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Friedrich Waismann, Wille und Motiv, Zwei Abhandlungen über Ethik

mayor parte de la gente, Wittgenstein piensa que las expli­ caciones que da no tienen a su favor sino el hecho de que

77 Friedrich Waismann, Wille und Motiv, Zwei Abhandlungen über Ethik

und Handlungstheorie, Philipp ReclamJun., Stuttgart, 1983, p. 145.

bajo leyes. Más se aleja de la causa más se remite a la obser­ vación de uno mismo. Lo que nos lleva a la cuestión de saber en qué sentido cabe simplemente hablar de la existencia de motivos determinados” (ibíd., p. 144). Más los motivos se asemejan a causas, más parecen susceptibles de prestarse a la formulación de leyes de tipo causal, más difieren de las causas, menos su acción parece poder ser considerada como sometida a leyes causales o a leyes de cualquier tipo.

Los motivos, con toda certeza, como las causas, son algo que puede ignorarse y sobre lo cual cabe equivocarse. Pero precisamente la cuestión se plantea en tomo a cómo es posi­ ble ignorarlos o equivocarse sobre ellos. “Un motivo -obser­ va Waismann-, es tan inaprensible como una nube” (ibíd., p. 134). Podría formularse a propósito de la motivación en general una aporía del tipo siguiente. Si el motivo es la cau­ sa del comportamiento ¿cómo es que puede, al menos en ciertos casos, conocérsele del modo en que se lo hace? (éste es, podría decirse, el problema de Wittgenstein, para el que el enunciado de una causa por esencia es una hipótesis). Y si pertenece a la naturaleza de un motivo, a diferencia de una causa, el poder ser conocido, ¿cómo es que podemos equivocamos sobre lo que son nuestros motivos o, más pre­ cisamente, cómo puede haber motivos que, simplemente, no podamos conocer? (es, podría decirse, el problema de Freud). Es tentador responder, después de Freud, a la cues­ tión de saber cómo las incertidumbres e incluso las ilusio­ nes afectan a nuestros motivos diciendo que hay “resisten­ cias” inconscientes que nos im piden penetrar en ciertos aspectos de nuestra propia interioridad psíquica o, en todo caso, que tienen por efecto desviar o falsear, en ciertos casos, la mirada que tenemos sobre ella. Pero esta explicación no satisfacía a Waismann (y tampoco, como hemos tenido oca­ sión de dam os cuenta, a W ittgenstein), por la siguiente razón: “No es creíble que se suponga que hay en acción de modo permanente una fuerza que impide a la mirada pene­ trar en nuestra propia interioridad; tampoco que los moti­ vos son entidades que de algún modo tienen una existen­ cia cerrada sobre sí, que están en nosotros, pero que nos los disimulamos por un procedimiento más o menos deta­ llado, por una ‘censura’ o Dios sabe qué. Pero más bien

debemos encarar una cuestión más radical, simplemente ¿hay motivos?” (ibíd., pp. 135-136). Cuanto más se parez­ ca el motivo a una causa que preceda a la acción, y que ha podido obrar de modo subterráneo o a nuestro pesar, más plausible resulta la doctrina del realismo de los motivos; por el contrario, cuanto más aparezca el motivo como una interpretación de la acción propuesta con posterioridad, más difícil resulta concebir los motivos como entidades dotadas de una existencia real que por una u otra razón, simplemente, puede no ser percibida.

En tanto que el modelo que Freud tiene en mente es cla­ ramente el de la fisiología clásica, determinista y realista, Wais- mann sugiere que apliquemos a la psicología de los motivos ciertas consideraciones que la física cuántica nos ha hecho familiares:

La [relación de incertidumbre] no es un velo que ocul­ te los procesos más finos; no es sino la expresión del hecho de que pretendemos describir los procesos ató­ micos con una imagen que precisamente no puede ser utilizada. Me gustaría ahora intentar aplicar una idea aná­ loga a los motivos. Sucediendo, como parece, que cuan­ do se busca un motivo nunca se llega a alcanzar incon­ trovertibles hechos de conciencia, pareciendo, así, que carecen de toda consistencia, que ante la reflexión críti­ ca se esfuman entre los dedos, desde el comienzo sería mejor no concebirlos como cosas que existen de modo determinado, es preferible atender a lo que ocurre real­ mente cuando se actúa y se formulan entonces, para uno mismo, juicios sobre la propia acción (ibíd., p. 139). Lo que resulta de todo esto es que no puede haber, como parecía creer Freud, una ciencia positiva, sino únicamente, y en el mejor de los casos, una hermeneútica de la motiva­ ción. El psicoanálisis, precisamente, explota la incertidum­ bre y la indeterminación de los motivos, y la propiedad que tienen de plegarse a la crítica hasta persuadir al sujeto de que sus motivos eran muy diferentes de los que hasta ahora había podido creer que tenía. Pero sólo la confusión de las razones con las causas, y el hecho de que las razones fuesen hasta ahora ignoradas permite afirmar que el curso de la cien­

