Adamú y Evana, bajo la discreta autoridad de Milcha, hacían grandes progresos en todo aquello de que eran capaces sus diminutas perso- nas.
La protección espiritual se hacía más visible y marcada, a medida que avanzaba el tiempo, en tal forma, que Milcha se sentía invadida de una profunda calma y serenidad.
Bajo la influencia de Gaudes, se habían desarrollado en ella, grandes facultades espirituales. Oía frecuentemente su voz, y en el sueño se veía acompañada de Sophía, Joheván y muchos otros seres que, en su vida actual no conocía, pero que le estaban unidos desde lejanos tiempos.
Y la voz de Gaudes, le decía siempre:
–No te preocupe lo que será de los niños al faltarles tú. ¿No es el Altísimo, Padre y Madre para ellos? ¡Mírales!
Y Milcha al dirigir su vista hacia los pequeños que jugaban alegre- mente, vio cerca de cada uno de ellos, un joven hermoso, de elevada estatura, de cuyas manos salían dos rayos de fuego que tenían la forma de espadas, como aquél que había visto en la puerta del establo en que durmió Adamú.
La visión duraba un momento, lo bastante para llenar el alma de Milcha de una felicidad comprensible sólo al corazón de una madre.
Y resolvió continuar los ensayos de separación y sobre todo, repartir los utensilios, las ropas, las provisiones entre las dos habitaciones: la caverna y el establo.
¡Qué sacrificios, qué tareas, qué precauciones las suyas, para que ninguno de los niños se apercibiera de lo que ella hacía en secreto!
A no haber sido por la casi continua presencia de sus amigos espi- rituales, aquella mujer habría sucumbido de tristeza, de zozobra y de ansiedad.
Mas, es tan real y verdadero el hecho de que el Eterno Amor nos colma la copa de internas alegrías, cuando hemos aceptado generosamente el dolor y el sacrificio, que Milcha se sentía tranquila, llena de esperanza y de fe en el porvenir.
Pensaba en el pasado: les faltó un día el hogar, luego la protección de los esposos, luego desapareció Sophía, y ella seguía viviendo, sin que nada le faltara, colmada de amor, de protección, de alegría, de calma y de serenidad.
a su amor, continuar velando por los niños, como Gaudes lo hacía por ella? ¿Acaso la muerte es el aniquilamiento? ¿Acaso la muerte es un impedimento al amor verdadero?
–La muerte es impotente para separar lo que el amor ha unido –decía de pronto junto a ella, la voz dulcísima de Sophía–.
“Cuando pases a este lado –continuaba la voz– verás maravillada el vasto plan que en torno de nuestros niños está tejido, como una hermosa
red de vidas y de almas que se enlazan hasta lo infinito.
“¡Goza Milcha, del éxtasis divino que brinda Dios a las almas que han cumplido generosamente la parte que les corresponde en la evo- lución humana!
“Al acercarse a la tierra el Verbo de Dios, que tomará materia carnal de nuestros hijos, se acercan a millares los espíritus de Luz que protegen su venida, y esos millares de auras radiantes y poderosas sutilizan las corrientes etéreas del plano físico, y las manifestaciones espirituales se facilitan extraordinariamente, sobre todo cerca de aquellos que están ligados a la misión salvadora del Gran Enviado que llega.
“¡Canta, Milcha, canta, porque te has conquistado la dicha y el amor!”
Y cesaba la voz en torno de la ermitaña, que parecía sumergida en un mar de luz, de serenidad y de armonía.
Así pasaron veinte lunas más. Con mucha frecuencia, llevaba Milcha a su niño al establo y le dejaba un día o una noche allí.
Una mañana, casi de madrugada, salió con él y los renos hacia el arroyito que ya conocemos. Era una hermosa mañana de verano, y los pajarillos cantaban y las flores silvestres perfumaban los campos.
Adamú iba montado sobre la reno y seguido del pequeño renito, que ya era un jovenzuelo gallardo y ligero.
Milcha caminaba a pie, pues dejó a Madina en la caverna, porque pensaba quedarse hasta la tarde en el establo, a fin de ensayar también a Evana a desenvolverse sola.
El establo como lo habían dejado, parecía una de esas grandes co- cinas de campo, llenas de provisiones y de utensilios y fardos de toda especie.
Encendió el fuego para cocer legumbres, y mientras Adamú recolec- taba frutas en una cesta, ella caminó hacia el bosque exuberante, que hasta allí se prolongaba desde la orilla del río Grande, como le llamaban, no sabiendo qué nombre darle.
Le cortó el paso un semicírculo de agua formado por el mismo arroyo que había cruzado, para llegar hasta el establo. Entonces se dio cuenta de que aquello era un brazo del gran río, que serpenteaba por la pradera hasta ir a desembocar en la caudalosa corriente.
¡Aquella soledad era majestuosa, imponente! El arroyo se ahondaba entre dos pequeñas colinas, sombreadas por grandes árboles.
Milcha se encontró cansada de caminar, y se sentó en la verde colina que caía en declive marcado hasta el arroyo, cuya rumorosa corriente casi le besaba los pies.
Se sentía como inundada de paz y de bienestar.
Deshojaba flores y verdes racimos de capullos sin abrir, y arrojándolos a la corriente les miraba alejarse llevados por las olas, que se sucedían unas a las otras sin interrumpirse.
De pronto sintió como un desvanecimiento, como un mareo, como un entorpecimiento en su cuerpo y una oscuridad la envolvió. Sintió como un pinchazo leve en el corazón y cayó hacia un lado en el verde césped cubierto de flores. Un síncope cardíaco cortó el hilo de su vida física. Y cuando el cuerpo se tornó frío y rígido poco después, el declive natural de la colina le obligó a rodar hacia el arroyo, cuya corriente le fue arrastrando lentamente, como a los pétalos de flores y a los racimos de capullos sin abrir, que unas horas antes arrojara ella a las olas rumorosas.
