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JOHEVÁN LIBRE

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Una hora más o menos, duró la concentración de pensamientos con- juntos, realizada por los Kobdas, para ayudar a la transmigración de aquel espíritu que había aceptado el sacrificio de una nueva existencia terrestre, sin pasar por el descanso que media entre la desencarnación y un nuevo nacimiento.

Entonces salió el Pharahome seguido de los nueve que quedaban del Alto Consejo, y se dirigió a la habitación de Joheván, al cual observaron cuidadosamente. Su letargo era profundo.

Aldis acudió para saber lo que pensaría de la salud de su amigo, al cual él creía devorado por la fiebre, si bien algo había comprendido de la transformación anteriormente anunciada.

El Pharahome le tomó la pulsación, escuchó los latidos de su corazón y acto seguido trayendo una camilla, le trasladaron a la rotonda aquella en que aun yacía sobre el banco, el cuerpo abandonado por Bohindra. Aún estaba tibio, pero la circulación de la sangre había paralizado su curso, y el frío empezaba a ser intenso en las extremidades que ya se tornaban rígidas. No había lugar a dudas, la transmigración estaba realizada, y esperaban, que con buen éxito.

Cuatro Kobdas retiraron el cuerpo muerto, para colocar en ese mismo sitio al cuerpo dormido de Bohindra joven, vigoroso y bello. Inútil es advertir que todo esto se realizaba en el mayor silencio y con las más extremadas precauciones.

Los demás Kobdas comenzaron a llegar, y uno a uno empezando por el Pharahome, fueron acercándose, a besar suave y delicadamente la frente pálida del joven dormido.

Tanto amor, tanta ternura irradió cada cual en aquel beso intenso y puro, que pronto se formó como una niebla luminosa en torno del durmiente.

Al final de todos los Kobdas, se acercó a su vez Aldis, que ya conven- cido de lo que se había realizado, no podía contener sus lágrimas que en silencio cayeron sobre aquel rostro hermoso, que había animado poco antes el alma de su compañero. Cuando se volvía a su sitio en la rotonda, a esconder su desconsuelo en la penumbra del más apartado rincón entre un bosquecillo de begonias, vio ante sí a Joheván radiante y feliz, que le tendía los brazos.

– ¿Por qué lloras? ¿Acaso te apena mi libertad?

Aldis se abrazó con aquella blanca sombra querida, y se le oyó mur- murar en una media voz sollozante:

– ¡Me has dejado tan solo!...

– ¿Y no estoy aquí nuevamente? He visto a Sophía, Milcha y nuestros hijos pero no pude hacerme presente a ellas, porque sentí que aquí me llamaban y acudí pensando que era necesaria mi presencia, para ayudar a Bohindra a posesionarse de la casa que le he brindado.

–Pero, entonces, ¿es esto una verdad?

–Ya lo ves. Ámale mucho Aldis, por ti y por mí. Sólo desde aquí se puede apreciar el valor que necesita un espíritu como él, para aceptar la continuación de la vida terrestre por otro tanto tiempo como el que ya vivió. Ahora me necesitan allí –dijo indicando el lugar en que dormía Bohindra–. Luego volveré.

Y la sombra blanca y flotante se deslizó hacia el banco en que yacía el durmiente, rodeado por los Kobdas que parecían espiar todos sus movimientos.

Kobda tenía constantemente puestas sus manos, la una en la parte su- perior de la cabeza y la otra en el epigastrio o plexo solar.

La blanca sombra flotante de Joheván, empezó a densificarse más y más, hasta hacerse visible y palpable para todos, a medida que la niebla luminosa se extendía diáfana y radiante, por todo aquel recinto saturado de tan intensas vibraciones de amor.

Se acercó al dormido, se arrodilló delante de él y le acarició tiernamen- te. Una sonrisa casi imperceptible se dibujó en el rostro dormido y la dies- tra intentó levantarse como para acariciar aquella cabeza inclinada ante él. Los Kobdas observaban atentamente y se miraron con satisfacción.

–Ya empieza la lucidez –dijo el Pharahome–, pero aún no domina bien la materia. Me quedaré con diez de vosotros por una hora, luego vendrán otros a relevarnos, porque no conviene que nos fatiguemos todos a la vez.