cia objetiva ha sido extendido al universo de las razones. Waismann observa que no es por casualidad que se hable tanto de un “motivo pictórico” (o musical) como del “moti­ vo” de una acción humana. Se comprende mejor el que se use el mismo término si se asume que estudiar el motivo de una acción quiere decir: “Ver la acción en su entorno natu­ ral, integrarla en un conjunto de pensamientos (sean claros o sólo a medias formulados), deseos, aspiraciones, movi­ mientos de la imaginación, sueños, impulsos de la voluntad, inclinaciones, orientaciones del interés, etc.” (ibíd., p. 150). Sin duda tales agrupaciones se presentan bajo la forma de constelaciones características que vemos reiterarse sin cesar y a las que damos los nombres de envidia, odio, vanidad, curiosidad, deseo de conocer, instinto aventurero, etc. Y no hay diferencias fundamentales entre esto y la manera en que el pintor efectúa agrupamientos significativos, aprehende los “motivos” recurrentes y consigue resaltar configuraciones características en el paisaje que tiene ante sus ojos. En otros términos, en el lenguaje de Wittgenstein, la exploración de los motivos se asemeja más, en un amplio sentido, a la expli­ cación “estética” que a la explicación causal propiamente dicha. Y es solamente por el hecho de que el psicoanálisis tiene que ver básicamente con motivos, a los que se les supo­ ne que obran a distancia como causas, que puede dar la impresión de que ha encontrado el medio de acceder a un universo independiente de motivaciones que preexisten a la toma de conciencia y poseen, respecto a ella, una existencia autónoma e incluso oculta.

Ciertos comentadores realizan, desde este punto de vista, una completa diferencia, en el caso del psicoanálisis, entre la teoría clínica, que se sitúa claramente, pese a una cierta ambi­ güedad en el lenguaje, al nivel de una práctica de explicación por medio de razones, y la metapsicología, que intenta dar a la construcción una infraestructura causal inadecuada y des­ cribe un aparato mental hipotético del que se supone que tie­ ne leyes de funcionamiento puramente causales. En el capí­ tulo precedente hemos proporcionado una indicación sobre las razones por las que esta tentativa de reinterpretación cons­ tituye una forma de caridad mal entendida, y no puede hacer justicia ni a las intenciones de Freud ni a la naturaleza real de

la teoría que propone. Cioffi, ciertamente, tiene razón al subra­ yar que la confusión de razones y causas, en el discurso de Freud, no es accidental, sino en cierto modo constitutivo; no resulta simplemente, como se ha dicho y repetido, de una simple malinterpretación cientificista efectuada por Freud res­ pecto a su propia práctica interpretativa. Freud dice que “lla­ mamos inconsciente a un proceso cuando tenemos que admi­ tir que está activo en este momento, por más que no sabemos nada de él en este m om ento” (Neue Folge der Vorlesungen, p. 61). Pues, como apunta Cioffi: “Considerar al referente de sus aserciones un proceso imperceptible, contemporáneo del ‘acto’ que se está intentado explicar, permite a Freud combi­ nar la compatibilidad de la sincera desautorización, por par­ te del agente, de una hipótesis sobre las causas de su com­ portamiento con la invulnerabilidad al contraejemplo que caracteriza las reconstrucciones del tipo Collingwood de las razones que puede tener para su acción un agente histórico” (Wittgenstán’s Freud, p. 195). Para esto es indispensable, pre­ cisamente, que el proceso causal hipotético, una vez que ha sido reconocido, constituya una razón y, al mismo tiempo, nunca pueda ser del todo reconocido ni, en consecuencia, pasar del estatuto de causa posible o probable al de razón aceptada. Es posible decir, incluso, que lo que hace que las razones inconscientes no sean simplemente causas es justa­ mente el hecho de que son conocidas inconscientemente, aunque haya algo que se opone a que ese conocimiento se vuelva consciente, es decir, se convierta en un conocimiento en el sentido usual del término. Freud habla, por ejemplo, de una “ignorancia consciente y [de un] conocimiento incons­ ciente de la motivación de los azares psíquicos, que consti­ tuyen una de las raíces psicológicas de la superstición” (Psi-

