En una especie de camilla de tela color violeta, adornada de hojas de helechos y de lotos blancos, bajaban desde la enfermería o jardín de reposo, los cuerpos sin vida de aquellos dos Kobdas que habían partido la noche anterior al mundo de la luz.
Un himno triunfal como aquel que cantaran los Kobdas el día de la consagración de los jóvenes postulantes, resonaba por el inmenso edi- ficio, mientras paso a paso descendían las escaleras aquellos centenares de Kobdas, vestidos todos de túnicas blancas como el ropaje y las flores que cubrían a los cadáveres.
Esta vez, la ceremonia se realizaba en el Patio de los Olivos, o sea el que quedaba hacia el lado opuesto del Patio de las Palmeras, donde se efectuaban las consagraciones de los Kobdas.
Como se ve todo era simbólico y guardaba cierta oculta relación en la Casa de Numú.
Las palmeras donde se consagraban al servicio de Dios, eran símbolo del triunfo del espíritu sobre la materia. Los olivos debajo de los cuales se despedía a los que partían, eran símbolo de la paz serena y dulce en que habían entrado.
Ninguna ley obligaba a Joheván y Aldis, a que asistieran a la fúnebre ceremonia, pero ellos pidieron a Bohindra el permiso de concurrir y les fue concedido.
Cuando llegaron bajo de los olivos centenarios, las dos camillas fueron colocadas sobre una mesa de piedra de enormes dimensiones destinada a este objeto. Cesaba el canto y los instrumentos musicales y se oía la voz del Pharahome, que decía:
– ¡Almas hermanas de las nuestras, que habéis dejado el cautiverio para gozar de la libertad otorgada a los fieles servidores del Altísimo! ¡No olvidéis a vuestros hermanos, que por divina voluntad aún quedamos aprisionados, buscando el hacernos dignos de la Sabiduría y del Amor a que vosotros llegasteis!
“¡Que vuestro pensamiento flote en torno de este recinto, y sea nuestro estímulo y fortaleza hasta llegar a la cumbre a que vosotros subisteis!
“¡Que vuestros cuerpos sean conducidos al recinto de la quietud per- durable, como instrumentos concedidos por la Divina Ley para realizar una jornada de vuestra evolución eterna!
“¡Paz y Amor sobre todas las almas!
Kobdas en concentración, deshojaban las flores radiantes de sus pensa- mientos como ofrenda de amor a los que habían partido. Terminado el himno, abrieron una rampa levantando una losa del piso, en el centro del inmenso patio. Y valiéndose de fuertes cordeles bajaron lentamente las camillas hacia la hondura profunda de un subterráneo, todo emparedado de piedra blanca llena de inscripciones. En cada piedra estaba esculpido un nombre y tres fechas, la del nacimiento, la de la desencarnación y la consagración de cada Kobda.
Allí quedaron los cadáveres sobre mesas de piedra durante treinta días, tiempo necesario para efectuar los trabajos de desinfección y esterilización de elementos corrosivos, mediante extractos o esencias fabricadas por los Kobdas, para obtener la disecación sin destrucción de los tejidos.
Bajados los cuerpos a la cripta terminaba la ceremonia fúnebre en su carácter colectivo o público, pues el inhumar los restos en concavidades abiertas en aquel subterráneo inmenso, lo hacían privadamente algunos Kobdas, al finalizar los treinta días fijados para la esterilización.
Después los Kobdas se diseminaban en grupos por los jardines, pues había plena libertad de hablar como en un día de fiesta solemne, cele- brando la libertad de dos compañeros queridos.
Nuestros dos jóvenes que se habían atraído la simpatía de los Kobdas, se vieron rodeados de ellos deseando compartir sus impresiones.
Las manifestaciones radiantes y plásmicas que para ellos se habían obtenido públicamente en la Mansión de la Sombra, les atraía el cariño y la solicitud de todos. El saber que Joheván era el hijo de Bohindra, por el que tanto había llorado su padre, antes de alcanzar la serena quietud de las almas grandes, fue otro motivo de simpatía.
Todos hablaban con entusiasmo de los que se habían libertado y por fin un Kobda dijo:
– ¿Quiénes reemplazarán a los que han partido, en el estrado de los doscientos?
–Estos dos que recién llegan –dijo el Pharahome, poniendo sus manos en los hombros de Joheván y Aldis.
–Todavía no, Pharahome –contestó Bohindra–. ¡Falta tiempo aún antes de que calme la tempestad!
– ¡La tempestad que nos rugió a todos aquí dentro! –exclamó el Pha- rahome, al par que adquiría su semblante una gravedad dulce y triste a la vez.
Las vestiduras blancas que les cubrían aquella tarde, daban un aspecto alegre de fiesta a los parques cubiertos de frutas y de flores.
–Mirad, –dijo de pronto el Pharahome– el prodigio de esos dos Kob- das que hablan allí, sentados juntos en ese banco. Les recogió la Casa de
Numú hace veintinueve años, medio muertos junto a los jardines de la morada del Chalit de Zoan. Ambos salieron al campo a matarse porque codiciaban la mano de la misma princesa heredera. Los dos cayeron al mismo tiempo, heridos, creyendo cada uno que había muerto a su rival.