Aldis quiso quedarse, pero un Kobda de edad madura le dijo:

–No, hijo mío, eres muy nuevo en esta clase de actividades y aún no tienes ordenado tu pensamiento. Sin querer, acaso, causarías daño –y tomándolo de un brazo, suavemente se lo fue llevando hacia la escalera, por donde podían bajar al puente de piedra, aquel que parecía como un inmenso monstruo marino tendido sobre el canal que rodeaba en semicírculo la enorme y sólida construcción.

–La insistencia de tu pensamiento aún sin cultivo, podría entorpecer la acción de los operadores invisibles en ese cuerpo en letargo. Y tanto más ayuda prestarás, cuanto más te alejes ahora de aquel lugar.

“Probemos que las emanaciones del campo, de la pradera silenciosa y de las aguas musicales regularicen tu sistema nervioso, acaso puesto en demasiada tensión.

–Así es, verdaderamente –respondió Aldis, que comenzó a sentir la dulce influencia de piedad y de ternura, emanada por el bondadoso Kobda que le acompañaba–. Pero, creedme que estoy asombrado aquí, de muchas cosas, pero sobre todo de una, y es del amor que os demostráis los unos a los otros y del amor que prodigáis a todo el que llega.

–Justamente, ésa es la base fundamental de nuestra Institución –res- pondió el Kobda cuyo nombre era Tubal–, y no creáis que es cosa fácil el mantener siempre viva esa llama azul rosada, que tan suavemente nos ilumina. Porque no debéis olvidar que somos humanos y que es necesario un vencimiento continuo y un completo olvido de sí mismo, para no romper la cadena de amor que es base y fundamento de todo el edificio espiritual que se ha levantado a través de los siglos.

–Pero, ¿es que de verdad sentís ese amor que os demostráis?, y per- donad mi indiscreción, en hacer estas preguntas, nacidas del asombro que me causa vuestro modo de vivir.

–Esas mismas preguntas hice yo, hace veintiocho años, cuando llegué a esta casa y como vos me sentí envuelto en esta suave onda de amor. El amor aparente o ficticio nunca jamás se hace sentir de los demás, y es incapaz de crear todo cuanto aquí habéis encontrado y habéis visto. Aquí no podemos engañarnos con afectos que no son verdaderos. Si aquí no exigiéramos tanto en ese sentido, no nos contaríamos por centenares sino por millares.

“El amor verdadero y real de los unos para los otros, pone a tono nuestra atmósfera terrestre con el ambiente sutil y suavísimo de los elevados planos espirituales, donde viven de continuo los espíritus de gran evolución que cooperan con Numú al avance de la humanidad. Y es debido a eso que facilitamos las manifestaciones extraterrestres que habéis visto.

“Es por eso que de los centenares que llegan cada año, muy pocos llegan a las veinte lunas de prueba; y aún de éstos, algunos salen después y siempre porque dejaron morir dentro de sí el pájaro azul del amor, que necesita agua clara para vivir.

–Entonces, entre vosotros no hay odios, ni antipatías naturales, ni al- tercados que distancian ordinariamente a los seres, ni opiniones diversas, ni distintos modos de ver..., en fin, como es lógico y natural que ocurra entre seres que razonan y que piensan –observó Aldis, que de verdad quería comprender la extraordinaria vida de aquellos hombres.

–El que no es capaz de dominar todas esas pequeñeces que habéis mencionado, no puede permanecer en esta casa. Aquí nos cuidamos poco de las fórmulas mecánicas y sistemáticas, pero mucho de lo interior, y sobre todo y por encima de todo, cultivamos el olvido de nosotros mis- mos, en forma que cada uno piensa en lo que agrada a los demás, antes que en su propio contento y agrado.

“Y si una necesidad imperiosa le obliga a contrariar al otro, el amor le ayuda a realizarlo en tal forma, que no causa dolor, ni pena alguna, porque ha llenado de amor todo aquel lugar que hubiera ocupado el desagrado y el descontento.

