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The Blue and Brown Books, B Blackwell, Oxford, 1958, pp 57-

de modo general, desconfiar del fruto tan tentador del árh: del conocimiento psicoanalítico.

32 The Blue and Brown Books, B Blackwell, Oxford, 1958, pp 57-

(trad. cast., Los cuadernos a zu ly marrón, Tecnos, Madrid, 1984).

de muelas pero que no lo sé? No hay aquí nada erróneo, se trata simplemente de una nueva terminología y puede en cada momento ser retraducida al lenguaje ordinario. Por otro lado, aquí se está utilizando, es evidente, el tér­ mino “saber” de un modo nuevo (ibíd., p. 23).

La introducción de una expresión “dolor de muelas incons­ ciente” por la convención indicada no constituye, así, en nin­ gún caso un error, aunque podría tener, entre otros inconve­ nientes, la de suscitar dos tipos de reacciones inapropiadas. La primera es la que consistiría en imaginarse que ha sido hecho un “descubrimiento asombroso”, la segunda el pre­ guntarse cómo puede ser posible un dolor inconsciente. “Pue­ des, entonces, estar tentado de negar la posibilidad de un dolor de muelas inconsciente; pero el científico os dirá que es un hecho demostrado que hay algo de ese tipo, y lo dirá como un hombre que destruye un prejuicio común. Dirá: ‘Es ciertamente muy simple; hay otras cosas que las que no tenéis conocimiento, e igualmente puede haber un dolor de mue­ las del que no tenéis conocimiento. Se trata, simplemente, de un nuevo descubrimiento’. Esto puede no satisfacemos, pero no sabemos qué responder. Esta situación surge constante­ mente entre el científico y el filósofo” (ibíd.).

Freud cree estar aquí en la posición del científico que nos ha demostrado, como sucede a menudo en las ciencias, que algo que creíamos imposible era no solamente posible, sino que es real; pero se encuentra en realidad, más bien, y según Wittgenstein, en la posición del filósofo, que cuan­ do se le protesta diciendo que está hablando de algo impo­ sible, generalmente se apresura a proclamar que ha hecho un descubrimiento extraordinario. A decir verdad, diga lo que diga Wittgenstein, no es cierto que el caso del pensa­ miento inconsciente pueda realmente ser comparado al del dolor inconsciente. Si por “dolor” entendemos un estado mental de la persona concernida, ciertamente rechazaremos llamar dolor (inconsciente) lo que parece ser más bien, en este caso, un estado de la muela misma. El problema es, precisamente, que las cosas inconscientes de las que se está tratando deben ser de naturaleza m ental, aunque sean inconscientes. Los adversarios del inconsciente son nor­

malmente quienes piensan que no hay nada que podamos llamar “mental” entre lo consciente y lo que es puramente neurofisiológico u orgánico (y, así, “inconsciente” única­ mente en el sentido en que no somos conscientes de la exis­ tencia de una caries dental que no se traduce en algún dolor). Pero Wittgenstein quiere decir que podemos encontrar razo­ nes para decir, en ciertos casos, que tenemos un dolor, aun­ que no tengamos conciencia de él. Después de todo, pode­ mos vacilar en la cuestión de saber si debemos decir que una anestesia suprime el dolor mismo o, al contrario, que el dolor está ahí, pero que estamos incapacitados de perci­ birlo. Sea lo que sea, es perfectamente posible, pues, darle un sentido a la idea de pensamientos que se tienen sin ser consciente de que se tienen y es bastante difícil evitar hacer­ lo. Como dice Leibniz: “Las ideas están en Dios desde toda la eternidad, y están en nosotros antes de que pensemos actualmente en ellas [...]. Si alguno las quiere tomar por pen­ samientos actuales de los hombres, le está permitido, pero entonces se opondrá sin motivo al lenguaje recibido”33. Para Leibniz, lo que se llama “tener una idea” es fundamental­ mente algo de la índole de una facultad o una disposición, y no de un estado mental consciente: “La idea [...] consis­ te para nosotros no en un cierto acto del pensamiento, sino en una facultad, y puede decirse que tenemos la idea de algo incluso cuando no pensamos en ella, con tal de que poda­ mos pensar en ella si se presenta la ocasión”34. Freud dice que: “La contestación que se opone al inconsciente se vol­ vería completamente incomprensible si tomamos en consi­ deración todos nuestros recuerdos latentes” (Das Unbewusste, p. 126). Pero estamos tentados de responder, precisamen­ te, que en este sentido el inconsciente ha sido siempre admi­ tido. Como dice Leibniz: “Una [...] cosa es retener, y otra recordar, porque las cosas que retenemos no son siempre

33 Nouveaux essais sur l’entendement humain, Chronologie et intro- duction par J. Brunschwig, Gamier-Flammarion, París, 1966, pp. 258- 259.

34 “Quit sit idea”, en Philosophische Schriften, herausgegeben von C. J Gerhardt, Georg Olms, Hildesheim, 1965, vol. VII, p. 263.

las cosas de las que nos acordamos, a menos que seamos avisados por algún medio”35.

