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MILCHA, LA HEROICA

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– ¿Cómo dar luz a esta caverna –se preguntaba Milcha en la soledad–, si ya no está ella, que era el sol que la alumbraba?

– ¡Mamá, mamá! –gritaba Evana, removiendo las pieles del gran le- cho de la alcoba y acababa por azotar con una varita la cabeza de la piel de oso, diciendo con su media lengua encantadora: “Tú te has comido a la mamá mía”. Y continuaba dándole palos, hasta que su bracito no podía más.

Entonces intervenía Milcha para decirle, conteniendo sus propias lágrimas:

–No queridita, no se la comió el oso, sino que un genio muy hermo- so que se llama papá, se la llevó a la Luna, para traerte de allá muchos regalos preciosos.

Adamú por su parte protestaba, porque le habían quitado su collar y decía que ese genio que se llevó la mamá de Evana, se llevaría también su collar de amatistas.

Como ocurre de ordinario con los niños a quienes se habla mucho desde muy pequeñitos, estos dos comprendieron y hablaron el lenguaje materno desde que fueron capaces de articular palabras, mal dichas des- de luego; pero lo bastante claras para ser entendidas por las madres.

La niña tomó gran afición a la grulla, como Adamú al renito pequeño. El ave sagrada gustaba picar el grano en la rosada manita de Evana y cuando Milcha la acostaba en el lecho de su madre, la grulla subía tam- bién y se echaba junto a la cabecita de la niña.

Como la reno, madre del pequeño compañero de Adamú, salía ya por la pradera, esto fue causa de que el niño siguiéndola, diera también pequeñas giras por el tranquilo vallecito que se abría hacia un lado de la caverna. Cuando no podía seguirla más por el cansancio, se tiraba al suelo y empezaba a llorar a grandes gritos, lo cual obligaba a la reno y a su hijo a volver hacia él que callaba de inmediato. Como se ve pues, Adamú empezaba a ser también educador de animales. Madina por su parte, desde que las dos mujeres habitaron la caverna, tomó la costumbre de no salir de allí sino por momentos, a pastar en el césped que verdeaba en los contornos. Cuando Milcha quedó sola, más buscó todavía la com- pañía de la reno, que parecía comprenderla, casi como un ser humano. Y con las gruesas mantas de lana encontradas en el velero de los piratas, fabricó mandiles para Madina y sus hijas, que eran las proveedoras de leche a la caverna, y también las más mansas e inteligentes.

Colocaba los mandiles sobre los renos y montaba ella y los niños, sujetándolos con bandas de tela para que no cayeran. Y salía así, con ellos de paseo en las horas de sol, porque en la caverna parecía ahogarse desde que faltaba Sophía.

Un día que se habían alejado bastante hacia el Este, encontraron un hermoso arroyito de aguas doradas por la clase de arenas que formaban su lecho. Sus orillas estaban cubiertas de flores silvestres y abundaban los nidos de codornices entre el césped y pequeñas matitas de pajas do- radas. Aquellos huevos oscuros, brillantes y hermosos fueron la delicia de Adamú que encontró el primer nido, y creyendo que era una ciruela negra lo llevó a la boca y lo mordió, ocurriendo lo que es fácil suponerse, que el huevo al romperse dejó ver el pichoncito vivo, que estaba próximo a salir.

Entonces Milcha se dio cuenta de que era la época de la cría y que pronto podrían recoger en gran cantidad pichones de codorniz, pues había nidos en abundancia.

Estos paseos fueron prolongándose más y más por la pradera que, como recibía de lleno los rayos solares, el aire era más templado y no perduraba la escarcha y la nieve como en la montaña.

El arroyo que habían encontrado era uno de los brazos del río Éu- frates, que se deslizaba entre el menudo césped, como una cinta dorada extendida sobre un manto de esmeralda.

A veces salían por la mañana, con una gran cesta de provisiones y volvían al caer la tarde.

Un día tuvieron la idea de pasar al otro lado del arroyito, montados los niños en los renos y Milcha saltando por las piedras, que asomaban la desnuda cabeza entre las ondas opalinas del arroyuelo, y se encontra- ron en el magnífico valle del Éufrates, cuya caudalosa corriente sentían a lo lejos, sin alcanzar a verlo, perdido como estaba entre la selva de cañaverales que circundaban sus márgenes.

Encontraron allí, trozos de muros como de una fortaleza o castillo derruido y casi cubierto por completo de plantas trepadoras.

Una parte, que había estado destinada a establo se mantenía aún en pie, aunque presentaba todas las señales de una respetable antigüedad se hallaba relativamente bien conservada. Se veían los pesebres de piedra y sobre ellos o desparramados por todos lados, sacos de cueros, cestas vacías y algunos instrumentos de labranza; todo presentando las señales de haber sido abandonado hacía mucho tiempo. Un inmenso hogar de piedra estaba hacia un lado del establo, con grandes troncos de árbol que se habían apagado sin terminar de quemarse.