“La Casa de Numú ha conseguido tener dentro de sus muros, un bosquejo de lo que será la humanidad en el futuro: una eflorescencia del amor y de la paz. Y a esto debe tender todo el esfuerzo de los Kobdas de toga azulada.

–Y cuando alguno de entre vosotros, en un mal momento que como hombre puede tener, ofende o disgusta a otros, ese hecho, ¿no produce el natural distanciamiento entre ellos?

–Precisamente por eso y para eso se prueba, se educa, y se aquilata la fuerza espiritual de cada uno y nuestras leyes han cuidado bien de que cada cual tenga en su recinto particular, amplia libertad de obrar

como más le agrada, para que la tensión del espíritu no sea continua y permanente.

“Además, los elevados gustos e inclinaciones en el orden intelectual y artístico, gozan de plena libertad aquí; lo mismo que en los trabajos científicos o manuales.

“Tenemos entre nosotros hombres aficionados a la agricultura y son los que han cultivado toda esta pradera que veis, y que es la que alimenta a los moradores del Santuario y a todos los que pueblan estos campos.

“Para el que gusta de los animales y goza en cuidarlos y atender a sus necesidades, tenemos nuestro parquecito zoológico, que ya habéis visitado, y que satisface a los Kobdas que sienten esa necesidad.

“Hay talleres para trabajos manuales, y ya sabéis que las pinturas, las esculturas y las obras de metalurgia, las llevan a cabo los Kobdas que tienen gusto por ellas.

“En las necesidades físicas como alimentación, vestido, forma íntima de vivir, hay como lo veis, amplia libertad, sólo que las túnicas exteriores deben ser iguales en color, no en calidad, por la razón de que hay quien siente más frío y necesita tela más consistente, y quien siente más calor y la desea más liviana.

“Y en cuanto a los alimentos, cada cual los toma a medida de su nece- sidad, y en su propia habitación, lo mismo que se ha hecho con vosotros a excepción de los días extraordinarios, en que por celebración de alguna fecha de gran significación, nos reunimos a comer juntos en el patio de las palmeras, que es donde celebramos los grandes acontecimientos.

–Y, ¿no os molesta a veces el ser mandados por un hombre, el Pha- rahome, que ni es vuestro padre ni es vuestro rey? –preguntó nueva- mente Aldis.

–Absolutamente no. En primer lugar, el Pharahome es elegido por nosotros mismos, como también los diez del Alto Consejo, cuya misión es cumplir y hacer cumplir la ley, y cuidar con solicitud del bienestar de todos los moradores de la Casa de Numú.

“Si uno de nosotros cae en una falta que desagrada a los demás, y perjudica el orden de la Casa, se le pone en su propia habitación una advertencia breve y llena de bondad. Si no es obedecida después de dos veces, se le invita a retirarse de la Casa, devolviéndole lo que hubiere aportado al entrar, y si nada tiene se le dan los medios necesarios para desenvolver su vida fuera de aquí.

“Además, nuestro Pharahome no tiene necesidad de darnos órdenes, porque nuestro camino está marcado desde hace siglos y el que cumple con la Ley, puede estar seguro de que nadie le dará órdenes nuevas.

“Ocupado cada cual en lo que ha elegido para su propio trabajo y recreo, creedme, no tenemos tiempo para pensar en pequeñas susceptibilidades.

Y como todos tenemos la seguridad de que ninguna cadena perpetua nos ata, estamos aquí por pleno convencimiento de que es lo mejor que podemos hacer, en la situación de cada cual. Si las rebeldías, nacen en el ser humano de las injusticias o sinrazones a que se le quiere someter, aquí no tienen cabida, porque durante veinte lunas estudiamos la Ley de la Casa de Numú, al pie de la cual está escrito ya lo sabéis: “Si no te sientes capaz de amoldar tu vida a esta Ley, sé sincero contigo mismo y con los demás, y apártate para que no seas un perturbador de la Paz y del Amor”.

–Pero, las envidias, los egoísmos, las ambiciones tan propias de los hombres, ¿cómo es que aquí no producen ni causan antagonismos entre unos y otros? Los que poseen mayores méritos y cualidades más sobresalientes, ¿no causan humillación y el dolor al que carece de ellas? –volvió a preguntar Aldis al complaciente Kobda, que le acompañaba en aquel paseo al atardecer, por la pradera oliente a frutos maduros y a espigas en sazón.