Como acabamos de ver, Wittgenstein sostiene que Freud ha realmente descubierto algo en el dominio de la psicolo­ gía, a saber, “reacciones psicológicas” de un tipo inédito, y, por lo demás, simplemente ha inventado y pretendido impo­ ner un sistema de notación que permitiría redescribir toda la vida psíquica teniendo en cuenta estos nuevos elementos. El lenguaje del inconsciente no dice, sin embargo, nada sobre los hechos concernidos que no pueda ser retranscrito, en principio, en la notación tradicional. Lo que el psicoanálisis ha descubierto no es, ciertamente, el hecho de que las razo­ nes puedan ser desconocidas para el que las tiene, puesto que nosotros explicamos ya corrientemente las acciones de alguien por razones de este tipo. Por la puesta a punto de una técnica que permite obtener del sujeto el reconocimiento de que ha tenido motivos inconfesables o, en todo caso, difí­ cilmente confesables, algo que le habría sido imposible acep­ tar al comienzo, nos ha proporcionado, simplemente, nue­ vos criterios o nuevas razones que perm iten decir que la conducta de alguien ha sido determinada de un modo que él ignoraba, o sea, por motivos de los que no era conscien­ te. Como lo hace notar David Archard, una declaración como “Ahora veo que durante todo este tiempo he detestado incons­ cientemente a mi padre y que era esta aversión inconscien­ te la que explica mi necesidad obsesiva de robar de modo repetido”, puede significar dos cosas bien diferentes:

[...] El sentido de “Ahora veo” puede ser, por un lado, “Ahora veo que la única explicación posible de lo que he hecho es... aunque, naturalmente, no era en ese m om ento, ni lo he sido nunca, consciente de la exis­ tencia de sentimientos de ese tipo”, y por otro, “Ahora veo que detestaba a mi padre, y mientras que antes sola­ mente podía robar para expresar esa aversión, en este momento puedo mirar a la cara a esos sentimientos que

35 G. W Leibniz, Opuscules et fragmente inédits, publicados por L. Cou- turat, Georg Olms, Hildesheim, 1966, p. 37.

siempre he tenido y de los que ahora he llegado a ser consciente”. La primera interpretación corresponde a la atribución de una razón inconsciente efectuada en ter­ cera persona; la segunda a un reconocimiento en pri­ mera persona36.

En el primer caso, admito que la existencia de una razón inconsciente constituye la única explicación posible de mi comportamiento, en un sentido que no es diferente de lo que podría decirse del comportamiento de algún otro. En el segundo caso, hago más que eso, porque describo el resul­ tado del proceso como algo que ha consistido en una toma de conciencia del hecho de que mi comportamiento era dic­ tado, en efecto, por esa razón. Freud ha dado cuentas de esta distinción haciendo una diferencia entre una aceptación pura­ mente intelectual de la interpretación propuesta (que no sería suficiente para obtener el resultado buscado) y el hecho de alcanzar una convicción íntima apoyada sobre la experiencia vivida del sujeto. Pero como apunta Archard: “Es evidente que la aceptación por el paciente de la interpretación no con­ firma más su verdad que lo que lo haría la de un observador desinteresado que esté al corriente de todos los hechos per­ tinentes. La fuerza de la segunda ‘convicción depende de manera crucial del sentido, si es que lo hay, que podamos dar a la idea de ‘saber que se han tenido esos sentimientos durante todo este tiempo, bien que de modo inconsciente’” (ibíd., p. 127). El problema no es, simplemente, saber cómo una representación que era inconsciente puede volverse en un momento dado consciente; es, también, el de compren­ der cómo el sujeto puede acceder a la vez a la certeza de que esa representación sencillamente se ha vuelto consciente y que de hecho la tenía desde el comienzo sin haberse dado cuenta de ella. Éste es el problema que destapa Wittgens- tein. ¿En qué sentido el hecho de que el paciente esté dis­ puesto a reconocer que él “ahora ve” cuál era la verdadera razón de su comportamiento puede constituir una prueba

36 David Archard, Consciousness and the Unconscíous, Open Court Publishing Company, La Salle, Illinois, 1984, pp. 126-127.

del hecho de que ha descubierto la existencia de una razón que estaba ahí, y que ha actuado durante todo este tiempo sin saberlo él? Sólo una confusión de las razones y las cau­ sas permite aquí, según Wittgenstein, tratar una razón como se haría con una causa permanente de la que se ha descu­ bierto, por los métodos utilizados en casos de este tipo, que estaba presente y activa durante el período concernido.

Hacker contrasta el papel que desempeña la analogía en dominios como la estética y la historia del arte con el que es susceptible de representar en la ciencia empírica. Una analo­ gía del primer tipo consiste en comparar la arquitectura con un lenguaje e intentar explicitar el vocabulario y la gramática de ese lenguaje. A pesar de su incontestable fecundidad no puede, sin embargo, poner a esta analogía sobre el mismo pla­ no que, por ejemplo, la analogía hidrodinámica, que ha con­ tribuido en gran parte a los progresos realizados en la teoría de la electricidad. Una analogía como la analogía lingüística utilizada en arquitectura “no engendra hipótesis que puedan ser comprobadas en experiencias y tampoco produce una teo­ ría que pueda predecir sucesos. La comprensión que resulta de una analogía de este tipo no es el resultado de una nueva información y tampoco conduce a nuevos descubrimientos empíricos. No conduce a la formulación de inéditas cuestio­ nes factuales a las cuales pueda, después, ser aportada una respuesta mediante una investigación empírica suplementa­ ria. Es una nueva forma de descripción que implica una reor­ ganización de hechos familiares. Instaura conexiones forma­ les entre descripciones de rasgos arquitectónicos y caracterizaciones de rasgos lingüísticos. A partir de aquí pode­ mos decir con sentido respecto de características arquitectó­ nicas: ‘Esto tiene un sentido (o es un sinsentido)’, ‘es retóri­ ca (o es am puloso)’, ‘es espiritual (o am biguo)’, ‘es un solecismo’, etc. Los vemos bajo el aspecto del concepto ana­ lógico. Esta es una característica particularmente evidente de la crítica y de la descripción estética”37. Lo que hace Freud

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