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BOHINDRA JOVEN

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Todo cuanto hay de grande y de bello en el espíritu humano, activi- dades mentales y emotivas, invisibles creaciones del pensamiento plas- mado por la energía, todo fue puesto en juego en torno a Bohindra, aún inconsciente allá en la penumbra violeta del jardín de invierno.

Habían pasado dos días y medio, y los Kobdas en observación notaban que la respiración y los latidos del corazón eran cada vez más tranqui- los y normales. Le habían hecho beber agua de la fuente y jugo de uvas exprimidas, en pequeñas dosis.

Gaudes y Joheván, como mensajeros del Amor Eterno, en esos días de expectativa a la espera del despertar de una vida nueva, se hacían visibles junto al dormido hasta conseguir la conjunción y el equilibrio perfecto entre el cuerpo mental y el cerebro.

Cuando la observación hizo comprender a los expertos Kobdas que se acercaba el momento de despertarse nuevamente a la vida física, le quitaron los vestidos de Joheván y los sustituyeron por los ropajes de Bohindra, le dejaron la lira al alcance de sus manos, hicieron más clari- dad en la penumbra y esperaron sentados a distancia. Después de una hora de profunda quietud y silencio, aquellos hermosos ojos castaños se abrieron, como el que despierta de un largo sueño. Ordenó sus cabellos de bucles bronceados y se incorporó. Lo primero que vio fue la lira y abrazándola como a una amada compañera de muchos años, murmuró en voz baja:

– ¡Contigo me dormí, y contigo me he despertado!... Lira mía, cántale a Bohindra nuevamente encadenado a la vida terrestre por otro medio siglo más...

Y otra vez la lira de Bohindra como un suspiro de la noche, parecía gemir entre las ondulantes hojas de los lotos, que acariciaban su bron- ceada cabellera. Y cantó de nuevo aquellos versos, pero con una voz de timbre suave y dulcísimo de Bohindra de veinticinco años. Dos de los Kobdas presentes, muy ancianos ya, que le habían conocido cuando él llegó al Santuario, tuvieron en ese instante la exacta visión del día que vistió la túnica azulada y cantó acompañado de la lira una hermosa balada al amor.

Cuando terminó la canción, se le acercaron los que estaban presentes y habiendo resonado los toques de llamada, se fue llenando el recinto con los Kobdas que acudían a recibir de nuevo a Bohindra joven, vigo- roso y bello.

En las crónicas de la antigua Institución, se contaban veintiséis casos iguales a éste, de un éxito completo, y sólo tres en que la trasmigración de espíritus había resultado incompleta, quedando las facultades del espíritu empobrecidas, y debilitadas por falta de conjunción perfecta entre el cerebro y el cuerpo mental.

Era pues, un grande acontecimiento para aquellos infatigables obreros en los campos del pensamiento y de la voluntad.

– ¡Es él..., el mismo que llegó hace veinticinco años, sólo que ahora no tiene aquella sombra de dolor intenso y desesperado que le cubría la frente! –exclamaba un Kobda viejecito que trabajosamente se abría paso entre todos para llegar a Bohindra, al cual abrazó con una ternura verdaderamente paternal.

estaba encantado de verle con el exacto parecido de veinticinco años atrás y acercándose le dijo:

–Nuestro Aldis duerme bajo la acción de los fluidos emitidos sobre él para calmarle, porque estaba desesperado. ¡Cuando quedéis libre, si os parece, venid a su habitación y se consolará tanto viéndoos nueva- mente!

Bohindra se lo prometió y Zahín volvió a su sitio al lado de Aldis. Bohindra pues, estaba de audiencia. Todos querían hablarle y probar así que los reconocía. Era aquello una verdadera inundación de amor en torno suyo. Los Kobdas ancianos que le habían calmado sus tempes- tades de joven enloquecido por el dolor, sentían renovada su amorosa paternidad espiritual hacia Bohindra, de nuevo joven y bello como hacía veinticinco años. Los Kobdas jóvenes que le habían conocido hombre de edad madura y casi anciano ya, sentían la dulce ternura de herma- nos mayores hacia el joven Kobda, poeta y músico, que se levantaba de nuevo entre ellos, como un ruiseñor recién salido del nido, para tender al viento la divina explosión de su armonía.

De pronto empezó el silencio a extender sus oleajes suaves de calma y de serenidad, y una onda de amor más intensa aún, invadió todos los espíritus. Por encima de la inmensa multitud de Kobdas, se empezaron a formar como espirales de luz mortecina al principio y más intensa des- pués, millares de seres intangibles flotantes y vívidos, parecían desfilar, acercarse y confundirse a los que revestidos de materia se entregaban a las dulces expansiones del amor fraternal. Casi todas aquellas sombras luminosas, aparecían con las azuladas túnicas de los Kobdas, y algunos de ellos eran reconocidos por los presentes en la vida física, pues no hacía muchos años que habían desaparecido del plano terrestre.

