por ciertas recurrencias poco gentiles: la ingrata memoria de sus congéneres, el peligro siempre inminente de la pobreza, la obsesiva preocupación por la guerra y sus posibles soluciones, la religión y los abismos del poder, las conjuras palaciegas y la veleidosa naturaleza de los príncipes. Surcado por esos demonios, Maquiave- lo se contempló vivir, y se cuestionó y se comparó y trató de repararse, de ponerse de pie, de empezar a caminar. Como muchos de nosotros en muchas horas de nuestra existencia, cayó en los pozos hondos del abatimiento o de la duda, pero desde esa misma fosa que tenía mucho de espejo y de laberinto forjó el aire necesario y el humor adecuado para comenzar una y otra vez a girar en la vana rueda del mundo.

La vida de Maquiavelo, vista así, desde esta óptica res- trictiva, aunque se presente como desprovista de heroís- mos, bien podría confundirse con un fantástico cuento de hadas o con una vasta alegoría de esas que poblaron el imaginario colectivo de la picaresca italiana de la Baja Edad Media: es un continuo ir y venir de la esperanza, del milagro y de la ruina; cuando recorremos su acciden- tada biografía sentimos no que estamos ante el recuento de unos sucesos más o menos relacionados entre sí, sino ante el inverosímil e infundado relato de un astrólogo que buscara explicar por qué ciertas inclinaciones se con- vierten en realidad con sólo nombrarlas.

Y como para demostrar que lo suyo tiene una base cierta y también ineluctable, para hacer patente que lo individual es tan nebuloso y arbitrario como lo social, con una motivación casi personal se ocupa de ese tipo de inquietantes circunstancias en el apartado LVI del Libro Primero de los “Discursos sobre la primera Década de Tito Livio”. “Antes que se produzcan los grandes aconte-

cimientos en una ciudad o provincia, surgen señales que lo pronostican, o también hombres que lo profetizan”. Así

titula intencionadamente el capítulo en el que abunda en casos sobre los vínculos que existirían entre la sos- pecha de algunos y los hechos de todos, entre el temor y los acontecimientos, entre la esperanza y la constante defraudación de la alegría, entre el temblor y la furia de la historia.

Allí, entre otras rarezas, cuenta que antes de la llega- da de Carlos VIII de Francia a Florencia, el desgañitado monje Savonarola predijo su cercanía, y en esos tiempos se dijo por toda la región Toscana que algunas personas escuchaban y veían en el aire a gente inexistente pelean-

do. Durante una excursión anterior de los franceses a la península itálica, Marco Cedicio, plebeyo, refirió al Se- nado que había oído a medianoche, paseando por la Via Nuova, una voz sobrehumana que le ordenaba contar a los magistrados cómo los franceses se acercaban a Roma. Maquiavelo concluye este apartado con la siguiente re- flexión: “estando el aire lleno de inteligencias, éstas, por vir-

tud natural, prevén las cosas futuras y tienen compasión por los hombres y, a fin que puedan prepararse para la defensa, les advierten con tales signos”.

Este pasaje le pido al lector que lo memorice, que lo grabe firmemente en su conciencia ciudadana, porque es una fuente de consulta constante para comprender las incidencias de la política y los muchos entresijos en los que rivalizan los historiadores y los científicos de la polí- tica en su baldío afán por hallar trazos de coherencia, de lucidez y de respetabilidad en la acción de los pueblos. La frase encierra, me atrevería a decir que de manera casual y con mayor contemplación que las apropiadas páginas de “El Príncipe”, las dos premisas centrales del pensa- miento de Maquiavelo, a saber: que siempre hay alguien más inteligente que la plebe, que la plebe es retrasada por definición y tamaño; y que la idiotez del ambiente se puede oler de lejos y utilizarse en provecho de quien ha tenido la virtud de olerla con anticipación.

Como la harina es la materia prima del panadero y la uva es cosa de todos los días para el bodeguero, la fabulo- sa estupidez humana es el material fundamental con que trata Maquiavelo y que enseña a organizar de modo tal que resulte más aprovechable a los efectos de conservar el poder del soberano. Michel Foucault, que también se ocupó del asunto del poder con algo menos de la maestría

de Maquiavelo, utiliza una metáfora iluminadora para ilustrar el fenómeno. Explica que el poder sigue la misma lógica que el dinero; el poder pasa de mano en mano, en cantidades ínfimas o en cantidades obscenas, pero todos los hombres tienen al menos una moneda en el bolsillo, todos los hombres cuentan con una cierta cantidad de poder. Así, entonces, la clave del maquiavelismo consiste en evitar la formación de cooperativas de ahorro y cré- dito donde los hombres vuelquen y aúnen sus ínfimas cantidades de dinero para terminar comprando el sol, el destino o el alma del soberano.

Unos cuantos años antes que el inglés Hobbes, nos explicó Maquiavelo que en el principio de los tiempos los hombres eran pocos y vivían dispersos, pero con el tiempo hubieron de aunarse bajo la tutela del más fuerte para defenderse de la violencia de otros individuos. De esta experiencia, según dice, “nació el conocimiento de las

cosas honestas y buenas, distintas de las perniciosas y malas, porque al ver que alguien le hacía mal a su benefactor sur- gían el odio y la compasión entre los hombres, denostando a los ingratos y honrando a los gratos, y pensando que ellos mismos podían recibir tales ofensas, a fin de escapar de ese mal se sometieron a hacer leyes y a ordenar castigos a quien las violara: de allí nació el conocimiento de la justicia”. Es

por este medio que se funda la dinastía de hombres bien- pensantes que desde entonces han venido recorriendo con pasos cansados la faz de este triste anexo del astro rey; estos individuos, por tanto, han entendido que la virtud del buen gobernante no era ya la valentía y la fuer- za, sino la prudencia y la justicia.

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