Y el cuerpo de Milcha fue a sepultarse en la caudalosa corriente del Éufrates, en cuyas orillas encontraría el hijo de Adamú, años después, enredado entre las plantas acuáticas y los nidos de aves marinas, un es- queleto que tenía en el cuello un collar de amatistas engarzadas en oro. Adamú, entre las cestas de frutas y las carreras con su renito, pasó gran parte del día, sin echar de menos a su madre.
Evana se había despertado en la caverna y viendo a Madina y su gru- lla, y la leche y el pan sobre la mesa, empezó a comer tranquilamente, dando migas al ave sagrada y frutas secas a la reno.
Iba a salir fuera de la caverna, cuando en la misma puerta encontró a Sophía que se inclinaba para besarla.
– ¡Ay, mamá! ¿Cómo viniste? ¡Era verdad que no te comió el oso! Era verdad lo que decía Milcha, que te habías ido con un ángel que se llama papá.
–Sí, querida, era verdad, ¡míralo aquí está! –Y Evana vio un ser lleno de amor para ella como su madre, que la acariciaba también. Era Joheván.
Gaudes y sus invisibles auxiliares, autores de esta tierna escena de amor filial, gozaban en silencio de su obra ignorada de los hombres, pero recogida por los ángeles de Dios y por los rayos de la Luz Eterna, donde viven la vida infinita, todos los pensamientos y todos los hechos realizados en los millones de mundos que pueblan el Universo.
– ¿No te irás más? –preguntaba Evana, encantada de la presencia de su madre–. Ven, vamos a buscar a Milcha que no te ha visto –conti- nuaba la niña.
–Ya me vio y se ha ido con Adamú, pero ya volverá.
La grulla saltó sobre la mesa, y al ruido que produjo con las alas, se desvaneció la visión.
Evana se dio cuenta y dijo al ave, amenazándola con su manecita armada de un trozo de pan.
– ¡Ah! ¡Mala!... ¡Has asustado a mi mamá que se fue, mala, mala! –y le arrojó el trozo de pan a la cabeza. Asustada la grulla se metió en la alcoba.
Evana iba a salir a buscar a su madre, cuando se le acercó Madina y se echó a sus pies, como solía hacerlo para que la niña montase en su lomo. Ella lo comprendió y tranquilamente subió encima y se abrazó a su cuello. La reno se levantó suavemente y salió hacia afuera, en dirección a la orilla del mar, por donde paseó su hermosa carga durante un largo rato. Después volvió a la caverna, y fue a detenerse junto al lecho de la alcoba, adonde Evana saltó con grandes gritos de alegría.
Milcha en sus maternales solicitudes, les había hecho figuras o mu- ñecos de telas y de fibras vegetales, para divertirles en los días fríos del invierno, en que era imposible salir de la caverna. Allí había rey, reina con sus hijos y servidores. Evana buscó sus muñecos y los puso en fila, sentados sobre la mesa. Después salió fuera, extrañada de verse tanto tiempo sola. Empezaba a impacientarse, porque ya era casi la caída de la tarde. Y la emprendió con sus muñecos, en una severa reprimenda.
–Decidme, ¿dónde está Milcha? ¿Dónde está Adamú? ¿Y mamá, por qué se marchó otra vez? ¡Id a buscarles, pronto, pronto! –y repartiendo golpes con una varita les hizo saltar rápidamente de la mesa. Un muñeco saltó hacia el sitio en que se hallaba echada Madina, otro a la ceniza del hogar y la tercera hacia la puerta de la caverna.
Madina los recogió uno por uno con sus dientes, y los puso de nuevo sobre la mesa. Después lamió las manitas de la niña, y fue al hogar a golpear con su pie calzado de hierro, en la piedra del fuego, donde esa misma mañana Milcha había dejado paja y ramas secas, preparadas para encender.
– ¡Ah, Madina! ¡Tú quieres que haga comida! Pero yo no tengo gana. Comeremos fruta y pan, tú y yo juntitas, y la grulla también, que ya no estoy enojada con ella.
Y así diciendo, puso pan y frutas sobre la mesa. Ordeñó a Madina, sacó la grulla escondida bajo su cama, y estos tres personajes, únicos que había visibles en la caverna, comieron juntos en completa paz y armonía.
Adamú, más acostumbrado a estar solo, debido a los ensayos de Mil- cha, se arregló con menos dificultades, creyendo ver de un momento a otro aparecer a su madre.
de Milcha en forma benéfica para ella y los niños, su espíritu no tornó a la plena lucidez, hasta el anochecer del día siguiente, y lo primero que hizo, fue correr hacia el establo y la caverna, donde vio a los niños rodeados de una inmensa fuerza protectora. Gaudes la hizo visible a Evana, cuando terminaba de comer y empezaba la oscuridad de la noche a circundar la caverna.
–Cuanto tardaste, Milcha. He tenido que comer sola con Madina y la grulla –decía la niña.
–Has hecho bien, querida, ahora enciende el velón y juega con tus muñecas que yo voy a dormir, porque estoy cansada –y su doble se di- rigió hacia la penumbra, en que estaba su lecho, donde se esfumó sin que la niña lo advirtiera.
Y las corrientes de energías espirituales, flotaban en inmensos oleajes en torno al plano físico, a medida que se acercaba el tiempo en que el Verbo de Dios tomaría la humana naturaleza, para elevarla y enseñar a los hombres a matar al egoísmo, mientras sembraba en la tierra fecundada con sus lágrimas y su sangre, la divina semilla del Amor Universal.
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