– ¿Qué ser infeliz y solitario como yo, habrá vivido años atrás en este establo? –se preguntaba a sí misma la pobre Milcha, viendo una correa de

cuero colgada de una especie de tosca repisa rinconera, de esas que suele haber en las cocinas de campo, para guardar utensilios pequeños.

–He aquí otra casa que la Providencia nos depara, si en caso la caverna nos ofreciera peligro por la proximidad al mar, ¿verdad, Madina? –dijo, viendo a la reno que se le acercaba amistosamente.

La vegetación era mucho más exuberante, a medida que caminaban hacia el lado en que nacía el sol.

Milcha vio que había en el patio del establo, viñas enredadas con los olivos, con las higueras y los cerezos y otros muchos árboles inmensos, que parecían tan viejos como las ruinas a las cuales daban sombra y verdor. Los pájaros formaban una admirable orquesta, de tan múltiples y variados sonidos, que aquello era un desbordamiento de vida en medio de tan inmensa soledad.

Como las ramas eran tan espesas y enredadas unas con otras, habíanse protegido los frutos, aunque muchos estaban caídos entre el césped y ya secos y en condiciones para ser guardados.

Laboriosa por naturaleza y por costumbre, trajo a los niños junto a ella y se entregó a la tarea de recoger fruta seca en las cestas que encon- tró en el establo.

–Como Gaudes cosechó para nosotros, yo cosecharé para quien venga a habitar en estas ruinas, se dijo para sí misma.

Los pequeños con su instinto de imitación hicieron como ella, y una bue- na cantidad de olivas y frutas secas, quedaron recogidas en el establo.

Adamú pretendía llevarse a la rastra todas aquellas cestas que había llenado, y Evana parecía ser de su misma idea a juzgar por el esfuerzo que hacían los dos, agarrados del asa de una de ellas que ya iban sacando hacia fuera.

–No, hijitos míos, –decía Milcha riendo–, dejad esto aquí; que no- sotros tenemos demasiado en casa. Esto lo da el buen Dios para algún solitario que vendrá aquí y nosotros no debemos quitárselo.

Y emprendieron la vuelta a la caverna. Cuando llegaron al arroyo, encontraron a toda su familia de renos que parecían esperarles. Era el sitio en que ellos acostumbraban a beber.

Milcha, colocó los dos niños juntos sobre el blando lomo de Madina y ella se montó en el otro reno, pues la tarde se esfumaba en las penum- bras primeras del anochecer, y el cansancio no le permitiría caminar aprisa.

Y entre las labores domésticas, el cuidado de los niños y las correrías al campo a recoger huevos de patos silvestres y de codornices, pasaba los días y las lunas aquella valerosa mujer, nacida a la vida física en humilde condición y que tan importante papel desempeñaba en los comienzos de la Civilización Adámica.

A veces le venía el pensamiento de emprender viaje con sus niños y sus renos, en busca de algún lugar habitado por seres humanos, que debía haberlos seguramente hacia algún lado. Mas luego le asaltaba el recuerdo de lo ocurrido cuando sus esposos habían desembarcado, para buscar alivio en la sociedad de los hombres.

–Milcha –se decía a sí misma, después de largas reflexiones–, no dejes lo cierto por lo que ignoras. En la soledad de mi caverna, no falta nada a mis niños y, ¿sé acaso si encontrando seres humanos, estaría tan protegida y tan segura como estoy aquí?

“¿Acaso no me robarían mi querida familia de renos?

“¿No me quitarían estos dos hermosos luceros que me alumbran? “¡Dios mío, aún soy rica, soberanamente rica, pues les conservo a los dos sanos y robustos! –exclamaba, terminando sus meditaciones, con una explosión de caricias para las dos criaturas que, entre el renito y la grulla, encerraban todo un mundo de juegos y alegrías infantiles.

28

LA HUMANIDAD CAÍDA

Aquellos niños eran perfectamente felices. Mientras la humanidad en los distintos países habitados de la tierra se agitaba como un volcán en plena actividad o como un inmenso mar en ebullición; ellos crecían sanos de espíritu y de cuerpo, lejos del vaho malsano y pútrido de las grandes capitales, donde la degeneración y el vicio, daban a la humanidad vidas enfermizas y contaminadas desde el nacimiento.

La lepra en los países cálidos y las fiebres malignas, la tisis pulmonar y la escrófula infecciosa, en los países templados y fríos, y otro sinnúmero de enfermedades, ocasionadas por el espantoso desborde del vicio a que se había llegado, parecían diezmar a la humanidad, en tal forma que era difícil encontrar una población que no estuviera azotada por alguna enfermedad infecciosa.