“¡Esa sí que era tempestad la que rugía en lo más hondo de sus co- razones! Aun vivía el Pharahome anterior, y yo era el encargado para custodiar a los recién llegados. Cuando cada uno supo que su enemigo vivía pared de por medio, aquello fue algo así como la erupción de un volcán.
“Cuando el Chalit, enterado del escándalo que en torno de su hija se levantó por esta causa, condenó a muerte al que sobreviviera de los dos o a los dos si ambos vivían.
“Nuestro Pharahome consiguió el perdón de esa pena, a condición de que fueran amarrados con una cadena en el fondo de una caverna, usada para los delincuentes de la peor especie.
“Allí un carcelero les llevaría la comida y allí debían esperar el fin de sus días.
“Nuestro Pharahome consiguió veinte lunas de plazo para restablecer a los dos heridos y el Soberano se lo concedió. Ellos nada sabían de la condena a muerte, ni de la cadena perpetua que les amenazaba.
“Empezamos todos a trabajar espiritualmente para triunfar de esas al- mas rebeldes y dominadas hasta lo sumo por las más violentas pasiones. “Cuando llegaron las veinte lunas, ambos dijeron que querían con- sagrarse al servicio del Altísimo en la Casa de Numú, y se hizo la con- sagración como sabéis. Después pedimos al Soberano que nos hiciera una visita, y en el Patio de las Palmeras desfilaron ante él todos los Kobdas.
“– ¡Grandeza! –dijo nuestro Pharahome–. Entre estos hijos de Numú están los dos hombres que habéis condenado a cadena perpetua. Lleva- dles si es vuestro gusto.
“–Que se acerquen a mí –gritó el Soberano. “Todos los Kobdas en montón se le acercaron.
“–Los reos no son más que dos –volvió a decir el monarca–, y aquí se me acercan centenares.
“– ¡Grandeza! –dijo entonces nuestro Pharahome–, antes de entregar dos de nuestros hermanos que recién comienzan el trabajo de su rege- neración, elegid dos de los que ya avanzaron por ese camino, que para ellos nada significarán las cadenas.
“El monarca se sintió conmovido y perdonó a los culpables. Ahí los tenéis, son ahora tan buenos amigos como enemigos formidables eran antes. Sienten una compasión profunda hacia aquellos que guardan en el
corazón una herida causada por el amor humano, que es siempre la más terrible y dolorosa herida. Una vez por año recorren las cavernas de las montañas, donde a veces, encuentran prisioneros en lamentable estado de bestialidad, se preocupan de conseguirles el indulto y de orientarles en la vida para lo futuro.
“Siempre tenemos diez Kobdas destinados a procurar el progreso y liberación de las almas sumergidas en la miseria de la vida humana. Y ellos pertenecen a esos diez Kobdas que hacen vida activa al exterior.
–Pero el que se consagra aquí, ¿no vuelve al mundo jamás? –preguntó Joheván.
–Si tal es su voluntad, sí, porque no puede tener el alma quieta y serena quien está forzado en este recinto.
“Por ejemplo, vosotros, si al llegar las veinte lunas reglamentarias, pedís que se os abra la puerta para salir, enseguida os hacemos conducir hacia donde queráis. Mas pasadas las veinte lunas, casi ninguno desea marcharse y son rarísimos los casos que suceden. La vida espiritual como se sigue en la Casa de Numú, encierra una felicidad tan desconocida de los hombres, que sólo los espíritus muy retardados no se sienten atraí- dos por ella.
Las sombras del atardecer fueron haciéndose más y más pesadas, y los grupos de Kobdas como blancas visiones fueron perdiéndose en la penumbra de los jardines rumorosos y perfumados.
Joheván y Aldis subieron a sus habitaciones, con la mente cargada de pensamientos profundos y graves porque se acercaban sus veinte lunas, y sentían levantarse en lo hondo de sí mismo este interrogante:
“Si Sophía y Milcha debían pronto desencarnar, ¿qué harían ellos arrojados de nuevo entre el maremágnum de la corrupción reinante?”
“Desaparecidas ellas, ¿era acaso posible encontrar sus hijitos y reco- gerlos en las Casas de Numú, para apartarlos también de las corrientes de la iniquidad?”
Adivinando tales interrogaciones, Bohindra que les acompañó hasta sus bóvedas particulares, les dijo al retirarse:
–Todas vuestras preguntas internas os serán contestadas antes de las veinte lunas. No estéis pesarosos por ello, sino que abrid vuestras almas a la voluntad soberana del Altísimo, que os será manifestada por Numú, cuando menos lo penséis.
“Somos avecillas que bogamos buscando la luz en la inmensidad. El Altísimo nos brinda esa luz cuando de verdad la deseamos y la pedimos. Esperad pues y no os pesará la resolución que toméis en el sereno razo- namiento de vuestro íntimo ser.
15