copatología de la vida cotidiana, p. 276). Además estima que el

ser humano, independientemente de las técnicas que se han foijado para la exploración científica del inconsciente, ha teni­ do siempre un “oscuro conocimiento [que no debe confun­ dirse, dice, con el conocimiento verdadero] de factores y hechos psíquicos inconscientes”, un conocimiento que está constituido por “la percepción endopsíquica de estos facto­ res y esos hechos” y que, no pudiendo presentarse bajo la for­ ma de un conocimiento consciente de ese universo incons-

dente, se refleja al nivel de la condencia bajo la forma des­ plazada y ennobledda, pero inadecuada, de la construcción de una realidad suprasensible. La toma de conciencia no es pues, en este caso, el paso de la ignorancia pura y simple al conocimiento, sino más bien de un conocimiento censurado y desplazado, que se confunde sobre su objeto real, a un cono­ cimiento actualizado.

Los procesos inconscientes son procesos de los que se supone que han tenido lugar (realmente) en un momento dado, sin que la persona concernida tenga noticia de ellos. Y, teniendo en cuenta lo que se viene diciendo, no sorpren­ de que Freud afirme de ellos que constituyen la causa deter­ minante, que proporcionan el motivo y que contienen el sen­ tido de la acción que se trata de explicar. El lenguaje empleado es, típicamente, el de un científico que postula la existencia de un hipotético proceso subyacente para explicar ciertos efectos observables. Pero Wittgenstein sostiene que la reali­ dad de ese proceso no está, contrariamente a las apariencias, nunca verdaderamente en cuestión, pues si lo estuviera, el hecho de que el paciente esté dispuesto a aceptar la expli­ cación del psicoanalista, en modo alguno constituiría una prueba de que el proceso efectivamente ha tenido lugar. Freud dice de uno de sus pacientes: “Ha sido preciso mucho tiem­ po y considerables esfuerzos antes de que termine por com­ prender y aceptar que un motivo (Motiv) de este tipo podía haber sido la fuerza motriz (die treibende Kraft) de la acción obsesiva” (Vorlesungen, p. 219). Wittgenstein objeta que des­ cubrir una causa determinante y convenir la existencia de una razón o de un motivo, constituyen dos cosas bien dis­ tintas. Y no cesan de ser diferentes, aunque se haya admiti­ do que una razón, también, puede ser una causa.

Capítulo 5

Todo puede explicarse por las [causas] eficientes y por las finales; pero en lo que concierne a las substancias racio­ nales se explica más naturalmente por la consideración de los fines, así como lo que se refiere a las demás substan­ cias se explica mejor por las eficientes. [G. W Leibniz.]

Las “prevenciones colosales” que Wittgenstein tiene respecto a Freud se refieren todas, de cerca o de lejos, a tres presupuestos fundamentales de la teoría freudiana, los cuales son cuestiona­ dos implícita o explícitamente. El primero de ellos es el del deter- minismo psíquico, que el mismo Freud ha presentado habi­ tualmente como una preconcepción que nunca se le ocurrió reconsiderar. Como escribe Sulloway: “El trabajo científico al cual Freud ha consagrado la totalidad de su vida estuvo caracteriza­ do por una fe permanente en la idea de que todos los fenóme­ nos vitales, incluidos los fenómenos psíquicos, están rígidamente determinados y según leyes, a partir del principio de la causa y el efecto” (op. rit., p. 94). En Psicopatología de la vida cotidiana, Freud explica del siguiente modo lo que distingue sus convic­ ciones fundamentales de las de un hombre supersticioso:

No creo que un suceso, en cuya producción mi vida psíquica no haya tenido que ver, sea capaz de enseñar­ me cosas ocultas respecto al estado futuro de la realidad; pero creo que una manifestación no intencional de mi propia actividad psíquica me revela algo oculto que, a su vez, no pertenece sino a mi vida psíquica; creo en el azar exterior (real), pero no creo en el azar interior (psíqui­ co). Es lo contrario del supersticioso: no sabe nada de la motivación de sus actos accidentales y actos fallidos, en consecuencia cree en el azar psíquico; por contra, está inclinado a atribuir al azar exterior una importancia que se manifestará en la realidad futura, y a ver en el azar un medio por el cual se expresan ciertas cosas exteriores que le están ocultas (pp. 275-276).

En la medida en que, bien entendido, como lo subraya Popper78, el determinismo científico no afirma simplemente

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