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Vestido para una Fiesta

In document Shakespeare 2 (página 68-72)

Allí, en ese rincón idílico de la campiña, vivió rodea- do de la balsámica hospitalidad de la naturaleza toscana, cultivando olivos y viñedos. Se sabe mucho de esto por- que él mismo, en sus largos recreos, se ocupó en contar cómo perdía los días y las noches lejos de la urgente me- trópoli de la que era secreto artífice y especialista. Relata, así, que se levantaba temprano por la mañana y se dirigía a un bosque cercano para supervisar la marcha de las ta- reas de los campesinos; en una carta a uno de los po- cos amigos que aún se dignaban a escuchar lo que tenía para decir, revela: “paso el tiempo con aquellos leñadores,

que siempre tienen alguna desgracia entre manos, o con los vecinos”.

Y como aquel menguado Alonso Quijano de ojos vi- driosos que transfiguró heroicamente los paisajes y los rostros y los oficios de su humilde entorno para soportar mejor la realidad, Maquiavelo, al promediar las tardes de sus obedientes ocios lleva su melancolía a la taberna de la aldea y con toda deslealtad se engaña; imagina que sus rústicos interlocutores —el hospedero, el carnice- ro, el molinero y dos horneros de cal— son los grandes hombres con quienes en sus horas felices solía compartir instructivas conversaciones y debates, Amérigo Vespucci, Leonardo da Vinci, Pico della Mirandola, César Borgia. Pero sus ilusiones son prontamente destrozadas: “me en-

canallo con ellos el resto del día, jugando a la cricca y a las tablas reales, estallan en mil disputas y a los arrebatos se añaden las injurias, la mayoría de las veces nos acaloramos por un cuarto y el ruido de nuestras peleas se hace oír hasta en San Casciano”.

Al no hallar en esos insignificantes paisanos ni un remoto parecido con los deslumbrantes contendores de antaño, Maquiavelo se desespera y opta por el último ex- pediente que le queda: dirigirse a los verdaderos centros de irradiación de cultura y de vida; refiere en la famosa carta dirigida a su amigo Francesco Vettori: “Me escucho

diversas cosas, y observo la variedad de gustos y fantasías de los hombres. [...] Así, en medio de estos piojos, me limpio el cerebro de moho y desahogo la maldad de ésta mi suerte... [...] Cuando llega la tarde vuelvo a mi casa y voy a mi escritorio, en la entrada me despojo de este traje cotidiano, lleno de fango y lodo, y me revisto de ropas curiales y reales: y decentemente vestido entro en las antiguas cortes de anti-

guos hombres, donde amorosamente acogido por ellos, me alimento del único alimento verdaderamente mío y para el que he nacido; por eso hablo con ellos sin temor, y les pido que me expliquen el porqué de sus acciones; y ellos, por su humanidad, me responden; y por espacio de cuatro horas no siento aburrimiento y olvido todas las preocupaciones, no temo a la pobreza, ni me angustia la muerte, me sumerjo totalmente en ellos”.

Es notorio que algo extraño, algo no previsto en el acta de bautismo le estaba ocurriendo al exiliado. Con- sideremos seriamente la situación, conociendo como conocemos de sobra los valores y las inquietudes de Ma- quiavelo. Es claro que en lugar de privarse por muchas horas del placer de ese sagrado encuentro con los suyos de su alma, en lugar de rasparse el cerebro con las des- dentadas risas de los vecinos del tugurio, muy bien, y con todo derecho y comodidad, podría haber elegido transcurrir todas las horas del día rodeado por el heroís- mo perfecto de los personajes de Homero, o por la in- mejorable insidia de Aristófanes, o por la ira fundadora de Orestes o meditando con Séneca o con Marco Au- relio (al que tanto admiraba) acerca de la futilidad de la esperanza y de la ansiedad en los asuntos del corazón y del bolsillo. Sin embargo, misteriosamente no es así; teniendo a mano tiempo y libros, teniendo, además, una curiosidad a prueba de toda soberbia, Maquiavelo toma la opción más inesperada y se sustrae con todo empuje del positivo deleite que le produce la lectura; perversa- mente se niega el goce del conocimiento y de la belleza del pensar, e insiste en concurrir día tras día a la sórdida taberna, encontrando una satisfacción morbosa y hasta visceral en sentirse degradado al nivel de los deshereda-

dos feligreses del vino que reían con muecas desagrada- bles y gritaban y golpeaban las mesas con sus insolentes y enormes puños.

Me gusta pensar que tal vez Maquivelo jugó a ser de los primeros existencialistas; esos profesionales de la desesperación y de la búsqueda de una orientación, de una finalidad a un vivir que está ahí, como arrojado sin sentido sobre el mundo. Qué otra cosa conjeturar acerca de alguien que se refugia en los clásicos para gustar de su inmortalidad; alguien que supo ser grande, que supo ser el más digno de los dignatarios y que un buen día se ve como uno más de aquellos mostrencos que se gastaban las pocas horas asignadas en este mundo contemplando la torpeza del torpe tendero y las insustanciales quejas de la mujer del panadero. Maquiavelo se convertía en in- mortal vicariamente, gozando en la inmortalidad ajena y pretendiéndola propia. Por determinación moral jugaba a creer que su ostracismo no era un fracaso.

Estoy más que convencido que toda esa brutalidad, toda esa mediocridad y pestilencia eran el flagelo que Maquiavelo se daba día tras día para embriagarse de hu- millación y espolearse el ánimo, para, como cierto per- sonaje de Kafka, conquistar la independencia del esclavo que hace propio el látigo con la finalidad de golpearse a sí mismo, sin la intermediación del amo. A través de estos inhóspitos recursos la conciencia moral de Maquia- velo y su autoestima alcanzarán la certidumbre de que ya no es posible seguir en esa ciénaga de campo y de inmen- so cielo viviendo así, como una sombra, de manera tan mezquina, tan abyecta.

Estimulado por el atroz reflejo de su propia decaden- cia, viéndose en el último escalón de su aprecio, piensa que debe libertarse, que ya ha tenido suficiente castigo como para cooperar con sus verdugos y además infligir- se el de la incapacidad y el silencio. Sabe que no puede seguir así y seguir al propio tiempo siendo considerado parte del reino de los vivos; sabe que si quiere volver a ser quien siempre supo ser, tiene que retornar al centro de la realidad y erigirse otra vez en objeto de admiración, de temor, de respeto, de habladurías. Por algún método nuevo y resuelto, piensa, debe reconquistar cuanto antes el favor, y más que el favor, el reconocimiento redentor de los Médici. Por eso y sólo por eso, como quemado por un hierro candente, se consagra con todas sus fuerzas (y con un entusiasmo que tiene mucho de brío juvenil) a escribir un tratado sobre el esquivo arte de la política que termina siendo un catálogo de las ruindades humanas y al que lacónicamente llama “El Príncipe”.

In document Shakespeare 2 (página 68-72)