Los dos Kobdas últimamente libertados de la materia, aparecieron después, mas no vestidos con las túnicas azuladas, sino con la majes- tuosa indumentaria de los antiguos reyes de Orozuma, padres de Anfión el príncipe Santo.

La escena se tornó de solemne en tiernísima cuando Sadia, la dulce mujer amada por Bohindra, flotó junto a él en forma tal, que de su figura plásmica brotó clara y distinta su voz para decirle:

– ¡Bohindra, amado mío! Como una flor en el otoño se desvanecieron todos tus sacrificios y dolores pasados, para sólo quedar en torno tuyo la divina eflorescencia del amor que has derramado.

Y tras ella, Joheván, que abrazando su propio cuerpo animado por su padre, se encontró por primera vez desde hacía muchos años, entre el abrazo de los dos seres que le habían dado su última vida física.

Imposible sería describir la intensa emoción de aquellos momentos, para los que presenciaban esta escena extraterrestre, entre almas que

se aman y se siguen en eterna unión a través de siglos y siglos. Sadia, la dulce y rubia Walkiria, madre de Antulio, aparecía igualmente con sus rizos de bronce, a los que Bohindra tanto había cantado en su lira mágica de pastor, en los lejanos días de aquella otra juventud:

“¡Tienen música tus rizos, Cuando los agita el viento...

Tus cabellos tienen luz y áureo reflejo,

Cual si fueran guedejas de bronce viejo!...”

La niebla luminosa fue desapareciendo juntamente con las formas tangibles que de ella misma parecían haberse formado, y aún continua- ba el silencio inundando el recinto de esa armonía interior sin voz y sin sonido, que tanto conocen las almas habituadas a la concentración del pensamiento.

Cuando los Kobdas se retiraron del recinto, Bohindra se dirigió a la habitación de Aldis acompañado del Pharahome y de Tubal, porque su cuerpo algo debilitado no podía andar todavía con soltura y agilidad.

Se sentó sobre el lecho del dormido y esperaron en silencio el desper- tar, que se produjo unos momentos después. Fue pues lo primero que vio Aldis al abrir de nuevo sus ojos, e incorporándose rápidamente se abrazó de su amigo en una espontánea manifestación de cariño:

– ¡Joheván!..., ¡soñé que te habías muerto!... ¡Qué pesadilla, Dios mío!... ¡Tienes la túnica azulada!... ¿Cuánto tiempo ha pasado?

Los Kobdas se miraron con inteligencia, como poniéndose de acuerdo en que continuase la ilusión, hasta tanto que más fortalecido y sereno su espíritu, fuera capaz de asimilar la magnífica y hermosa verdad, tal como era.

– ¡Ha pasado el tiempo requerido!... –contestó Bohindra con natu- ralidad–, mientras tú has tenido fiebre y delirios, pero es necesario que te levantes para que juntos demos un largo paseo que te reanime.

Mientras ellos hablaban, Zahín levantó de la mesa la plaquita en que Joheván dio su mensaje, y opinaron ocultarla para evitar un nuevo tor- mento a aquel pobre corazón que, con la partida de Joheván, se había sentido tan solo y tan deprimido, hasta producirse la crisis que pudo haber sido funesta para su salud.

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EL ÁGAPE

Dos diversas corrientes de emoción pasaron ese día por las almas de los Kobdas.

Por la mañana, habían bajado a la cripta inmensa del patio de los olivos, el cuerpo anciano de Bohindra sin vida, y, empapado en las esen- cias que impedían la descomposición, lo habían depositado en la urna correspondiente, con esta inscripción en la piedra que la cubría:

“Aquí yace la envoltura carnal de Bohindra, que la animó durante 59 años y que fue dejada hace tres días de la fecha, para continuar otra vida terrestre en el cuerpo físico de su hijo Joheván, libertado el mismo día”.

Y por la tarde, la resurrección de Bohindra en el cuerpo de su propio hijo, dando lugar a las intensas manifestaciones de amor fraterno que conocemos.

Llegó la noche y el patio de las palmeras iluminado con los azulados reflejos de antorchas y globos luminosos, presentaba el aspecto de los grandes acontecimientos.