Las guerras continuas, el éxodo constante de los pueblos huyendo de los movimientos sísmicos o de las persecuciones de razas guerreras y conquistadoras, campos cubiertos de cadáveres insepultos, ríos con las aguas envenenadas por centenares de cadáveres de hombres y bestias ahogadas en ellas, todo en fin, contribuía a que las regiones habitadas ofrecieran un desolado aspecto de dolor llevado al paroxismo.

El voraz incendio de las minas de betún en las orillas del mar Salado (*después Mar Muerto), había hundido bajo un inmenso mar de olas negras y pesadas, cinco populosas ciudades de la llanura de Shidin, inutilizando las aguas medicinales de aquel mar y las inmensas salinas

que la rodeaban. El desbordamiento de los mares del Norte, del Ponto y del Eritreo, habían asolado las praderas de Akadia y las campiñas Sumerianas y Zoharitas.

El mundo todo parecía desquiciarse y marchar la humanidad a una ruina inminente.

Era el momento en que el Verbo Divino, recogiendo en sí la luz piadosa del Amor Eterno, bajaría de nuevo a la tierra en la misma naturaleza del hombre, para llamarle de nuevo a las alturas de donde había caído.

Más, ¿era acaso posible que aquel excelso y puro espíritu de luz, pudiera formar materia adecuada para él, en las depravadas razas que poblaban la tierra?

He ahí porqué Adamú y Evana, nacidos y criados en la soledad de las montañas y en las selvas de los valles del Éufrates, con sus almas vírgenes y sus cuerpos incontaminados, debían ser los progenitores del Hijo de Dios, que bajaba de nuevo a la tierra para inmolarse por la humanidad.

La inundación de petróleo ardiente sobre aquellas cinco ciudades: Bela, Adma, Sodoma, Zeboim y Gomorra, fue causa de que muchas familias salvadas de la catástrofe, buscasen refugio en los países veci- nos, de lo cual resultó una invasión de los restos de esas razas viciosas y degeneradas a los fértiles valles del Shior (*Nilo), después de haber atravesado el Desierto de Parán, con la parte de sus ganados que pu- dieron salvar.

No queriendo someterse a la ley del país de Ahuar, de donde era Chalit, Bohindra, el Kobda, fueron obligados a retirar sus tiendas a la llanura de Shur, siendo una constante amenaza para los pueblos pastores y labriegos del Nilo.

Llegaba, pues, el tiempo en que los Hijos de Numú no podían per- manecer por completo entregados a sus grandes trabajos mentales. Y el Pharahome dijo a Bohindra:

–Busca entre nuestros Kobdas todos aquellos que sientan el impulso de la vida activa del exterior, para que dedicándose a la predicación de la buena ley, sean salvaguarda de las costumbres y de la moral de los pueblos que el Altísimo te ha confiado, porque estas hordas de perdición venidas de las ciudades nefastas que el fuego tragó, pronto lo infectarán todo, el alma y el cuerpo de tus súbditos.

El Alto Consejo fue del mismo parecer, y Bohindra les dijo:

– ¿Estáis todos conmigo, para ayudarme en el cumplimiento de mi deber?

– ¡Estamos contigo! –le contestaron todos a una voz.

–Entonces que los asuntos del gobierno de los pueblos, sean comunes al Pharahome y Alto Consejo de la Casa de Numú, porque es demasia-

do peso para mí solo. Que seamos diez chalits en vez de uno sólo, para gobernar este país.

Así se combino y desde aquella época empezaron los pharahomes a ser los soberanos de los pueblos del Nilo. Cuando llega el investigador a los dominios de la historia, encuentra que la elevada moral y la sana doctrina de los Kobdas, se perdió con el tiempo, quedando relegada al fondo de los Santuarios. La relajación comenzó en el siglo VII después de Abel, debido a que los pharahomes se apartaron de la vida en común en los Santuarios, creyendo hallar inconveniente la mezcla de la vida civil con la espiritual, llegando lentamente a ser el Pharahome un fastuoso rey, entregado por completo al mundo exterior. Las degeneraciones de las doctrinas como las de los seres, no se realizan en un año ni en dos, sino a través de los siglos y a mitad del II milenio después de Abel, ya solo había vestigios entre la mayoría de los pueblos de la obra redentora de los Kobdas, que se adelantaron a su época, siendo los precursores de la fraternidad humana en el lejano neolítico.

Al dar cabida en el Gran Santuario a la sede del gobierno de los pue- blos, algunas perturbaciones tuvieron, y los Kobdas debieron realizar grandes esfuerzos para que no decayera la vida espiritual, ni la fuerza psíquica acumulada en el silencio de la concentración retirada y solitaria durante tantos siglos.

