No creo que haya nada más engañoso, nada más ale- jado de lo mundano y probable y de lo real en la guerra y en la historia que este final. Nada de lo previsto en él se cumplirá o tendrá sentido. Después de Enrique reinará su hijo, pero reinará tan erráticamente y con tanta igno- rancia y desdén que acabará por derramar alegremente la preciosa sangre de los ingleses a cambio solamente de derrotas, humillaciones y renuncias. En pocos años, casi en meses, las antiguas posesiones inglesas en Francia se le resbalarán de las manos como agua; y ya nunca Inglate- rra podrá reclamar nada serio a la recuperada vanidad de Francia. Pero eso es otra historia más allá de Shakespeare y de su hondo genio; la menciono sin demorarme en ella porque en verdad no hace al tema.
Lo que en realidad ahora me interesa es destacar la ra- zón dramática por la que todo termina bien en Enrique V; me interesa Shakespeare y no las anomalías genéticas o la perversa injusticia de las leyes de Mendel cada vez que se aplican a la política. Pretendo que todo termina bien en el plan de Shakespeare porque Enrique es un verdadero héroe por sus conquistas y su bravura, pero sobre todo —esto me parece lo más importante— porque logra so- breponerse a las expectativas que tiene de sí mismo. En- rique, que sin duda fue uno de esos borrachos disipados a los que el resentimiento mantiene alegres, decide dejar atrás sus años negros y tormentosos no por una alucina- ción mesiánica (sentirse salvador de su patria) o por lim- piar su nombre de la desazón paterna (salvar su nombre), o por hartazgo.
Nada de eso: Shakespeare no es tan automático ni tan sencillo a la hora de forjar la silueta psicológica de sus personajes; su transformación es más honda y tiene, me parece, una raíz existencial, antes que moral: Enrique, el héroe de los tugurios y de las interminables noches, decide dejar todo atrás porque en el fondo de su cons- ciencia, atrapado entre sus afectos más cercanos, se ha dado cuenta, con estupor pero a tiempo, que el ingenio insuperable del viejo Falstaff no es más que desengaño, y que el desengaño es un arma poderosa y eficaz para destruir cosas, pero que nada edifica.
Acaso uno de los motivos por los que los héroes grie- gos siguen siendo magníficos héroes es porque son ti- tulares de un impulso verdaderamente ilimitado: ellos agotan sus fuerzas pero no sus energías; agotan sus odios pero no su capacidad de odiar; agotan sus vínculos pero no la capacidad de enamorarse. Los héroes homéricos están curados del atavismo del desencanto, y por eso se elevan por encima del normal de los hombres y de su mala memoria.
Este Enrique, cuando fue joven —tal es lo que lee- mos en la segunda parte de Enrique IV— se acercó al lecho de su padre agonizante, y creyéndolo ido o direc- tamente muerto, le quitó la corona que ceñía su frente para probársela. El rey enfermo, empero, todavía seguía con su alma en la tierra y se despertó de su intermiten- te coma, sorprendido por la osadía de su hijo. “No te
apresures”, le dijo con un hilo de voz que no ocultaba su
disgusto. Descubierto en la debilidad de su fuerte ambi- ción, el príncipe pide disculpas y le ruega al padre que lo empiece a considerar reformado, que nunca más será visto en las tabernas, en malas compañías, vagando sin
rumbo por las noches, perdiendo sus inciertos días en el ocio y en el licor.
Y como si hubiera sido fulminado por un rayo, ahí, en esa escena, se transforma: abandona la taberna, aban- dona a las mujeres de risa fácil y de labios generosos, deja atrás los compañeros de fiesta. Con ello viene a enseñar- nos algo que más de una vez olvidamos, y es que para ser una persona de bien, para alcanzar la humana grandeza, el merecimiento no es lo que viene de fuera o los bienes con que la naturaleza eventualmente nos premia, sino el querer, esa firme la voluntad de ser mejores, esa voluntad que derrota tentaciones, que vence rencores, que no co- noce el vértigo, que desprecia el miedo.
Nos informa la autorizada opinión de William But- ler Yeats que “Enrique V posee todos los vicios groseros, los
nervios toscos de alguien que tiene que gobernar entre gente violenta, y está tan lejos de ser demasiado amistoso con sus amigos que los pone en la puerta cuando se les ha acabado el tiempo. Está tan desprovisto de remordimientos y de distin- ciones como una fuerza natural”. Pero su falta de remor-
dimientos y su justicia ciega, que por ejemplo lo hace colgar a dos de sus antiguos amigos, está basada en una superación de los propios límites de su persona. En toda la obra no conocemos al rey sino por lo que dice a sus súbditos excepto en un momento, cuando queda solo en esa desvelada noche antes de la batalla de Azincourt, y reflexiona sobre la dificultad de ser rey y de lo grave de la condición de la majestad, añorando ser un esclavo a quien no le pesan las responsabilidades de sus súbditos. El lugar es común, es cierto, pero no por ello es menos verdadero.
Enrique V llega a la conclusión que él, como todos los reyes, son pobres hombres con grandes cargas, y que esta naturaleza dual de la majestad es agobiante e injusta para con la persona llamada a padecerla. Él ha abando- nado el cinismo, y ciertamente su soliloquio no es cínico; se trata del punto de quiebre en el que un alma indepen- diente que se rige por la urgencia del placer y de la gloria pasajera advierte que ninguno de los dos elementos logra funcionar como impulso del digno vivir; entiende que ha llegado la hora de diseñar un motivo válido para jus- tificar el mal paso de ayer y para sobrellevar el juramento de la majestad.
Enrique se asume como el pobre hombre que tiene por misión consagrarse con convicción y energía —y con fuerzas que todavía no conoce pero que están en lo más hondo de su ser— al bien del prójimo. En la antípoda de esta actitud y de este voto se encuentra el posterior Ricardo, hombre o monstruo de la casa de York.