En poco tiempo, y sin ninguna resistencia, el fiorino
d’oro se convirtió en la primera moneda internacional
del mundo. Apareció a la luz trece años antes que na- ciera Dante, otro hijo dilecto y universal de Florencia. Previsiblemente el poeta no compartió el orgullo de sus compatriotas ante la importancia económica y comercial de la ciudad, y menos, sintió como propio el mérito de pertenecer a una sociedad donde el valor del dinero co- menzó a destacarse como factor decisivo de prestigio, de tentación y de poder.
Las distintas fosas del infierno que imagina y visita están en varias partes embutidas de florentinos que dei- ficaron el dinero y las riquezas, y que tenazmente fueron capaces de todo tipo de crímenes para satisfacer sus am- biciones o dar rienda suelta a su codicia o avaricia. Fuera de cualquier duda, hay que conceder que de todas las abominaciones que la prosperidad de Florencia recibe en la Comedia, es la irónica prosopopeya con que inicia el Canto XXVI la que menos gracia ha de haberle causado a los vecinos de la ciudad. Dice así: “Regocíjate, Florencia,
pues tu grandeza es tal que vuela por mar y tierra, y has- ta se dilata tu nombre por los ámbitos del infierno. Cinco de tus principales ciudadanos hallé entre los ladrones, cosa de que me avergoncé, y que para ti no redunda en grande alabanza”.
A Dante, como a todo fiel lector de Santo Tomás de Aquino y de Aristóteles, le espantaba la incipiente acti- vidad bancaria, especialmente en la zona relativa a los préstamos. Aristóteles le explicó al poeta y también a nosotros en el tercer capítulo del Libro Primero de “La
Política” que el dinero es un patrón de valor y un medio para mantener la riqueza; explica que “cosas tales como es
el objeto de cambio en alguna medida deben ser compara- bles. Esta es la razón de la invención del dinero. El dinero es una especie de medio, pues mide todo y, en consecuencia, mide, entre otras cosas, el exceso o defecto, por ejemplo, el número de zapatos que son equivalentes a una casa o a una comida”. Además de esta función, “el dinero es útil para el cambio futuro; es una especie de seguridad que poseemos y que, si ahora no queremos una cosa, podremos conseguirla cuando queramos; pues si una persona tiene dinero, debe estar en su poder conseguir lo que quiere”.
Hasta este punto el discípulo del opulento Platón consiente y el divino poeta asiente respecto de la perti- nencia funcional del dinero. No parece dañoso para na- die comprar, vender o atesorar moderadamente dinero; el problema surge cuando el dinero envilece esa funcio- nalidad originaria y se convierte él mismo en negocio.
Al final del citado capítulo sostiene el Maestro que la forma “más odiada” de darle uso al dinero “es la usura,
que obtiene una ganancia del dinero en sí y no del uso na- tural del mismo. Porque el dinero se pensó para usarlo en el cambio y no para acrecentarse con el interés. Y este término, usura, significa el nacimiento del dinero de dinero, se aplica a la procreación del dinero, porque el descendiente se parece a los padres. De todas las formas que existen de hacer dinero esta es la más innatural” (cf. “La Política”).
Santo Tomás, siguiendo a Aristóteles, condena la ac- ción de los prestamistas y el fenómeno de la usura; lo hace en los cuatro Artículos de la Cuestión 78 de la parte Segunda de la “Suma Teológica” (allí dice que prestar y
reclamar por el uso de lo prestado es un pecado de injus- ticia). Dante, aceptando al Santo —a quien le dispensa un lugar de honor en el Paraíso, a la cabeza de todos los teólogos—, la repudia; los florentinos, en cambio, no de- jan de enriquecerse: desde la aparición del florín de oro los préstamos aumentaron considerablemente su interés debido, precisamente, al poder de cambio, respaldo y re- putación de esa moneda.
El conflicto entre la realidad económica y la realidad de la ética se resolvió por medios más o menos inteligen- tes. Los banqueros florentinos —que piadosamente eran banqueros de la Santa Sede, que recaudaban los impues- tos que la Iglesia imponía a los reinos, que realizaban pagos y cobraban deudas en nombre del Sumo Pontífi- ce— también prestaban dinero y obtenían pingües ga- nancias por violar sin mayores problemas los preceptos canónicos que pretendían poner a los hombres a salvo de la maldición de la usura. Y, que se sepa, nunca recibieron otra condena que aquellas que inútilmente prodigó el florentino Dante durante su tour por las pavorosas co- marcas del infierno. Las leyes que condenaban la usu- ra y que formalmente estaban en vigencia, Florencia las aplicó con vigor en exclusividad sobre los extranjeros y especialmente sobre ciertos judíos.
Dos o tres décadas más tarde de estar en el mundo, el florín lo conquistó y lo cambió para siempre. Sus creado- res —el lobby de los mercaderes de paño— y sus prime- ros beneficiarios, los florentinos, conocieron, gracias a su existencia, los momentos de mayor prosperidad de que tiene memoria la historia de esa patria.
Por eso, más allá de cualquier reparo, su recuerdo después de casi ocho siglos todavía sigue siendo un sím- bolo de empuje, de laborioso ingenio y de ejemplar pro- greso que contesta abierta y rotundamente a la fama de oscuridad y atraso que se le ha querido endilgar a esos luminosos siglos europeos.
Si nuestras sociedades progresaron y alcanzaron altos niveles de bienestar y de desarrollo económico y cultural no fue por los incendios y saqueos que tuvieron lugar en los tiempos modernos (las revoluciones francesa y rusa no tienen grandes motivos para reclamar un lugar en la historia de la buena ordenación de las relaciones colecti- vas y en el avance de los conocimientos), sino porque en aquellos años todavía hoy llamados sombríos se forjó lo que luego conocimos con el nombre de capitalismo, fe- nómeno que la ignorancia convertida en poder desde el siglo XVIII atribuye al Renacimiento y los protestantes
al protestantismo.1
1 A quienes tengan interés en ahondar sobre este tema recomendamos la lectura de Le Marchand Italien au Moyen Age, de Armand Sapo- ri (Colin, Francia); Historia del Dinero, de Victor Morgan (Istmo, España); Les hommes d’affaires italiens au Moyen Age, de Yves Re- nouard (Colin, Francia); Marchands et Banquiers du Moyen Age, de Jaques Le Goff (P.U.F.); Historia Social y Económica de la Europa
Medieval, de Gerald Hodgett (Alianza Editorial, España); Feudalis-
mo-Capitalismo, de Otto Hintze (Alfa, España); Historia Económi-