–Hay una onda tan formidable de amor en la Casa de Numú, que esos sentimientos se desvanecen sin salir al exterior. Además, todos sabemos por el conocimiento de nuestras existencias anteriores, que lo bueno que hoy tenemos, otros lo tuvieron ayer o lo tendrán mañana, y en este caso no cabe la vanidad en los unos ni la humillación en los otros. Cada uno sabe que la vida actual, no es más que una forma pasajera de manifestación adoptada por nuestro verdadero Yo, para realizar un paso en el largo camino.

“Si vos, por ejemplo, camináis con una luz más grande y viva que la mía, ¿por qué tengo yo que molestarme, si vuestra luz no obscurece la mía, sino que alumbra más mi propio camino? Si vos cuidáis un jardín y yo cuido otro, ¿por qué tengo que padecer si vuestras flores y frutos son mejores que los míos? Lo que cabe, es preguntarme si yo hago por mí jardín todo el esfuerzo y el sacrificio que hacéis vos por el vuestro.

“Si vos, por ejemplo, os veis rodeado de afecto y consideración, de lo cual yo carezco, ¿qué cabe pensar o cavilar en tal caso?

“Pues que vos haréis mayores esfuerzos que yo, para merecer todo ese afecto y toda esa consideración, pues tratándose de afectos que no son del orden pasional, están siempre basados en el mérito personal que cada uno se conquista con sus virtudes y con sus esfuerzos.

“Si yo no enciendo mi lámpara, ¿tengo derecho de quejarme si estoy a oscuras?

“Si soy egoísta y sólo me busco a mí mismo en todas las cosas, ¿tengo derecho a esperar el amor de los demás?

“Si jamás me preocupo de complacer a los demás, ¿tengo derecho a esperar que los demás me complazcan a mí?

–Todo eso está muy bien y tenéis toda la razón, pero los humanos, de ordinario, no razonan así –observó Aldis.

– ¡Ah, hijo mío!... El que no aprende a razonar de esta manera, no es apto para la Casa de Numú, en cuya entrada está escrito:

“Si en ti no ha florecido el amor, ni hay campo para sembrarlo, no entres aquí porque causarás la muerte...”

“Y como el egoísmo es el gran destructor del amor, por eso está escrito en nuestra ley:

“La felicidad que se encierra en el amor, sólo la sentirás cuando hayas matado al egoísmo...”

“El amor impone muchos sacrificios ocultos, ignorados y silenciosos, y el que no es capaz de hacerlos, no debe creerse con derecho de sentirlo y de recibirlo. ¿No lo creéis así?

–Es así a la verdad, y estoy pensando que si fuera posible hacer razo- nar a todos los hombres en esa forma, la humanidad estaría inundada de paz y de tranquilidad.

–De aquí a diez o doce milenios más, la mayoría de la humanidad razonará en esta forma, según las profecías que aquí se han recibido. Por ahora somos el uno por mil o acaso menos todavía, los que hemos llegado a comprender que el Amor es lo más grande que existe en todos los mundos, y que todo bien nos viene por el Amor y todo mal nos viene por la falta de Amor.

“Se acerca la hora de que toméis vuestro alimento y nuestro hermano Zahín ya habrá pensado en vos seguramente.

Ambos volvieron por el mismo camino que habían recorrido, hasta llegar al Santuario y el Anciano Tubal acompañó a Aldis hasta la terraza de su habitación. Salió a recibirles un joven Kobda, de dulce y agradable aspecto, que tomó a Aldis por la mano, mientras le decía:

–Soy vuestro vecino de habitación, si no os desagrada mi compa- ñía.

Aldis exhaló un hondo suspiro, pensando en aquél a quien el joven Kobda venía a sustituir y le contestó:

–Os agradezco de corazón que me hayáis evitado el dolor de ver esa habitación vacía.

–Si hacéis florecer entre vosotros el amor, todos los vacíos se llenan –dijo Tubal, retirándose.

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