Delante de los bancos de piedra estaban las mesas dispuestas en amplio círculo, y ocupaban la atención de los Kobdas jóvenes y de los postulantes que esperaban las veinte lunas de prueba. Grandes esteras de fibra vegetal, tendidas al pie de los bancos y hermosas canastas llenas de flores y de frutas, era la ornamentación de aquel comedor al aire libre.

La alimentación de los Kobdas, aun en los días de grande solemni- dad era más o menos la misma: los huevos de avestruz, tan abundantes en el país, proporcionaban la materia prima para los platos fuertes, juntamente con el queso, manteca y legumbres en general, las frutas y hortalizas, disecadas cuidadosamente, y el jugo de uvas con cerezas, en forma de jarabe preparado por los mismos Kobdas, encargados del cultivo en sus praderas, componían más o menos su forma de alimen- tación.

La diferencia estaba no en los alimentos, sino en que los días ordi- narios, comía cada cual en su habitación, y los días de solemnidad lo hacían todos reunidos en el patio de las palmeras.

Como Bohindra formaba parte del Alto Consejo, había sido colocado al lado del Pharahome, quedando por tanto muy distante del sitio ocupado por Aldis, que estaba al lado de Zahín.

Abelio con los demás Kobdas jóvenes y postulantes, habían comido ya y eran los que servían las mesas.

Aldis empezaba a sumirse en un mar de confusiones, hasta que no pudiendo resistir preguntó a Zahín:

– ¿Podéis decirme, por qué Joheván está sentado al lado del Pha- rahome, debiendo estar aquí conmigo, como antes?

Zahín se encontró algo cohibido ante tal pregunta, pero reaccionando rápidamente le contestó:

–El Pharahome tuvo esa idea, celebrando el acontecimiento.

– ¡Ah, sí!, de haber vestido la túnica azulada de los Kobdas –dijo Aldis.

–Justamente.

El Pharahome y Bohindra en su fina sensibilidad, sintieron la in- quietud de Aldis y ambos a la vez le hicieron señal de acercarse, y el Pharahome le dijo:

–Como es la primera vez que os separáis de vuestro amigo, no quiero que esta comida de alegría esté amargada para vos con ese pensamiento; sentaos pues aquí entre él y yo, y si os decidís por fin a vestir la túnica azulada, haremos ese día otra celebración como ésta.

Y le obligó a sentarse.

Pero Aldis, como si desde el fondo de sí mismo se levantara un reflejo de la verdad, continuó meditabundo y reflexivo, hasta que Bohindra adivinando lo que le pasaba, trató de desviar su pensamiento.

–No te preocupes por la insinuación que acaba de hacerte nuestro Pharahome que aunque yo esté con esta túnica, no estás obligado a vestirla tú, si no es tu voluntad.

Aldis volvió a su tranquilidad normal.

Cuando terminaba la comida, alguien dijo en alta voz:

–Aquí sólo falta la lira de Bohindra para completar el cuadro.

El asombro y el despertar de Aldis fue completo, cuando vio a su amigo que, con admirable soltura, arrancaba de su lira de oro las mismas divi- nas melodías que oyera tocar al anciano en el Jardín del Reposo, aquella tarde de intensas emociones junto al borde de la fuente.

Se sentía como sumergido en un mundo azul de ensueño y de ilusión. Se apretó la cabeza con ambas manos y el Pharahome le oyó decir:

– ¿Es Bohindra o es Joheván? ¿O son los dos a la vez?

–Tranquilizaos; es vuestro amigo con el genio de la armonía de Bo- hindra.

–Pero, Bohindra, ¿dónde está? –volvió a preguntar Aldis, buscando al hermoso Kobda de ondulados cabellos blancos, sin encontrarle.

–Dejó su materia hace tres días, y cuando gustéis bajaremos a la cripta donde podréis ver la losa grabada que cubre al cuerpo sin vida.

– ¡Esto es maravilloso! ¿Y cómo habéis hecho para retener ese genio de la armonía y encerrarlo en Joheván? –preguntó Aldis, mientras la lira

seguía exhalando al viento de la noche la divina cascada de sonidos, que parecían enredarse en las hojas lacias de las palmeras y entre las flores de loto que adornaban las mesas.

– ¿No habéis oído decir que “el Amor es el Mago vencedor de la muer- te”? Era necesaria la continuación de ese soplo del Amor Eterno y de la Eterna Armonía entre nosotros, y el Altísimo nos ha permitido realizarla. ¿Comprendéis ahora por qué vino Joheván a la Casa de Numú?

– ¡Estoy viviendo en un país de encanto! –exclamó maravillado Aldis. –No, hijo mío, estás viviendo de una hermosa realidad: la energía eterna del espíritu que cultiva sus poderosas facultades y domina con ellas las grandes fuerzas existentes en el universo.

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