Más de la mitad de los Kobdas de Neghadá se afiliaron a la vida activa, tomando cada cual una región o pueblo para predicar la buena ley e impedir que se difundieran en el país las costumbres viciosas y corrompidas de los extranjeros que habían llegado.

Tubal que era también del Alto Consejo, había sido de opinión que los Kobdas jóvenes no salieran al exterior sino los de más edad, por el peligro que encerraba para ellos el roce continuo con seres de tan dis- tintas costumbres y de tan errados caminos.

Pero como muchos entre ellos habían solicitado la enseñanza al pue- blo, se resolvió que salieran siempre de dos en dos, o sea un Kobda de edad con uno de los más jóvenes.

Y así pasaron los Hijos de Numú de la vida de silencio, de estudio y de meditación, a la vida activa de apóstoles y maestros de pueblos. Al anochecer debían encontrarse todos los que habían salido, en la gran sala baja, donde se trataban los asuntos del exterior y en cuyo muro principal se leía:

“Hijo de Numú, deja aquí toda inquietud y penetra al santuario con el espíritu libre de todo pensamiento exterior”.

Esta frase la había grabado en piedra un Kobda, que había sido Príncipe de un pueblo en el país de Manh (*Armenia), y que sabía por experiencia, cómo absorbe el espíritu las cosas exteriores. Se llamaba

Héberi. A través de varios milenios, este mismo ser, fundaría en Occi- dente una Institución de solitarios, dedicados al estudio, a la meditación y a la agricultura, y en la puerta de sus santuarios grabaría esta frase: “Tú que entras, deja tras de ti los malos pensamientos”.

Sería Benito de Nursia, el monje que hizo de la oración y el trabajo, el camino de elevación espiritual para sus discípulos, estampando en los claustros de sus Abadías, la centenaria inscripción:

“Ora et labora”.

Fue necesario abrir hospicios para los ancianos, los enfermos, los niños abandonados, los mutilados y los ciegos, que iban quedando como harapos de humanidad después de las guerras sangrientas, pasados los terremotos, los hundimientos, las desolaciones de toda especie.

Los Kobdas salían de la Casa de Numú con el alma llena de energía y el cuerpo vigoroso y fuerte, y volvían cargados del dolor que habían bebido en la sociedad de los hombres; sus almas se marchitaban al contacto del fuego abrasador de las pasiones humanas y a veces, sus cuerpos se contaminaban con las enfermedades más horribles, en el roce con los cuerpos enfermos y deshechos.

–Ha empezado el invierno para los hijos de Numú –decía Senio, el Anciano Kobda, fuerte y jovial, que irradiaba vitalidad y alegría y que tanto amaba a Bohindra–, y paréceme que no llegarán todos a ver florecer de nuevo los cerezos de este huerto.

Aldis emprendió sus viajes por la costa del Mar Grande, registrando cavernas y ruinas abandonadas, en los tiempos que le dejaban libre sus tareas misioneras, con la esperanza de encontrar en los pueblos costaneros a su esposa y a los niños, pues sabía por aviso espiritual, la desencarnación de Sophía. Acompañado de otro Kobda antiguo, y durante varios meses, caminó hacia el Norte por la costa del mar. Una especie de delirio se había apoderado de él, que al encontrarse lejos del aura protectora de la onda luminosa y serena de la Casa de Numú, se llenó de la misma desesperación que sintió cuando fueran arrancados del lado de sus esposas por los piratas, varios años atrás. Un enjambre de negros pensamientos se apoderó nuevamente de su espíritu y des- apareció por completo la plácida serenidad que le había hecho fuerte y resignado hasta poco antes. Era el suyo un dolor de abandono, de soledad, de agonía lenta y febril.

El Kobda que le acompañaba le comprendió y le dijo:

–Mañana regresamos a Neghadá. Eres un pajarillo demasiado joven para salir del nido.

Y concentrando su pensamiento fuertemente, lo ayudó a entrar en el sueño. Vio a Joheván y a Sophía que lo acariciaban y le decían: “Te has salido de tu ley y por eso padeces así, sin esperanza y sin consuelo.

Sabes que no debes encontrar ya en la tierra a Milcha y los niños, que no necesitan de ti para cumplir su misión. ¿Por qué te empeñas en estre- llarte contra lo que no debe ser? Regresa a Neghadá, que el dulce calor de aquel nido de paz y de amor, te devolverá la resignación y la calma que has perdido”.

Lo que le ocurrió a Aldis, en forma parecida si no igual, lo sufrió Erech, en cuyo espíritu apasionado y turbulento se levantó también la borrasca que hacía revivir el dulce amor de la esposa asesinada por la

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